sábado, 15 de junio de 2019

Fiesta de la Santísima Trinidad





FIESTA DE LA SANTÍSIMA TRINIDAD

Razón de esta Fiesta y de su Tardía Institución

Vimos a los Apóstoles el día de Pentecostés, recibir al Espíritu Santo, y, ñeles al mandato del Maestro, partir cuanto antes a enseñar a todas las naciones y a bautizar a los hombres en nombre de la Santísima Trinidad. Era natural que la solemnidad cuyo objeto es honrar a Dios uno en tres personas, siguiese inmediata a la de Pentecostés, con quien se une por misterioso lazo. Sin embargo, hasta después de muchos siglos no fué admitida en el Año Litúrgico, que va completándose en el curso de los tiempos.

Todos los homenajes que la Liturgia rinde a Dios, tienen por objeto a la Santísima Trinidad. Los tiempos son tan suyos como la eternidad; ella es el término de toda nuestra religión. Cada día, cada hora la pertenecen. Las fiestas instituidas para conmemorar los misterios de nuestra salvación, siempre tienen fin en ella. Las de la Santísima Virgen y de los Santos son otros tantos medios que nos conducen a la glorificación del Señor, único en esencia y trino en personas. El Oficio divino del Domingo en particular, encierra cada semana la expresión especialmente formulada de la adoración y del servicio hacia este misterio, fundamento de los demás y fuente de toda gracia.

Se comprende, por lo mismo, por qué la Iglesia tardó tanto en instituir una fiesta especial en honor de la Santísima Trinidad. La causa ordinaria de la institución de las fiestas faltaba aquí por completo. Una fiesta es el monumento de un hecho que se ha realizado en el tiempo, y cuyo recuerdo e influencia es oportuno perpetuar; ahora bien, desde toda la eternidad, antes de toda creación, Dios vive y reina, Padre, Hijo y Espíritu Santo. Esta institución no podía, pues, consistir sino en señalar en el Calendario un día particular en que los cristianos se uniesen de un modo más directo en la glorificación solemne del misterio de la unidad y de la trinidad en una misma naturaleza divina.


Síntesis Histórica de esta Fiesta

La idea nació primero en algunas de esas almas piadosas y amantes de la soledad, que reciben de lo alto el presentimiento de las cosas que el Espíritu Santo ha de obrar más tarde en la Iglesia. En el s. VIII, el sabio monje Alcuino, lleno del espíritu de la Liturgia, creyó llegado el momento de componer una Misa votiva en honor del misterio de la Santísima Trinidad. Y hasta parece haber sido animado a ello por el apóstol de Alemania, San Bonifacio. Esta Misa era sólo una ayuda a la piedad privada, y nada hacía prever la institución de la fiesta que un día había de establecerse. Pero la devoción a esta Misa se extendió poco a poco, y la vemos introducida en Alemania por el Concilio de Seligenstadt en 1022.

jueves, 13 de junio de 2019

San Antonio de Padua, Confesor y Doctor de la Iglesia





"Año Litúrgico"
Dom Gueranger



SAN ANTONIO DE PADUA, 
CONFESOR Y DOCTOR DE LA IGLESIA


El Canónico Regular

De los hijos de San Francisco de Asís, el más conocido, el más poderoso ante los hombres y ante Dios, es S. Antonio, cuya fiesta celebramos hoy.

Su vida fue corta: a los treinta y cinco años volaba al cielo. Pero este corto número de años no impidió al Señor preparar a su elegido para la alta misión que debía cumplir: tan verdad es que, en los hombres apostólicos, lo que importa a Dios, que debe hacer de ellos el instrumento de salvación de muchas almas, no es tanto el tiempo que podrían dedicar a las obras exteriores, cuanto su propia santificación y su abandono absoluto a los designios de la Providencia. Se diría que la Sabiduría eterna se complacía en destruir hasta los últimos momentos todos los planes de S. Antonio. De sus veinte años de vida religiosa, pasó diez con los canónigos regulares, adonde el divino llamamiento dirigió los pasos de su graciosa inocencia cuando contaba quince años. Allí su alma seráfica se eleva a las alturas, que la retienen para siempre, al parecer, en el secreto de la paz de Dios, cautivada por los esplendores de la Liturgia, el estudio de las Sagradas Escrituras y el silencio del claustro. 


El Fraile Menor

De pronto el Espíritu divino le invita al martirio: y le vemos abandonar su claustro amado y seguir a los Frailes Menores a playas en las cuales muchos han recibido ya la palma gloriosa. Pero el martirio que le espera, es el del amor; enfermo, reducido a la impotencia antes que su celo haya podido trabajar en el suelo africano, la obediencia le llama a España, y he aquí que una tempestad le arroja a las costas de Italia. Por entonces S. Francisco de Asís reunía por tercera vez, después de su fundación, a toda su admirable familia. Antonio apareció allí, tan humilde, tan modesto, que nadie se preocupó de él. El ministro de la provincia de Bolonia fue quien le recogió, y, no encontrando en él ninguna capacidad para el apostolado, le señaló como residencia la ermita del monte de S. Pablo. Su cargo fue el de ayudar al cocinero y barrer la casa. Durante este tiempo, los canónigos de S. Agustín lloraban a aquel que poco antes había sido la gloria de su orden por su nobleza, su ciencia y su santidad. 


El Predicador

Pero luego sonó la hora que la Providencia se había reservado para manifestar al mundo a su siervo Antonio. Una alocución que inopinadamente tuvo que dirigir a sus hermanos jóvenes, revela tan maravillosa elocuencia, que sus superiores, reconociendo su yerro, en seguida le hacen predicador. Los prodigios continuos, en el orden natural y de la gracia, aureolan los púlpitos en que predica el humilde fraile. En Roma, mereció el glorioso título de arca del Testamento. En Bolonia y en el norte de Italia convirtió a multitudes de herejes, y en la última cuaresma que predicó en Lombardía, introdujo profundas reformas sociales en favor de los pobres y desgraciados. En Padua, en Verona, le pidieron frecuentemente su intervención en los negocios temporales. Nos es imposible seguir en todos sus pasos su estela luminosa; pero no podemos olvidar que pertenece a Francia una gran parte de los años de su poderoso ministerio. 


San Antonio y Francia

San Francisco había deseado ardientemente evangelizar personalmente a Francia infestada en gran parte por la herejía; pero, al menos, envió a su hijo más querido, a su imagen viviente. Lo que había sido Santo Domingo en la primera cruzada contra los albigenses, lo fue Antonio en la segunda; y entonces fue cuando mereció el apelativo de martillo de la herejía. Desde la Provenza a Berry, todas las provincias se ven removidas por su ardiente palabra. Predica en Bourges, en Limoges y Arlés. Fue guardián en Lemousín. Fundó el convento de Brive, en el cual se muestran aún las grutas que habitó. De todas partes acudían las multitudes a oírle. En medio de sus triunfos y sus fatigas, el cielo fortalece con deliciosos favores su alma, que ha permanecido como la de un niño. En una casa solitaria del Limousín, el Niño Jesús, radiante con una admirable belleza, descendió un día a sus brazos, le prodigó sus caricias y le pidió las suyas. Un día de la Asunción, que estaba muy triste con ocasión de cierto pasaje del Oficio de aquella época, poco favorable a la subida de Nuestra Señora al cielo en cuerpo y alma, la Virgen fue a consolarle en su pobre celda, le aseguró la verdadera doctrina y le dejó extasiado por el encanto de su rostro y de su voz melodiosa. 


Los Objetos Perdidos

Se cuenta que en la ciudad de Montpellier, donde enseñaba teología a los Frailes, como desapareciese su Comentario a los Salmos, el mismo Satanás obligó al ladrón a devolver el libro cuya pérdida tanta pena causaba al santo. Muchos ven en este hecho el origen de la devoción que reconoce a S. Antonio como el patrón de los objetos perdidos: devoción que se apoya desde su origen en los milagros más resonantes y que se halla confirmada hasta nuestros días por gracias incontables. 


Vida

Antonio nació en Lisboa hacia 1195. Admitido a la edad de quince años en los Canónigos Regulares de San Vicente de Fora en esta misma ciudad, fue enviado dos años más tarde al Monasterio de Sta. Cruz de Coimbra para cursar sus estudios. En 1220, anhelando el martirio, entró en los Frailes Menores, que le mudaron su nombre de Fernando por el de Fray Antonio de Olivares. Aquel mismo año partió a Marruecos, pero, al cabo de algunas semanas, una enfermedad le forzó a reembarcar. Arrojado por una tempestad a Sicilia, tuvo que quedarse en Italia. En 1221, asistió al capítulo general, del cual le enviaron a la ermita de San Pablo cerca de Forli. Poco después comenzó su carrera de predicador en Italia del Norte y de 1223 a 1226 en Francia. Fijóse finalmente en Padua, donde murió el 13 de Junio de 1231. Al año siguiente le canonizó Gregorio IX; y, como las obras que nos dejó, manifiestan sus dones de teólogo, apologista, exégeta y moralista, Pío XII en 1946 le proclamó Doctor de la Iglesia. 


El Espíritu de Infancia

La sencillez de tu alma, glorioso S. Antonio, hizo de ti el dócil instrumento del Espíritu del amor. La infancia evangélica es el tema del primero de los discursos que dedica a tu alabanza el Doctor seráfico; la Sabiduría, que fue en ti el fruto de esta infancia bendita, forma el tema del segundo. Fuiste prudente, oh Antonio, porque desde tus primeros años procuraste alcanzar la Sabiduría eterna, y, no queriendo que se alejase de ti, tuviste gran cuidado de encerrar tu amor en el claustro, en presencia de Dios, para saborear sus delicias. No ambicionabas más que el silencio y la obscuridad en su divino trato; y, aún aquí en la tierra, tuvo ella sus delicias en adornarte con toda clase de resplandores. Iba ante ti; tú la seguías gozoso, únicamente por ella sola, sin saber que encontrarías todos los bienes con su compañía.  (Sap., VII) ¡Feliz infancia, a la cual ahora, como en tu tiempo, ha reservado Dios la Sabiduría y el amor! 


El Defensor de la Fe

Como recompensa a tu sumisión amorosa al Padre celestial, los pueblos te obedecieron, los tiranos más feroces temblaron a tu voz. (Sap., VIII, 14-15). Sólo la herejía se negó una vez a escuchar tu palabra, pero los peces salieron a tu defensa, pues, vinieron en masa, ante las miradas de toda una ciudad, a escuchar la palabra que no quisieron recibir los sectarios. Mas ¡ay!, el error, que no acudía a oír tu voz, no se contenta ahora con eso; quiere hablar solo. Cambiando de forma, renaciendo siempre, intrigando en todos los países por medio del comunismo ateo y la masonería, todo el mundo aspira ese veneno. Oh tú, que todos los días socorres a tus devotos en sus necesidades privadas, tú que tienes ahora en el cielo el mismo poder que tuviste sobre la tierra, socorre a la Iglesia, al pueblo de Dios y a la sociedad, más universal y profundamente perseguida que nunca. Oh Arca del Testamento, vuelve al estudio de la Sagrada Escritura a nuestra generación sin fe y sin amor; martillo de la herejía, hiere con esos golpes que regocijan a los ángeles y hacen temblar al infierno.






Sea todo a la mayor gloria de Dios.

miércoles, 12 de junio de 2019

San Juan de Sahagún, Confesor





SAN JUAN DE SAHAGUN,
CONFESOR


LA PAZ DE CRISTO

El reino que los Apóstoles deben establecer en el mundo, es el reino de la paz. Esta fué prometida, por los cielos a la tierra en la noche de Navidad; y en el curso de aquella noche que presenció la despedida del Señor, en la Cena, el Hombre-Dios fundó el nuevo Testamento sobre el doble legado que confió a la Iglesia de su sagrado Cuerpo y de la paz que habían anunciado los ángeles: paz que hasta entonces no había conocido el mundo, dice el Salvador: paz completamente suya porque de solo El procede, don sustancial y divino, que no es otro sino el Espíritu Santo en persona. Los días de Pentecostés derramaron esta paz, como levadura sagrada, por todo el mundo. Hombres y pueblos sintieron su influencia. El hombre, en lucha con el cielo y dividido contra sí, justamente castigado por su insumisión a Dios con el triunfo de los sentidos en su carne sublevada, ha visto que entraba de nuevo en su ser la admirable armonía. Además Dios se complace en tratar como a hijo al obstinado rebelde de los tiempos pasados. Los hijos del Altísimo formarán en el mundo un pueblo nuevo, el pueblo de Dios, que se extenderá hasta los confines de la tierra.


LA IGLESIA Y LA PAZ

Antiguamente las naciones, empeñadas siempre en disputas y atroces combates que terminaban con la exterminación del vencido, una vez convertidas al cristianismo, se tratarán en adelante como hermanas en la filiación del Padre común, que está en los cielos. Súbditas fieles del Rey pacifico, dejarán que el Espíritu Santo modere sus costumbres; y si la guerra, consecuencia del pecado, hace, y con harta frecuencia, su aparición en el mundo para recordarle los desastres que siguieron al primer pecado, el azote inevitable reconocerá al menos otras leyes que la fuerza. El derecho de gentes, derecho completamente cristiano que no admitió la antigüedad pagana, la fidelidad en los tratados, el arbitraje del Papa, moderador supremo de la conciencia de los reyes, alejarán las ocasiones de conflictos sangrientos. En algunos siglos, la paz de Dios y la tregua de Dios, juntamente con otras mil industrias de la Iglesia, determinarán los días y años en que podrá desenvainarse la espada que mata el cuerpo; si traspasa los límites señalados, será quebrantada por el poderío de la espada espiritual, más temible que la del guerrero. De tal magnitud será la fuerza del Evangelio, que, incluso en nuestros tiempos de decadencia general, el respeto al enemigo desarmado detendrá a sus adversarios más enconados, y después del combate, vencedores y vencidos, como hermanos, prodigarán los mismos cuidados del cuerpo y del alma a los heridos de ambos campos: ¡energía vital del fermento del Evangelio, que transforma continuamente a la humanidad desde hace diez y ocho siglos, y que trasciende asimismo a los que se empefian en negar su poder!


UN MINISTRO DE LA PAZ

Ahora bien, uno de los ministros de esta conducta admirable de la Providencia, y ciertamente uno de los más gloriosos, es el santo cuya fiesta celebramos hoy. La paz mezcla sus divinos destellos con la aureola que corona su frente. Noble hijo de la católica España, preparó las grandezas de su patria con no menor ardor que el que desplegaban los héroes que luchaban contra el moro, que sin remedio agonizaba. Cuando se acababa la cruzada, ocho veces secular, que arrojó a la Media Luna del suelo ibérico, y cuando los reinos de esta tierra magnánima se unían bajo un solo cetro, el humilde ermitaño de S. Agustín sembraba en los corazones esta poderosa unidad con que se inauguraban ya las glorias del siglo xvi. Cuando él apareció, las rivalidades que un honor mal entendido puede suscitar tan fácilmente en una nación armada, manchaban a España con la sangre de sus propios hijos, derramada por manos cristianas; la discordia, vencida por sus manos desarmadas, forma de pedestal glorioso en el cual recibe ahora los homenajes de la Iglesia.


VIDA

Juan de Castrillo nació en Sahagún (León) hacia 1430. Ordenado sacerdote, estuvo primero al servicio del Obispo de Burgos, luego en 1450, fué a Salamanca, donde, después de cursados sus estudios en la Universidad, comenzó a enseñar y predicar. Después de una grave enfermedad, entró en los Agustinos, donde profesó el 28 de Agosto de 1464 y fué nombrado, al año siguiente, definidor de la provincia. La ciudad de Salamanca estaba entonces dividida en algunos partidos. Juan procuró devolverles la paz, lo que consiguió gracias a sus sermones y a su paciencia. Leía en los corazones, tenía el don de profecía, y, celebrando la Santa Misa, veía al Señor en su gloria. Murió el 11 de Junio de 1479. En 1601 el Papa Clemente VIII permitió celebrar la misa en su honor y Benedicto XIII extendió su fiesta a la Iglesia Universal.


LA BIENAVENTURANZA DE LOS PACÍFICOS

Eres digno, glorioso santo, de aparecer en el cielo de la Iglesia en estas semanas que siguen inmediatamente a los días de Pentecostés. Con muchos siglos de anticipación, Isaías, al contemplar el mundo después de la venida del Espíritu Paráclito, describía en estos términos el espectáculo que en visión profética tenía ante sus ojos: "¡Cuán hermosos son sobre los montes los pies de los que anuncian la paz, de los que llevan la salvación, clamando a Sión: Tu Dios• va a reinar!'" A los que admiraba el Profeta, eran los Apóstoles que tomaban posesión del mundo para Dios; ¿pero no fué también tu misión la que tan entusiastamente proclama el Profeta? El mismo Espíritu que los animaba, dirigía tus pasos; el Rey pacífico vió que por tu trabajo se aseguraba su cetro en una de sus más ilustres naciones que forman parte de su imperio. En el cielo donde tú reinas con él, la paz, que fué el objeto de tus fatigas, constituye ahora tu corona. Tú experimentas la verdad de aquellas palabras que profirió el Maestro pensando en los que se parecen a ti, y a todos aquellos que, apóstoles o no, establecen la paz, al menos en el terreno de su propio corazón: "Bienaventurados los pacíficos, porque serán llamados hijos de Dios'". Estás en posesión de la herencia del Padre; el beatífico descanso de la Santísima Trinidad llena tu alma; y se derrama en estos días hasta nuestras heladas regiones.


PLEGARIA POR ESPAÑA

Concede a España, tu patria, la ayuda que la fué tan provechosa. No ocupa ahora en la cristiandad el lugar eminente que ocupó después de tu muerte. Ha padecido rudos asaltos de parte de los enemigos de la Iglesia, pero ha guardado intacta la fe católica. Haz que se acuerde siempre que, el servicio de Cristo constituyó su gloria, y el apego a la verdad, su tesoro; no olvide nunca que únicamente la verdad revelada da al hombre la verdadera libertad y que sólo ella puede guardar indisolublemente unidas en una nación las inteligencias y las voluntades: lazo poderoso que asegura la fuerza de sus fronteras y la paz en el interior de la nación. Apóstol de la paz, protege a tu pueblo, y para confirmar su fe, recuérdale y enseña a los pueblos que lo han olvidado, que la fidelidad absoluta a las enseñanzas de la Iglesia es el único terreno en que los cristianos pueden buscar y hallar la concordia.




Sea todo a la mayor gloria de Dios.

martes, 11 de junio de 2019

San Bernabé, Apóstol





SAN BERNABÉ,
APOSTOL 


EL SENTIDO CRISTIANO DE LA HISTORIA

La promulgación de la nueva alianza vino a convidar a todos los pueblos a tomar asiento en el banquete del reino de Dios; desde entonces, en el curso de los siglos, como lo hemos hecho notar, el Espíritu santiflcador produjo los Santos, en momentos que corresponden frecuentemente a los más profundos designios de la eterna Sabiduría sobre la historia de las naciones. No nos admiremos: las naciones cristianas, como tales, tienen que desempeñar su misión en el progreso del reino de Dios. Esta misión las confiere obligaciones y derechos que están sobre las leyes de la naturaleza; el orden sobrenatural las concede toda clase de poderes, y el Espíritu Santo preside por sus elegidos a su desarrollo como a su nacimiento. Con razón admiramos en la historia esta providencia maravillosa, que, sin saberlo los pueblos, los transforma, y a la vez, por la influencia oculta de la santidad de los pequeños y humildes, domina la actividad de los poderosos que parece quieren arrollarlo todo a su capricho.


AGRADECIMIENTO A LOS APÓSTOLES

Pero, entre los Santos que nos parecen como el canal de las gracias destinadas a las naciones, hay algunos a quienes el agradecimiento universal debe tener menos olvidados que a los demás: éstos son los Apóstoles, colocados como base del edificio social cristiano ', cuya fuente es el Evangelio. La Iglesia procura cuidadosamente alejar de sus hijos el daño de un tan funesto olvido; ninguna estación litúrgica se ve privada del recuerdo de estos gloriosos testigos de Cristo. Pero, desde que se acaba el tiempo Pascual, sus nombres se encuentran con más frecuencia en el calendario, y cada mes recibe en gran parte su esplendor del triunfo de alguno de ellos.


...Y A SAN BERNABÉ

El mes de Junio, abrasado por los fuegos recientes de Pentecostés, vió al Espíritu Santo colocar los primeros sillares de la Iglesia sobre los fundamentos predestinados; merecía, pues, el honor de ser escogido para recordar al mundo los nombres de Pedro y Pablo, que resumen, ellos solos, los servicios y glorias de todo el Colegio Apostólico. Pedro proclamó la admisión del pueblo gentil, a la fe de Jesucristo; Pablo fué elegido su Apóstol; pero aun antes de proclamar, como es debido, la gloria de estos dos príncipes del pueblo cristiano, el homenaje de las naciones se dirige en este día al guía de Pablo en los comienzos de su apostolado, al hijo del consuelo ' que presentó al convertido de Damasco a la Iglesia, zarandeada por las violencias de Saulo su perseguidor. El 29 de Junio recibirá todo su esplendor de la confesión simultánea de los dos príncipes de los Apóstoles, unidos en la muerte como en la vida. ¡Honor, pues, al que sirvió de lazo de unión para esta amistad fecunda, conduciendo al Príncipe de la Iglesia naciente, al futuro apóstol de los gentiles!2. Bernabé se presenta a nosotros como un precursor; la fiesta que le dedica la Iglesia, es como el preludio de las alegrías que nos esperan al fin de este mes, tan rico en luz y frutos de santidad.


VIDA

S. Bernabé, judío y levita, nació en Chipre. Partió muy pronto a Jerusalén y fué uno de los primeros cristianos. Muy afecto a la Iglesia, vendió un campo cuyo valor se lo entregó a los Apóstoles. Estos le cambiaron el nombre de José por el de Bernabé o "hijo del Consuelo", lo que significa que tenía el don de exhortar y consolar. El les presentó a Saulo después de 6u conversión en el camino de Damasco, y luego, haciéndole compañero suyo en la misión de Antioquía, le inició en la vida apostólica entre los gentiles. Pronto los designó a los dos el Espíritu Santo para que llevasen el Evangelio a Chipre, a Galicia meridional, a Antioquía de Pisidia, Iconio y Listria. Volvieron a Jerusalén, donde tomaron parte muy importante en el primer concilio, y luego tornaron a Antioquía: allí se separaron, y S. Bernabé volvió solo a Chipre. Un escrito del siglo v nos dice que allí padeció el martirio, lapidado y quemado por los judíos que fueron de Siria a Salamina. (La familia religiosa que en el siglo xvi tomó el nombre de Bernabitas, lo hizo por la proximidad de la Iglesia de San Bernabé en Milán.)


BAJO LA MOCIÓN DEL ESPÍRITU SANTO

El mismo Espíritu Santo hizo tu elogio llamándote en el libro de los Hechos "varón perfecto, lleno del Espíritu Santo y de fe". El mismo fué quien te inspiró que abandonaras todos los bienes para entregarte libremente a la predicación del Evangelio. Fué también quien te señaló a los ancianos de Antioquía para que te enviasen con Pablo como nuevo apóstol de los Gentiles. Fué quien quiso que presentases al Colegio Apostólico al convertido de Damasco, que le sacases de la soledad y le acompañases en su primera misión.

Recordar tales hechos, es la mayor de las alabanzas que podemos tributarte. Nos gozamos en volverlas a la memoria, y al nombrarte todos los días con la Iglesia en el Canon de la Misa, nos damos más cuenta del papel protector que Dios te confió para con nosotros.

Puesto que estás presente en todas nuestras Misas, une tu oración a la nuestra para que, conforme lo desea la Iglesia en este día, "obtengamos de la gracia del Señor los beneficios que por tu intercesión Le pedimos (Colecta) para que el santo Sacrificio nos limpie de las manchas de nuestros pecados (Secreta); y que, alimentada con la Eucaristía, nuestra vida se consagre por completo al servicio de Dios y le sea agradable". (Poscomunión). Y si sucediere que nos desalentasen las pruebas de la vida presente y nos llenasen de tristeza, acuérdate de los dones que tan abundantes derramó el Espíritu Santo sobre tu corazón de Apóstol: anima nuestra confianza y sé nuestro consolador.



Sea todo a la mayor gloria de Dios.


lunes, 10 de junio de 2019

Santa Margarita, Reina de Escocia




SANTA MARGARITA,
REINA DE ESCOCIA


MADRE Y PATRONA DE ESCOCIA

Antes del cristianismo, achicado el hombre, por su pecado, en su persona y en su vida social, no conocía la grandeza de las intenciones divinas sobre la misión de la mujer en el nacimiento de los pueblos; la filosofía y la historia no sabían que la maternidad pudiese elevarse a tal altura. Pero el < Espíritu Santo, dado a los hombres para instruirlos en toda verdad, multiplica después de su venida los ejemplos, con el fin de revelarnos la grandeza del pan divino, siendo la fortaleza y la suavidad las que en esto, como en todo lo demás, presiden los consejos de la Sabiduría eterna. Escocia era ya cristiana hacía tiempo, cuando le fué dada Santa Margarita, no para conducirla al bautismo, sino para establecer entre sus diversas regiones, con frecuencia enemigas entre sí, la unidad que constituye la nación.

En el exacto cumplimiento de sus deberes de reina, encontró la santidad. De este modo nos ha enseñado que la verdadera y única misión de los príncipes cristianos, consiste en afianzar la paz y la unión de los ciudadanos, para que pueda florecer la caridad en la sociedad y en las almas.


VIDA

Margarita nació en el destierro en 1045 y no conoció a Inglaterra, su patria, hasta 1054. Pronto tuvo que huir con su familia a Escocia. Allí la pidió por esposa el rey Malcon III en 1070. Tuvo seis hijos, dos de los cuales son honrados como santos. Margarita hizo uso de su influencia para reunir a la nación en torno al rey. Reprimió los abusos e indujo al pueblo a que cumpliese los mandamientos y usos de la Iglesia. Empleó sus riquezas en construir iglesias y aliviar a los pobres. Al morir el rey el 13 de Noviembre de 1093, ella misma le siguió tres días más tarde. Sus reliquias desaparecieron en el siglo xvm. Inocencio XI extendió su fiesta a la Iglesia universal en el año 1693.


LA INTERCESIÓN DE UNA REINA

"Señor, que inspiraste a la bienaventurada reina Margarita un tierno amor a los pobres: haz que por su intercesión y ejemplo se acreciente continuamente tu caridad en nuestros corazones'".

Bendita seas, pues, por el ejemplo que nos has dado. Siendo Reina, quisiste, según el consejo y el ejemplo del Maestro, hacerte la más pequeña de todos, lavando los pies a los pobres y sirviéndoles humildemente. Rica en bienes de la tierra, los distribuíste con liberalidad a los desgraciados y a las iglesias de tu reino. Pide a Dios que tengamos la dicha de comprender lo que es la humildad de corazón y practicar la caridad fraterna. Desde lo alto del cielo donde reinas, no te olvides de Inglaterra, tu patria, ni de Escocia, cuya protección te ha confiado la Iglesia. Con San Andrés, que participa de este patronato, conserva para Dios las almas fieles, multiplica el número de las conversiones a la fe verdadera, y haz que pronto el rebaño completo se acoja gozoso bajo la protección del único Pastor





Sea todo a la mayor gloria de Dios.

El Tiempo Después de Pentecostés





EL TIEMPO DESPUÉS DE PENTECOSTÉS


Carácter de este Período

Después de la solemnidad de Pentecostés y su Octava, la sucesión del año litúrgico nos introduce en un nuevo período, que se diferencia totalmente del que hemos recorrido hasta aquí. Desde el principio del Adviento, que es el preludio de la fiesta de Navidad, hasta el aniversario de la venida del Espíritu Santo, hemos visto manifestarse todo el conjunto de los misterios de nuestra salvación. La serie de tiempos y de solemnidades desarrollaban un drama sublime que nos tenía suspensos y que acaba de terminarse. Con todo eso no hemos llegado aún más que a la mitad del año. Mas esta última parte del tiempo no se halla tampoco desprovista de misterios; pero en lugar de excitar nuestra atención por el interés siempre creciente de. una acción que se encamina hacia su desenlace, la sagrada Liturgia nos va a ofrecer una sucesión casi continua de episodios variados, unos gloriosos, otros emocionantes y que aporta cada uno su elemento especial para el desarrollo de los dogmas de la fe, o el progreso de la misma vida cristiana, hasta que el Ciclo, una vez acabado, termine para hacer sitio a otro, que renovará los mismos sucesos y derramará las mismas gracias sobre el cuerpo místico de Cristo.


Su Duración

Este período del Año Litúrgico, que comprende poco más o menos seis meses, según la fecha de Pascua, siempre ha tenido la actual forma. Pero, aunque no admite sino algunas solemnidades y fiestas destacadas, con todo eso, refléjase en él la influencia del ciclo movible. El número de las semanas que lo componen, puede llegar a veinte y ocho, y bajar hasta veintitrés. El punto de partida está determinado por la fiesta de Pascua, que oscila entre el 22 de marzo y el 25 de abril, y el término es el primer Domingo de Adviento, que abre un nuevo Ciclo, y es siempre el Domingo más próximo a las calendas de Diciembre.


Los Domingos

En la Liturgia romana, los Domingos de que se compone esta serie, se designan con el nombre de Domingos después de Pentecostés. Esta denominación es la más apropiada, como demostraremos en el capítulo guíente, y se basa en los más antiguos Sacramentarios y Antifonarios; pero no se estableció sino progresivamente en las Iglesias que usaban la Liturgia romana. Así el en Comes de Alcuino, que nos remonta al siglo VIII, vemos que la primera serie de estos Domingos, se designa con el nombre de Domingos después de Pentecostés; la segunda se intitula Semanas después de la fiesta de los apóstoles (post Natale Apostolorum); la tercera se llama Semanas después de San Lorenzo (Post Sancti Laurentii); la cuarta se denomina Semanas del séptimo mes (septiembre); la quinta, por fin, lleva la denominación de Semanas después de San Miguel (post Sancti Angelí); esta última serie llega hasta Adviento. Muchos misales de las Iglesias de Occidente presentan, hasta el s. XVI, esas distintas divisiones del Tiempo después de Pentecostés, expresadas de un modo variado según las fiestas de los Santos que servían como de fecha, para las distintas diócesis en esta parte del año. El Misal romano publicado por Pío V, habiéndose extendido sucesivamente en las Iglesias latinas, terminó por restablecer la antigua denominación, y el tiempo del año litúrgico a que hemos llegado, se designa en lo sucesivo con el nombre de Tiempo después de Pentecostés (Post Pentecosten).


Objeto de este Período

Para captar bien la intención y el significado de esta estación del Año Litúrgico a que hemos llegado, es necesario recordar toda la serie de misterios que la Iglesia ha celebrado ante nosotros y con nosotros. La celebración de estos misterios no ha sido un vano espectáculo representado ante nuestros ojos. Cada uno ha traído consigo una gracia especial que producía en nuestras almas lo que significaban los ritos de la Liturgia. En Navidad, Cristo nació en nosotros; en el tiempo de Pasión, nos incorporó a sus sufrimientos y satisfacciones; en Pascua, nos comunicó su vida gloriosa; en su Ascensión, nos llevó consigo al cielo; en una palabra, para servirnos de la expresión del Apóstol: "Cristo se ha ido formando en nosotros"

Pero la venida del Espíritu Santo era necesaria para aumentar la luz, para calentar nuestras almas con un fuego permanente, para consolidar y perpetuar la imagen de Cristo. El Paráclito ha descendido y se ha dado a nosotros; quiere residir en nuestras almas y gobernar nuestra vida regenerada. Ahora bien, esta vida, que debe desenvolverse conforme a la de Cristo y con la dirección de su Espíritu, se halla figurada y expresada por el período que la Liturgia designa con 'el nombre de Tiempo después de Pentecostés.


La Iglesia 

Aquí se nos presentan dos cosas dignas de consideración: la Santa Iglesia y el alma cristiana. La Esposa de Cristo, llena del Espíritu divino que se ha derramado en ella y que la anima siempre, avanza en su carrera militante, y debe caminar hasta la segunda venida de su Esposo celestial. Posee los dones de la verdad y de la santidad. Armada con la infalibilidad de la fe y con la autoridad del gobierno, apacienta el rebaño de Cristo, lo mismo en la libertad y en la tranquilidad, que en medio de persecuciones y de pruebas. Su Esposo divino está con Ella, hasta la consumación de los siglos, por su gracia y por la eficacia de sus promesas; posee todos los favores que le ha impartido, y el Espíritu Santo quedará con Ella siempre. Esto expresa esta parte del Año Litúrgico, donde no encontraremos los grandes sucesos que señalaron la preparación y la consumación de la obra divina. En cambio, la Iglesia recoge en él los frutos de santidad y de doctrina que estos misterios han producido y producirán durante su marcha a través de los siglos. Veráse también cómo se preparan y llegan a su tiempo los últimos sucesos que transformarán su vida militante en una vida triunfante en los cielos. Tal es, por lo que concierne a la Iglesia, la significación de la parte del Ciclo Litúrgico en que entramos.


El Alma Cristiana

En cuanto al alma fiel, cuyo destino es como el compendio del de la Iglesia, su curso, durante el período que se abre para ella después de la ñesta de Pentecostés, debe ser análogo al de nuestra madre común. Debe vivir y obrar según el Cristo que se unió con ella en la serie de sus misterios, y según la acción del Espíritu divino que recibió; los episodios que señalen esta nueva fase, aumentarán en ella la luz y la vida. Recogerá en uno los rayos salidos de un mismo centro, y caminando de claridad en claridad ', aspirará a la consumación en Aquel que ya conoce y en cuya posesión ha de ponerla la muerte. Mas, si el Señor no cree aun oportuno llamarla a Sí, comenzará un nuevo Ciclo y volverá a pasar por los elementos que experimentó en la primera mitad del Año Litúrgico; después de lo cual se encontrará de nuevo en el período que se desarrolla bajo la dirección del Espíritu Santo; por fin, el Señor la llamará el día y la hora que tiene señalado desde toda la eternidad.

Entre la Iglesia y el alma cristiana, durante el intervalo que se extiende desde la primera fiesta de Pentecostés hasta la consumación, hay esta diferencia: que la Iglesia le recorrerá una sola vez, mientras que el alma cristiana le vuelve a encontrar cada año a su tiempo. Fuera de esta diferencia la analogía es completa. Debemos, pues, alabar a Dios que viene en socorro de nuestra debilidad, renovando en nosotros sucesivamente, en la Liturgia, los auxilios por los que alcanzaremos el fin al que fuimos destinados.


La Enseñanza de la Escritura

La Iglesia ha dispuesto la lectura de los libros de la Sagrada Escritura durante el período actual, para expresar todo lo que se obra en su curso, ya en la misma Iglesia, ya en el alma cristiana. Desde el primer Domingo de Pentecostés hasta el mes de Agosto, nos instruye con la lectura de los cuatro libros de los Reyes. Son el resumen de los anales de la Iglesia. En ellos se ve la monarquía de Israel inaugurada por David, figura de Cristo victorioso en los combates, y por Salomón, el Rey pacífico, que levanta el templo para gloria de Dios. El mal lucha contra el bien durante esta travesía de los siglos. Hay grandes y santos reyes como Asá, Ezequías, Josías, y reyes ínfleles como Manases. El cisma se declara en Samaría, y las. naciones Ínfleles reúnen sus fuerzas contra la Ciudad de Dios. El pueblo santo, sordo con mucha frecuencia a la voz de los profetas, se entrega al culto de los dioses falsos y a los vicios de la gentilidad, y la justicia de Dios destruye en una ruina común al pueblo y a la ciudad infiel. Es imagen de la destrucción de este mundo, cuando de tal suerte faltara la fe, que el Hijo del Hombre, en su segunda venida, apenas encontrará rastro de ella.

En el mes de Agosto, leemos los libros Sapienciales, llamados así porque contienen las enseñanzas de la Sabiduría divina. Esta Sabiduría es el Verbo de Dios, que se manifiesta a los hombres por la enseñanza de la Iglesia hecha infalible en la verdad, gracias a la asistencia del Espíritu Santo, que mora en ella de un modo permanente.

La verdad sobrenatural produce la santidad, que no podría subsistir ni fructificar sin ella. A fin de expresar este lazo que existe entre una y otra, la Iglesia lee en el mes de Septiembre los libros llamados hagiógrafos, de Tobías, Judit, Ester y Job, en los que se ve a la Sabiduría en acción.

Como la Iglesia, al fin de su permanencia en este mundo, debe verse sometida a violentos combates, se leen, en el mes de Octubre los libros de los Macabeos, en que se narran el valor y la generosidad de los defensores de la Ley, que sucumbieron con gloria, como sucederá en los •últimos tiempos, cuando se dé a la bestia la potestad de declarar la guerra a los santos y de vencerlos.

En el mes de Noviembre se leen los Profetas, anunciadores de los juicios de Dios, que se dispone a acabar con el mundo. Pasan sucesivamente: Ezequiel, Daniel y los Profetas menores, de los que la mayoría anuncian las venganzas divinas, y los últimos proclaman, al mismo tiempo, la próxima venida del Hijo de Dios.

Tal es el significado místico del tiempo después de Pentecostés. Se completa con el uso del color verde en las vestiduras sagradas. Este color expresa la esperanza de la Esposa, que sabe que su destino ha sido confiado por el Esposo al Espíritu Santo, con cuya dirección va realizando su peregrinación con toda seguridad. San Juan expresa todo ello con una sola frase: "El Espíritu y la Esposa dicen: Ven".


Objeto del Año Litúrgico

El objeto de la Iglesia en el año Litúrgico es conducir al alma cristiana a la unión con Cristo por medio del Espíritu Santo. Este es el fin que el mismo Dios se propuso al darnos a su Hijo para que fuese nuestro mediador, nuestro doctor y nuestro redentor, y al enviarnos al Espíritu Santo para que more con nosotros. Tal es el fin al que tiende todo el conjunto de ritos y oraciones que hemos seguido, y que no es sólo la conmemoración de los misterios que la bondad divina hizo por nuestra salvación, sino que lleva consigo las gracias correspondientes a cada uno de esos misterios, para que lleguemos, como dice el Apóstol, "a la edad de la plenitud de Cristo".

La participación en los misterios de Cristo obra en el alma cristiana lo que la teología mística llama "Vía iluminativa", en que el alma es iluminada cada vez más con la luz del Verbo encarnado, que, con sus ejemplos y enseñanzas, la renueva en todas sus potencias, y la acostumbra a tener siempre las miras de Dios en todo. Esta preparación la dispone a su unión con Dios, no sólo de un modo imperfecto y más o menos estable, sino de un modo íntimo y permanente que se llama "Vida unitiva". Esta vida es la obra propia del Espíritu Santo, que fué enviado al alma para mantenerla en posesión de Cristo y desarrollar en ella el amor por el que se une con Dios.


Las Fiestas del Tiempo después de Pentecostés

En este estado, el alma está preparada para gustar y asimilar todo lo que los numerosos episodios del Tiempo después de Pentecostés ofrecen de sustancial y de nutritivo. El misterio de la Santísima Trinidad, el del Santísimo Sacramento, la misericordia y el poder del Corazón de Jesús, las grandezas de María y su acción sobre la Iglesia y sobre las almas, se la manifiestan con más plenitud, produciendo en ella nuevos efectos. Percibe más íntimamente en las fiestas de los Santos, tan variadas y tan ricas en este tiempo, el lazo que la une a ellas en Jesucristo por el Espíritu Santo. La felicidad eterna, a la que esta vida de prueba debe ceder su lugar, se revela en ella en la fiesta de Todos los Santos y recibe en mayor grado la esencia de esta dicha misteriosa que consiste en la luz y en el amor. Unida cada día más estrechamente con la Iglesia, sigue todas las fases de su existencia en la duración de los tiempos, toma parte en sus sufrimientos, participa de sus triunfos, ve sin desmayos inclinarse este mundo a su ocaso; porque sabe que el Señor está cerca. Por lo que toca a ella misma, siente que su vida corporal se apaga lentamente, que el muro que la aisla aún de la vista y de la posesión inmutable del Sumo Bien, se derrumba poco a poco; porque ya no vive en este mundo en que está, y su corazón ya se ha vuelto hacia donde está su tesoro.

Así iluminada, así atraída, así fija por la incorporación de los misterios, por medio de los cuales la Liturgia la ha alimentado y por los dones que el Espíritu Santo ha infundido en ella, el alma se entrega sin resistencia al soplo de este divino motor. El bien se le hace tanto más fácil cuanto, como de sí misma, aspira a lo más perfecto; el sacrificio, que la asustaba antes, la atrae ahora; usa de este mundo como si no lo usase2, porque las verdaderas realidades para ella están fuera de este mundo; en fin, aspira tanto más a la posesión imperecedera de lo que S. Mateo, VI, 21. 2 I Cor., VII, 31. PRACTICA 17 ama, cuanto ya desde esta vida, como lo enseña el Apóstol, por lo mismo que se une de corazón a Dios, se hace un espíritu con Él.


La Renovación Anual de la Liturgia

Tal es el resultado que está destinada a producir en el alma la influencia suave y segura de la Liturgia. Y si, después de haber seguido las fases sucesivas, nos parece que este estado de desprendimiento y de aspiración no es aún el nuestro, y que la vida de Cristo no ha absorbido aún en nosotros la vida personal, guardémonos de desalentarnos. El Ciclo de la Liturgia, con sus rayos de luz y sus gracias que derrama en las almas, no aparece una vez sólo en el cielo de la Santa Iglesia; cada año ve que se renueva. Tal es la intención del que "amó tanto al mundo que le dió su Hijo único", del que "vino no a juzgar al mundo, sino a salvarle": intención con la cual la Iglesia se conforma, poniendo sin cesar a nuestra disposición, con su providencia maternal, el más poderoso de los medios para llevar el hombre a Dios y para unirle con El. El cristiano a quien la primera mitad del Ciclo no ha conducido aún al término que acabamos de exponer, encontrará en la segunda preciosos recursos para desarrollar su fe y acrecentar su amor. El Espíritu Santo, que reina más particularmente sobre esta parte del año, no dejará de obrar sobre su inteligencia y sobre su corazón; y, cuando un nuevo ciclo litúrgico se abra, la obra esbozada ya por la gracia, podrá recibir el complemento que la debilidad humana había suspendido.





Sea todo a la mayor gloria de Dios.

domingo, 9 de junio de 2019

Santo Día de Pentecostés






SANTO DÍA DE PENTECOSTÉS
LA VENIDA DEL ESPIRITU SANTO


El gran día que consuma la obra divina en el género humano ha brillado por fin sobre el mundo. "El día de Pentecostés—como dice San Lucas—se ha cumplido" '. Desde Pascua hemos visto deslizarse siete semanas; he aquí el día que le sigue y hace el número misterioso de cincuenta. Este día es Domingo, consagrado al recuerdo de la creación de la luz y la Resurrección de Cristo; le va a ser impuesto su último carácter, y por él vamos a recibir "la plenitud de Dios".


PENTECOSTÉS JUDÍA. — En el reino de las figuras, el Señor marcó ya la gloria del quincuagésimo día. Israel había tenido, bajo los auspicios del Cordero Pascual, su paso a través de las aguas del mar Rojo. Siete semanas se pasaron en ese desierto que debía conducir a la tierra de Promisión, y el día que sigue a las siete semanas fué aquel en que quedó sellada la alianza entre Dios y su pueblo. Pentecostés (día cincuenta) fué marcado por la promulgación de los diez mandamientos de la ley divina, y este gran recuerdo quedó en Israel con la conmemoración anual de tal acontecimiento. Pero así como la Pascua, también Pentecostés era profético: debía haber un segundo Pentecostés para todos los pueblos, como hubo una segunda Pascua para el rescate del género humano. Para el Hijo de Dios, vencedor de la muerte, la Pascua con todos sus triunfos; y para el Espíritu Santo, Pentecostés, que le vió entrar como legislador en el mundo puesto en adelante bajo la ley.


PENTECOSTÉS CRISTIANA. — Pero ¡qué diferencia entre las dos fiestas de Pentecostés! La primera, sobre los riscos salvajes de Arabia, entre truenos y relámpagos, intimando una ley grabada en dos tablas de piedra; la segunda en Jerusalén, sobre la cual no ha caído aún la maldición, porque hasta ahora contiene las primicias del pueblo nuevo sobre el que debe ejercer su imperio el Espíritu de amor. En este segundo Pentecostés, el cielo no se ensombrece, no se oyen los estampidos de los rayos; los corazones de los hombres no están petrificados de espanto como a la falda del Sinaí; sino que laten bajo la impresión del arrepentimiento y acción de gracias. Se ha apoderado de ellos un fuego divino y este fuego abrasará la tierra entera. Jesús había dicho: "He venido a traer fuego a la tierra y ¡qué quiero sino que se encienda!" Ha llegado la hora, y el que en Dios es Amor, la llama eterna e increada, desciende del cielo para cumplir la intención misericordiosa del Emmanuel.

En este momento en que el recogimiento reina en el Cenáculo, Jerusalén está llena de peregrinos, llegados de todas las regiones de la gentilidad, y algo extraño agita a estos hombres hasta el fondo de su corazón. Son judíos venidos para la fiesta de Pascua y de Pentecostés, de todos los lugares donde Israel ha ido a establecer sus sinagogas. Asia, Africa, Roma incluso, suministran todo este contingente. Mezclados con los judíos de pura raza, se ve a paganos a quienes cierto movimiento de piedad ha llevado a abrazar la ley de Moisés y sus prácticas; se les llama Prosélitos. Este pueblo móvil que ha de dispensarse dentro de pocos dias, y a quienes ha traído a Jerusalén sólo el deseo de cumplir la ley, representa,- por la diversidad de idiomas, la confusión de Babel; pero los que le componen están menos influenciados de orgullo y de prejuicios que los habitantes de Judea. Advenedizos de ayer, no han conocido ni rechazado como estos últimos al Mesías, ni han blasfemado de sus obras, que daban testimonio de él. Si han gritado ante Pilatos con los otros judíos para pedir que el Justo sea crucificado, fué porque fueron arrastrados por el ascendiente de los sacerdotes y magistrados de esta Jerusalén, hacia la cual les había conducido su piedad y docilidad a la ley.


EL SOPLO DEL ESPÍRITU SANTO. — Pero ha llegado la hora, la hora de Tercia, la hora predestinada por toda la eternidad, y el designio de las tres divinas personas, concebido y determinado antes de todos los tiempos, se declara y se cumple. Del mismo modo que el Padre envió a este mundo, a la hora de medianoche, para encarnarse en el seno de María a su propio Hijo, a quien engendra eternamente: así el Padre y el Hijo envían a esta hora de Tercia sobre la Tierra el Espíritu Santo que procede de los dos, para cumplir en ella, hasta el fin de los tiempos, la misión de formar a la Iglesia esposa y dominio de Cristo, de asistirla y mantenerla y de salvar y santificar las almas.