viernes, 15 de julio de 2022

San Enrique, Emperador

   





SAN ENRIQUE, EMPERADOR


MISIÓN DEL EMPERADOR 

El Espíritu Santo que distribuye sus bienes como le place, llamaba a Germania a los más altos destinos, a esa Germania donde había hecho brillar su poder divino en la transformación de sus pueblos. Conquistada al cristianismo por San Bonifacio y sus sucesores, la extensa comarca que se extiende desde el Rhin hasta el Danubio había llegado a ser el baluarte de Occidente, en donde tantos años había sembrado la desolación y la ruina. Roma pagana, en el cénit de su poder, no pensó nunca someter a su dominio a las tribus feroces que allí habitaban, sino que se contentó con levantar entre su Imperio y ellas un muro de eterna separación; la Roma cristiana, en cambio, más señora del mundo que la pagana, colocó en estas regiones la sede misma del sacro Imperio Romano, vuelto a fundar por sus Pontífices. A este nuevo Imperio corresponderá defender los nuevos derechos de la Iglesia, protegerla de los nuevos bárbaros, conquistar para el Evangelio o aniquilar las hordas húngaras, eslavas, mongolas, tártaras y otomanas que sucesivamente vendrán a chocar contra sus fronteras. ¡Cuántos bienes habrían venido a Alemania, si hubiera siempre comprendido dónde se encontraba su verdadera gloria, y sobre todo si la fidelidad de sus príncipes al Vicario de Jesucristo hubiera estado al nivel de la fe de sus pueblos!


VOCACIÓN DE LOS PUEBLOS

Dios mantuvo espléndidamente los ofrecimientos que hizo a Germania. La fiesta de hoy señala el remate del período de gestación fecunda en que el Espíritu Santo, habiéndola como creado de nuevo en las aguas regeneradoras del bautismo, quiso llevarla al pleno desarrollo de la edad madura, propia de las naciones. El historiador debe especialmente ocuparse de estudiar la vida de los pueblos en este período de su formación verdaderamente creadora, si desea conocer lo que espera de ellos la Providencia. En efecto, cuando Dios hace una nueva creación, ya sea en el orden de la vocación sobrenatural de los hombres o de las sociedades, ya sea en el mismo orden de la naturaleza, deposita, desde su origen, el principio de vida más o menos perfecto que debe corresponderle: germen precioso con cuyo desarrollo, si no le pone impedimento, deberá llegar a conseguir su fln; con cuyo conocimiento, el que sabe observarle antes de toda desviación, llega a conocer con claridad el pensamiento divino en el momento crucial. Ahora bien el germen vital de las naciones cristianas es la santidad de sus orígenes; santidad de varias facetas y tan diversas para cada una de ellas, según sean los destinos decretados por la multiforme Sabiduría de Dios de la que deben ser instrumentos; santidad que con frecuencia descenderá del trono, y dotada por eso mismo, del carácter social que, por desgracia, gozarán también los crímenes de sus emperadores, por causa de ese mismo título de emperador que les hace ante Dios representantes de sus pueblos.


MISIÓN DE LAS REINAS

Hemos visto que, a semejanza de María constituida en canal de toda vida para el mundo por su maternidad divina, del mismo modo ha sido confiada a la mujer la misión de engendrar para Dios las familias de las naciones que serán objeto de sus más caros destinos; mientras los príncipes son considerados como fundadores exteriores de los imperios y gozan por sus gestas el primer plano en la historia, las reinas, con su vida oculta, pasada en oraciones y lágrimas, hacen fecundas sus obras, levantan sus miras por encima de la tierra y las alcanzan la duración.

El Espíritu Santo no teme prodigarse en la exaltación de la Madre de Dios; a las Clotildes y Radegundis, que en tiempos difíciles engendraron a los francos para la Iglesia, corresponden en diferentes cielos, pero siempre en honor de la Sma. Trinidad; las Isabelas en España, Portugal y Hungría, las Adelaidas y Cunegundas en Germania. En el caos del siglo x, del que debía salir Alemania, se cierne sin interrupción su dulce silueta, proyectando su luz en la noche de los tiempos sobre la Iglesia y sobre el mundo, más eficaz contra la anarquía que la espada de los Otones.


SAN ENRIQUE

Unase la tierra al cielo para celebrar hoy al hombre que dió, que llevó a cabo los designios de la Sabiduría eterna, en esta época de la historia; resume en sí todo el heroísmo y la santidad de la raza ilustre cuya principal gloria es el tenerla preparada durante todo un siglo para los hombres y para Dios. Fué grande ante los hombres que, durante un largo reinado, no se cansaron de admirar la bravura y actividad enérgica, gracias a los cuales, presente a la vez en todos los puntos del imperio, siempre victorioso, supo reprimir las revueltas del interior, contener a los eslavos en las fronteras del Norte, castigar las acometidas griegas en el mediodía de Italia; mientras que como político sagaz, ayudaba a Hungría a sacudir el yugo de la barbarie por el Cristianismo y tendía una mano amiga a Roberto el Piadoso, que quiso firmar un pacto eterno para dicha de los siglos venideros, entre el Imperio y la Primogénita de la Iglesia.

Enrique, esposo virgen de la virgen Cunegunda, fué grande además para Dios, que no tuvo nunca un representante más fiel sobre la tierra. A sus ojos el único Rey es Dios en Cristo; el móvil de los intereses de Cristo y de su Iglesia y su sola ambición el servir al Hombre-Dios lo más perfectamente posible. Comprendía que la verdadera nobleza, lo mismo que la salvación del mundo, se ocultaba en los claustros donde las almas selectas se cobijaban para huir de la ignominia universal y evitar tantas ruinas. Este pensamiento le condujo a Cluny, al día siguiente de su coronación imperial, para poner en manos de su abad, para su custodia, la bola de oro, imagen del mundo, cuya defensa se le habla confiado como soldado del Vicario de Dios. Lejos de querer dominar, no pensaba sino servir y permanecerá fiel hasta el fin en este ideal, como verdadero discípulo de Cristo.


VIDA 

Enrique vino al mundo hacia el año 973. Al cumplir los 22 años, fué elegido duque de Baviera, y en 1007 emperador de los romanos. Ocupó su vida en conquistar y mantenerse en paz a todo su inmenso imperio y en 1024 murió en Bamberg. Más que los acontecimientos políticos que caracterizan su reinado, debe hacerse resaltar la virtud de este emperador, que jamás se dejó llevar de sus propios intereses; su celo por ayudar a los papas en las asambleas sinodales o en la reforma de la Iglesia; su cuidado en la elección de obispos dignos de su ministerio; su caridad para los pobres y monasterios; sus admirables triunfos sobre naciones bárbaras, debidos más a la oración que a las armas. Su cuerpo fué sepultado en la catedral de Bamberga, construida por él, Dios le glorificó con numerosos milagros que movieron al Papa Eugenio III a cononizarle un siglo después. Su esposa, Santa Cunegunda, fué también elevada a los altares por Inocencio III.


ELOGIO

Por mí los reyes reinan y por mí los príncipes imperan(1). ¡Oh Enrique! comprendiste esta palabra bajada del cielo. En aquellos tiempos turbulentos supiste donde encontrar el consejo y la fuerza(2). Como Salomón, sólo deseaste la Sabiduría y como él experimentaste que con ella se alcanzan también las riquezas, la gloria y la magnificencia(3). Pero más afortunado que el hijo de David, no te dejaste desviar de la sabiduría viviente por estos dones inferiores, que, en los designios divinos, eran más la prueba de tu amor, que la manifestación del que Dios te tenía. Oh Enrique, la prueba fué decisiva: llegaste a la meta del buen camino, sin excluir de tu alma magnánima ninguna consecuencia de los preceptos divinos; satisfecho de haber elegido, al contrario de tantos otros, la áspera vereda que conduce al cielo, en compañía de los santos caminaste, por medio de los senderos de la justicia(4), siguiendo más de cerca a la divina Sabiduría.


PLEGARIA POR LA PAZ

Buscando en primer lugar para ti el reino de Dios y su justicia(5), estuviste lejos de defraudar a tu patria de origen y al pueblo que te había llamado a ser su guía. Nos regocijamos que a ti entre todos, deba Alemania la consolidación de su imperio que fué su gloria entre todos los pueblos, hasta que cayó en nuestros días para no volverse a levantar. Mira benigno desde el trono que ocupas en el cielo, a esta vasta región del Santo Imperio que te debe su desarrollo y al cual la herejía parece haberlo descompuesto para siempre. Ven, oh emperador de tiempos mejores, ven a combatir por la Iglesia; junta las fuerzas dispersas de la cristiandad al campo tradicional de los intereses comunes a toda nación católica; y que la alianza que tu profundo sentido político realizó en otro tiempo, traiga al mundo la tranquilidad, la paz, la prosperidad, que no le dará el inestable equilibrio con el que queda a merced de la fuerza.



Notas

1. Prov., VIII, 15-16.
2. Prov., VIII, 14.
3. Prov., VIII, 18.
4. Prov., VIII, 20.
5. Mat., VI, 20.






Sea todo a la mayor gloria de Dios.

jueves, 14 de julio de 2022

San Buenaventura, Confesor y Doctor de Iglesia

   





SAN BUENAVENTURA,
CONFESOR Y DOCTOR DE LA IGLESIA


TOMÁS Y BUENAVENTURA

La pintura ha ilustrado la célebre visión en la cual Nuestra Señora presentó a su Hijo a sus dos servidores Domingo y Francisco que tenían que devolverle la humanidad, víctima de profunda corrupción. También ilustró el encuentro de los dos santos echándose en los brazos el uno del otro y prometiéndose estar unidos en la acción apostólica que ambos inauguraban casi al mismo tiempo. Dos de sus hijos más insignes que deberían parecerse también por el resplandor de su doctrina, e ir juntos en la admiración y el agradecimiento de la Santa Iglesia: Tomás y Buenaventura, cuya obra intelectual tenía un solo fin, el de llevar a los hombres por la ciencia y el amor a esta vida eterna, que consiste en conocer al solo Dios verdadero y a Jesucristo que fue enviado (Juan, XVIII, 3). Los dos fueron esas lámparas encendidas (Juan, V, 35) que iluminaron su siglo y caldearon las almas. Pero quiso el Señor que sacase la Iglesia principalmente su luz de Santo Tomás y su caridad inflamada de San Buenaventura. En el curso de la Cuaresma celebramos ya al Doctor Angélico, hoy, en cambio, la Iglesia orienta nuestros corazones hacia el Doctor Seráfico para tributarle nuestra alabanza y nuestra oración y recibir la lección de su vida. 

EL ESTUDIANTE

Era muy joven aún, cuando al salir de sus primeros años de vida religiosa, fue enviado a la célebre Universidad de París, para estudiar en ella Teología. Entre aquella multitud de estudiantes, con frecuencia pendencieros, y ligeros, conservó su alma tan pura, tan sencilla y desasida, que su maestro Alejandro de Halés decía admirado: "Se diría que no pecó Adán en él." Alejandro de Halés, según expresión del Papa Alejandro IV parecía entonces que "encerraba en sí la fuente viva del paraíso, de donde el río de la ciencia de la salvación se desbordaba en rápidas olas a través de la tierra". 

EL DOCTOR

Bajo su dirección, Buenaventura hacía maravillosos prodigios en la ciencia y en la santidad. Estudia en primer lugar la Sagrada Escritura, copiando muchas veces de su propia mano los libros del Antiguo y del Nuevo Testamento; resume y analiza a los Padres de la Iglesia y de tal modo ahonda en todas las ciencias sagradas que, a pesar de las leyes de la Universidad, a los 27 años se le llama a ocupar una cátedra. A la extrañeza que causó por su juventud, sucedió en seguida la admiración. Investido de la herencia de Alejandro de Halés, a quien se llamaba el "Doctor irreprochable, el Doctor de los Doctores", Buenaventura podía decir de la Sabiduría divina: "Ella me enseñó todo; me enseñó la justicia y las virtudes, las sutilezas del discurso y el nudo de los argumentos más fuertes" (Sap., VII, 21; 4; 7-8.). 

Tal es el objeto de los Comentarios sobre los cuatro libros de las Sentencias que nos han conservado las lecciones de Buenaventura en esta cátedra de la Sorbona, donde su palabra, amable, animada de un soplo divino, tenía cautivas a las inteligencias más nobles. El joven maestro respondía ya a su título predestinado de Doctor Seráfico, no viendo en la ciencia más que un medio de amar más, y repitiendo sin cesar que la luz que ilumina a la inteligencia resulta estéril y vana si no penetra en el corazón, donde únicamente descansa y se agasaja a la Sabiduría (Exp., in lib., Sap., VIII, 9, 16). Nos dice también San Antonino que toda verdad que percibía, se convertía en afectos, haciéndose por lo mismo oración y alabanza divina (Antonln, Chronic., p. III, tít., XXIV, cap. 8.). Su fin era, dice otro historiador, llegar al incendio del amor, abrasarse él mismo en el foco divino e inflamar después a los demás. Indiferente a las alabanzas, como a la fama, únicamente se preocupaba de ordenar sus costumbres y su vida; quería arder en primer lugar y no sólo lucir; ser fuego para de esa manera acercarse más a Dios, siendo más conforme al que es fuego; sin embargo, como al fuego acompaña siempre la luz, así fue él, a la vez una antorcha luciente en la casa de Dios; pero su título especial de alabanza consiste en que toda la luz que pudo reunir, la convirtió en alimento de su llama y de la caridad divina (H. Sedulius, Histo., Seraph). 

Supo a qué atenerse con respecto a esta dirección única de sus pensamientos cuando, al inaugurar su enseñanza pública, tuvo que tomar un partido sobre la cuestión que dividía a la Escuela en lo tocante al fin de la Teología: ciencia especulativa para unos y práctica a juicio de los otros, según llamaba la atención a cada parte el carácter teórico o moral de las nociones sobre que versa. Buenaventura buscando unir los dos sentimientos en el principio, que a su parecer era la ley única y universal, concluía que "la Teología es una ciencia afectiva, cuyo conocimiento procede por contemplación especulativa, pero tiende principalmente a hacernos buenos". La Sabiduría de la doctrina, en efecto, decía él, tiene que ser como lo indica su nombre (Ecle., VI; I Sentencias, 9, 3): sabrosa al alma. 

EL SANTO

Pero como lo advirtió más tarde el Papa Sixto V, no sólo sobresalía por la fuerza del raciocinio, por la facilidad de su enseñanza y la claridad de sus definiciones, sino que por encima de todo prevalecía por una virtud enteramente divina para mover a las almas. A la vez que iluminaba las inteligencias, predicaba a los corazones, y los conquistaba al amor de Dios. Sus mismos amigos se admiraban, y Santo Tomás preguntándole un día, en un arranque de admiración fraterna, en qué libro había podido beber esta ciencia sagrada, Buenaventura, mostrándole su crucifijo, respondió humildemente: "Esta es la fuente de donde yo saco todo lo que sé; estudio a Jesús y a Jesús crucificado." Este es el secreto de la composición de toda esta serie de admirables opúsculos, donde sin plan preconcebido, simplemente para satisfacer los deseos de sus discípulos o para desahogar su alma, vemos que Buenaventura trató de todo a la vez: de los primeros elementos de la ascesis y de los escritos más elevados de la vida mística, con una plenitud, una seguridad, una claridad, una fuerza divina de persuasión, que hacen decir al Soberano Pontífice Sixto IV que parece que el Espíritu Santo habla por él (Litt., Superna., caelestis). Escrito en la cumbre del Alverna, y como bajo la influencia más inmediata de los Serafines del cielo, el Itinerario del alma a Dios arrebataba de tal modo al canciller Gersón, que declaraba a "este opúsculo, o más bien, a esta obra inmensa, por encima de la alabanza de una boca mortal" (Gersón, Epist., cuid., Fratri Minori, Lugduni an. 142); el Santo hubiese querido que juntándole con el Breviloquium, maravilloso resumen de la ciencia sagrada, se impusiese como manual indispensable a los teólogos (Tract. de examinat., doctrinarum). Y es que en efecto, dice para la Orden Benedictina el Abad Tritemio, aquel que considera el espíritu de amor divino que se echa de ver en Buenaventura reconocerá con facilidad que está por encima de todos los doctores de su tiempo por la fuerza persuasiva de sus obras. Buenaventura sobrepasa este mayor y menor número, porque en él la ciencia origina la devoción y la devoción la ciencia. Si, pues, quieres ser sabio y piadoso, vive como él (De Scriptor., Eccl).

Pero, más que su persona, Buenaventura nos revelará con qué disposiciones conviene leerle para sacar fruto. Al comienzo de su Incendium amoris, donde enseña el triple camino que conduce a la verdadera sabiduría por la purificación, la iluminación y la unión, dice: "No ofrezco, este libro, a los filósofos, a los sabios del mundo, a los grandes teólogos embebidos en cuestiones interminables; sino a los sencillos, a los ignorantes que se preocupan más de amar a Dios que de saber. No discutiendo sino obrando, es como se aprende a amar. Creo que no comprenderán el contenido de este libro, esos hombres llenos de ideas propias, superiores en todas las ciencias pero inferiores en el amor de Cristo. Al menos que dejando a un lado la vana ostentación del saber se den con profundo renunciamiento en la oración y meditación, a hacer resplandecer en ellos la llama divina, que, calentando el corazón y disipando toda oscuridad, les guiará por encima de las cosas temporales al trono de la paz. Porque por lo mismo que saben más, son más aptos, o lo debían ser, para amar, si se desprecian a sí mismos y tienen la alegría de ser despreciados por otros (Incendium. amoris. Prologas)". 

MINISTRO GENERAL DE LOS FRAILES MENORES

San Buenaventura no debía permanecer mucho tiempo en la cátedra de la Sorbona. A los 35 años fue elegido Ministro general de los Frailes Menores. Obligado a abandonar la enseñanza de la escolástica, dejó la cátedra a un amigo joven, Fr. Tomás de Aquino, cuya ciencia y santidad iban a ilustrar a la universidad de París y a la Iglesia entera. 

San Francisco había muerto hacía 31 años. Había puesto las bases de su Orden. La savia seráfica había brotado de su corazón, pero su obra necesitaba ser organizada: esta fue la labor de San Buenaventura. Sin abandonar el espíritu de San Francisco, se propuso coordinar todas las energías y dar a la Orden su forma definitiva y las sabias y admirables Constituciones, que habían de ser el armazón de este admirable edificio. Le vemos recorrer todas las provincias de su Orden: está sucesivamente en París, en Narbona, en Pisa y después de estos viajes agotadores, se retira a una celda del monte Albernia, donde Francisco, recibió los sagrados estigmas. Escribe la vida de su seráfico Padre para imbuir a todos sus hijos de su espíritu. 

CARDENAL DE ALBANO

Por la profundidad de su ciencia, por la santidad de su vida, por la fuerza de su palabra puso la Iglesia sus miradas en él. Cuando en Perusa el Papa Clemente IV quiso nombrarle arzobispo de York, él se puso a sus pies y le suplicó que le apartara de esta dignidad. Mas tuvo que ceder a las instancias de San Gregorio X y acatar sus órdenes "que le nombraban cardenal y arzobispo de Albano y ordenaban reunirse con el Papa humilde y sumisamente, sin réplica ni tardanza". Los enviados del Papa portadores de este importante Mensaje, encontraron al santo ocupado en lavar la vajilla. Partió para preparar el Concilio que debía celebrarse en Lyon en 1274 y en esta ciudad, después de muchos trabajos y discursos, entregó su hermosa alma a Dios a los 53 años de edad, cuatro años después de la muerte de Santo Tomás. 

Vida

Juan Fidanza nació en 1221 en Bagnera, villa situada entre Viterbo y Orbieto. Enfermo de gravedad su madre, le llevó a San Francisco de Asís, que le tomó en sus brazos, le bendijo, le acarició, le sanó y se le devolvió, diciéndole: "Oh buena ventura". "Oh la buena ventura"; de aquí su nombre. A los 17 años entró en los Frailes Menores, donde su fervor enfureció al demonio que buscó ocasión para estrangularle. Enviado a la Sorbona muy pronto, para estudiar allí la Teología, recibió en el mismo lugar una cátedra a la edad de 27 años. A los 35 fue general de los Frailes Menores y promulgó las Constituciones en el Capítulo de Narbona en 1270. Creado Cardenal, recibió la consagración episcopal en noviembre de 1273 y durante el segundo Concilio Ecuménico de Lyon, falleció en esta villa el 14 de julio de 1274. 

Sus principales tratados espirituales son el "Breviloquium" dado a luz en 1256; el "Itinerario del alma a Dios" que es sin duda la más bella de las obras místicas del siglo XIII, la "Triple vía"; "el Arbol de la vida"; "las cinco fiestas del Niño Jesús" y finalmente "la Apología de los pobres."

PLEGARIA

Gozas de la gloria de tu Señor, oh Buenaventura (S. Mat., XXV, 21) y cuán grandes son ahora tus alegrías, puesto que conforme a tus enseñanzas "tanto se regocija uno en el cielo, cuanto amó a Dios en la tierra" (Buenaventura. De perfectione vitae, ad Zorores, VIII). Si como afirma el gran San Anselmo de quien tomaste esta idea, el amor se mide por el conocimiento, tú que fuiste príncipe de la ciencia teológica y a la vez Doctor del amor, muéstranos que toda luz, en el orden de la gracia y de la naturaleza, tiene como fin único llevarnos al amor. 

Doctor seráfico, condúcenos por las alturas sublimes, cuyos secretos, trabajos, hermosuras y peligros nos manifiestan cada línea de tus escritos. El hombre queda como enajenado cuando trata de escudriñar esta Sabiduría divina aunque no sea más que en sus lejanos reflejos; líbranos del error en que podríamos caer al tomar como fin el goce encontrado en algunos rayos perdidos, llegados hasta nosotros para sacarnos de los límites de la nada hasta ella. Porque estos rayos, que de suyo proceden de la eterna hermosura, separados de su centro, apartados de su fin, no serán más que ilusión, decepción, ocasión de ciencia huera o de engañosos placeres. Cuanto más elevada es la ciencia, cuanto más se aproxima a Dios como objeto de teoría especulativa, tanto más, en cierto sentido, hay que temer el extravío; si aparta al hombre en sus elevaciones hacia la Sabiduría poseída y gustada por ella sola, si le retiene en sus propios encantos, no temáis compararla a la vil seductora que suplanta en el afecto de un príncipe a la muy noble desposada que le espera (Illumlnationes, Eccl., II.). Y tal afrenta sea por parte de la esclava o de la dama de honor, ¿es menos hiriente y bochornosa para su augusta soberana? Por eso afirmas tú que "es peligroso el paso de la ciencia a la Sabiduría, si no se la junta a la santidad". Ayúdanos a franquear ese peligroso desfiladero; haz que toda ciencia sea para nosotros un medio de la santidad para llegar a mayor amor. 

Tus pensamientos, oh Buenaventura, están siempre penetrados de la luz divina. Tus seráficas predilecciones las conocemos bien por ser manifestadas en nuestros tiempos en los medios en que la contemplación divina es considerada aún como la mejor parte, como el fin indiscutible y único de todo conocimiento, a pesar de la fiebre de la acción a la que se encaminan todas las fuerzas vivas de este siglo. Protege a tus devotos. Defiende, como en otros tiempos a las órdenes religiosas, que ahora son combatidas en sus prerrogativas y en su vida. Que la orden franciscana crezca aún más en santidad y en número. Bendice sus trabajos tan laudablemente emprendidos para dar a conocer sus obras e historia. Por tercera y última vez atrae a Oriente a la unidad y a la paz. Que la Iglesia entera se abrase con tus fuegos, que el amor divino tan fuertemente alimentado por ti consuma de nuevo a la tierra. 

domingo, 10 de julio de 2022

Quinto Domingo después de Pentecostés




QUINTO DOMINGO DESPUÉS DE PENTECOSTÉS


EL OFICIO

La Iglesia ha comenzado esta noche la lectura del segundo libro de los Reyes, que principia por la narración de la muerte desgraciada de Saúl y el advenimiento de David al trono de Israel. La exaltación del hijo de Jesé marca el punto culminante de la vida profética del pueblo antiguo; en él encontró Dios su siervo fiel, e iba a mostrarle al mundo como la figura más completa del Mesías que había de venir. Un juramento divino garantizaba al nuevo Rey el porvenir de su descendencia; su trono debía ser eterno; porque debía un día llegar a ser el trono del que sería llamado Hijo del Altísimo, sin dejar de tener por Padre a David. 

Pero en el momento en que la tribu de Judá aclamaba en Hebrón al elegido del Señor, no era todo, ni mucho menos, alegría y esperanza. La Iglesia, ayer en Vísperas, tomaba una de las más bellas Antífonas de su Liturgia del canto fúnebre que inspiró a David la vista de la diadema recogida del polvo ensangrentado en el’ campo de batalla, donde acababan de sucumbir los príncipes de Israel: “Montes de Gelboé, ni lluvia ni rocío caiga sobre vosotros; porque allí fué abatido el escudo de los héroes, el escudo de Saúl, como si no hubiese recibido la unción. ¿Cómo han caído los héroes en la batalla? Jonatás ha sido muerto en las alturas; ¡Saúl y Jonatás, tan amables y tan hermosos en su vida, no se han separado ni en la muerte!” 

Inspirada por la proximidad de la fiesta de los Santos Apóstoles del 29 de Junio, y de este día en que el Oficio del Tiempo trae cada año esta Antífona, la Iglesia aplica estas últimas palabras a San Pedro y San Pablo durante la Octava de su fiesta: “¡Gloriosos príncipes de la tierra, se amaron en vida—exclama—y no se han separado ni en la muerte!” Como el pueblo Hebreo en esta época de su historia, más de una vez el ejército cristiano no saludó el advenimiento de sus jefes, sino en una tierra tinta en la sangre de sus predecesores.

sábado, 2 de julio de 2022

La Visitación de la Santísima Virgen

  






LA VISITACIÓN DE LA SANTÍSIMA VIRGEN


HISTORIA DE LA FIESTA

En los días que precedieron al nacimiento del Salvador, la visita de María a su prima Isabel fué ya objeto de nuestras meditaciones. Pero convenía volver sobre una circunstancia tan importante de la vida de Nuestra Señora, para hacer resaltar lo que este misterio contiene de enseñanza profunda y de alegría santa. La sagrada Liturgia completándose con los años, explotará esta mina preciosa en honor de la Virgen-Madre. La Orden de San Francisco y algunas iglesias particulares, como la de Reims y París, ya se habían adelantado, cuando Urbano VI, en el año 1389 instituyó la solemnidad de este día. El Papa aconsejaba el ayuno en la vigilia de la fiesta, y que además tuviese Octava; concedió en su celebración las mismas indulgencias que había otorgado Urbano VI, en el siglo anterior a la ñesta del Corpus Christi. La bula de promulgación, retrasada por la muerte del Pontífice, fué publicada por Bonifacio IX que le sucedió en la Silla de S. Pedro.

Por las lecciones del Oficio primitivamente compuesto para esta fiesta, sabemos que el fin de su institución fué, según el pensamiento de Urbano, obtener que cesase el cisma que dividía a la Iglesia. Nunca se había visto la Esposa del Hijo de Dios en situación tan dolorosa. Pero Nuestra Señora, a quien se había dirigido el verdadero Pontífice al comienzo de la tormenta, no dejó fallida la esperanza de la Iglesia. Durante los años que la insondable justicia del Altísimo dejó obrar a los poderes del infierno, vino en su defensa, sujetando tan fuertemente bajo su pie vencedor la cabeza de la serpiente antigua, que a pesar de la espantosa confusion que había levantado, su baba ponzoñosa no pudo manchar la fe de los pueblos, que permaneció firmemente adherida a la unidad de la Cátedra romana, cualquiera que en esta incertidumbre fuese su ocupante verdadero. Así, el Occidente separado de hecho, pero unido en sus principios, se volvía a unir en el tiempo escogido por Dios para devolver la luz.


MARÍA, ARCA DE ALIANZA

Si se pregunta por qué quiso Dios que el Misterio de la Visitación y no otro, fuese al establecerse esta solemnidad, el trofeo de la paz reconquistada, es fácil hallar la razón en la naturaleza misma de este misterio y en las circunstancias en que se realizó.

En él especialmente aparece María como verdadera arca de Alianza: llevando al Emmanuel, testimonio vivo de una reconciliación definitive entre la tierra y el cielo. Por ella, mejor que en Adán, todos los hombres han de ser hermanos; porque el que lleva escondido en su seno, será el primogénito de la gran familia de los hijos de Dios. Apenas concebido, comienza para El la obra de la propiciación universal.

¡Dichosa la casa del sacerdote Zacarías, que durante tres meses acogió a la Sabiduría eterna, bajada recientemente al seno purísimo en que se acaba de consumar la unión que ambicionaba su amor! Por el pecado original, el enemigo de Dios y de los hombres tenía cautivo, en esta bendita casa, a aquel que sería el hornato en los siglos infinitos; la embajada del ángel que anunció el nacimiento de Juan, su concepción milagrosa, no habían eximido al hijo de la es térll del tributo vergonzoso que todos los hijos de Adán tienen que pagar al príncipe de la muerte, a su entrada en la vida. Pero apareció María, y Satanás vencido sufrió en el alma de Juan su más completa derrota, que no será la última; porque el arca de alianza no detendrá sus triunfos hasta reconciliar al último de los elegidos.


ALEGRÍA DE LA IGLESIA

Celebremos este día con cantos de alegría; porque en este misterio están, como en germen, todas las victorias que alcanzarán la Iglesia y sus hijos; desde hoy el Arca santa preside los combates del nuevo Israel. Basta ya de división entre el hombre y Dios, el cristiano y sus hermanos; si la antigua arca no logró impedir la escisión de las tribus, el cisma y la herejía conseguirán hacer frente a María unos cuantos años o algunos siglos, pero al fin resplandecerá más su gloria. De ella, como en este día glorioso y a la vista del enemigo humillado, brotarán siempre la alegría de los pequeños, la perfección de los pontífices, y la bendición de todos. Unamos el tributo de nuestras voces a los saltos gozosos de Juan, a la repentina exclamación de Isabel, al cántico de Zacarías; todo el mundo lo repita. Así se saludaba antiguamente la llegada del arca al campamento de los Hebreos; los Filisteos, al oírlo, por ahí comprendían que había bajado el auxilio del Señor; y sobrecogidos de espanto, gemían, diciendo: “¡Desgraciados de nosotros! no reinaba aquí ayer una alegría tan grande; ¡desgraciados de nosotros.” Por cierto que hoy el género humano salta de gozo y canta con Juan; y hoy también, y con razón, se lamenta el enemigo; hoy la mujer descarga el primer golpe del calcañal en su cabeza altanera, y Juan, ya librado, es en esto precursor de todos nosotros. El nuevo Israel, más afortunado que el viejo, tiene seguridad de que no le arrebatarán ya su gloria nunca jamás; nunca le quitarán el Arca santa que le permite pasar las aguas, y derrumba ante él las fortalezas.


EL CANTO DE MARÍA

¿No es, pues, muy justo que este día, en que termina la serie de las derrotas que comenzaron en el Paraíso, sea también el día de los cánticos nuevos del nuevo pueblo? Pero ¿a quién toca entonar el himno del triunfo, sino al que gana la victoria? Por eso canta María en este día de triunfo, recordando todos los cantos de victoria que, a lo largo de los siglos de espera, fueron como preludios, a su divino Cántico. Pero las victorias pasadas del pueblo elegido no eran más que la figura de la que consigue ella, en esta fiesta de su manifestación, como soberana gloriosa, que, mejor que Débora, Judit o Ester, ha comenzado a libertar a su pueblo; en su boca los acentos de sus ilustres predecesoras han evolucionado de la aspiración inflamada de los tiempos de la profecía, al éxtasis sereno, que denota la posesión del Dios que por tanto tiempo esperado. Una era nueva comienza parar los cantos sagrados: la alabanza divina toma de María el carácter que no perderá en este mundo y que subsistirá aún en la eternidad. Y en este día también, inagurando su ministerio de Corredentora y de Mediadora, recibió María por vez primera en la tierra, de boca de Santa Isabel, la alabanza que sin ñn merece la Madre de Dios y de los hombres.

El motivo especial que tuvo la Iglesia, en el siglo xiv, para instituir esta fiesta, nos ha inspirado las anteriores consideraciones. María ha demostrado otra vez, al devolver a Roma al desterrado Pío IX, el 2 de Julio de 1849, que consideraba esta fecha como un día de victoria.


MISA

El Introito es el mismo de las Misas votivas de Nuestra Señora en este tiempo del año. Está tomado de Sedulio el poeta cristiano del siglo v, del cual hizo la Sagrada Liturgia otros extractos muy bien apropiados, los días de Navidad y Epifanía. La palabra excelente (Verbum bonum) que se ensalza en el Versículo, la obra que dedica al Rey la Virgen-madre, todos declaran hoy que es el Magníficat, riqueza y gloria de este día.


INTROITO
Salve, Madre Santa, que diste a luz al Rey que rige cielos y tierra por los siglos de los siglos. Ps. Mi corazón ha proferido una excelente palabra; digo: Mis obras son para el Rey. Gloria al Padre. Salve.

La paz es el don precioso que imploraba la tierra incesantemente desde el pecado original. Congratulémonos, pues; en este día se revela, por medio de María, el Príncipe de la Paz. La solemne conmemoración del ministerio que celebramos, va a desarrollar en nosotros la obra de salvación, que comenzó en el de Navidad. Esta gracia la pedimos con la Santa Madre Iglesia en la Colecta.


ORACIÓN
Rogárnoste Señor, que concedas a tus siervos el don de la gracia celestial, para que los que hemos recibido las primicias de la salvación en el parto de la Virgen, alcancemos aumento de paz en la Solemnidad de su Visitación. Por Jesucristo nuestro Señor.


EPÍSTOLA

Lección del Libro de la Sabiduría (Cantar de los Cantares, II, 8, 15).
Vedle cómo viene saltando por los montes y brincando por los collados. Mi amado semeja al gamo ligero y al cervatillo. Vedle, está detrás de nuestra pared, mirando por las ventanas, atisbando por las celosías. Me habla mi amado y dice: Levántate y apresúrate, amiga mía, paloma mía, hermosa mía, y ven; pues ya pasó el invierno, disipáronse y cesaron las lluvias; han aparecido las flores en nuestra tierra; llegó el tiempo de la poda; el arrullo de la tórtola se ha oído ya en nuestro campo; la higuera dió sus brevas; esparcen su olor las florecientes viñas. ¡Levántate pues, amiga mía, hermosa mía, y ven paloma mía que anidas en las quiebras de las peñas, en las concavidades del muro, muéstrame tu rostro, suene tu voz en mis oídos; porque tu voz es dulce, y tu cara hermosa!

LA VISITA DEL AMADO. — La Iglesia nos introduce en la profundidad del misterio. La lectura que antecede, se reduce a la explicación de esta palabra de Isabel, en que se resume la fiesta: “Al oír tu voz, mi niño saltó de gozo en mi seno.” Voz de María, voz de la tórtola, que expulsa al invierno y anuncia la primavera, los perfumes y las flores. A esta invitación tan dulce, el alma de Juan, cautiva en la noche del pecado, se Despoja de las libreas del esclavo y, desarrollando rápidamente los gérmenes de las más altas virtudes, se nos presenta bella como la esposa, con todos los aderezos del día de la boda. Y también ¡qué ansias tiene Jesús de llegarse a esta alma amada! ¡Qué efusiones inefables entre Juan y el Esposo! ¡Qué diálogo sublime desde el seno de Isabel al de María! ¡Madres admirables, pero más admirables todavía los hijos! En aquel encuentro feliz, el oído, los ojos, la voz de las madres las pertenecen menos a ellas que a los frutos benditos de sus entrañas; sus sentidos son la celosía por la que el Esposo y el amigo del Esposo se ven, se entienden y se hablan.

El alma de Juan prevenida por el Amigo Divino que la buscó, se despierta en pleno éxtasis. Por otra parte, para Jesús es la primera conquista; dirigidos a Juan, es cuando por vez primera, excepción hecha de María, se formulan en el alma del Verbo hecho carne, los acentos del epitalamio divino y hacen palpitar su corazón. En este día pues, y nos lo enseña la Epístola, a la vez que el Magníficat, se inaugura también el divino Cantar de los Cantares con el verdadero y completo sentido que el Espíritu Santo quiso darle. Nunca habrá motivos tan justificados como en este día feliz, para el alborozo del Esposo; ni tampoco será jamás tan fielmente correspondido. Unamos nuestro entusiasmo al de la eterna Sabiduría, que hoy da el primer paso en favor de toda la humanidad.

En el Gradual ensalcemos con Isabel a la Santísima Virgen, que nos gana todas estas alegrías, y en quien el amor tiene encerrado al que no podía contener el mundo. El dístico que se canta en el versículo, hacía las delicias de la piedad medieval; se encuentra en varias liturgias, ya como principio de himno, ya en forma de Antífona en la composición de Misas u Oficios.


GRADUAL
Bendita y venerable eres, Virgen María; pues sin el más leve menoscabo de tu integridad virginal, te allaste Madre del Salvador. T. Virgen, Madre de Dios, El que no cabe en los cielos, hecho hombre se encarnó en tu seno.
Aleluya, aleluya. V. Feliz y digna de toda alabanza, eres, sagrada Virgen María, porque de ti nació el Sol de justicia, Cristo nuestro Dios. Aleluya.


EVANGELIO

Continuación del santo Evangelio según San Lucas (I, 39-46).
En aquel tiempo: Partió María presurosa por las serranías, a una ciudad de Judá; y, entrando en casa de Zacarías, saludó a Isabel. Al oír Isabel el saludo de María, el niño (Juan) saltó de gozo en su vientre, e Isabel se sintió llena del Espíritu Santo, y, exclamando en alta voz, dijo: ¡Bendita tú eres entre todas las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre! Y ¿de dónde a mí tanto bien, que venga la Madre de mi Señor a mí? Pues lo mismo fué llegar la voz de tu saludo a mis oídos, que dar saltos de júbilo la criatura en mi seno. ¡Bienaventurada tú que has creído! porque se cumplirán las cosas que se te han dicho de parte del Señor. Y dijo María: Mi alma engrandece al Señor y mi espíritu salta de gozo al pensar en Dios, mi Salvador.


CARIDAD FRATERNA...

María supo por el Arcángel que Isabel iba a ser pronto madre. Sólo pensar los servicios que necesitan la anciana prima y el niño que va a nacer, la pone inmediatamente en camino hacia las montañas en donde esta situada la casa de Zacarías. Así camina, así corre, si es verdadera, la caridad de Cristo. No hay situación de alma en la que pueda el cristiano olvidar a sus hermanos, con el pretexto de una perfección más encumbrada.

Acaba María de contraer con Dios la unión más alta que podemos pensar; y con gusto se la figuraría nuestra imaginación incapaz de hacer nada, abismada en el éxtasis, precisamente en estos días en que el Verbo, al tomar carne de su carne, en pago la inunda en mares de su divinidad. Pero el Evangelio lo dice expresamente: en estos mismos días la Virgen sencilla, pendiente hasta ahora del secreto de la presencia del Señor, se levanta para dedicarse a todas las necesidades del prójimo en su cuerpo y en su alma.


... Y CONTEMPLACIÓN

¿Quiere significarse con esto que las obras están por encima de la oración y que la contemplación ha dejado de ser la mejor parte? De ninguna manera; y Nuestra Señora nunca estuvo con todo su ser tan directa y tan plenamente unida con Dios como en estos días. Pero la criatura que ha llegado a las cumbres de la vida unitiva, se siente tan apta para las obras exteriores, que no existe de por sí ocupación alguna que la pueda distraer del centro inmutable en que ya se ha fijado.


LA PERFECCIÓN

Privilegio insigne, resultado de esta división del espíritu y del alma, a la que no todos llegan y que es uno de los pasos más decisivos en las vías del espíritu; pues supone una purificación tan perfecta del ser humano, que en realidad forma un solo espíritu con el Señor; lleva consigo una sumisión tan total de las potencias, que sin chocar entre sí, obedecen simultáneamente, en sus diversas esferas, al soplo divino.

Mientras el cristiano no conquiste esta santa libertad de los hijos de Dios2, no puede en efecto, ir al hombre, sin abandonar a Dios en algo. Y no decimos con eso que tenga que descuidar sus obligaciones con el prójimo, en quien Dios ha querido que le veamos a El mismo; ¡dichoso, sin embargo, el que no pierde nada de la mejor parte, como María, cuando se dedica a los quehaceres de esta vida! Pero ¡qué pocos son estos privilegiados, y cuán grande ilusión sería persuadirnos de lo contrario!


MARÍA, NUESTRO MODELO

Nuestra Señora, es Virgen y Madre. En ella se realiza el ideal de la vida contemplativa y de la vida activa: la Liturgia nos lo recuerda a menudo. En esta fiesta de la Visitación, la Iglesia la invoca de modo más especial como modelo de todos los que se dedicand a las obras de misericordia; si no a todos les es dado tener, como ella, al mismo tiempo, abismado más que nunca en Dios su espíritu, no obstante eso, todos tienen que esforzarse de continuo por irse acercando, mediante la práctica del recogimiento y de la alabanza divina, a las alturas luminosas donde hoy se muestra su Reina en la plenitud de sus inefables perfecciones.

El Ofertorio, canta el glorioso privilegio de María, Madre y Virgen, dando a luz al que la hizo.


OFERTORIO
Bienaventurada eres, Virgen María, que engendraste a quien te creó y llevaste en tu seno al Creador de todas las cosas, permaneciendo siempre Virgen.

El Hijo de Dios, al nacer de María, consagró su integridad virginal. Pedimos en la Secreta de este día, que, en recuerdo de su Madre, nos conceda el purificarnos de nuestras manchas y hacer de esa manera nuestra ofrenda acepta al Dios altísimo.


SECRETA
Socórranos, Señor, la humanidad de tu Unigénito, y así como, al nacer de la Virgen Madre, no mermó su integridad, sino que la hizo más santa, así, purificándonos de nuestras culpas en la solemnidad de su Visitación, te haga aceptable nuestra oblación Cristo Nuestro Señor, que contigo vive y reina…

La Iglesia tiene consigo, en los Misterios, al mismo Hijo del Padre eterno que María llevó en su vientre nueve meses. En ese santo seno tomó un cuerpo para llegarse a todos nosotros. En la antífona de la comunión cantemos al Hijo y a la Madre.


COMUNIÓN
Bienaventuradas las entrañas de la Virgen María, que llevaron al Hijo del eterno Padre.

La celebración de cada uno de los misterioso de la salvación mediante la participación del Sacramento que los contiene todos, es un medio para obtener el alejamiento del mal en este mundo y para la eternidad. Es lo que expresa la Poscomunión, por lo que se refiere al misterio de este día.


POSCOMUNIÓN
Habiendo recibido los sacramentos en la celebración de esta fiesta anual, suplicárnoste, Señor, que nos sirvan de remedio para la vida presente y la futura. Por Jesucristo nuestro Señor.


ELOGIO

¿Quién es ésta que avanza hermosa como la aurora cuando sale, terrible como un ejército puesto en orden de batalla?’. Hoy es, oh María, la primera vez que alegra a la tierra tu dulce claridad. Llevas contigo al Sol de justicia; y su luz naciente, al tocar en la cumbre de los montes—el llano sigue aún en la oscuridad—, al primero que alcanza, es al Precursor, de quien se ha dicho que no hay otro mayor entre los nacidos de mujer. El astro divino, subiendo, siempre subiendo, inundará pronto con sus luces los valles más hondos. Pero ¡cuánta gracia en es tos primeros rayos que se desprenden de la nube en que todavía se oculta! Porque tú eres, María, la nube tenue, esperanza del mundo, terror del infierno.


PLEGARIA POR TODOS

Date prisa, por tanto, ¡oh María! Llégate hasta todos nosotros; baja hasta las regiones sin gloria, donde la mayor parte del género humano vegeta, incapaz de subir a las alturas; tu visita consiga introducer la luz de la salvación aun en los abismos de perversidad que más se aproximan a la sima infernal. ¡Oh! ¡quiera Dios que desde las prisiones del pecado, desde el llano en que el vulgo se agita, seamos arrastrados a seguir tus pasos! ¡Son tan hermosas tus huellas en nuestros pobres caminos, y tan suaves los perfumes con que hoy embriagas la tierra!


... POR LA ORDEN DE LA VISITACIÓN

Bendice, oh María, a los que atrae y seduce la mejor parte. Protege a la Orden venerable que se gloría de honrar de modo especial el misterio de tu Visitación; fiel al espíritu de sus ilustres fundadores, no cesa un momento de hacer justicia a su título, embalsamando a la Iglesia de la tierra con aquellos mismos perfumes de humildad, de dulzura, de oración escondida que hace diecinueve siglos, fueron el principal atractivo de los ángeles en este gran día.


... POR LOS QUE AYUDAN A LOS DESGRACIADOS

Finalmente, oh Señora nuestra, no olvides las filas compactas de los que suscita la gracia para seguirte en la búsqueda misericordiosa de todas las miserias, y que hoy son más numerosos que nunca; enséñalos cómo se pueden dedicar al prójimo, sin dejar a Dios; para la mayor gloria de ese Dios altísimo, y felicidad del hombre, multiplica en la tierra tus fieles modelos. Y por fin, todos, después de seguirte en la medida y a la manera que quiere Aquel que divide sus dones a cada cual según su beneplácito, nos volvamos a encontrar en la patria para cantar contigo a una voz el eterno Magníficat.




Sea todo a la mayor gloria de Dios.

viernes, 1 de julio de 2022

Fiesta de la Preciosísima Sangre de Nuestro Señor Jesucristo

  








FIESTA DE LA PRECIOSÍSIMA
SANGRE DE NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO


OBJETO DE LA FIESTA

La Iglesia ha revelado ya a los hijos de la nueva Alianza, el precio de la Sangre con que fueron rescatados, su virtud fortificante, y la honra y adoración que merece. El Viernes Santo, la tierra y los cielos contemplaron todos los crímenes anegados en la ola de salvación, cuyos diques eternos habíanse roto, por fin, con el esfuerzo unido de la violencia de los hombres y del amor del Corazón divino. La fiesta del Santísimo Sacramento nos ha visto postrados ante los altares en los que se perpetúa la inmolación del Calvario y el derramamiento de la Sangre preciosa, convertida en bebida de humildes y en objeto de los honores de los poderosos de este mundo.

Con todo eso, he aquí que la Iglesia nos invita de nuevo a los cristianos a celebrar los torrentes que fluyen de la fuente sagrada. Quiere decir con esto que las solemnidades precedentes no han agotado el misterio. La paz traída por esta Sangre, la corriente de sus ondas que saca de los abismos a los hijos de Adán purificados, la sagrada mesa dispuesta para ellos, y este cáliz de donde procede el licor embriagador, todos estos preparativos quedarían sin objeto, todas estas magnificencias serían incomprendidas si el hombre no viese en ellas los efectos de un amor cuyas pretensiones no pueden ser sobrepujadas por ningún otro amor. La Sangre de Jesús debe ser ahora para nosotros la Sangre del Testamento, la prenda de la alianza que Dios nos propone la dote ofrecida por la eterna Sabiduría al llamar a los hombres a la unión divina, cuya consumación en nuestras almas prosigue sin cesar el Espíritu santíficador.


VIRTUD DE LA SANGRE DE JESÚS

"Confiemos, hermanos míos, nos dice el Apóstol; y por la Sangre de Cristo entremos en el Santo de los Santos; sigamos el camino nuevo cuyo secreto conocemos, el camino vivo que nos ha trazado a través del velo, es decir, de su carne. Acerquémonos con corazón sincero, con fe plena, enteramente limpios, con esperanza inquebrantable; porque el que está comprometido con nosotros, es fiel. Exhortémonos cada uno con el ejemplo al acrecentamiento del amor'. Y el Dios de paz, que resucitó de entre los muertos en virtud de la Sangre de la Alianza eterna, al gran Pastor de las ovejas, nuestro Señor Jesucristo, os dé perfección cabal en todo bien, a fin de que cumpláis su voluntad, haciendo El en vosotros lo que es agradable a sus ojos, por Jesucristo, a quien sea dada gloria por los siglos de los siglos".


HISTORIA DE LA FIESTA

No debemos dejar de recordar aquí que esta ñesta es el memorial de una de las más brillantes victorias de la Iglesia. Pío IX fué expulsado de Roma en 1848 por la revolución triunfante; por estos mismos días, al año siguiente, volvió al poder. El 28, 29 y 30, con la protección de los Apóstoles, la hija primogénita de la Iglesia, fiel a su pasado glorioso, arrojó a sus enemigos de las murallas de la Ciudad Eterna; el 2 de Julio, fiesta de María, terminaba la conquista. En seguida un doble decreto notificaba a la Ciudad y al mundo el agradecimiento del Pontífice y la manera con que quería perpetuar por la sagrada Liturgia el recuerdo de estos sucesos. El 10 de Agosto, desde Gaeta, lugar de su refugio durante la lucha, Pío IX, antes de volver a tomar el mando de sus Estados, se dirigió al Jefe invisible de la Iglesia y se la confiaba por la institución de la fiesta de este día, recordándole que, por esta Iglesia, había derramado toda su Sangre.

Poco después, de nuevo en su capital, se dirigía a María, como lo hicieron en otras circunstancias S. Pío V y Pío VII; el Vicario de Jesucristo devolvía a la que es Socorro de ios cristianos, el honor de la victoria ganada el día de su gloriosa Visitación, y disponía que la fiesta del 2 de Julio se elevase del rito de doble mayor al de segunda clase para todas las Iglesias: preludio de la definición del dogma de la Inmaculada Concepción, que el inmortal Pontífice proyectaba desde entonces, y que acabaría de aplastar la cabeza de la serpiente.

Durante el Jubileo que instituyó en 1933 para celebrar el 19 centenario de la Redención, Pío XI elevó la fiesta de la Preciosa Sangre al rito doble de primera clase, con el fin de inculcar más en el alma de los fieles el recuerdo y la estima de la Sangre del Cordero de Dios, y de alcanzar frutos más copiosos para nuestras almas.


MISA

La Iglesia, que los Apóstoles han formado con todas las naciones que hay bajo el cielo, se dirige al altar del Esposo que la ha rescatado con su Sangre, y canta en el Introito su amor misericordioso. Ella es en adelante el reino de Dios, la depositaria de la verdad.


INTROITO

Nos redimiste, Señor, con tu Sangre de toda tribu y lengua y nación: y nos hiciste un reino para nuestro Dios. — Salmo: Cantaré eternamente las misericordias del Señor: anunciaré con mi boca tu verdad de generación en generación. V. Gloria al Padre.

Prenda de paz entre el cielo y la tierra, objeto de los más solemnes honores y centro de toda la Liturgia, protección segura contra los males de esta vida, la Sangre de Jesucristo derrama desde ahora en las almas y cuerpos de los que ha rescatado, el germen de las alegrías eternas. La Iglesia en la Colecta, pide, al Padre que nos dió a su único Hijo, que este germen divino no sea estéril en nosotros, y que alcance su máximo desarrollo en los cielos.


COLECTA

Omnipotente y sempiterno Dios, que constituíste a tu unigénito Hijo Redentor del mundo, y quisiste aplacarte con su Sangre: haz, te suplicamos, que veneremos con solemne culto el precio de nuestra salud, y que, por su virtud, seamos preservados en la tierra de los males de la presente vida, para que gocemos de su perpetuo fruto en los cielos. Por el mismo Señor.


EPISTOLA

Lección de la Epístola del Ap. S. Pablo a los Hebreos. (IX, 11-15).

Hermanos: Cristo, el Pontífice de los futuros bienes, penetró una vez en el Santuario por un tabernáculo más amplio y perfecto, no hecho a mano, es decir, no de creación humana: ni tampoco por medio de la sangre de cabritos y becerros, sino por medio de su propia Sangre, efectuada la redención eterna. Porque, si la sangre de cabritos y toros, y la aspersión con ceniza de becerra santificaba con la purificación de la carne a los manchados: ¿cuánto más la Sangre de Cristo, que se ofreció a sí mismo inmaculado a Dios por el Espíritu Santo, purificará nuestra conciencia de las obras muertas, para servir al Dios vivo? Y, por eso, es el Mediador del Nuevo Testamento: para que, mediando su muerte, en redención de aquellas prevaricaciones que había bajo el primer Testamento, reciban, los que han sido llamados, la promesa de la eterna herencia: en Jesucristo, nuestro Señor.


LA SANGRE DEL PONTÍFICE

Es ley establecida por Dios desde el principio, que no puede haber perdón de los pecados ni redención completa, sin sacrificio que expie y repare; y que este sacrificio exija derramamiento de sangre. En la antigua alianza la sangre exigida era la de animales inmolados ante el Tabernáculo del Templo. Pero solamente valía para limpiar el exterior y no podía ni santificar a las almas, ni darles derecho para entrar en el tabernáculo celestial.

Pero, el día fijado por la Sabiduría eterna, vino Cristo, nuestro verdadero y único Pontífice. Derramó en sacrificio su preciosísima Sangre. Nos purificó, y, en virtud de esta sangre derramada, entra y nos hace entrar en el santuario del cielo. Desde entonces "su expiación y nuestra redención son cosas adquiridas definitivamente para la eternidad". Su sangre, transmisora de su vida, purifica no sólo nuestro cuerpo sino nuestra alma, centro de nuestra vida; borra en nosotros las huellas del pecado, expía, reconcilia, sella y consagra la alianza nueva, y una vez purificados y reconciliados, nos hace adorar y servir a Dios con culto digno de él.

SERVICIO DE DIOS VIVO

"Porque el fin de la vida es adorar a Dios. La pureza de conciencia y la santidad tienen por fin último y por término el culto que debemos a Dios. No es uno bueno por ser bueno y contentarse con eso. No es uno puro por ser puro y no ir más lejos. Toda bondad sobrenatural tiene por fin la adoración. Esto es lo que quiere el Padre celestial: adoradores en espíritu y en verdad; y nuestra adoración crece ante Dios con nuestra santidad y nuestra dignidad sobrenatural. Por eso el fin de nuestra vida sobrenatural no somos nosotros, sino Dios. Dios es el que, en último término, recoge el beneficio de lo que hacemos nosotros con su gracia y con su ayuda. Dios, en nosotros, trabaja para él. Toda nuestra vida, temporal y eterna, es litúrgica y ordenada hacia Dios'".

El Gradual nos recuerda el gran testimonio del amor del Hijo de Dios, confiado al Espíritu Santo con la Sangre y agua de los Misterios; testestimonio que se une desde aquí abajo al que da en los cielos la Santísima Trinidad. Si nosotros recibimos el testimonio de los hombres, dice el verso, mayor es el de Dios. ¿No es esto decir una vez más que debemos ceder a las repetidas invitaciones del amor? Nadie puede excusarse pretextando ignorancia, o falta de vocación para cosas más altas que aquellas por las que se arrastra nuestra tibieza.

GRADUAL

Este es Jesucristo, el cual vino por el agua y la sangre: no sólo por el agua, sino por el agua y la sangre. Y. Tres son los que dan testimonio en el cielo: el Padre, el Verbo y el Espíritu Santo; y estos tres son una sola cosa. Y tres son los que dan testimonio en la tierra: el Espíritu, el agua y la sangre; y estos tres son una sola cosa. 
Aleluya, aleluya. Y. Si aceptamos el testimonio de los hombres, el testimonio de Dios es mayor. Aleluya.

EVANGELIO

Continuación del santo Evangelio según S. Juan. (XIX, 30-35).

En aquel tiempo, habiendo tomado Jesús el vinagre, dijo: Se ha terminado. E, inclinando la cabeza, entregó el espíritu. Los judíos, pues (porque era la Parasceve), para que no permanecieran los cuerpos en la cruz el sábado (porque era un gran día aquel sábado), rogaron a Pilatos que fueran quebradas sus piernas y se quitaran. Fueron, pues, los soldados: y quebraron ciertamente las piernas del primero, y las del otro que había sido crucificado con El. Mas, cuando llegaron a Jesús, como le vieron ya muerto, no quebraron sus piernas, sino que uno de los soldados abrió con la lanza su costado, y al punto salió sangre y agua. Y, el que lo vió, da testimonio de ello: y su testimonio es verdadero.

LA SANGRE DEL CORAZÓN DE JESÚS

El Viernes Santo escuchamos ya por vez primera este pasaje del discípulo amado. La Iglesia dolorida al pie de la Cruz, donde acababa de expirar su Señor, no tenía entonces lágrimas y lamentaciones suficientes. Hoy se conmueve con otros sentimientos, y el mismo pasaje que causaba sus lágrimas, la hace desbordarse ahora en antífonas de alegría y en cantos triunfales. Si queremos saber su causa, preguntémosla a los autorizados intérpretes a quienes ella misma quiso encargar nos diesen a conocer su pensamiento en este día. Nos dirán que la nueva Eva celebra hoy su nacimiento del costado del Esposo dormido; que, a partir del momento solemne en que el nuevo Adán permitió que la lanza del soldado abriese su Corazón, somos verdaderamente hueso de sus huesos y carne de su carne. No nos admiremos de que la Iglesia no vea en esta Sangre que se derrama, sino amor y vida. Y tú, oh alma, rebelde tanto tiempo a los llamamientos secretos de las gracias de elección, no te desconsueles; no digas: "¡El amor no es para mí!" Por muy lejos que haya podido llevarte el antiguo enemigo con sus funestas astucias, ¿no es verdad que no hay ningún lugar oculto, ni abismo siquiera, a donde no te hayan seguido los arroyos nacidos de la fuente sagrada? ¿Crees acaso que el largo trayecto que has querido imponer a su perseguimiento misericordioso, haya agotado su virtud? Haz la prueba; lo primero y báñate en estas ondas purificadoras; después haz beber a grandes tragos en el río de la vida a esa tu pobre alma fatigada; en fin, armándote de fe remonta el curso del río divino. Porque, si es verdad que, para llegar hasta ti, no se ha separado de su punto de partida, también es verdad que, haciendo esto, hallarás la fuente misma.

La Iglesia, al presentar los dones para el Sacrificio, recuerda en sus cantos que el cáliz presentado por ella a la bendición de los sacerdotes, se convierte, por virtud de las palabras sagradas, en el inagotable depósito del cual se derrama sobre el mundo la Sangre del Señor.

OFERTORIO

El cáliz de bendición, que bendecimos, ¿no es la comunión de la Sangre de Cristo? Y el pan, que partimos, ¿no es la participación del Cuerpo del Señor?

La Secreta pide el pleno efecto de la divina Alianza, de la que es medio y prenda la Sangre de Jesús, desde que su derramamiento hizo cesar el grito de venganza, que, como el de Abel, subía de la tierra al cielo.

SECRETA

Suplicárnoste, Señor, hagas que, por estos divinos Misterios, nos acerquemos a Jesús, Mediador del Nuevo Testamento, y que renovemos sobre tus altares la aspersión de una Sangre más elocuente que la de Abel. Por el mismo Señor nuestro.

La Antífona de la Comunión canta el amor misericordioso que el Señor nos demostró con su venida, sin dejarse apartar de sus proyectos divinos por el cúmulo de crímenes que habría de borrar con su propia Sangre para purificar a la Iglesia. Gracias al adorable Misterio de la fe, que obra en el secreto de los corazones, cuando venga visiblemente, no quedará de este pasado doloroso sino un recuerdo de triunfo.

COMUNION

Cristo se ofreció una vez para redimir los pecados de muchos: aparecerá segunda vez sin pecado para salud de los que le esperan.

Saciados de alegría en las fuentes del Señor, que son sus sagradas llagas, pidamos que la Sangre preciosa que enrojece nuestros labios, sea, hasta en la eternidad, la fuente viva en que poseamos la felicidad y la vida.

POSCOMUNION

Admitidos, Señor, a esta sagrada Mesa, hemos bebido con gozo las aguas en las fuentes del Salvador: haz, te suplicamos, que su Sangre sea para nosotros una fuente de agua que salte hasta la vida eterna. Por El, que vive contigo.






Sea todo a la mayor gloria de Dios.