viernes, 15 de julio de 2022
San Enrique, Emperador
jueves, 14 de julio de 2022
San Buenaventura, Confesor y Doctor de Iglesia
domingo, 10 de julio de 2022
Quinto Domingo después de Pentecostés
QUINTO DOMINGO DESPUÉS DE PENTECOSTÉS
EL OFICIO
La Iglesia ha comenzado esta noche la lectura del segundo libro de los Reyes, que principia por la narración de la muerte desgraciada de Saúl y el advenimiento de David al trono de Israel. La exaltación del hijo de Jesé marca el punto culminante de la vida profética del pueblo antiguo; en él encontró Dios su siervo fiel, e iba a mostrarle al mundo como la figura más completa del Mesías que había de venir. Un juramento divino garantizaba al nuevo Rey el porvenir de su descendencia; su trono debía ser eterno; porque debía un día llegar a ser el trono del que sería llamado Hijo del Altísimo, sin dejar de tener por Padre a David.
Pero en el momento en que la tribu de Judá aclamaba en Hebrón al elegido del Señor, no era todo, ni mucho menos, alegría y esperanza. La Iglesia, ayer en Vísperas, tomaba una de las más bellas Antífonas de su Liturgia del canto fúnebre que inspiró a David la vista de la diadema recogida del polvo ensangrentado en el’ campo de batalla, donde acababan de sucumbir los príncipes de Israel: “Montes de Gelboé, ni lluvia ni rocío caiga sobre vosotros; porque allí fué abatido el escudo de los héroes, el escudo de Saúl, como si no hubiese recibido la unción. ¿Cómo han caído los héroes en la batalla? Jonatás ha sido muerto en las alturas; ¡Saúl y Jonatás, tan amables y tan hermosos en su vida, no se han separado ni en la muerte!”
Inspirada por la proximidad de la fiesta de los Santos Apóstoles del 29 de Junio, y de este día en que el Oficio del Tiempo trae cada año esta Antífona, la Iglesia aplica estas últimas palabras a San Pedro y San Pablo durante la Octava de su fiesta: “¡Gloriosos príncipes de la tierra, se amaron en vida—exclama—y no se han separado ni en la muerte!” Como el pueblo Hebreo en esta época de su historia, más de una vez el ejército cristiano no saludó el advenimiento de sus jefes, sino en una tierra tinta en la sangre de sus predecesores.
sábado, 2 de julio de 2022
La Visitación de la Santísima Virgen
En los días que precedieron al nacimiento del Salvador, la visita de María a su prima Isabel fué ya objeto de nuestras meditaciones. Pero convenía volver sobre una circunstancia tan importante de la vida de Nuestra Señora, para hacer resaltar lo que este misterio contiene de enseñanza profunda y de alegría santa. La sagrada Liturgia completándose con los años, explotará esta mina preciosa en honor de la Virgen-Madre. La Orden de San Francisco y algunas iglesias particulares, como la de Reims y París, ya se habían adelantado, cuando Urbano VI, en el año 1389 instituyó la solemnidad de este día. El Papa aconsejaba el ayuno en la vigilia de la fiesta, y que además tuviese Octava; concedió en su celebración las mismas indulgencias que había otorgado Urbano VI, en el siglo anterior a la ñesta del Corpus Christi. La bula de promulgación, retrasada por la muerte del Pontífice, fué publicada por Bonifacio IX que le sucedió en la Silla de S. Pedro.
Si se pregunta por qué quiso Dios que el Misterio de la Visitación y no otro, fuese al establecerse esta solemnidad, el trofeo de la paz reconquistada, es fácil hallar la razón en la naturaleza misma de este misterio y en las circunstancias en que se realizó.
Celebremos este día con cantos de alegría; porque en este misterio están, como en germen, todas las victorias que alcanzarán la Iglesia y sus hijos; desde hoy el Arca santa preside los combates del nuevo Israel. Basta ya de división entre el hombre y Dios, el cristiano y sus hermanos; si la antigua arca no logró impedir la escisión de las tribus, el cisma y la herejía conseguirán hacer frente a María unos cuantos años o algunos siglos, pero al fin resplandecerá más su gloria. De ella, como en este día glorioso y a la vista del enemigo humillado, brotarán siempre la alegría de los pequeños, la perfección de los pontífices, y la bendición de todos. Unamos el tributo de nuestras voces a los saltos gozosos de Juan, a la repentina exclamación de Isabel, al cántico de Zacarías; todo el mundo lo repita. Así se saludaba antiguamente la llegada del arca al campamento de los Hebreos; los Filisteos, al oírlo, por ahí comprendían que había bajado el auxilio del Señor; y sobrecogidos de espanto, gemían, diciendo: “¡Desgraciados de nosotros! no reinaba aquí ayer una alegría tan grande; ¡desgraciados de nosotros.” Por cierto que hoy el género humano salta de gozo y canta con Juan; y hoy también, y con razón, se lamenta el enemigo; hoy la mujer descarga el primer golpe del calcañal en su cabeza altanera, y Juan, ya librado, es en esto precursor de todos nosotros. El nuevo Israel, más afortunado que el viejo, tiene seguridad de que no le arrebatarán ya su gloria nunca jamás; nunca le quitarán el Arca santa que le permite pasar las aguas, y derrumba ante él las fortalezas.
¿No es, pues, muy justo que este día, en que termina la serie de las derrotas que comenzaron en el Paraíso, sea también el día de los cánticos nuevos del nuevo pueblo? Pero ¿a quién toca entonar el himno del triunfo, sino al que gana la victoria? Por eso canta María en este día de triunfo, recordando todos los cantos de victoria que, a lo largo de los siglos de espera, fueron como preludios, a su divino Cántico. Pero las victorias pasadas del pueblo elegido no eran más que la figura de la que consigue ella, en esta fiesta de su manifestación, como soberana gloriosa, que, mejor que Débora, Judit o Ester, ha comenzado a libertar a su pueblo; en su boca los acentos de sus ilustres predecesoras han evolucionado de la aspiración inflamada de los tiempos de la profecía, al éxtasis sereno, que denota la posesión del Dios que por tanto tiempo esperado. Una era nueva comienza parar los cantos sagrados: la alabanza divina toma de María el carácter que no perderá en este mundo y que subsistirá aún en la eternidad. Y en este día también, inagurando su ministerio de Corredentora y de Mediadora, recibió María por vez primera en la tierra, de boca de Santa Isabel, la alabanza que sin ñn merece la Madre de Dios y de los hombres.
Salve, Madre Santa, que diste a luz al Rey que rige cielos y tierra por los siglos de los siglos. Ps. Mi corazón ha proferido una excelente palabra; digo: Mis obras son para el Rey. Gloria al Padre. Salve.
Rogárnoste Señor, que concedas a tus siervos el don de la gracia celestial, para que los que hemos recibido las primicias de la salvación en el parto de la Virgen, alcancemos aumento de paz en la Solemnidad de su Visitación. Por Jesucristo nuestro Señor.
Vedle cómo viene saltando por los montes y brincando por los collados. Mi amado semeja al gamo ligero y al cervatillo. Vedle, está detrás de nuestra pared, mirando por las ventanas, atisbando por las celosías. Me habla mi amado y dice: Levántate y apresúrate, amiga mía, paloma mía, hermosa mía, y ven; pues ya pasó el invierno, disipáronse y cesaron las lluvias; han aparecido las flores en nuestra tierra; llegó el tiempo de la poda; el arrullo de la tórtola se ha oído ya en nuestro campo; la higuera dió sus brevas; esparcen su olor las florecientes viñas. ¡Levántate pues, amiga mía, hermosa mía, y ven paloma mía que anidas en las quiebras de las peñas, en las concavidades del muro, muéstrame tu rostro, suene tu voz en mis oídos; porque tu voz es dulce, y tu cara hermosa!
Bendita y venerable eres, Virgen María; pues sin el más leve menoscabo de tu integridad virginal, te allaste Madre del Salvador. T. Virgen, Madre de Dios, El que no cabe en los cielos, hecho hombre se encarnó en tu seno.
Aleluya, aleluya. V. Feliz y digna de toda alabanza, eres, sagrada Virgen María, porque de ti nació el Sol de justicia, Cristo nuestro Dios. Aleluya.
En aquel tiempo: Partió María presurosa por las serranías, a una ciudad de Judá; y, entrando en casa de Zacarías, saludó a Isabel. Al oír Isabel el saludo de María, el niño (Juan) saltó de gozo en su vientre, e Isabel se sintió llena del Espíritu Santo, y, exclamando en alta voz, dijo: ¡Bendita tú eres entre todas las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre! Y ¿de dónde a mí tanto bien, que venga la Madre de mi Señor a mí? Pues lo mismo fué llegar la voz de tu saludo a mis oídos, que dar saltos de júbilo la criatura en mi seno. ¡Bienaventurada tú que has creído! porque se cumplirán las cosas que se te han dicho de parte del Señor. Y dijo María: Mi alma engrandece al Señor y mi espíritu salta de gozo al pensar en Dios, mi Salvador.
CARIDAD FRATERNA...
María supo por el Arcángel que Isabel iba a ser pronto madre. Sólo pensar los servicios que necesitan la anciana prima y el niño que va a nacer, la pone inmediatamente en camino hacia las montañas en donde esta situada la casa de Zacarías. Así camina, así corre, si es verdadera, la caridad de Cristo. No hay situación de alma en la que pueda el cristiano olvidar a sus hermanos, con el pretexto de una perfección más encumbrada.
... Y CONTEMPLACIÓN
¿Quiere significarse con esto que las obras están por encima de la oración y que la contemplación ha dejado de ser la mejor parte? De ninguna manera; y Nuestra Señora nunca estuvo con todo su ser tan directa y tan plenamente unida con Dios como en estos días. Pero la criatura que ha llegado a las cumbres de la vida unitiva, se siente tan apta para las obras exteriores, que no existe de por sí ocupación alguna que la pueda distraer del centro inmutable en que ya se ha fijado.
LA PERFECCIÓN
Privilegio insigne, resultado de esta división del espíritu y del alma, a la que no todos llegan y que es uno de los pasos más decisivos en las vías del espíritu; pues supone una purificación tan perfecta del ser humano, que en realidad forma un solo espíritu con el Señor; lleva consigo una sumisión tan total de las potencias, que sin chocar entre sí, obedecen simultáneamente, en sus diversas esferas, al soplo divino.
MARÍA, NUESTRO MODELO
Nuestra Señora, es Virgen y Madre. En ella se realiza el ideal de la vida contemplativa y de la vida activa: la Liturgia nos lo recuerda a menudo. En esta fiesta de la Visitación, la Iglesia la invoca de modo más especial como modelo de todos los que se dedicand a las obras de misericordia; si no a todos les es dado tener, como ella, al mismo tiempo, abismado más que nunca en Dios su espíritu, no obstante eso, todos tienen que esforzarse de continuo por irse acercando, mediante la práctica del recogimiento y de la alabanza divina, a las alturas luminosas donde hoy se muestra su Reina en la plenitud de sus inefables perfecciones.
Bienaventurada eres, Virgen María, que engendraste a quien te creó y llevaste en tu seno al Creador de todas las cosas, permaneciendo siempre Virgen.
Socórranos, Señor, la humanidad de tu Unigénito, y así como, al nacer de la Virgen Madre, no mermó su integridad, sino que la hizo más santa, así, purificándonos de nuestras culpas en la solemnidad de su Visitación, te haga aceptable nuestra oblación Cristo Nuestro Señor, que contigo vive y reina…
Bienaventuradas las entrañas de la Virgen María, que llevaron al Hijo del eterno Padre.
Habiendo recibido los sacramentos en la celebración de esta fiesta anual, suplicárnoste, Señor, que nos sirvan de remedio para la vida presente y la futura. Por Jesucristo nuestro Señor.
ELOGIO
¿Quién es ésta que avanza hermosa como la aurora cuando sale, terrible como un ejército puesto en orden de batalla?’. Hoy es, oh María, la primera vez que alegra a la tierra tu dulce claridad. Llevas contigo al Sol de justicia; y su luz naciente, al tocar en la cumbre de los montes—el llano sigue aún en la oscuridad—, al primero que alcanza, es al Precursor, de quien se ha dicho que no hay otro mayor entre los nacidos de mujer. El astro divino, subiendo, siempre subiendo, inundará pronto con sus luces los valles más hondos. Pero ¡cuánta gracia en es tos primeros rayos que se desprenden de la nube en que todavía se oculta! Porque tú eres, María, la nube tenue, esperanza del mundo, terror del infierno.
Date prisa, por tanto, ¡oh María! Llégate hasta todos nosotros; baja hasta las regiones sin gloria, donde la mayor parte del género humano vegeta, incapaz de subir a las alturas; tu visita consiga introducer la luz de la salvación aun en los abismos de perversidad que más se aproximan a la sima infernal. ¡Oh! ¡quiera Dios que desde las prisiones del pecado, desde el llano en que el vulgo se agita, seamos arrastrados a seguir tus pasos! ¡Son tan hermosas tus huellas en nuestros pobres caminos, y tan suaves los perfumes con que hoy embriagas la tierra!
Bendice, oh María, a los que atrae y seduce la mejor parte. Protege a la Orden venerable que se gloría de honrar de modo especial el misterio de tu Visitación; fiel al espíritu de sus ilustres fundadores, no cesa un momento de hacer justicia a su título, embalsamando a la Iglesia de la tierra con aquellos mismos perfumes de humildad, de dulzura, de oración escondida que hace diecinueve siglos, fueron el principal atractivo de los ángeles en este gran día.
... POR LOS QUE AYUDAN A LOS DESGRACIADOS
Finalmente, oh Señora nuestra, no olvides las filas compactas de los que suscita la gracia para seguirte en la búsqueda misericordiosa de todas las miserias, y que hoy son más numerosos que nunca; enséñalos cómo se pueden dedicar al prójimo, sin dejar a Dios; para la mayor gloria de ese Dios altísimo, y felicidad del hombre, multiplica en la tierra tus fieles modelos. Y por fin, todos, después de seguirte en la medida y a la manera que quiere Aquel que divide sus dones a cada cual según su beneplácito, nos volvamos a encontrar en la patria para cantar contigo a una voz el eterno Magníficat.
viernes, 1 de julio de 2022
Fiesta de la Preciosísima Sangre de Nuestro Señor Jesucristo





