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viernes, 30 de septiembre de 2022

San Jerónimo, Presbítero y Doctor de la Iglesia

  








SAN JERÓNIMO, 
PRESBÍTERO Y DOCTOR DE LA IGLESIA


El Ermitaño

"Vidal me es desconocido, no quiero nada con Melecio y no sé quién es Paulino (1); quién está con la cátedra de Pedro (2) ese es mío." De ese modo se dirigía al pontífice Dámaso hacia el año 376, desde las soledades de Siria, agitadas por las competencias episcopales que desde Antioquía traían inquieto a todo el Oriente, un monje desconocido que imploraba luz para su alma rescatada con la sangre del Señor (3). Este era Jerónimo, oriundo de Dalmacia.

Lejos de Stridón, tierra semibárbara de su nacimiento, de la que conservaba la aspereza y la savia vigorosa; lejos de Roma, donde el estudio de las bellas letras y de la filosofía no le preservó de las más tristes caídas: el temor de los juicios de Dios le condujo al desierto de Calcis. Y allí, durante cuatro años, bajo de un cielo de fuego iba a macerar su cuerpo con espantosas penitencias; como remedio más eficaz y austeridad meritoria para su alma apasionada de las bellezas clásicas, se propuso sacrificar sus gustos ciceronianos por el estudio de la lengua primitiva de los Sagrados Libros. Trabajo mucho más penoso entonces que hoy, pues los diccionarios, las gramáticas y los estudios de toda clase, han allanado los caminos de la ciencia. ¡Cuántas veces, disgustado, Jerónimo desesperó del éxito! Pero había probado la verdad de esta sentencia, que más tarde formuló: "Ama la ciencia de las Escrituras y no amarás los vicios de la carne" (4). Y volviendo al alfabeto hebreo, deletreaba sin fln esas letras silbantes y aspirantes (5), cuya heroica conquista le recordaba siempre el trabajo que le habían costado, por la aspereza con que desde entonces, según decía, comenzó a pronunciar el latín (6). Toda la energía de su naturaleza fogosa se había volcado en esta obra: a ella se dedicó con toda su alma y se encauzó en ella para siempre jamás (7). Dios agradeció magníficamente la reverencia que así se tributaba a su palabra: del simple saneamiento moral que Jerónimo esperaba, había llegado a la alta santidad que hoy veneramos en él; de las luchas del desierto, al parecer estériles para otros, salla uno de aquellos a quienes se dice: Tú eres la sal de la tierra, tú eres la luz del mundo (08). Y esta luz la colocaba Dios a su hora sobre el candelero, para iluminar a todos los que están en la casa (09).


El Secretario del Papa

Roma volvía a ver, pero muy transformado, al estudiante de otros tiempos; por su santidad, ciencia y humildad todos le aclamaban como digno del supremo sacerdocio (10). Dámaso, doctor virgen de la Iglesia virgen (11) le encargaba de responder en su nombre a las consultas del Oriente y del Occidente (12), y conseguía que comenzase por la revisión del Nuevo Testamento latino, a base del texto original griego, los grandes trabajos escriturarios que inmortalizarían su nombre en el agradecimiento del pueblo cristiano.