miércoles, 11 de mayo de 2022

Santos Felipe y Santiago el Menor, Apóstoles



SANTOS FELIPE Y SANTIAGO EL MENOR

Apóstoles 


Dos buenos testigos de la Resurrección de nuestro amado Salvador se presentan hoy a nuestra verberación: San Felipe y Santiago vienen a afirmarnos que su Maestro resucitó verdaderamente de entre los muertos, que le vieron, que le tocaron, que vivieron con él durante cuarenta días, y para que no dudemos de la sinceridad dé su testimonio, traen en las manos los instrumentos del martirio que padecieron, para atestiguar que Jesús, después de haber padecido la muerte, salió vivo del sepulcro.


SAN FELIPE

Según la tradición predicó a los escitas y se cree que murió en Hierápolis de Frigia. Documentos antiguos dan testimonio de que fué martirizado en tiempo de Domiciano o de Trajano.


SANTIAGO

Más conocido que San Felipe, Santiago fué llamado el “hermano del Señor” por el parentesco que unía a su madre con la de Jesús. Se propone de un modo especial a nuestra veneración en estos días de Pascua. Sabemos por el Apóstol San Pablo, que el Salvador resucitado favoreció a Santiago con una aparición particular. Tal distinción obedecía sin duda a una fidelidad especial de este discípulo para con su Maestro. Fué constituido primer Obispo de Jerusalén y fué tan grande la fama de su santidad que en esa ciudad todos le llamaban el Justo; y los judíos fueron tan ciegos que no comprendieron que el espantoso desastre de su ciudad fué el castigo del deicidio y buscaron su causa en el asesinato de Santiago que sucumbió bajo sus golpes, orando por ellos. Podemos penetrar en el alma pura y tranquila del Santo Apóstol leyendo la admirable Epístola con la que nos sigue instruyendo. En ella con un lenguaje del todo celestial, nos enseña que las obras deben acompañar a la fe si queremos ser justos, con la justicia que nos hará semejantes a nuestro Señor Resucitado.

Las reliquias de San Felipe y Santiago descansan en Roma en la basílica llamada de los Doce Apóstoles. Constituyen uno de los tesoros más sagrados de la ciudad santa. Las reliquias de San Felipe fueron traídas siendo Papa Pelagio I (560) el 1 de mayo, día en que se celebraba la dedicación de dicha Iglesia; las de Santiago fueron trasladadas poco más tarde. Excepto las fiestas de San Juan Evangelista y de San Andrés, hermano de San Pedro, la Iglesia romana durante muchos años no celebró fiestas particulares de otros apóstoles. Los honraba a todos en la solemnidad de San Pedro y San Pablo. La traslación desde Oriente, en el siglo vi, de los cuerpos de San Felipe y Santiago dió ocasión a la institución de la fiesta que se celebra hoy en su honor: y esta derogación trajo insensiblemente al Ciclo litúrgico la admisión de otros Apóstoles y Evangelistas.


PLEGARIA A LOS DOS APÓSTOLES

Santos Apóstoles, vosotros habéis visto a Jesús en toda su gloria: El os dijo la víspera de la Pascua: “¡La paz sea con vosotros!” y durante estos cuarenta días se os apareció para convenceros de su resurrección. Grande fué vuestra alegría al ver de nuevo al Maestro que se dignó escogeros por confidentes íntimos y vuestro amor para con El se hizo así más ardiente aún. Nos dirigimos a vosotros como a iniciadores de los fieles en el misterio de Pascua: sois también nuestros especiales intercesores en este santo tiempo. Hacednos conocer y amar a Jesús resucitado. Ensanchad nuestros corazones con la alegría pascual y no permitáis que perdamos la vida que hemos recobrado en Jesús.


PLEGARIA A SAN FELIPE

Tu adhesión a El, oh Felipe, se manifestó desde los primeros días de tu vocación. Apenas conociste al Mesías corriste a anunciárselo a Natanael, tu amigo. Jesús te dejaba acercarte a su persona con amable familiaridad. Cuando multiplicó los panes se dirigió a ti y te dijo con bondad: “¿Dónde encontraremos pan para alimentar tanta gente? Pocos días antes de la Pasión de tu Maestro, algunos gentiles deseando ver al gran profeta del que tantas maravillas se narraban, acudieron a ti para que los condujeras a El. ¡Con qué ardor pediste en la Ultima Cena a Jesús que te diera a conocer al Padre! Tu alma anhelaba la luz divina: y cuando la inflamó el fuego del Espíritu Santo nada había que excediera tu valor. En recompensa de tus trabajos Jesús te hizo participante de los honores de su Cruz. Pide, oh Santo Apóstol, que te imitemos en la búsqueda solícita de nuestro común Maestro, y que nos sea suave su Cruz si alguna vez nos concede participar de ella.


PLEGARIA A SANTIAGO

A ti que eres llamado Hermano del Señor, a ti cuyo noble rostro retrataba sus rasgos, Pastor de la Iglesia de Jerusalén, te honramos y admiramos el amor que profesaste al Redentor. Si flaqueaste un momento, como los demás en la hora de la Pasión, tu arrepentimiento le atrajo de nuevo junto a ti: después de Pedro, tu fuiste el primero de los Apóstoles a quien se dignó manifestarse en particular. Recibe hoy nuestra felicitación, oh Santiago, por este favor tan digno de emulación, y en recompensa haznos gustar cuán bondadoso es el Señor resucitado. No aspiró a otra cosa tu corazón, oh Santo Apóstol, que a mostrar a Jesús el reconocimiento de que estaba lleno; y el último testimonio que diste de su divinidad en la ciudad apóstata, te abrió por el martirio el camino que te había de llevar a El para siempre. Alcánzanos, generoso Apóstol, que le confesemos también nosotros con la firmeza que conviene a sus discípulos; que nunca dude.mos cuando se presente la ocasión de proclamar sus derechos sobre toda criatura,


PLEGARIA POR LA IGLESIA

Os invocamos juntos, oh Santos Apóstoles, y os suplicamos tengáis piedad de las iglesias de Oriente que vosotros evangelizasteis. Rogad por Jerusalén, profanada por el cisma y la herejía. Obtened que pronto la veamos purificada y libre, que sus santos lugares cesen de ser profanados continuamente por el sacrilegio. Suscitad entre los cristianos de Asia Menor el deseo de volver a la unidad del redil que gobierna el soberano Pastor. En fin, oh Santos Apóstoles, rogad por Roma, vuestra segunda patria, en cuyo recinto esperáis la resurrección.

lunes, 9 de mayo de 2022

San Gregorio Nacianceno, Obispo y Doctor

 




SAN GREGORIO NACIANCENO,
OBISPO Y DOCTOR DE LA IGLESIA

Al lado de Atanasio se presenta un segundo Doctor de la Iglesia para ofrecer a Jesús resucitado su genio y su elocuencia. Es Gregorio de Nacianzo, el amigo y émulo de Basilio, el orador insigne, el poeta que a la fecundidad más asombrosa supo unir la energía y la elegancia, el que entre todos los Gregorios mereció y obtuvo el nombre de Teólogo por la seguridad de su doctrina, la elevación de su pensamiento, el esplendor de su exposición. La Santa Iglesia le celebra con alegría en estos días porque nadie habló con tanta magnificencia como él del misterio de Pascua. Por el comienzo de su segundo discurso para esta solemnidad se podrá juzgar. Escuchemos.


EL PREDICADOR DE PASCUA

“Permaneceré observando como el centinela”, nos dice el profeta Abacuc; y yo hoy, a ejemplo suyo, iluminado por el Espíritu Santo hago también la vela, observo el espectáculo que se descubre ante mí, escucho las palabras que van a resonar. Y así velando, veo sentado sobre las nubes a un personaje cuyos rasgos son de ángel y cuya vestidura brilla como el relámpago. Su voz resuena como la trompeta y las ñlas apretadas del ejército celeste le rodea; y dice: “Este es el día de la salida para el mundo visible e invisible. Cristo se levanta de entre los muertos, levantaos. también vosotros. Cristo toma nuevamente posesión de sí mismo, imitadle. Cristo se lanza fuera del sepulcro, desligaos vosotros de los lazos del pecado. Las puertas del infierno están abiertas, la muerte ha sido destruida, el viejo Adán, aniquilado y sustituido por otro, renovaos vosotros que formáis parte de la creación nueva en Cristo.”

“Así hablaba él, y los otros ángeles repetían lo que cantaron el día en que nació Cristo: Gloria a Dios en lo más alto de los cielos y paz en la tierra a los hombres de buena voluntad. A mí toca ahora hablar de todas estas maravillas: ¡Quién me diera la voz de los ángeles, una voz que se oyera hasta en los últimos confines de la tierra!

“¡La Pascua del Señor, la Pascua! ¡Una vez más la Pascua en honor de la Trinidad! Es la fiesta de las fiestas, la solemnidad de las solemnidades que sobresale entre las demás como el sol sobre las estrellas. Desde ayer ¡cuán augusta fué la jornada con sus vestiduras blancas y sus numerosos neófitos llevando antorchas! Teníamos doble función pública y particular; todas las clases de hombres, magistrados y dignatarios en gran número, en esta noche iluminada con profusión de luz. Pero hoy esas alegrías y grandezas son inmensamente mayores; ayer era sólo la aurora de la gran luz que ha surgido hoy. La alegría que sentían no era sino preludio de la que experimentamos en este momento; porque en este día celebramos la resurrección misma, no ya sólo esperada sino cumplida y extendióse al mundo entero”.


EL CONTEMPLATIVO

Así hablaba el orador que no hizo más que pasar por la Sede de Constantinopla. Hombre amante del retiro y de la contemplación, las intrigas del siglo consumieron pronto sus energías, la bajeza y ruindad de los hombres laceraron su corazón; y dejando a otro el peligroso honor de ocupar un trono tan disputado, volvió de nuevo a su amada soledad donde tanto placer experimentara en el trato con Dios y las Sagradas Escrituras. A pesar del corto espacio de tiempo y de los innumerables obstáculos había podido afianzar para largo tiempo la fe resquebrajada en la capital del imperio y trazar una estela luminosa que todavía no se había borrado cuando San Juan Crisóstomo vino a sentarse en esta Sede de Bizancio donde a su vez tantas pruebas le esperaban.


VIDA

Gregorio nació en Nacianzo, en Capadocia entre 325 y 330. Fué a estudiar a Atenas en Compañía de su amigo S. Basilio, y con él, se aplicó a estudiar la Sagrada Escritura. Después de haber permanecido algún tiempo en la soledad fué elegido obispo de Sásima, y luego de Nacianzo, en 372, y finalmente de Constantinopla en 381 donde su primer cuidado fué combatir la herejía y atraer muchas almas a la pureza de la fe católica. Pero habiéndose levantado una persecución contra él, renunció al episcopado y volvió a Nacianzo dándose por entero a la contemplación de las cosas divinas y a la composición de obras teológicas. Fué enérgico defensor de la consubstancialidad del Hijo de Dios. Tras largos años de recogimiento y de estudio se durmió en la paz del Señor hacia el año 390.


EL DON DE LA FE

Te saludamos, doctor inmortal, a ti que mereciste que Oriente y Occidente te apellidaran el teólogo por excelencia. Iluminado por los rayos de la Santísima Trinidad nos manifestaste sus esplendores cuanto nuestra vista puede entreverlos en esta vida. En ti se cumplió esta palabra: “Bienaventurados los limpios de corazón porque ellos verán a Dios”.

La pureza de tu alma la había dispuesto a recibir la luz divina y tu pluma inspirada supo dar algo de lo que tu alma había gustado. Alcánzanos, Gran Doctor, el don de la fe que pone a la criatura en relación con Dios, y el don de la inteligencia que la hace comprender lo que cree. Todos tus trabajos tuvieron como fin prevenir a los fieles contra las seducciones de la herejía haciendo brillar ante sus ojos los dogmas divinos en toda su magnificencia. Haznos cautos a fin de que podamos evitar los lazos del error y abre nuestros ojos a la luz inefable de los misterios, a esa luz, que según San Pedro, es para nosotros “como lámpara que luce en lugar tenebroso hasta que comience a brillar el día y el lucero se levante en nuestros corazones”.


LA UNIDAD DE LA FE

En estos tiempos en que el Oriente, preso largo tiempo de la triste movilidad del error secular y de la servidumbre, está como en vísperas de una crisis que debe modificar profundamente sus destinos, mientras una política profana sueña en explotar en provecho de la ambición humana los cambios que se preparan, acuérdate, oh Gregorio, de la infortunada Bizancio. Mañana, quizás las potencias del mundo se la disputarán como una presa. Fuiste algún tiempo su pastor, tu recuerdo aún no se ha borrado de su memoria, apártala del espíritu del cisma y del error. Cayó bajo el yugo del turco en castigo de su rebelión contra el vicario dé Cristo. Pronto se verá libre de él. Haz que al mismo tiempo el yugo del error y del cisma, mucho más peligroso y humillante, se rompa y desaparezca para siempre. Empieza ya a notarse un movimiento de retorno; provincias enteras se agitan y parecen querer dirigir una mirada anhelante a la madre común de las Iglesias, que les abre sus brazos. Desde lo alto del cielo ayuda a la reconciliación. El Oriente y el Occidente te honran como uno de sus más sublimes órganos de la verdad divina. Con tus oraciones aliéntales a unirse de nuevo en un solo redil, bajo un solo pastor, antes que el Cordero inmaculado y sacrificado baje del cielo para separar la cizaña del buen grano y para llevar a su gloria a la Iglesia su esposa y nuestra madre fuera de la cual no hay salvación.


LA GRACIA PASCUAL

Ayúdanos en estos días a contemplar las grandezas de nuestro divino resucitado. Haznos vibrar de santo entusiasmo en esta Pascua que te inundaba en sus alegrías y te inspiraba las sublimes frases que acabamos de oír. Amaste a Cristo salido triunfante de la tumba desde tus más tiernos años y a tu vez su amor hacía palpitar tu corazón. Ruega para que nosotros también le seamos siempre fieles, para que estos misterios cautiven siempre nuestras almas, que permanezca siempre en nosotros esta Pascua y que la renovación que nos ha traído persevere en toda nuestra vida y que en sus vueltas sucesivas nos encuentre atentos y vigilantes para acogerla con ardor siempre renovado hasta que nos acoja la Pascua eterna y nos abra sus alegrías sin fin.

domingo, 8 de mayo de 2022

Tercer Domingo después de Pascua

 




TERCER DOMINGO DESPUÉS DE PASCUA


LA DIGNIDAD DEL PUEBLO CRISTIANO

Nada más grande ni más elevado sobre la tierra que los príncipes de la Santa Iglesia, que los Pastores establecidos por el Hijo de Dios, y cuya sucesión durará tanto como el mundo; pero no creamos que los súbditos de este vasto imperio que se llama Iglesia no tengan también su dignidad y su grandeza. El pueblo cristiano, en el seno del cual se confunden, en una igualdad completa, el príncipe y el simple particular, sobrepuja en esplendor y en valor moral a todo el resto de la humanidad.

Penetra por doquiera que se extienda la verdadera civilización; pues lleva por todas partes la verdadera noción de Dios y del fin sobrenatural del hombre. Ante él la barbarie retrocede, las instituciones paganas, por antiguas que sean, se borran; y hasta vió un día a la civilización griega y romana rendirle armas, y al derecho cristiano emanado del Evangelio sobreponerse por sí mismo al derecho de los pueblos gentiles. Numerosos hechos han mostrado la superioridad que el bautismo imprime a las razas cristianas; porque sería irracional el pretender encontrar la causa primera de esta superioridad en nuestra civilización, puesto que esta misma civilización no ha sido más que el producto del bautismo.


LA UNIDAD DE FE

Pero si la grandeza del pueblo cristiano es tal que ej erce su prestigio exterior hasta sobre los mismos infieles ¿qué diremos de la que la fe nos revela en él? El Apóstol San Pedro, el Pastor universal en cuyas manos acabamos de ver al divino Pastor depositar las llaves, definió así al rebaño a quien está encargado apacentar: “Vosotros sois, les dijo, la raza escogida, el sacerdocio real, la nación santa, el pueblo escogido, encargado de publicar las grandezas de Aquel que os ha llamado del seno de las tinieblas a su admirable luz.” (I S. Pedro, 11, 9.)

En efecto, en el seno de ese pueblo se conserva la verdad divina, que no podía extinguirse en él. Cuando la autoridad docente debe proclamar, en su infalibilidad, una decisión solemne en materia de doctrina, hace primero una llamada a la fe del pueblo cristiano y la sentencia declara inviolable lo que ha sido creído “en todos los lugares, en todos los tiempos y por todos”. (S. Vicente de Lerius, “commonitorium”.) En el pueblo cristiano reside este principio admirable de fraternidad de las inteligencias, en cuya virtud encontráis la misma creencia en las razas más diversas, por más hostiles que sean las unas para con las otras; en lo referente a la fe y a la sumisión a los Pastores, no hay más que un solo pueblo. En el seno de este pueblo florecen las más perfectas las virtudes y a veces las más heroicas; pues es el depositario, en gran parte, del elemento de santidad que Jesús ha derramado con su gracia en la naturaleza humana.


EL TESTIMONIO DEL AMOR

Ved también con qué amor le protegen y le honran los Pastores. En todos los grados de la jerarquía va unido el deber de dar su vida por el rebaño. Este sacrificio del Pastor por sus ovejas no es verdadero heroísmo; es deber estricto. ¡Vergüenza y maldición aquel que retrocede!, el Redentor le señala con el nombre de mercenario. Pero también, ¡qué bello y qué innumerable este ejército de Pastores que, desde hace diez y nueve siglos, han dado su vida por el rebaño! No hay una página de los anales de la Iglesia en que no resplandezcan sus nombres, desde el de Pedro, crucificado como su Maestro, hasta los de esos Obispos de Cochinchina, de Tonkín, de Rusia y de España cuyos recientes martirios han venido a advertirnos que el Pastor no ha cesado de considerarse como víctima por el rebaño. Veamos también cómo antes de confiar sus corderos y sus ovejas a Pedro, Jesús quiere ante todo asegurarse si le ama más que los otros. Si Pedro ama a su Maestro, amará a las ovejas de su Maestro, y sabrá amarlas hasta dar su vida por ellas. Es la advertencia que le da el Salvador que, después de haberle confiado el rebaño entero, termina prediciéndole el martirio. ¡Dichoso pueblo aquel cuyos jefes no ejercen el poder más que a condición de estar prestos a derramar por él toda su sangre!


LAS SEÑALES DE RESPETO

¡Con qué respeto y qué consideración tratan los Pastores a estos rebaños de su Maestro! Si una de ellas llega a señalar en su vida los caracteres que denotan la santidad, hasta el punto de merecer ser propuesta a la sociedad cristiana como modelo y como intercesor, veréis entonces, no solamente al Sacerdote cuya palabra trae al Hijo de Dios al altar, no solamente al Obispo cuyas manos sagradas tienen el báculo pastoral, sino al Vicario mismo de Cristo, humildemente arrodillados ante el sepulcro en que la imagen del servidor o de la sierva de Dios por humilde que haya sido su rango, por débil que haya sido su sexo sobre la tierra. El sacerdocio jerárquico testificará este respeto por las ovejas de Cristo, aún con niño bautizado cuya lengua no se ha desatado aún, que no es contado en el Estado entre los ciudadanos, que tal vez antes de acabar el día sería ajado como la flor de los campos. El Pastor reconoce en él a un miembro digno del honor de pertenecer a ese cuerpo de Jesucristo que es la Iglesia, un ser” colmado de dones sublimes que hacen de él el objeto de las complacencias del cielo y la bendición de todos los que le rodean. Cuando el templo santo ha reunido la asamblea de fieles y el incienso se ha quemado sobre la oblata y alrededor del altar, el celebrante que ofrece el Sacrificio recibe el homenaje de este perfume misterioso que honra en él al representante de Cristo; el colegio sacerdotal ve avanzar enseguida hacia sí al turiferario, que viene a rendir honor a los que están señalados por el carácter sagrado; pero el incienso no se detiene en el santuario.

He aquí que el turiferario viene a colocarse en frente del pueblo fiel, y le concede en nombre de la Iglesia este mismo homenaje que hemos visto tributar al Pontífice y a los sacerdotes; pues el pueblo fiel está también en Cristo. Más aún, cuando el despojo mortal del cristiano, aunque haya sido el más pobre entre sus hermanos, es traído a la casa de Dios para recibir las honras fúnebres, esas mismas honras fúnebres son un homenaje. El incensario recorre aún sus miembros inanimados; hasta tal punto la Iglesia trata de reconocer y de honrar hasta el último momento el carácter divino que la fe le hace ver hasta en el más humilde de sus hijos. ¡Oh pueblo cristiano! ¡qué justo es decir de ti, y con mucha más razón, lo que Moisés decía de su Israel: “No, no hay nación tan grande y tan colmada de honor!” (Deut., IV, 7.)

El Tercer Domingo después de Pascua lleva, en la Iglesia griega, el nombre de “Domingo del Paralítico”, porque se celebra de un modo particular la conmemoración del milagro que nuestro Señor obró en la Piscina Probática.


MISA

El Introito es un himno triunfal que invita a toda la Creación a la alegría y a la acción de gracias.


INTROITO

Canta jubilosa a Dios, tierra toda, aleluya: decid un salmo a su nombre, aleluya: glorificad su alabanza, aleluya, aleluya, aleluya. — Salmo: Decid a Dios: ¡Cuán terribles son tus obras, Señor! En la grandeza de tu poder se engañarán tus enemigos. V. Gloria al Padre.


La Colecta recuerda la alta dignidad de la vocación cristiana. La Eucaristía sacrificio-sacramento nos obtendrá la gracia de ser fieles rechazando todo lo que es contrario a nuestro bautismo y practicando lo que le es conforme.


COLECTA

Oh Dios, que muestras, a los que yerran, la luz de tu verdad, para que puedan tornar al camino de la justicia: da, a todos los que hacen profesión de cristianos, la gracia de rechazar lo que se opone a ese nombre, y de seguir lo que concuerda con él. Por el Señor.


EPÍSTOLA

Lección de la Primera Epístola del Ap. S. Pedro II, 11-19

Carísimos: Os ruego que, como extranjeros y peregrinos, os abstengáis de los deseos carnales, que militan contra el alma, viviendo honradamente entre las gentes: para que, ya que os consideran como malhechores, al ver vuestras buenas obras, glorifiquen a Dios el día de la visitación. Estad, pues, sumisos a toda criatura humana por Dios: ya al rey, como jefe: ya a los caudillos, como enviados por él para castigo de los malhechores y alabanza de los buenos: porque es voluntad de Dios que, obrando el bien, hagáis callar la ignorancia de los hombres imprudentes: (obrad) como libres, y no como teniendo la libertad por velo de la malicia, sino como siervos de Dios. Honrad a todos: amad la fraternidad: temed a Dios: Honrad al rey. Siervos, someteos con todo temor a los amos, no sólo a los buenos y modestos, sino también a los díscolos. Porque esto es lo grato (a Dios), en nuestro Señor Jesucristo.


LOS DEBERES DEL CRISTIANO

“El deber de santificarse se resuelve en las obligaciones concretas y adaptadas a la situación social actual de cada uno. La razón de insistir es la formulada por S. Pedro: el cristiano es como extraño y peregrino en el mundo no conquistado para el Evangelio. Es preciso luchar contra las fuerzas del pecado que se insinúan hasta en nosotros mismos, y guardar, en medio de los gentiles que se abandonan, a él, una conducta ejemplar digna de respeto y estima. “Este apostolado del buen ejemplo dicta, desde luego, a los cristianos su actitud “frente” a las instituciones humanas… su deber social se resume en cuatro frases cortas que son otras tantas normas directrices de la vida: 1.” tratar a todos los hombres con el respeto debido a su dignidad de hombres: 2.” amar a los que son nuestros hermanos en la fe: 3.° temer a Dios con ese temor que es el principio de la verdadera sabiduría y el contra-peso de la orgullosa confianza en sí: 4.° reverenciar la autoridad real dando al César lo que es del César. “En fin, el pensamiento de la fe hará que los sirvientes respeten y obedezcan a sus señores, y esta obediencia cristiana les hará merecedores del favor divino.” (A. Charue, “Las Epístolas Católicas”, p. 455.) Realizaremos este ideal del cristiano gracias a la Redención siempre presente en el altar. Cada día nos recordará ella que el cristiano, siendo otro Cristo, debe sufrir como El para entrar en la gloria, y ella nos dará fuerzas para semejarnos a El.


ALELUYA

Aleluya, aleluya. J. El Señor envió la redención a su pueblo. Aleluya. V. Convenía que Cristo sufriera, y resucitara de entre los muertos: y entrara así en su gloría. Aleluya.


EVANGELIO

Continuación del santo Evangelio según San Juan, XVI, 16-22

En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: Un poco, y ya no me veréis: y otro poco, y me veréis: porque voy al Padre. Dijéronse entonces los discípulos entre sí: ¿Qué es eso que nos dice: Un poco, y no me veréis: y otro poco, y me veréis, y: Porque voy al Padre? Dijeron, pues: ¿Qué es eso que nos dice: Un poco? No sabemos lo que habla. Y conoció Jesús que querían preguntarle, y díjoles: ¿Preguntáis entre vosotros qué es lo que dije: Un poco, y no me veréis y otro poco, y me veréis? En verdad, en verdad os digo: Que lloraréis y gemiréis vosotros, pero el mundo se gozará; y vosotros os contristaréis, pero vuestra tristeza se convertirá en gozo. La mujer, cuando pare, tiene tristeza, porque llega su hora; pero, cuando ha parido al niño, ya no se acuerda del apuro, por el gozo de haber nacido un hombre en el mundo. También vosotros tenéis ciertamente tristeza ahora, pero os veré otra vez, y se gozará vuestro corazón: y nadie os quitará vuestro gozo.


CONFIANZA EN LA PRUEBA

“El Señor debía alejarse; pero sus palabras parecían contradictorias a los Apóstoles. ¿Cómo iba a estar al mismo tiempo con su Padre y con ellos? Jesús, que leía los pensamientos (en las almas), comprendió la ansiedad de los suyos. Sin duda, al hablar así, pensaba en el alejamiento momentáneo de la pasión y en la alegría de la Resurrección. Pero esta desaparición y esta vuelta eran, a a sus ojos, el símbolo de otra vuelta; la partida hacia su Padre, en la Ascensión, y la reunión con sus discípulos, en la eternidad. Mientras tanto, los discípulos tendrán que trabajar y sembrar en las lágrimas, en ausencia de su Maestro. ¿Qué importa la tribulación de los tiempos? No pensaremos en ella cuando el hombre nuevo se haya entregado a Dios, cuando la Iglesia alabe a Dios, cuando el nuevo Adán aparezca delante del Padre con la posteridad que habrá germinado de su sangre. No hay cosa mejor para darse de lleno, que seguir las perspectivas que nos abre el Salvador. Ahora momentos de angustia, después la alegría sin fin, cuya plenitud colmará nuestros deseos y nuestra inteligencia. Ningún poder creado es capaz de arrebatárnosla.


El Ofertorio es un grito de alabanza y de alegría, de la alegría encontrada en el sacrificio.


OFERTORIO

Alaba, alma mía, al Señor: alabaré al Señor en mi vida: salmearé a mi Dios mientras viva, aleluya. La Secreta nos recuerda que el fruto de la Eucaristía será desprendernos de la tierra y elevarnos hacia el cielo.


SECRETA

Haz, Señor, que nos sea dado en estos Misterios aquello con que, mitigando los deseos terrenos, aprendamos a amar los celestes. Por el Señor.


La Comunión nos hace oír el anuncio de la partida y de la vuelta de Cristo. Los santos misterios nos preparan para recibir al Señor cuando viniere.


COMUNIÓN

Un poco, y no me veréis, aleluya: otro poco, y me veréis, porque voy al Padre, aleluya, aleluya. Entretanto, la Eucaristía es el reconfortamiento y la salvaguardia de los peregrinos en camino hacia el cielo.


POSCOMUNIÓN

Suplicárnoste, Señor, hagas que, los Sacramentos que hemos recibido, nos restauren con alimentos espirituales, y nos protejan con corporales auxilios. Por el Señor. 

 

jueves, 5 de mayo de 2022

San Pío V, Papa y Confesor

  






SAN PÍO V, 
PAPA CONFESOR



LUCHA CONTRA LA HEREJÍA. — La vida entera de Pío V fué una lucha. En los tiempos turbulentos en que fué nombrado Papa, el error invadía gran parte de la cristiandad, y amenazaba la restante. Astuta y flexible en los lugares en donde no podía extender su audacia, codiciaba Italia; su ambición sacrilega era derribar la Silla Apostólica, y llevar para siempre a todo el mundo cristiano a las tinieblas de la herejía. Pío, defendió con abnegación inquebrantable la península amenazada. Antes de recibir los honores del Pontificado, expuso, con frecuencia, su vida para preservar a las ciudades de la seducción. Imitador del mártir Pedro, jamás retrocedió en presencia del peligro, y en todas partes los emisarios de la herejía huían de su presencia. Puesto en la silla de San Pedro supo infundir en los innovadores un terror saludable, reanimó a los soberanos de Italia y con rigores moderados, rechazó más allá de los Alpes, el azote que habría destruido el cristianismo de Europa, si los Estados del Mediodía no le hubiesen opuesto una barrera infranqueable. L a herejía se detuvo. Desde entonces, el protestantismo, obligado a consumirse en sí mismo, ofrece el espectáculo de esa anarquía de doctrinas que habría desolado el mundo entero, sin la vigilancia de un pastor, que sosteniendo con celo indomable a los defensores de la verdad en todos los Estados donde reinaba, se opuso como muro de bronce a la invasión del error en las comarcas donde dominaba.


LUCHA CONTRA EL ISLÁM. — Aprovechando las divisiones religiosas de occidente, otro enemigo amenazaba a Europa, e Italia iba a ser su primera presa. Salida del Bósforo, la flota Otomana se dirijía contra la cristiandad; y hubiera ésta sucumbido si el enérgico Pontífice no hubiera velado por la salvación de todos. Da la voz de alarma, llama al combate a los Príncipes cristianos. El Imperio y Francia, dividida por las sectas de la herejía naciente, oyen el llamamiento pero no responden; solamente España junto con Venecia y la pequeña flota del Papa oyen la voz del Pontífice y pronto la cruz y la media luna se encuentran frente a frente en el golfo de Lepanto. Las oraciones de Pío V decidieron la victoria en favor de los cristianos; cuyas fuerzas eran menos numerosas que las de los turcos. Su memoria la celebraremos en octubre, en la fiesta de Nuestra Señora del Rosario. Pero hay que recordar hoy la predicción que hizo el Santo Papa en la tarde del gran día 7 de octubre de 1571. Desde las seis de la mañana hasta la noche se sostenía la lucha entre las flotas cristiana y musulmana. De pronto, el Pontífice, movido por un impulso divino, miró fijamente al cielo; luego guardó silencio durante unos momentos y volviéndose a los que estaban presentes dijo: "Demos gracias a Dios; la victoria es de los cristianos." Muy pronto corrió por Roma la noticia y toda la cristiandad supo que un Papa había salvado una vez más a Europa. La derrota de Lepanto dió un golpe mortal al poder otomano para no levantarse jamás; la era de su decadencia comenzó en este glorioso día.


EL REFORMADOR. — Los trabajos de San Pío V por la mejora de las costumbres cristianas, la imposición de la disciplina del concilio de Trento; la publicación del Breviario y del Misal reformados, han hecho de sus seis años de pontificado una de las más fecundas épocas de la historia de la Iglesia. Muchas veces los protestantes se han inclinado con admiración en presencia de este adversario de su pretendida reforma. "Me admiro, decía Bacón, de que la Iglesia romana no haya canonizado aún a este gran hombre." Pío V, efectivamente no fué puesto en el catálogo de los santos sino a los ciento treinta años de su muerte: tan grande es la imparcialidad de la Iglesia romana cuando se trata de otorgar los honores de la apoteosis incluso a sus más venerables jefes.


LOS MILAGROS. — La gloria de los milagros decoró desde este mundo al virtuoso Pontífice; recordemos aquí sus dos prodigios más populares. Atravesando un día, con el embajador de Polonia, la plaza del Vaticano que se extiende sobre lo que fué en otro tiempo Circo de Nerón, se siente entusiasmado por la gloria y valor de los mártires que padecieron en este lugar durante la primera persecución. Se inclina y coge un puñado del polvo de este campo de mártires, pisoteado por tantas generaciones después de la paz de Constantino. Pone este polvo en un lienzo, que le presenta el embajador, y cuando este lo abre, al volver al palacio, lo encuentra empapado de sangre tan roja que parecía haber sido derramada en aquel momento. La fe del Pontífice había evocado la sangre de los mártires, y esta sangre reaparecía a su llamada, para atestiguar en presencia de la herejía que la Iglesia romana del siglo xvi era aquella misma por la que estos héroes habían dado su vida en los tiempos de Nerón.

La perfidia de los herejes intentó más de una vez poner fin a una vida que dej aba desesperanzados sus proyectos para la invasión de Italia. Por una estratagema tan cobarde como sacrilega, secundados por una odiosa traición, bañaron con veneno muy activo los pies del crucifijo que el Santo Pontífice tenía en su oratorio y al que besaba con frecuencia. Pío V en el fervor de su oración va a dar en su imagen sagrada esta muestra de amor al Salvador de los hombres, cuando ¡oh prodigio! los pies del crucifijo se desatan de la cruz y parecen evitar los besos del anciano. Pío V comprendió entonces que la malicia de sus enemigos había querido transformar para él en instrumento de muerte hasta el madero que nos dió la vida.

Otro rasgo del Pontífice animó a los fieles a honrar la sagrada Liturgia en el tiempo del año que celebramos. En el lecho de muerte, dirige una última mirada sobre la Iglesia de la tierra que va a cambiar por la del cielo, y queriendo implorar una vez más la divina bondad en favor del rebaño que dejaba expuesto a tantos peligros; recitó con voz casi apagada, esta estrofa de los himnos del Tiempo pascual: "Creador de los hombres, dígnate preservar a tu pueblo de los asaltos de la muerte en estos días de alegría pascual. "Y dichas estas palabras se durmió plácidamente en el Señor.


VIDA. — Miguel Ghislieri nació en 1504, en la diócesis de Tortona. Ingresó a los 14 en la Orden de Predicadores y le envia a la Universidad de Bolonia, para estudiar teología, enseñándola luego él, durante 16 años. Fué nombrado Inquisidor y Comisario general del Santo Oficio en 1551; cargo que le creó muchas persecuciones, pero que le permitió atraer muchos herejes a la verdad católica. Sus virtudes le valieron para que Paulo IV le eligiese para las sedes episcopales de Nepi y de Sutri, y después para el cardenalato. Los honores no modificaron en nada la austeridad de su vida, y el 7 de Enero de 1566 fué elegido Papa tomando el nombre de Pío V. Debía ilustrar la Sede de San Pedro por su celo en la propagación de la fe, el restablecimiento de la disciplina eclesiástica y la solemnidad del culto divino, así como por su devoción para con Nuestra Señora y su caridad para con los pobres. Reunió contra los turcos una flota que ganó la batalla de Lepanto, y preparaba una nueva expedición cuando murió en 1572. Su cuerpo fué sepultado en Santa María la Mayor.


ELOGIO.— ¡ O h Pontífice de Dios vivo! en la tierra el muro hierro (1) fuiste de bronce, la columna de la que habla el Profeta y tu de inquebrantable constancia preservó al rebaño que te estaba confiado, de la violencia de sus numerosos y de enemigos. Lejos de los lazos desesperarse ante la presencia de los peligros, tu ánimo se levantaba como dique que se edifica cada vez más alto a medida que las aguas de la inundacíón son más amenazadoras; por ti fueron detenidas las olas invasoras de la herejía, por ti fué detenido el alud musulmán, y abatido el orgullo de la media luna; el Señor te elegió para ser el vengador de tu gloria y el libertador del pueblo cristiano; recibe con nuestra acción de gracias, el pobre homenaje de nuestras felicitaciones. Por ti, la Iglesia, al salir de una crisis terrible, recobró su belleza. L a verdadera reforma, la que se hace por la autoridad fué llevada a cabo por tus manos tan firmes como puras. El culto divino, renovado por la publicación de libros litúrgicos, te debe su progreso y restauración; y otras muchas obras felicísimas se hicieron en los seis años de tu corto y difícil pontificado.


PLEGARIA. — Ahora, oh Santo Pontífice, escucha las plegarias de la Iglesia militante, cuyos destinos fueron confiados por un tiempo a tus manos. Al morir, imploraste para ella, en nombre del Salvador resucitado, la protección contra los peligros a los que estaba expuesta; mira a qué estado ha sido reducida la cristiandad, con la irrupción del error. Para rechazar a los enemigos que la asedian, la Iglesia no tiene sino las promesas de su divino fundador; todos los apoyos visibles la faltan, no la quedan sino los méritos del sufrimiento y los recursos de la oración. Une tus ruegos a los suyos y muestra asi que sigues amando el rebaño de tu Maestro. Proteje en Roma la cátedra de tu sucesor, expuesta a los más violentos y astutos ataques. Los príncipes y los pueblos luchan contra el Señor y contra su Cristo. Detén el azote que amenaza a Europa, tan ingrata con su madre, tan indiferente ante los atentados cometidos contra aquélla a quien debe todo. Guía a los ciegos, humilla a los perversos, haz que la luz ilumine tantas inteligencias descarriadas y confunden el error con la verdad, las tinieblas con la luz.

En medio de esta noche tenebrosa, tus miradas, Santo Pontífice, distinguen a las ovejas fieles: bendícelas, sosténlas, aumenta su número, únelas al tronco del árbol que no puede perecer, para que no las disperse la tempestad: hazlas cada vez más fieles a la fe, y a las tradiciones de la Santa Iglesia; es su único socorro en medio de estas corrientes del error que quieren arrasarlo todo. Conserva en la Iglesia el Orden sacro en el que fuiste elevado para tan altos destinos; propaga en él, la raza de estos hombres poderosos en obras y en palabras, celosos por la fe y por la santificación de las almas, como esos que admiramos en los anales, y veneramos en los altares. Acuérdate que fuiste padre del pueblo cristiano, y continúa ejerciendo esta prerrogativa sobre la Iglesia, por tu poderosa intervención hasta que llegue a su plenitud el número de sus elegidos.


Notas

1. Jeremías, I, 18.







Sea todo a la mayor gloria de Dios.

martes, 3 de mayo de 2022

La Invención de la Santa Cruz



LA INVENCIÓN DE LA SANTA CRUZ


EL TRIUNFO DE LA CRUZ

Convenía que nuestro Rey divino se mostrase ante nuestra mirada apoyado en el cetro de su poder, para que nada faltase a la majestad de su imperio. Este cetro es la Cruz, y corresponde al Tiempo Pascual, rendirle homenaje. Contemplábamos antes la cruz como objeto de humillación para el Emmanuel, como el lecho de dolor sobre el que expiró; ¿pero después no venció a la muerte? Y esa Cruz ¿no ha llegado a ser el trofeo de su victoria? Que aparezca pues, y que toda rodilla se doble ante el augusto madero por el cual Jesús mereció los honores que hoy le tributamos.

El día de Navidad cantamos con Isaías: “Un niño nos ha nacido, un hijo nos ha sido dado, sobre sus hombros lleva el signo de su imperio”. En verdad que le hemos visto llevando sobre sus hombros la Cruz, como Isaac llevó la leña para el sacrificio; pero hoy ya no es para El una carga. Brilla con resplandor que embelesa las miradas de los ángeles, y después de ser adorada por los hombres hasta tanto que dure el mundo, aparecerá de repente sobre las nubes para presidir junto al Juez de vivos y muertos la sentencia, favorable para los que la hayan amado y de reprobación para aquellos que la hayan hecho inútil para sí mismo por su desprecio o por su olvido.

Durante los cuarenta días que aún pasa Jesús en la tierra no le parece oportuno glorificar el instrumento de su victoria. La Cruz no aparecerá hasta que haya conquistado el mundo, a pesar de haber permanecido oculta. Su cuerpo permaneció tres días en el sepulcro; ella permanecerá enterrada tres siglos; pero también ella resucitará; esta es la admirable resurrección que hoy celebra la Iglesia. Jesús quiso, cuando se cumplieron los tiempos, aumentar las alegrías pascuales descubriéndonos este monumento de su amor. Nos le deja en las manos para consuelo nuestro, ¿no es justo, por tanto, que le rindamos homenaje?


LA CRUZ ENTERRADA Y PERDIDA

Nunca el orgullo de Satanás sufrió una derrota tan dolorosa como al ver que el árbol instrumento de nuestra perdición, se convirtió en instrumento de nuestra salvación. Descargó su rabia impotente contra este madero salvador, que le recordaba cruelmente el poder invencible de su vencedor y la dignidad del hombre rescatado por tan elevado precio. Hubiera querido aniquilar esta Cruz temible; pero reconociendo su impotencia para realizar tan abominable designio, trató al menos de profanar y ocultar a las miradas del mundo un objeto tan odioso para él. Incitó, pues, a los judíos a enterrar vergonzosamente el madero sagrado que el mundo entero venera. Al pie del Calvario, no lejos del sepulcro, había una profunda fosa. En ella arrojaron los hombres de la Sinagoga la Cruz del Salvador juntamente con la de los ladrones. Los clavos, la corona de espinas y la inscripción arrancada de la Cruz fueron también arrojados a la fosa que los enemigos de Jesús hacen rellenar de tierra y escombros. El Sanedrín cree haber acabado con la memoria del Nazareno que fué crucificado sin que descendiera de la Cruz.

Cuarenta años más tarde Jerusalén caía bajo la venganza divina. Pronto los lugares de nuestra redención fueron profanados por la superstición pagana; un templo a Venus en el Calvario y otro a Júpiter en el santo sepulcro; tales fueron las indicaciones con que la burla pagana conservó, sin pretenderlo, el recuerdo de las maravillas que se realizaron en aquellos lugares. Con la paz de Constantino los cristianos destruyeron estos vergonzosos monumentos, y apareció a sus ojos el suelo regado con la sangre del Redentor, y el glorioso sepulcro se expuso a su veneración. Pero la Cruz no apareció todavía y continuaba oculta en las entrañas de la tierra.


Descubrimiento de la Cruz

La Iglesia no entró en posesión del instrumento de la salvación de los hombres hasta algunos años después de la muerte del emperador Constantino (año 337), generoso restaurador de los edificios del Calvario y del Santo sepulcro. Oriente y Occidente se regocijaron al saber la noticia de ese descubrimiento, que venía a poner el último sello al triunfo del cristianismo. Cristo sellaba su victoria sobre el mundo pagano, levantando su estandarte, no en figura, sino realmente, aquel madero milagroso, escándalo para los judíos, locura para los gentiles, y ante el cual en adelante todo el mundo cristiano doblará la rodilla.

En el siglo iv el madero sagrado se veneró en la basílica que encerraba en vasto recinto el glorioso sepulcro, y la colina de la crucifixión. Sobre el lugar en que reposó la Cruz durante tres siglos se levantó otro monumento. Unos escalones conducen al peregrino hasta el fondo de ese misterioso asilo. Entonces comenzó una innumerable multitud de visitantes venidos de todas las partes del mundo para honrar los lugares en que se obró la salvación del género humano, y tributar los debidos honores al madero salvador. Pero los misericordiosos designios del cielo no permitieron que la preciosa prenda del amor del Hijo de Dios para con la pobre humanidad, estuviera en posesión de un solo santuario por muy sagrado que fuera. Una parte considerable fué destinada a Roma y se conservó en la basílica levantada en los jardines de Sesorio; a este santuario el pueblo romano le dió más tarde el nombre de Basílica de Santa Cruz de Jerusalén.


RELIQUIAS

En el correr de los años la Santa Cruz honrará con su presencia otros muchos lugares de la tierra. En el siglo iv San Cirilo de Jerusalén afirmaba ya que los peregrinos que obtenían algunas astillas habían extendido por todo el mundo los favores divinos En el siglo vi Santa Radegundis solicitó y cbtuvo del emperador Justino II un fragmento de la parte considerable que poseía el tesoro imperial de Constantinopla. No podía Francia entrar en participación del precioso instrumento de nuestra salvación más que por las manos de su piadosa reina; y Venancio Fortunato compuso para la llegada de la augusta reliquia, el himno admirable que la Iglesia cantará hasta el fin de los siglos siempre que quiera celebrar las grandezas de la Santa Cruz. Jerusalén, después de las alternativas de pérdida y recuperación, terminó por perder para siempre el objeto divino que era su principal gloria. Constantinopla, se hace la heredera, y esta ciudad es la fuente de numerosas larguezas que particularmente en tiempo de las cruzadas vienen a enriquecer las iglesias de Occidente. Se establecieron nuevos centros de culto a la santa Cruz, en los lugares donde se guardaban fragmentos insignes; en todas partes la piedad desea una partecita del sagrado madero. El hierro divide las partes más considerables y poco a poco se extiende a todas las regiones. La verdadera Cruz está en todas las partes, y no hay cristiano que en los días de su vida no haya tenido ocasión de venerar algún fragmento. Y ¿quién podrá contar los actos de amor y de agradecimiento que la vista de esta reliquia ha hecho brotar en los corazones?, y ¿quién no reconoce en esta profusión de reliquias una estratagema de la bondad divina para reavivar en nosotros el recuerdo de la redención sobre la que descansa nuestras esperanzas eternas? Sea por tanto, venerado este día en que la Santa Iglesia une el recuerdo triunfal de la Santa Cruz, a las alegrías de la resurrección de Aquél que por ella conquistó el trono al que pronto le veremos subir. Demos gracias por el beneficio señalado que ha restituido a los hombres, a fuerza de prodigios, un tesoro que no podía faltar a la dote de la Iglesia. En espera del día en que el Hijo del Hombre la enarbolará sobre las nubes del cielo. El la ha confiado a su Esposa como en prenda de su segunda venida. Aquel día reunirá con su poder todos estos fragmentos, el árbol de la vida desplegará toda su hermosura a la vista de los elegidos, y los convidará con su sombra al descanso eterno.


ELOGIO DE LA CRUZ

“Cristo crucificado es fuerza y la sabiduría de Dios””. Son palabras de tu Apóstol, oh Jesús, y hoy vemos nosotros la realidad. La sinagoga quiso destruir tu gloria, clavándote en un patíbulo; se deleitaba pensando que está escrito en la Ley de Moisés: “Maldito el que pende del patíbulo”3. Y he aquí que ese patíbulo, ese madero infame, ha llegado a convertirse en tu trofeo insigne. En los esplendores de tu resurrección, la Cruz, lejos de proyectar una sombra sobre los rayos de tu gloria, realza con nuevo brillo la magnificencia de tu triunfo. Fuiste clavado en el madero, cargaste con la maldición; crucificado entre dos criminales, pasaste como impostor, y tus enemigos insultaron tu agonía sobre ese lecho de dolor. Si sólo hubieras sido hombre, no hubiera quedado de ti sino un recuerdo deshonroso; la cruz se hubiera tragado para siempre tus glorias pasadas, ¡oh Hijo de David! Pero tú eres Hijo de Dios y la Cruz es quien nos lo prueba. El mundo entero se postra ante ella y la adora; y los honores que hoy recibe compensan sobradamente el eclipse pasajero que tu amor por nosotros la impuso. No se adora un patíbulo, o si se le adora, es por ser el patíbulo de un Dios. ¡Oh, bendito sea aquél que pendió de un madero! En recompensa de nuestros homenajes al divino Crucificado, cumple en nosotros la promesa que hiciste: “Cuando sea elevado de la tierra todo lo atraeré a mí”.


LAS RELIQUIAS

Para atraernos con mayor eficacia pones hoy en nuestras manos el mismo madero, desde lo alto del cual nos tendiste tu brazo. Este monumento de tu triunfo, sobre el que te apoyarás el último día, te dignas confiárnosle hasta el fin de los siglos. Para que saquemos de él un temor saludable de la justicia divina que te enclavó en ese madero vengador de nuestros crímenes, y un amor cada día más tierno para contigo, ¡ oh Víctima nuestra, que no retrocediste ante la maldición, para que nosotros fuéramos benditos! Toda la tierra te da hoy gracias por el don inestimable que la has concedido. Tu Cruz dividida en innumerables fragmentos se halla presente en todos los lugares; no hay región del mundo cristiano que no haya sido consagrada y protegida por ella.


LA CRUZ Y EL SEPULCRO

El Sepulcro nos grita: “Ha resucitado, no está aquí.” La Cruz nos dice: “No le he sostenido sino un momento, y El se ha ido a su gloria.” ¡Oh Cruz!, ¡oh Sepulcro! ¡qué corta fué su humillación y qué duradero el reino que por ella ha conquistado! Adoramos en ti los vestigios de su paso y vosotros quedáis consagrados para siempre, porque El se sirvió de vosotros para nuestra salvación. ¡Gloria te sea dada, oh Cruz, objeto de nuestro amor y de nuestra admiración en este día! Continúa protegiendo a este mundo que te posee; sé el escudo que le defienda contra el enemigo, el socorro presente en todo momento que guarda el recuerdo del sacrificio unido al del triunfo: porque por ti, oh Cruz, Cristo vence, reina e impera. Christus vincit, Christus regnat, Christus imperat.



EL MISMO DIA

LOS SANTOS ALEJANDRO, PAPA, EVENCIO Y TEODULO, MARTIRES 

 Y JUVENAL OBISPO


Después de haber exaltado el triunfo de la Cruz, la Iglesia hace memoria del quinto sucesor de San Pedro: Alejandro, cuyo pontificado duró diez años al principio del siglo segundo. Su nombre se halla en el Canon de la Misa; y los martirologios antiguos nos dicen que murió mártir el año 119.

El Breviario nos recuerda que en el Canon de la Misa añadió las palabras “Qui pridie quam pateretur.”

También se le atribuye una institución muy querida de la antigüedad católica: la del agua bendita para uso ordinario fuera del Bautismo. Los fieles renovarán hoy su fe en este poderoso elemento de bendición, tan blasfemado por herejes e impíos y cuyo piadoso uso sirve para reconocer a los hijos devotos de la Iglesia de los que no lo son. El agua instrumento de nuestra regeneración, la sal, símbolo de nuestra inmortalidad, se unen bajo la bendición de la Iglesia para constituir este Sacramental, en el cual nunca será excesiva la confianza que pongamos. La virtud de los Sacramentales como la de los Sacramentos, procede de la sangre de la Redención, cuyos méritos son aplicados a ciertos objetos físicos por la acción del sacerdote de la nueva ley. La indiferencia para con estos medios secundarios de salvación sería tan culpable como imprudente; y sin embargo, en esta época de amortiguación de la fe, ¡es tan común esta indiferencia! para muchos católicos el agua bendita es como si 110 existiera; nunca reflexionan sobre el uso continuo que de ella hace la Iglesia y se privan deliberadamente de una ayuda que Dios ha colocado al alcance de sus manos para ayudar a su debilidad y purificar sus almas. ¡Dígnese el Santo Pontífice Alejandro reanimar su fe y devolver a estos cristianos degenerados la estima de las cosas sobrenaturales que la bondad de Dios prodigó para con ellos!

No hay que confundir a este Santo Papa con el mártir de que nos habla las Gesta Alexandri del siglo v o vi. Estas Actas señalan en la Vía Nomentana las sepulturas de los mártires Alejandro, Evencio y Teódulo, cuyos cuerpos fueron trasladados por Pascual I a la iglesia de Santa Práxedes. La confusión hecha del Santo Papa con su homónimo mártir, explica que se haga memoria suya en este día: Mas tarde se añadió la de San Juvenal de Narni, antiguamente muy popular, que debió morir el 13 de agosto del 376 ó 377 y que seguramente el tres de mayo sería el aniversario de su ordenación.

En su honor recitaremos la oración que la Iglesia nos propone: “Oh Dios omnipotente, en este día en que celebramos el nacimiento para el cielo de tus Santos mártires Alejandro, Evencio, Teódulo y Juvenal, haz que por su intercesión nos veamos libres de los peligros que nos amenazan. Por Jesucristo Nuestro Señor. Amén.”


 

lunes, 2 de mayo de 2022

San Atanasio, Obispo y Doctor



SAN ATANASIO, OBISPO Y DOCTOR


¿Hay nombre más ilustre que el de San Atanasio entre los secuaces de la Palabra de verdad, que Jesús trajo a la tierra? ¿No es este nombre, símbolo del valor indomable en la defensa del depósito sagrado, de la firmeza del héroe frente a las más terribles pruebas de la ciencia, del genio, de la elocuencia, de todo lo que puede representar el ideal de santidad del Pastor unido a la doctrina del intérprete de las cosas divinas? Atanasio vivió para el Hijo de Dios; su causa fué la de Atanasio; quien estaba con Atanasio estaba con el Verbo eterno, y quien maldecía al Verbo eterno maldecía a Atanasio.


EL ARRIANISMO

Nunca corrió la fe peligro mayor que en los días que siguieron a la paz de la Iglesia y que fueron testigos de la más espantosa tempestad que había combatido a la barca de Pedro. En vano pretendió Satanás ahogar en su sangre la descendencia de los adoradores de Jesús; la espada de Diocleciano y Galerio se había embotado en sus manos y la cruz que brillaba en los cielos proclamaba el triunfo del cristianismo. De pronto, la Iglesia victoriosa se siente sacudida en sus mismos cimientos.

El infierno envalentonado vomitó sobre la tierra una herejía que amenazaba devorar en poco tiempo el fruto de tres siglos de martirio. El impío Arrio se atreve a decir, que Aquel que fué adorado como Hijo de Dios por tantas generaciones después de los Apóstoles, no es sino una criatura más perfecta que las demás. Se produce entonces una enorme defección hasta entre las filas de la jerarquía sagrada; el poder de los Césares se pone del lado de la apostasía; y si no hubiera intervenido el mismo Señor, pronto hubieran dicho los hombres que la victoria del cristianismo no tuvo otro resultado que transformar el culto pagano sustituyendo sobre los altares un ídolo por otros que primeramente habían recibido el incienso antes que él.


EL DEFENSOR DE LA FE

Pero el que había prometido que las puertas del infierno no prevalecerían contra la Iglesia, no tardó en cumplir su promesa. La fe primera triunfó: el concilio de Nicea reconoció y proclamó al Hijo consubstancial al Padre; pero necesitaba la Iglesia un hombre que, por decirlo así, encarnase la causa del Verbo, un hombre tan docto que pudiera desenmascarar los embustes de la herejía, y tan fuerte que pudiera atraer sobre sí todos los golpes, sin desfallecer jamás. Este hombre fué San Atanasio; quien adore y ame al Hijo de Dios, debe amar y glorificar a Atanasio. Desterrado hasta cinco veces de su Iglesia de Alejandría, perseguido a muerte por los arríanos, vino a buscar ya un refugio, ya un lugar de destierro en Occidente, que tuvo a gala acoger con cariño al ilustre confesor de la divinidad del Verbo. En recompensa de la hospitalidad que Roma le dispensó, Atanasio la hizo partícipe de sus tesoros, Admirador y gran amigo de Antonio, profesaba un afecto especial a los monjes, que la gracia del Espíritu Santo había hecho brotar en los desiertos de su vasto patriarcado. Trajo a Roma esta preciosa semilla, y los monjes que la acompañaban fueron los primeros que vió Occidente. La planta celeste se aclimató, y aunque su crecimiento fué lento al principio, en lo sucesivo fructificó más aún que en Oriente.


EL DOCTOR DE LA PASCUA

Atanasio que expuso en sus escritos con tanta claridad y magnificencia el dogma de la divinidad de Jesucristo, celebró también el misterio de Pascua con elocuente majestad en sus Cartas festales, que dirigía cada año a las iglesias de su Patriarcado de Alejandría. La colección de sus cartas, que se daba por perdidas y no se conocía más que por algunos cortos fragmentos, se ha hallado casi completa en el monasterio de Santa María de Scete, en Egipto. La primera, que se refiere al año 329, comienza por las siguientes palabras, que expresan admirablemente los sentimientos que deben sentir todos los cristianos a la llegada de la Pascua. “Venid, muy amados, dice Atanasio a los fieles sometidos a su autoridad pastoral, venid a celebrar la fiesta; la hora presente os invita. Al dirigir sobre nosotros sus divinos rayos, el Sol de justicia nos anuncia que el tiempo de la solemnidad se aproxima. Ante esta noticia celebremos fiesta y no dejemos que la alegría se nos vaya con el tiempo que nos la trajo sin haberla experimentado.” Durante sus destierros Atanasio continuó dirigiendo a su pueblo la Carta pascual; sólo se vieron privados de ella algunos años. He aquí el principio de la que anuncia el comienzo de Pascua del año 338; fué enviada desde Tréveris a Alejandría. “Aunque lejos de vosotros, hermanos míos, no dejo de conservar la costumbre que siempre he observado con vosotros, desde que recibí de la tradición de los Padres. No guardaré silencio y no dejaré de anunciaros la Santa Fiesta anual, y el día en que debéis celebrar la solemnidad. Preso de las tribulaciones de las cuales sin duda habréis oído hablar, abrumado por las más graves pruebas, colocado bajo la vigilancia de los enemigos de la verdad, que espían cuanto escribo para encontrar de qué acusarme y aumentar de este modo mis males, siento sin embargo de eso, que el Señor me da fuerza y me consuela en mis tribulaciones. Me dirijo, pues, a vosotros, desde los confines de la tierra en medio de mis penas y através de las insidias que me rodean para haceros la proclamación anual del anuncio de la Pascua que es nuestra salvación. Dejando en manos del Señor mi suerte he querido celebrar con vosotros esta fiesta; la distancia de los lugares nos separa, pero yo no estoy ausente de vosotros. El Señor que nos concede las fiestas, que es El mismo nuestra fiesta, que nos ha dado el Espíritu Santo, nos une espiritualmente con los lazos de la concordia y de la paz.”

¡Qué magnífica es la Pascua celebrada por Atanasio desterrado en las orillas del Rin, unido espiritualmente con su pueblo que la celebraba a orillas del Nilo! ¡Cómo manifiesta el vínculo poderoso de la liturgia para unir a los hombres y hacerlos saborear en un momento, a pesar de las distancias, las mismas santas emociones y excitar en ellos las mismas aspiraciones hacia la virtud! Griegos o bárbaros, la Iglesia es nuestra patria común; pero la liturgia es junto con la fe, el medio por el cual todos nosotros formamos una familia, y la liturgia nada tiene de más expresivo en el sentido de la unidad, que la celebración de la Pascua. Las desdichadas iglesias del Oriente y del Imperio ruso, apartándose del resto del mundo cristiano para celebrar un día, exclusivo para ellas la Resurrección del Salvador, demuestran por esto que no forman parte del único rebaño del que El es el único pastor.


VIDA

Nació San Atanasio en Alejandría, hacia el año 295. Joven aun recibió las Ordenes, y se distinguió por su ciencia y su piedad, y prontó llegó a ser el colaborador preferido de su tío Alejandro, obispo entonces de Alejandría. En 320, siendo diácono, San Atanasio publicó su primera obra doctrinal: “Discurso contra los gentiles y sobre la Encarnación del Verbo”. Acompañó en 325 a Alejandro al concilio de Nicea y contribuyó a al condenación de Arrio. El 328, sucedió a su tío en la silla de Alejandría y trabajó en reducir toda la provincia de Egipto a la fe ortodoxa. Su celo le mereció ser duramente combatido por los herejes. Habiéndo abrazado los emperadores el partido de los arrianos, no tardaron, a consecuencias de calumnias, en condenarlo como rebelde. Cinco veces le desterraron. De 335 a 337 a Tréveris. En 339 se refugió en Roma, donde le defendió el Papa. Las demás veces, antes de abandonar su rebaño, prefirió esconderse en el mismo Egipto, donde los monjes, que le tenían en gran veneración le ofrecieron en la Tebaida refugio inviolable. Desde allí publicó fulgurantes obras polémicas contra los arríanos. En todo su largo pontificado, no conoció sino un período de tranquilidad: fué la “década de oro” de 346 a 356, durante la cual pudo entregarse en paz a su ministerio episcopal, instruyendo a su pueblo y a su clero, socorriendo a los desgraciados y favoreciendo la vida monástica. Los últimos años los pasó en paz. Murió en. Alejandría en 373. Su cuerpo fué trasladado a Constantinopla, y en 1454 a Venecia. Su cabeza dicen se halla en Semblancay, en Turena. 


ELOGIO

¡Oh Atanasio! te sentaste en la sede de Marcos en Alejandría. El salió de Roma para ir a fundar la segunda sede patriarcal: y tres siglos más tarde tú llegabas a Roma, sucesor de Marcos, para obtener del sucesor de Pedro que la injusticia y la herejía no prevalecieran contra esa silla augusta. Nuestro Occidente te admiró héroe sublime de la fe; te recibió en su seno; veneró en ti al noble desterrado, al confesor valeroso; y tu estancia en nuestras regiones quedó entre sus más caros y gloriosos recuerdos.


ORACIÓN POR LA IGLESIA

Sé el abogado de las regiones en que otro tiempo se extendió tu jurisdicción de Patriarca y acuérdate también del apoyo y hospitalidad que te ofreció Occidente. Roma te protegió, tomó a pecho tu causa, promulgó la sentencia en que te declaraba inocente y te restituía tus derechos; desde las alturas de los cielos devuélvela cuanto hizo por ti; sostén y alienta a su Pontífice, sucesor del Papa Julio I, que te ayudó hace ya diez y seis siglos. Una terrible tempestad se ha desencadenado contra la roca que sostiene a todas las iglesias y el iris de paz no brilla aún en las nubes. Ruega, oh Atanasio, para que estos tristes días sean abreviados y que la silla de Pedro deje de ser el blanco de los ataques de mentira y de la violencia que a la vez son objeto de escándalo pará los pueblos.


PLEGARIA POR LA CONSERVACIÓN DE LA FE

Tus trabajos, oh gran doctor, ahogaron el arrianismo; pero esta odiosa herejía ha levantado la cabeza en estos días. Extiende sus estragos a favor de esa caricatura de ciencia que se une al orgullo y que ha llegado a ser el gran peligro de los tiempos presentes. El Hijo eterno de Dios, consubstancial al Padre, es blasfemado por los adeptos de una filosofía perniciosa que no tiene inconveniente en ver en El al primero de todos los hermanos, con tal de afirmar que sólo fué hombre. En vano la razón y la experiencia demuestran que todo es sobrenatural en Jesús; ellos se obstinan en cerrar los ojos, y llenos de mala fe, a un lenguaje de admiración hipócrita mezclan el desprecio por la fe cristiana que reconoce en el Hijo de María al Verbo eterno, encarnado para la salvación de los hombres. Confunde a los nuevos arríanos, pón al descubierto su soberbia debilidad y sus artificios; disipa ilusión de sus desgraciados adeptos; que al fin sea reconocido que esos pretendidos sabios que se atreven a blasfemar de la divinidad de Cristo, van a perderse en los vergonzosos abismos del panteísmo, o en el caos del escepticismo, en cuyo seno desaparece toda moral y toda inteligencia se apaga.

Conserva en nosotros, por tus méritos y oraciones, el don precioso de la fe que el Señor se dignó confiarnos; alcánzanos que confesemos y adoremos siempre a Jesucristo como a nuestro Dios eterno e infinito, Dios de Dios, Luz de Luz, Dios verdadero de Dios verdadero, engendrado y no hecho, que se dignó tomar carne de María por nosotros los hombres y por nuestra salvación. Revélanos sus grandezas hasta el día en que podamos contemplarlas contigo en la gloria. Entretanto conversaremos con El por la fe sobre esta tierra testigo de los esplendores de su resurrección.

Amaste a este Hijo de Dios, Creador y Salvador nuestro. Su amor fué el alma de tu vida, el móvil de tu consagración heroica a su servicio. Ese amor te sostuvo en las luchas en que el mundo entero parecía conspirado contra ti; te hizo más fuerte que todas las tribulaciones; alcanza para nosotros ese amor que nada teme porque es fiel, ese amor que debemos a Jesús, que siendo el esplendor eterno del Padre, su sabiduría infinita, se dignó humillarse hasta tomar la forma de esclavo, y hacerse por nosotros obediente hasta la muerte y muerte de Cruz ¡Cómo pagaríamos su entrega por nosotros sino dándole todo nuestro amor a ejemplo tuyo, y celebrando tanto más sus grandezas, cuanto más El se humilló por nosotros!



Sea todo a la mayor gloria de Dios.