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sábado, 19 de marzo de 2022

San José, Esposo de la SantÍsima Virgen

 




SAN JOSE, 
ESPOSO DE LA SANTÍSIMA VIRGEN 


PROTECTOR DE LA VIRGINIDAD DE MARÍA

Una alegría nos llega dentro de Cuaresma: José, el Esposo de María, el Padre adoptivo del Hijo de Dios, viene a consolarnos con su querida presencia.

El Hijo de Dios, al descender a la tierra para tomar la humanidad, necesitaba una Madre; esta Madre no podía ser otra que la más pura de las vírgenes; la maternidad divina no debia alterar en nada su incomparable virginidad. Hasta tanto que el Hijo de María fuera reconocido por Hijo de Dios, el honor de su Madre requería un protector: un hombre, pues, debía ser llamado a la gloria de ser el Esposo de María. Este fué José el más casto de todos los hombres.


PADRE ADOPTIVO DE JESÚS

Y no sólo consiste su gloria., en haber sido escogido para proteger a la Madre del Verbo encarnado, sino también fué llamado a ejercer una paternidad adoptiva sobre el Hijo de Dios. Los Judíos llamaban a Jesús hijo de José. En el templo, en presencia de los doctores a quienes el divino Niño acababa de llenar de admiración por la sabiduría de sus preguntas y respuestas, dirigía así María la palabra a su Hijo: "Tu Padre y yo doloridos te buscábamos"; y el Santo Evangelio añade que Jesús estaba sujeto tanto a José como a Maria.


GRANDEZA DE SAN JOSÉ

¿Quién podrá concebir y expresar dignamente los sentimientos que llenaron el corazón de este hombre, que el Evangelio nos pinta con una sola palabra, llamándole hombre justo? Un afecto conyugal, que tenía por objeto la más santa y la más perfecta de las criaturas de Dios; el anuncio celestial, hecho por el ángel, que le reveló que su esposa lleva en su seno el fruto de salvación, y le asocia, como testigo único en la tierra, a la obra divina de la encarnación; las alegrías de Belén, cuando asistió al nacimiento del Niño, cuando custodió a la Virgen Madre y escucho los cantos angélicos, cuando vió llegar ante el recién nacido a los pastores, y poco después a los Magos; las inquietudes que vienen en seguida a interrumpir tanta dicha, cuando, en medio de la noche, tiene que huir a Egipto con el Niño y la Madre; los rigores de este destierro, la pobreza, desnudez a que fueron expuestos el Dios escondido, cuyo protector era, y la Esposa virginal, cuya dignidad comprendía cada vez mejor; la vuelta a Nazaret, la vida humilde y laboriosa que llevó en aquella aldea, donde tantas veces sus tiernos ojos contemplaron al Creador del mundo, llevando con él un trabajo humilde; y, en fin, las delicias de esta existencia sin igual en la casa que embellecía la presencia de la Reina de los ángeles, y santificaba la majestad del Hijo eterno de Dios; ambos a una dieron a José el honor de presidir aquella familia, que agrupaba con lazos más queridos al Verbo encarnado, Sabiduría del Padre y a la Virgen, incomparable obra maestra del poder y santidad de Dios.


EL PRIMER JOSÉ

No, nunca hombre alguno, en este mundo podrá penetrar todas las grandezas de José. Para comprenderlas, se necesita abrazar toda la extensión del misterio con el que su misión en la tierra está unido, como un instrumento necesario. No nos extraña, pues, que este Padre nutricio del Hijo de Dios, haya sido figurado en la Antigua Alianza, bajo las facciones de un Patriarca del pueblo escogido. San Bernardo ha expresado magníficamente esta idea: "El primer José, dice, vendido por sus hermanos, y, en esto, figuraba Cristo, fué llevado a Egipto; el segundo, huyendo de la envidia de Herodes, llevó a Cristo a Egipto. El primer José, guardando la fidelidad a su señor, respetó a su ama; el segundo, no menos casto, fué guardián de su Señora, de la Madre de su Señor, y el testigo de su virginidad. Al primero le fué dado el com872 prender los secretos revelados por los sueños; el segundo recibió la confidencia del mismo cielo. El primero conservó las cosechas de trigo, no para él, sino para el pueblo; al segundo se le confirió el cuidado del Pan vivo que descendió del cielo, para él y para el mundo entero."


MUERTE DE SAN JOSÉ

Una vida tan llena de maravillas, no podía acabar de otro modo que por una muerte digna de ella. El momento llega cuando Jesús debía salir de la oscuridad de Nazaret y manifestarse al mundo. En adelante sus obras darían testimonio de su origen celestial; el ministerio de José estaba, pues, cumplido. Le había llegado la hora de partir de este mundo, par ir a esperar, en el descanso del seno de Abrahán, el día en que la puerta de los cielos se abriese a los justos. Junto a su lecho de muerte velaba el dueño de la vida; su postrer suspiro fué recibido por la más pura de las vírgenes, su Esposa. En medio de los suyos y asistido por ellos, José se durmió en un sueño de paz. Ahora el Esposo de María, el Padre putativo de Jesús, reina en el cielo con una gloria, inferior, sin duda, a la de María, pero adornada de prerrogativas a las cuales nadie puede ser admitido.


PROTECTOR DE LA IGLESIA

Desde allí derrama una protección poderosa sobre los que le invocan. Escuchad la palabra inspirada de la Iglesia en la Liturgia: "Oh, José, honor de los habitantes del cielo, esperanza de nuestra vida terrena y sostén de este mundo'". ¡Qué poder en un hombre! Mas buscad también un hombre que haya tenido tratos tan íntimos con el Hijo de Dios, como José. Jesús se dignó someterse a él en la tierra; en el cielo tiene la dicha de glorificar a aquel del que quiso depender, a quien confió su infancia junto con el honor de su Madre.

Así, pues, no tiene límites el poder de San José; y la santa Iglesia nos invita hoy a recorrer con absoluta confianza a este Protector omnipotente. En medio de las terribles agitaciones de las que el mundo es víctima, invóquenle los fieles con fe y serán socorridos. En todas las necesidades del alma y del cuerpo, en todas las pruebas y en todas las crisis, tanto en el orden temporal como en el espiritual, que el cristiano puede encontrar en el camino, tiene una ayuda en San José, y su confianza no será defraudada. El rey de Egipto decía a sus pueblos hambrientos: "Id a José"; el Rey del cíelo nos hace la misma invitación; y el fiel custodio de María tiene ante El mayores créditos que el hijo de Jacob, intendente de los graneros de Menfis, tuvo ante el Faraón. La revelación de este nuevo refugio, preparado para estos últimos tiempos, fué comunicado hace tiempo según el modo ordinario de proceder de Dios, a las almas privilegiadas a las cuales era confiada como germen precioso; como sucedió con la fiesta del Santísimo Sacramento, con la del Sagrado Corazón y con otras varias. En el siglo xvi, Santa Teresa de Jesús, cuyos escritos estaban llamados a extenderse por el mundo entero, recibió en un grado extraordinario las comunicaciones divinas a este respecto y dejó impresos sus sentimientos y sus deseos en su Autobiografía.


SANTA TERESA Y SAN JOSÉ

He aquí cómo se expresa Santa Teresa: "Tomé por abogado y señor al glorioso San José, y encomendéme mucho a él. Vi claro que así de esta necesidad, como de otras mayores de honra y pérdida de alma, este padre y señor mío me sacó con más bien que yo le sabía pedir. No me acuerdo, hasta ahora, haberle suplicado cosa, que la haya dejado de hacer. Es cosa que espanta las grandes mercedes que me ha hecho Dios por medio de este bienaventurado Santo, de los peligros que me ha librado, así de cuerpo como de alma; que a otros santos parece les dió el Señor gracia para socorrer en una necesidad; a este glorioso Santo tengo experiencia que socorre en todas, y que quiere el Señor darnos a entender que así como le fué sujeto en la tierra, que como tenía nombre de padre siendo ayo le podía mandar, así en el cielo hace cuanto le pide. Esto han visto otras muchas personas, a quien yo decía se encomendasen a él, también por experiencia; y aún hay muchas personas que le son devotas de nuevo experimentando esta verdad'".


FIESTAS DE SAN JOSÉ

Pío IX para responder a los numerosos deseos y a la devoción del pueblo cristiano, el 10 de septiembre de 1847, extendió a toda la Iglesia la fiesta del Patrocinio de San José, que estaba concedida a la Orden del Carmen y a algunas iglesias particulares. Más tarde Pío X la elevó a la categoría de las mayores solemnidades dotándola de una octava. Su Santidad, el Papa Pío XII, deseando dar un patrono especial a todos los obreros del mundo, ha instituido una nueva fiesta, que se celebrará el primero de mayo; y por esto ha suprimido la que estaba fijada para el miércoles de la tercera semana después de Pascua, y ha decretado que la fiesta del 19 de marzo honre a la vez a San José como esposo de la Santísima Virgen y como Patrono de la Iglesia universal.


MISA

José, llamado justo por el Espíritu Santo, es, en efecto, por sus virtudes ocultas, el modelo de los que merecen en este mundo tan bello título. Así, pues, la fiesta de este día no impide a la Iglesia tomar una gran parte de la misa del Común de Santos Confesores.


INTROITO
El justo florecerá como la palmera: se multiplicará como el cedro del Líbano: plantado en la casa del Señor, en los atrios de la casa de nuestro Dios. Salmo: Es bueno alabar al Señor: y salmear a tu nombre, oh Altísimo. V. Gloria al Padre.

El poder del Santísimo Esposo de la Madre de Dios, es uno de los más firmes apoyos de la Iglesia; uniéndonos a ella, pertrechémonos del valor de su intercesión para con el Hijo y la Madre.


COLECTA
Suplicárnoste, Señor, seamos ayudados por los méritos del Esposo de tu santísima Madre: para que, lo que no alcanza nuestra posibilidad, nos sea dado por su intervención. Tú, que vives.


EPÍSTOLA

Lección del libro de la Sabiduría (Eccli., 45, 1-5).
Fué amado de Dios y de los hombres, y su memoria es bendecida. Le hizo semejante a los Santos en la gloria, y le engrandeció con el temor de los enemigos, y con sus palabras aplacó a los monstruos. Le glorificó ante los reyes, y le mandó delante de su pueblo, y le mostró su gloria. Con su fe y su mansedumbre, le hizo santo, y le eligió de entre toda carne. Le oyó a El, y su voz, y le hizo entrar en la nube. Y le dió claramente sus preceptos, y la ley de la vida y de la ciencia.

DIGNIDAD DE MOISÉS

Estas líneas están dedicadas, en el libro del Eclesiástico, al elogio de Moisés. Fué escogido para confidente de Dios; en presencia de los reyes trasmitía al pueblo las órdenes del cielo; su gloria igualó a la de los más ilustres patriarcas y santos personajes de la era de la esperanza. "Si uno de vosotros profetiza, decía el Señor, yo me revelaría a él en visión y le hablaría a él en sueños. No así a mi siervo Moisés, que es en toda mi casa el hombre de confianza. Cara a cara hablo con él y a las claras, no por figuras; y él contempla el semblante de Yavé."


DIGNIDAD DE SAN JOSÉ

No menos amado de Dios y no menos bendito de su pueblo, José, no es solamente el amigo de Dios; el intermediario del cielo y una nación privilegiada. El Padre soberano le comunica los derechos de su paternidad sobre su Hijo; a este Hijo, cabeza de los elegidos, y no sólo al pueblo de las figuras, es a quien trasmite las órdenes de lo alto. La autoridad que ejerce de este modo, sólo es comparada con su amor; y no es como de pasada o a hurtadillas como mira al Señor; el Hijo de Dios le llama su Padre y se porta con él como un verdadero hijo; reconoce por su obediencia y afecto, los tesoros de abnegación que encuentra en este corazón fiel y manso. ¡Qué gloria en el cielo, qué poder sobre todas las cosas, correspondiendo a su poder y santidad en este mundo, no son ahora el patrimonio de aquel que, mejor que Moisés, penetró los secretos de la nube misteriosa y conoció todos los bienes!'.

El Gradual y el Tracto, siguen, como eco de la Epístola, para cantar los privilegios del hombre que, como nadie, ha justificado este verso del salmo: La gloria y las riquezas están en su casa y su justicia permanece por los siglos de los siglos.


GRADUAL
Señor, le previniste con bendiciones de dulzura: pusiste en s'u cabeza una corona de piedras preciosas, y. Te pidió vida, y tú le diste largura de días por siglos de siglos.


TRACTO
Bienaventurado el varón que teme al Señor: en sus mandamientos se deleitará sobremanera. V. Poderosa será en la tierra su semilla: la generación de los rectos será bendecida. V. Gloria y riquezas habrá en su casa: y su justicia permanecerá por siglos de siglos.


EVANGELIO

Continuación del santo Evangelio según San Mateo (Mt„ 1, 18-21).

Estando desposada con José, María, la Madre de Jesús, antes de que se juntasen, se halló haber concebido del Espíritu Santo. Mas José, su marido, como fuese justo y no quisiera difamarla, pensó abandonarla secretamente. Y, pensando él en esto, he aquí que se le apareció en sueños el Angel del Señor, diciéndole: José, hijo de David, no temas recibir a María, tu mujer, porque, lo que ha nacido en ella, del Espíritu Santo es. Y dará a luz un Hijo, y le llamarás Jesús, pues El ha de salvar a su pueblo de sus pecados.


LA PRUEBA DE SAN JOSÉ

Dios sometió al Esposo de María a una prueba durísima. José, tal es la experiencia de las almas más santas había de ser para sus devotos una guía incomparable en la vía espiritual; y esta es la razón por la que él debía conocer también la aflicción, crisol necesario, donde toda santidad se purifica. Mas la Sabiduría no abandona nunca a aquellos que buscan sus veredas. Como lo canta la Iglesia en este mismo día, ella conducía al justo por las vías rectas, sin la cual, él no tiene conocimiento, y le mostraba su divina luz en esta noche donde sus pensamientos buscaban penosamente descubrir el camino de la justicia; le fué dado el conocimiento de los secretos celestiales; en recompensa del sufrimiento del corazón, veía el lugar que le reservaba el inscrustable plan de la Divina Providencia, en este reino de Dios, cuyos resplandores estaban llamados a iluminar por siempre, desde su pobre morada, al mundo entero. Verdaderamente, pues, podía reconocer que la Sabiduría, en efecto, había ennoblecido su trabajo y fecundado sus penas. Siempre del mismo a modo da a los justos el premio de sus trabajos y les conduce por vías admirables.

Cantamos en el Ofertorio esta efusión de grandezas divinas, que elevan al humilde artesano de Nazaret por encima de todos los reyes, sus antepasados.


OFERTORIO
Mi verdad y mi misericordia están con él: y en mi nombre será exaltada su fortaleza.

En la Secreta sepamos con la Iglesia confiar, al bienaventurado custodio del Niño-Dios la protección de los dones de Dios en nuestras almas; él alimentará a Jesús en nosotros y le hará crecer a la estatura de hombre perfecto, como lo hizo hace xx siglos.


SECRETA
Ofrecérnoste, Señor, la deuda de nuestra servidumbre, rogándote humildemente protejas en nosotros tus dones, por los sufragios de San José, Esposo de la Madre de tu Hijo, nuestro Señor Jesucristo, en cuya veneranda festividad te inmolamos estas hostias de alabanza. Por el mismo Señor.

La Iglesia reemplaza hoy el Prefacio ordinario de Cuaresma, por una fórmula especial de acción de gracias, donde mezcla a los acentos de su gozo y de su reconocimiento, el recuerdo del santísimo Esposo de la Virgen, Madre de Dios. Este prefacio, que se dice en todas las misas de San José, fué introducido en el Misal romano por el Papa Benedicto XV.


PREFACIO
Es verdaderamente digno y justo, equitativo y saludable que. siempre y en todas partes, te demos gracias a ti, Señor santo, Padre omnipotente, eterno Dios: Y el que te alabemos, bendigamos y ensalcemos con las debidas alabanzas en la fiesta de San José. El cual, por ser Un varón justo, fué dado por ti como Esposo a la Virgen Madre de Dios: y como un servidor fiel y prudente, fué constituido sobre tu Familia: para que guardara con paternal cuidado a tu Unigénito, nuestro Señw Jesucristo, concebido por obra del Espíritu Santo. Por quien alaban a tu Majestad los Angeles, la adoran las Dominaciones, la temen las Potestades; los cielos, y las Virtudes de los Cielos, y los santos Serafines, la celebran con igual exultación. Con los cuales te pedimos admitas también nuestras voces, diciendo con humilde confesión: Santo...

La Comunión recuerda el mensaje del ángel, cuando anuncia a José que Dios mismo ha tomado posesión de María, su Esposa. Es el Banquete sagrado ¿no asemeja la feliz suerte de la Iglesia a la de la Virgen Madre?


COMUNIÓN
José, hijo de David, no temas recibir a María, tu esposa porque lo que ha nacido en ella, del Espíritu Santo es.

La Poscomunión vuelve a expresar la idea que insinuó la Secreta: que Dios se digne poner de nuevo sus dones, y el mismo Jesús que acabamos de recibir, bajo la custodia, tan segura, de José.


POSCOMUNIÓN
Asístenos, oh Dios misericordioso, te lo suplicamos: y, por intercesión del santo Confesor José, conserva propicio en nosotros tus dones. Por el Señor.


PLEGARIA DE ALABANZA A SAN JOSÉ

Padre y protector de los fieles, glorioso San José: bendecimos a nuestra santa madre la Iglesia que, en el declinar del mundo, nos ha enseñado a esperar en ti. Largos siglos pasaron sin que tus grandezas fuesen manifiestas; pero tú has sido en el cielo uno de los más poderosos intercesores del género humano. Jefe de la sagrada familia, de la cual un Dios era miembro, sigues ejerciendo tu ministerio paternal para con nosotros. Tu acción oculta se hacía sentir en la salvación de los pueblos y de los particulares; mas la tierra experimentaba tu ayuda, sin haber aún instituido, para reconocerla, los homenajes que hoy te ofrece. Un conocimiento mejor entendido de tus grandezas y de tu poder, la proclamación de tu patrocinio, sobre todas nuestras necesidades, estaba reservado a estos desventurados tiempos, cuando el estado del mundo, en situación desesperada, invoca los socorros que no fueron revelados a los tiempos precedentes. Nosotros venimos, pues, a tus plantas, ¡oh José! para rendir homenaje en tí a un poder de intercesión que no conoce límites, a una bondad que abraza todos los hermanos de Jesús en una misma adopción.

Ninguna de nuestras necesidades es ajena a tu conocimiento y a tu poder; los menores hijos de la Iglesia tienen derecho a recurrir a ti de día y de noche, seguros de encontrar en ti la acogida de un padre tierno y complaciente. Nosotros no lo olvidamos, ¡oh José!, te pedimos que nos ayudes en la adquisición de las virtudes, de las que Dios quiere que esté adornada nuestra alma, en los combates que tenemos que tener con nuestro enemigo, en los sacrificios que estamos obligados a hacer con frecuencia. Haznos dignos de ser llamados hijos tuyos, ¡oh tú, Padre de los fieles! Mas tu soberano poder no se ejerce solamente en los intereses de la vida futura; la experiencia de todos los días, muestra cuán poderoso es tu socorro para obtener la protección celestial en las cosas temporales, mientras nuestros deseos no son contrarios a los designios de Dios. Osamos, pues, depositar en tus manos nuestros intereses de este mundo, nuestras esperanzas, nuestros deseos y nuestros temores. Te fué confiado el cuidado de la casa de Nazaret; sé el consejero y ayuda de todos los que abandonan en tus manos sus quehaceres temporales.

Augusto jefe de la sagrada familia: la familia cristiana está bajo tu cuidado especial; vela sobre ella en estos tiempos calamitosos. Responde favorablemente a aquellos y aquellas que se dirigen a ti en esos momentos solemnes, cuando tienen que escoger la ayuda con la que tienen que pasar esta vida y preparar el camino para otra mejor. Mantén entre los esposos la dignidad y el respeto mutuo que son la salvaguardia del honor conyugal; obténles la fecundidad, muestra de celestiales bendiciones. Tus devotos oh José, aborrezcan esos infames cálculos que socaban lo que hay de más santo, atraen la maldición divina sobre las razas y amenazan a la sociedad con una ruina moral y material a la vez. Disipa los prejuicios tan vergonzosos como culpables; haz que vuelva al honor esta santa conciencia, cuya estima deben conservar siempre los esposos cristianos, y a la cual están obligados a rendir homenaje, so pena de ser como paganos, de los que dijo el Apóstol, "que seguían sus apetitos porque no conocían a Dios".

Finalmente una postrera plegaria, ¡Oh glorioso San José! Existe en nuestra vida un momento supremo, momento decisivo para toda la eternidad: el momento de la muerte. Sin embargo de eso, al examinarnos, nos sentimos con menos inquietudes, sabiendo que la divina bondad lo ha hecho uno de los principales objetos de tu soberano poder. Has sido investido de misericordioso cuidado para facilitar al cristiano que espera de ti, la ayuda para la eternidad. A ti, oh José, nos debemos dirigir para alcanzar una buena muerte. Esta prerrogativa debía reservársete a ti, cuya muerte feliz, entre los brazos de Jesús y de María, fué la admiración del cielo y uno de los más sublimes espectáculos que ha ofrecido la tierra. Sé, pues, nuestro recurso, oh José, en este solemne y último instante de la vida terrena. Confiamos en María, a la que rogamos cada día, que nos sea propicia en la hora de nuestra partida; mas sabemos que María se alegra de la confianza que nosotros tenemos en tiy y que, donde estás tú, ella también se digna estar igualmente. Fortalecidos por la esperanza de tu paternal bondad, oh José, esperamos tranquilos la hora decisiva, porque sabemos que, si somos fieles en pedírtela, tu ayuda nos está asegurada.




Sea todo a la mayor gloria de Dios.

miércoles, 8 de mayo de 2019

Solemnidad de San José





SOLEMNIDAD DE SAN JOSÉ,
Esposo de la Bienaventurada Virgen María
Patrono de la Iglesia Universal


Hoy se suspende la serie de misterios del Tiempo pascual; otro objeto atrae por un momento nuestra atención. La Santa Iglesia nos incita a consagrar la jornada al culto del Esposo de María, del Padre nutricio del Hijo de Dios, Patrón de la Iglesia universal. El 19 de marzo le hemos rendido nuestro homenaje anual; pero se trata de erigir para la piedad del pueblo cristiano un monumento de reconocimiento a San José, socorro y apoyo de todos los que le invocan con confianza.


HISTORIA DEL CULTO HACIA SAN JOSÉ 

La devoción a S. José estaba reservada para estos últimos tiempos. Su culto, fundado en el Evangelio mismo, no debía desarrollarse en los primeros siglos de la Iglesia; no porque los fieles, considerando el papel de San José en la economía del misterio de la Encarnación, estuviesen coartados de algún modo en los honores que hubieran querido rendirle; sino que la divina Providencia tenía sus razones misteriosas para retardar el momento en que la Liturgia debía prescribir cada año los homenajes públicos debidos al Esposo de María. El Oriente precedió al Occidente, así como ocurrió otras veces, en el culto especial de San José; pero en el siglo xv, la Iglesia latina le habla adoptado todo entero, y desde entonces no ha cesado de progresar en las almas católicas. Las grandezas de S. José han sido expuestas el 19 de Marzo; el fin de la presente fiesta no es el volver sobre este inagotable asunto. Tiene su motivo especial de institución que es necesario dar a conocer.

La bondad de Dios y la fidelidad de nuestro Redentor a sus promesas se unen siempre más estrechamente de siglo en siglo, para proteger en este mundo la chispa de vida sobrenatural que debe conservar él hasta el último día. En este fin misericordioso, una sucesión ininterrumpida de auxilios viene a caldear, por decirlo así, cada generación, y a traerle un nuevo motivo de confianza en la divina Redención. A partir del siglo XIII, en que comenzó a hacerse sentir el enfriamiento del mundo, como nos lo atestigua la misma Iglesia, ("Frigescente mundo"—Oración de la fiesta de los Estigmas de S. Francisco), cada época ha visto abrirse una nueva fuente de gracias.

Apareció primero la ñesta del Santísimo Sacramento, cuyo desarrollo ha producido sucesivamente la Procesión solemne, las Exposiciones, las Bendiciones, las Cuarenta Horas. A ella siguió la devoción al santo Nombre de Jesús, cuyo apóstol principal fué San. Bernardino de Sena y la del "Vía Crucis" o "Calvario", que produjo tantos frutos de compunción en las almas. El siglo XVI vió renacer la comunión frecuente, por la influencia principal de S. Ignacio de Loyola y de su Compañía. En el xvn fué promulgado el culto del Sagrado Corazón de Jesús, que se estableció en el siglo siguiente. En el XIX, la devoción a la Santísima Virgen tomó un incremento y una importancia que son las características sobrenaturales de nuestro tiempo. Ha sido restablecida la devoción al santo Rosario, y al Santo Escapulario, que nos legaron las edades precedentes; las peregrinaciones a los santuarios de la Madre de Dios, suspendidas por los prejuicios jansenistas y racionalistas, han vuelto a resurgir; la Archicofradía del Sagrado Corazón de María ha extendido sus afiliaciones por el mundo entero; numerosos prodigios han venido a recompensar la fe rejuvenecida; en fin, para terminar: el triunfo de la Inmaculada Concepción, preparado y esperado en los siglos menos favorables.

Pero la devoción a María no podía desarrollarse sin el culto ferviente de San José. María y José se hallan tan íntimamente unidos en el misterio de la Encarnación, ia una como Madre del Hijo de Dios, el otro como guardián del honor de la Virgen y Padre nutricio del Niño-Dios, que no se les puede aislar el uno del otro. Una veneración particular a S. José ha sido pues la consecuencia del desarrollo de la piedad hacia la Virgen Santísima.


TÍTULOS DE SAN JOSÉ A NUESTRA DEVOCIÓN

Pero la devoción al Esposo de María no es solamente un justo tributo que rendimos a sus prerrogativas; es también para nosotros la fuente de un nuevo socorro tan extenso como poderoso, habiendo sido puesto entre las manos de San José por el mismo Hijo de Dios. Escuchad el lenguaje inspirado de la Iglesia en la Liturgia: ¡"Oh José, honra de los habitantes del cielo, esperanza de nuestra vida aquí abajo, el "sostén de este mundo"! (Himno de Laudes de la Solemnidad de S. José. "Caelitum, Joseph, decus atque nostrae"... etc.)

¡Qué poder en un hombre! Pero buscad también un hombre que haya tenido con el Hijo de Dios sobre la tierra relaciones tan íntimas como José. Jesús se dignó estarle sumiso aquí abajo; en el cielo, tiene empeño en glorificar a aquel de quien quiso depender, y a quien confió su niñez y el honor de su Madre. El poder de S. José es pues ilimitado; y la Santa Iglesia nos invita hoy a recurrir con una confianza absoluta a este Protector omnipotente. En medio de las terribles agitaciones de las cuales es el mundo víctima, invóquenlo los fieles con fe y serán protegidos. En todas las necesidades de alma y cuerpo, en todas las pruebas y crisis que el cristiano deba atravesar, así en el orden temporal como en el orden espiritual, que recurra a S. José y su confianza no se verá defraudada. El Rey de Egipto decía a sus pueblos hambrientos: "Id a José." (Gén., XLI, 55); el Rey del cielo nos hace la misma invitación; y el fiel custodio de María tiene más crédito ante él que el hijo de Jacob, intendente de los graneros de Menfis, lo tuvo ante el Faraón.

La revelación de este nuevo refugio preparado para los últimos tiempos ha sido, desde luego, comunicada, según la costumbre que Dios guarda de ordinario, a las almas privilegiadas a las cuales estaba ella confiada como un germen precioso: así fué para la institución de la fiesta del Santísimo Sacramento, para la del Sagrado Corazón de Jesús, y para otras más. En el siglo XVI, Santa Teresa cuyos escritos estaban llamados a extenderse por el mundo entero, recibió en un grado superior comunicaciones divinas a este propósito, y consignó sus sentimientos y sus deseos en su vida escrita por ella misma.


SANTA TERESA Y SAN JOSÉ

He aquí como se expresa Santa Teresa: "Tomé por abogado y señor al glorioso San José y encomendeme mucho a él. Vi claro que así de esta necesidad, como de otras mayores de honra y pérdida de alma, este padre y señor mío me sacó con más bien que yo le sabía pedir. No me acuerdo, hasta ahora, haberle suplicado cosa que la haya dejado de hacer. Es cosa que espanta las grandes mercedes que me ha hecho Dios por medio de este bienaventurado santo, de los peligros que me ha librado, así de cuerpo como de alma: que a otros santos parece les dió el señor gracias para socorrer una necesidad; a este glorioso santo tengo experiencia que socorre en todas, y que quiere el Señor darnos a entender que así como le fué sujeto en la tierra, que como tenía nombre de padre siendo ayo, le podía mandar, así en el cielo hace cuanto le pide. Esto han visto otras algunas personas, a quien yo decía se encomendase a él, también por experiencia; y aun hay muchas que le son devotas de nuevo experimentando esta verdad." (Vida. cap. VI.)

Para responder a numerosos deseos y a la devoción del pueblo cristiano, el 10 de Septiembre de 1847, Pío IX extendió a la Iglesia universal la fiesta del Patrocinio de S. José que había sido concedido a la Orden de los Carmelitas y a algunas Iglesias particulares. Más tarde, Pío X debía elevar esta fiesta al rango de las mayores solemnidades dotándola de una Octava.

Pongamos pues nuestra confianza en el poder del augusto Padre del pueblo cristiano, José, sobre quien han sido acumuladas tantas grandezas para que las repartiese entre nosotros, en una medida más abundante que los otros santos, las influencias del misterio de la Encarnación del mal ha sido, después de María, el principal ministro sobre la tierra.


MISA

En esta fiesta dedicada a S. José como protector de los fieles, la Santa Iglesia, por el Introito, nos hace cantar las palabras en las cuales David expresa la confianza que ha puesto en la Protección del Señor. San José es el ministro de esta protección divina, y Dios nos la promete, si nos dirigimos a su incomparable servidor.


INTROITO
El Señor es nuestro ayudador y nuestro protector: en El se alegrará nuestro corazón, y confiaremos en su santo nombre, aleluya, aleluya. — Salmo: Tü, que riges a Israel, atiende: tú, que guías a José como a una oveja. Y. Gloria al Padre.

En la Colecta, la Iglesia revela la elección que Dios quiso hacer de S. José para Esposo de María, y nos enseña que esta elección tuvo por efecto asegurarnos en él a un Protector, que responderá siempre a nuestros homenajes por su intercesión todopoderosa.


COLECTA
Oh Dios, que, con inefable providencia, te dignaste elegir a San J'osé para Esposo de tu Santísima Madre: haz, te suplicamos, que al que veneramos en la tierra como Protector, merezcamos tenerle por intercesor en los cielos. Tú, que vives.


EPÍSTOLA
Lección del libro del Génesis.
José es un retoño pujante, un retoño que crece al pie de las aguas, cuyas ramas se extienden por el muro. Y se irritaron contra él, y le injuriaron y le asaetearon los arqueros. Pero su arco permaneció firme, y los lazos de sus manos y pies fueron desatados por el poder del fuerte Jacob: de allí salió el pastor, la piedra de Israel. El Dios de tu padre será tu ayudador, y el Omnipotente te bendecirá con bendiciones del cielo de arriba, con bendiciones del abismo de abajo, con bendiciones de los pechos y del vientre de la madre. Las bendiciones de tu padre serán aumentadas con las bendiciones de sus padres: hasta que venga el Deseado de las colinas eternas, estarán sobre la cabeza de José y sobre la frente del Nazareno entre sus hermanos.


LOS DOS JOSÉS

Esta magnífica profecía de Jacob moribundo, y que revela a su hijo José la suerte gloriosa que le espera a él y a sus hijos, viene a propósito en este día para recordarnos las relaciones que notado San. Bernardo ha elocuentemente entre los dos Josés. Las tan señalamos el 19 de marzo, y el lector pudo convencerse de que el primer José fué el tipo del segundo.

El viejo Patriarca, después de haber profetizado el destino de sus diez primeros hijos, se detiene con complacencia en el hijo de Raquel. Después de haber alabado su belleza, recuerda las persecuciones a que estuvo expuesto por parte de sus hermanos, y las vías maravillosas por las cuales le libró Dios de sus manos, y le condujo al poder. Después Jacob muestra a ese hijo de su ternura glorificado y convertido en el tipo del segundo José.

¿Quién ha merecido más que el Esposo de María, el Protector de los fieles, ser llamado "Pastor de un pueblo y fuerza de Israel"? Todos nosotros somos su familia: él vela por nosotros con amor; y en nuestras tribulaciones, podemos apoyar en él nuestra confianza como sobre una roca inexpugnable. L a herencia de S. José es la Iglesia, que las aguas del Bautismo riegan sin cesar y la hacen fecunda; allí ejerce su poder bienhechor sobre los que confían en él. Jacob promete al primer José inmensas bendiciones, cuyo efecto durará hasta el día en que el Salvador prometido "descienda de las colinas de la eternidad". Entonces comenzará el ministerio del segundo José, ministerio de socorro y de protección, que durará hasta el segundo advenimiento del Hijo de Dios. En fin, si el primer José es presentado en la profecía como Nazareno, es decir, consagrado a Dios y santo en medio de sus hermanos, el segundo cumplirá el oráculo más literalmente aún; pues no solamente su santidad aventajará a la del hijo de Jacob, sino que su morada será Nazaret. Allí habitará con María, allí vendrá a la vuelta de Egipto, allí acabará su santa carrera; en ñn por haber habitado allí con él, su hijo adoptivo, Jesús, Verbo eterno, "será llamado Nazareno". (S. Matth., I I , 23.)

En el primer Verso aleluyático se oye la voz de S. José. Invita a los fieles a recurrir a él, y les promete una ayuda pronta. En el segundo, la Iglesia pide para sus hijos que se apresuren a imitar la pureza del Esposo de María, al mismo tiempo que implora para ellos su Patrocinio.


ALELUYA
Aleluya, aleluya. J. En cualquier tribulación, en que clamaren a mí, les oiré, y seré siempre su protector. Aleluya. J. Haznos correr, oh José, una vida inofensiva: y esté siempre defendida por tu patrocinio. Aleluya.


EVANGELIO
Continuación del santo Evangelio según San Lucas. En aquel tiempo sucedió que, cuando se bautizaba todo el pueblo, se bautizó también Jesús: y, orando El, se abrió el cielo: y descendió sobre El el Espíritu Santo en forma de paloma: y dijo una voz del cielo: Tú eres mi Hijo amado, en ti me he complacido yo. Y el mismo Jesús comenzaba a tener como unos treinta años, y se le creía hijo de José.


JESÚS, "HIJO DE JOSÉ"

 ¡Jesús considerado como hijo de José"! Así, el amor ñlial de Jesús para con su Madre y las consideraciones debidas al honor de la más pura de las vírgenes, llevaron al Hijo de Dios, hasta aceptar durante treinta años, el nombre y la apariencia de hijo de José. José se ha oído llamar padre por el Verbo increado cuyo Padre es eterno; recibió de un hombre mortal los cuidados de la infancia y los alimentos en sus primeros años. José fué el jefe de la sagrada familia de Nazaret, y Jesús reconoció su autoridad. La economía misteriosa de la Encarnación exigía esas asombrosas relaciones entre el creador y la creatura. Pero si el Hijo de Dios sentado a la diestra de su Padre ha retenido a la naturaleza humana indisolublemente unida a su persona divina, no por eso se ha despojado de los sentimientos que profesó aquí abajo hacia los otros dos miembros de la familia de Nazaret. Hacia María su Madre en el orden de la humanidad, su ternura filial y sus atenciones no han hecho más que aumentar; pero no podemos dudar que el afecto y la deferencia que tuvo para con su padre adoptivo estén también presentes eternamente en el corazón del Hombre-Dios. Ningún mortal tuvo con Jesús relaciones tan íntimas y tan familiares. José, por sus cuidados paternales para con el hijo de María, ha hecho sentir reconocimiento al Hijo del Eterno; es justo pensar que honores particulares y un crédito superior en el cielo han pagado este reconocimiento. Tal es la creencia de la Iglesia, tal es la confianza de las almas piadosas, tal es el motivo de la institución de la solemnidad hoy.

En el Ofertorio, formado con palabras del salmo CXLVII, Jerusalén, es decir, la Iglesia, es felicitada por el cuidado que Dios ha tomado de ella, defendiéndola contra sus enemigos con fuertes murallas. La protección de S. José es una de las más invencibles.


OFERTORIO
Alaba, Jerusalén, al Señor: porque afirmó los quicios de tus puertas, bendijo a tus hijos en ti, aleluya, aleluya.

En la Secreta, la Iglesia implora para sus hijos la gracia de imitar el desprendimiento del carpintero de Nazaret.


SECRETA
Ayudados por el patrocinio del Esposo de tu Santísima Madre, imploramos, Señor, tu clemencia: para que hagas que nuestros corazones desprecien todo lo terreno y te amen a ti, verdadero Dios, con perfecta caridad. Tú, que vives y reinas...

La Iglesia suspende hoy el Prefacio del Tiempo pascual y lo reemplaza por la fórmula de acción de gracias que emplea en las misas de San José.


PREFACIO
Es verdaderamente digno y justo, equitativo y saludable que, siempre y en todas partes, te demos gracias a ti, Señor santo, Padre omnipotente, eterno Dios: Y el que te alabemos, bendigamos y ensalcemos con las debidas alabanzas en la fiesta de San José. El cual, por ser un varón justo, fué dado por ti como Esposo a la Virgen Madre de Dios: y, como un servidor fiel y prudente, fué constituido sobre tu Familia: para que guardara con paternal cuidado a tu Unigénito, nuestro Señor Jesucristo, concebido por obra del Espíritu Santo. Por quien alaban a tu Majestad los Angeles, la adoran las Dominaciones, la temen las Potestades; los cielos, y las Virtudes de los cielos, y los santos Serafines, la celebran con igual exultación. Con los cuales te pedimos admitas también nuestras voces, diciendo con humilde confesión:
¡Santo! ¡Santo! ¡Santo!

La Antífona de la Comunión es el paso de San Mateo en el cual el Evangelista inscribe el título glorioso de nuestro gran Protector: "José, esposo de María", y el título más glorioso aún de María, "de la cual nació Jesús".


COMUNIÓN
Y Jacob engendró a José, marido de María, de la cual nació Jesús, que se llama el Cristo, aleluya, aleluya.

La Santa Iglesia pide en la Poscomunión que San José, nuestro protector durante la vida presente intervenga también en el interés de nuestra dicha eterna.


POSCOMUNIÓN
Alimentados en la fuente del divino don, suplicárnoste, Señor, Dios nuestro, que, así como nos haces alegrarnos de la protección de San José, así también, por sus méritos e intercesión, nos hagas partícipes de su celeste gloria. Por el Señor.


PLEGARIA 

Padre y protector de los fieles, glorioso José, bendecimos a nuestra madre la Santa Iglesia que, en este declinar del mundo, nos ha enseñado a esperar en ti. Largos siglos han corrido sin que fuesen manifestadas tus grandezas; pero no dejabas por eso de ser en el cielo uno de los intercesores más poderosos del género humano. Jefe de la sagrada familia de quien todo un Dios es miembro, prosigue tu ministerio paternal para con nosotros. Tu acción escondida se notaba en la salvación de los pueblos y de los particulares: pero la tierra experimentaba tus beneficios, sin haber instituido aún, para agradecerlos, las honras que hoy te ofrece. El conocimiento más claro de tus grandezas y de tu poder, la proclamación de tu Patrocinio y de tu Protección en todas nuestras necesidades, estaban reservadas a estos tiempos calamitosos en que el estado de un mundo desesperado pide los socorros que no fueron revelados a las edades precedentes. Venimos, pues, a tus pies, ¡oh José! a fin de rendir homenaje a tu poderosa intercesión que no conoce límites, y a tu bondad que abraza a todos los hermanos de Jesús en una misma adopción.

Sabemos, oh María, que te es agradable ver honrar al Esposo a quien amaste con ternura incomparable. Acoges con un favor particular nuestras demandas, cuando te son presentadas por sus manos. Los lazos formados por el cielo en Nazaret subsistirán eternamente entre ti y José; y el amor sin límites que tienes a tu Hijo divino estrecha aún el afecto que tu corazón tan amante conserva siempre para aquel que fué al mismo tiempo el nutricio de Jesús y el custodio de tu virginidad. Oh José, también nosotros somos los hijos de tu esposa María; toma en tu brazos a todos estos nuevos hijos, sonríe a esta numerosa familia y dígnate aceptar nuestras instancias, que alienta la Santa Iglesia, y que suben hacia ti más apremiantes que nunca.

Tú eres "el sostén del mundo, columen mundi", uno de los apoyos sobre los que reposa; pues el Señor, en vista de tus méritos y por deferencia a tu oración, le sufre y le conserva a pesar de las iniquidades que le manchan. Tu ayuda es grande, oh José, en estos tiempos "en que los santos faltan, en que las verdades han venido a menos" (Ps., XI, 1.) es preciso poseer el peso de tus méritos, para que el platillo de la divina balanza no se incline del lado de la justicia. Dígnate oh Protector universal, no abandonar esta empresa; la Iglesia te lo suplica hoy. El suelo minado por la libertad desenfrenada del error y del mal, está, en cada instante, a punto de abrirse bajo sus pies; no descanses un instante, y apresúrate a prepararle con tu intervención paternal, una situación más tranquila.

Ninguna de nuestras necesidades es extraña a tu conocimiento ni a tu poder; los mínimos entre los hijos de la Iglesia tienen derecho a recurrir a ti día y noche, seguros de encontrar en ti la acogida de un padre tierno y compasivo. ¡No lo olvidaremos, oh José! En todas las necesidades de nuestras almas, nos dirigiremos a ti. Te pediremos nos ayudes en la adquisición de las virtudes de que Dios quiere que nuestra alma esté adornada, en los combates que hemos de sostener contra nuestro enemigo, en los sacrificios a que estamos tan frecuentemente llamados a hacer. Haznos dignos de ser llamados hijos tuyos, ¡oh Padre de los fieles! Pero tu poder soberano no sólo se ejerce en interés de la vida futura, la experiencia de cada día nos muestra cuán poderoso es tu crédito para obtenernos la protección celestial aun en las cosas temporales, cuando nuestros deseos no son contrarios a los designios de Dios. Nos atrevemos, pues, a poner en tus manos todos nuestros intereses de este mundo, nuestras esperanzas, nuestros deseos y nuestros temores. Te fué confiado el cuidado de la casa de Nazaret; dígnate ser el consejo y el socorro de todos los que ponen en tus manos sus negocios temporales.

Augusto jefe de la sagrada Familia, la familia cristiana está puesta bajo tu especial protección; vela por ella en nuestros desgraciados tiempos. Responde favorablemente a aquellos y a aquellas que se dirigen a ti, en los momentos solemnes para ellos, en que se trata de escoger una ayuda con la que atraviesen esta vida y preparen el viaje para otra mejor. Mantén entre los esposos la dignidad y el respeto mutuo que son la salvaguardia del honor conyugal; obténles la fecundidad, prenda de las bendiciones celestiales. Que tus clientes, oh José, tengan horror a esos cálculos infames que manchan lo que tiene de más santo, atraen la maldición divina sobre las razas y amenazan a la sociedad con una ruina moral y material a la vez. Disipa esos prejuicios tan vergonzosos como culpables, haz que sea de nuevo honrada la santa continencia de la cual las esposas cristianas deben siempre conservar la estima, y a la cual están obligados a rendir homenaje frecuente, so pena de semejar a esos paganos de que habla el Apóstol, "que no siguen más que sus apetitos, porque ignoran a Dios". (I Thess,. IV, 5.)

Otra plegaria todavía, ¡oh glorioso José! Hay en nuestra vida un momento supremo, momento que decide todo para la eternidad: es el de nuestra muerte. Nos sentimos, sin embargo, inclinados a mirarle con menos inquietud cuando nos acordamos que la bondad divina le ha hecho uno de los principales objetos de tu soberano poder. Has sido investido del oficio misericordioso de facilitar al cristiano que recurre a ti el paso del tiempo a la eternidad. A ti, oh José, debemos dirigirnos para conseguir una buena muerte.

Esta prerogativa te era debida, a ti cuya dichosa muerte, entre los brazos de Jesús y María, causó la admiración del cielo y fué uno de los más sublimes espectáculos que ha ofrecido la tierra. Sé, pues, nuestra ayuda, oh José, en este solemne y último instante de nuestra vida terrestre. Confiamos en María, a quien suplicamos cada día nos sea propicia en la hora de nuestra muerte; pero sabemos que María se complace de la confianza que ponemos en ti, y que donde tú estás, ella se digna estar también.

Fortificados con la esperanza en tu paternal bondad, oh José, esperaremos con tranquilidad esta hora decisiva; pues sabemos que si somos fieles en recomendártela, tu ayuda nos está asegurada.





Sea todo a la Mayor Gloria de Dios