lunes, 22 de agosto de 2022

Fiesta del Corazón Inmaculado de María

  






FIESTA DEL CORAZÓN INMACULADO DE MARÍA


LA DEVOCIÓN AL CORAZÓN INMACULADO

La devoción al Corazón Inmaculado de María es tan antigua como el cristianismo. El Espíritu Santo nos lo enseñó por San Lucas, el evangelista de la infancia del Salvador: "María guardaba todas estas palabras, y las meditaba en su Corazón . Y la Madre de Jesús guardaba todas estas cosas en su corazón" (1). Tal es el origen de esta devoción que, andando el tiempo, excitaría a los fieles a dar a María el honor y el amor que se la deben. Las perfecciones de éste Corazón las han cantado los mayores Doctores de la Iglesia: San Ambrosio, San Agustín, San Juan Crisóstomo, San León, San Bernardo, San Buenaventura, San Bernardino de Sena, las dos grandes monjas Santa Gertrudis y Santa Mectildis... pero en el siglo xvn, San Juan Eudes, "padre, doctor y apóstol del culto del Sagrado Corazón" (2), antes lo fué del purísimo Corazón de María, y del dominio de la piedad privada, lo introdujo en la Liturgia católica.


OBJETO DE ESTA DEVOCIÓN

El objeto de esta devoción él mismo nos lo ha dicho: "En el corazón santísimo de la predilecta Madre de Dios, pretendemos y deseamos sobre todo reverenciar y honrar la facultad y capacidad de amor, tanto natural como sobrenatural, que existe en esa Madre de amor y que ella empleó toda en amar a Dios y al prójimo. La palabra corazón significa el corazón material y corporal que llevamos en nuestro pecho, órgano y símbolo del amor; también se toma por la memoria y por el entendimiento, con el cual hacemos la meditación, y por la voluntad, que es la raíz del bien y del mal, y por la cima más alta del alma por la cual practicamos la contemplación; en una palabra, por todo lo interior del hombre. No excluímos ninguno de estos sentidos; mas hablando del Corazón de la Madre de Dios, lo qué principalmente queremos y deseamos, es reverenciar y honrar todo el amor y toda la caridad que ella tuvo para con Dios y para con nosotros" (3).

Ahora bien, nada hay más dulce para un niño que honrar a su madre y pensar en el amor de que ha sido objeto. San Bernardo, al hablar del Corazón de Jesús, nos ha dicho: "Su corazón está conmigo. Cristo es mi cabeza; y ¿cómo no va a ser mío todo lo que pertenece a mi cabeza? Los ojos de mi cabeza corporal me perte? necen en sentido propio; de igual modo, este corazón espiritual es mi corazón. Con razón puedo llamarle mío. Y yo poseo mi corazón con Jesús" (4). Otro tanto podemos decir del Corazón de María. Una madre es toda para su hijo; sus bienes, su amor, hasta su vida le pertenecen: un hijo puede siempre contar con el corazón de su madre.

Todos somos hijos de la Santísima Virgen. Nos acogió en su seno a una con Jesús el día de la Encarnación. Nos dió a luz en el dolor del Calvario, y nos ama en proporción con lo que la hemos costado. Lo que más quiere es Jesús, y a ése le ofreció por nosotros al Padre, dando su fiat para la inmolación y entregándole para nosotros; ¿cómo no le iba a imitar dándose ella también?


CONFIANZA EN EL CORAZÓN INMACULADO

La Virgen nos repite las palabras de Jesús: "Venid a mí todos y yo os aliviaré..." Nos sonríe y nos llama como en Lourdes, y no hay nadie que pueda pretextar su indignidad para quedarse a distancia. El Corazón de María que fué Sede de la Sabiduría y durante nueve meses morada del Verbo encarnado, ese corazón que formó al mismo Corazón de Jesús y le enseñó la misericordia para con los hombres, ese corazón que siempre latió al unísono del Corazón de Jesús y que fué adornado por El de los dones más preciosos de la gracia, ese Corazón maternal es por excelencia el refugio de los pobres pecadores. Y por esto precisamente fué hecho inmaculado. Nunca corrió por él sino sangre purísima, la sangre que tenía que dar a Jesús para derramarla por nuestra salvación. Este Corazón es el depositario y el custodio de las gracias que el Señor conquistó con su muerte, y sabemos que Dios nunca dispensó una gracia a nadie ni la dispensará sin que pase por las manos y el Corazón de la que es tesorera y dispensadora de todos sus dones. Finalmente, este Corazón se nos dió con el de Jesús, "no sólo para ser nuestro modelo, sino también para ser nuestro corazón, de modo que, siendo miembros de Jesús e hijos de María no tengamos más que un corazón con nuestra Cabeza y nuestra divina Madre y que hagamos todas nuestras acciones con el Corazón de Jesús y de María" (5).

Y ¡cómo pueden los hombres, al darse más y más cuenta de lo que deben a su Madre, no creerse obligados a mostrarla su agradecimiento y su amor! Si Nuestra Señóra nos dió su Corazón, ¿no es justo que nosotros la demos el núestro para que ella le purifique, le santifique y en él establezca el reino de Dios y se le entregue a Jesús, y que se le demos por una consagración completa y perfecta de nosotros mismos, como aconsejan los Santos y especialmente San Griñón de Monfort?


CONSAGRACIÓN AL CORAZÓN INMACULADO

Pero, si la consagración de un alma individual a María, la acarrea las más grandes gracias, ¿qué frutos deberemos esperar de una consagración de todo el género humano hecha por el Sumo Pontífice? La Virgen misma se dignó anunciar que esto la agradaría. Y, por eso, el 8 de diciembre de 1942, Su Santidad Pío XII, respondiendo con júbilo al deseo de Nuestra Señora de Fátima, lleno de confianza en la mediación universal de la Reina de la Paz, consagró solemnemente al género humano al Inmaculado Corazón de María. Todas las naciones católicas se unieron al supremo Pastor.



MISA

La fiesta del Corazón Inmaculado de María se concedió a muchas diócesis y a casi todas las Congregaciones religiosas y se celebraba en fechas distintas. Su Santidad Pío XII la extendió a la Iglesia universal y la fijó en el día de la Octava de la Asunción, cuyo dogma definió después en 1950. El Introito es una invitación a acercarse a este Corazón como a un trono donde seremos enriquecidos con la gracia, que la Santísima Virgen recibió en abundancia colmada no sólo para ella sino para todo el género humano.


INTROITO

Lleguémonos confiadamente al trono de la gracia, a fln de alcanzar misericordia y hallar gracia para auxilio oportuno. — Salmo: Brota de mi corazón una palabra buena: dedico mis obras al Rey. V. Gloria al Padre... Lleguémonos.

La Liturgia celebra a María como al "Santuario del Espíritu Santo, Sacrarium Spiritus Sancti." Su Concepción inmaculada preparaba a María para ser la morada más digna del Espíritu Santo. Este Espíritu, al habitar en ella, la colmó de la gracia santificante, de las virtudes teologales y morales y de sus siete dones. Tal santidad hacía vivir a María según el Corazón de Dios: ojalá podamos participar de su santidad para vivir según su corazón y también conforme al Corazón de Dios.


COLECTA

Omnipotente y sempiterno Dios, que preparaste en el Corazón de la bienaventurada Virgen María una morada digna del Espíritu Santo: concédenos propicio, que los que celebramos devotamente la festividad de este mismo inmaculado Corazón, podamos vivir según el tuyo. Por Nuestro Señor Jesucristo. 

La Epístola es la misma que la de la Vigilia de la Asunción. Los versículos del Gradual y del Aleluya, como también los del Ofertorio, son la acción de gracias de María al Señor, que la colmó de tantos beneficios.


GRADUAL

Se alegrará mi corazón con tu socorro: cantaré al Señor que me ha dado tantos bienes y entonaré salmos al nombre del Señor Altísimo. J. Se acordarán de tu nombre, Señor, de generación en generación; por lo cual los pueblos te alabarán eternamente. Aleluya, aleluya. J. Mi alma engrandece al Señor: y mi espíritu se regocija en Dios, mi Salvador. Aleluya.


EVANGELIO

Continuación del santo Evangelio según San Juan (Jn„ XIX, 25-27).

En aquel tiempo: Estaban junto a la Cruz de Jesús su Madre, María de Cleofás y María Magdalena. Viendo, pues, Jesús a su Madre y al discípulo a quien amaba, que estaba allí, dijo a su Madre: ¡Mujer, he ahí a tu hijo! Luego dijo al discípulo: ¡He ahí a tu Madre! Y desde aquella hora el discípulo la recibió por suya.

La maternidad de Nuestra Señora data de la Encarnación, pero en el Calvario es donde fué solemnemente proclamada por Jesús agonizante. Darnos su Madre, vale tanto como darnos la mayor prueba de su amor; además, aceptar María ser nuestra Madre, era lo mismo que manifestarnos toda la ternura y misericordia que encerraba su corazón. Nunca se sintió María tan Madre como en el momento en que vió sufrir y morir a su Hijo, y le oyó que nos confiaba, que nos entregaba a ella. La Virgen aceptó entonces sin ninguna dificultad el profesar el afecto que tuvo a Jesús durante su vida, no sólo a San Juan, sino a todos nosotros, a los verdugos de su Hijo, a todos aquellos que fueron causa de su muerte.

Y, cuando el centurión se acercó a traspasar el Corazón de Jesús, ya difunto, la espada que antaño predijo el anciano Simeón penetró en el alma, en el Corazón de María y abrió una herida que, como la del Salvador, no se cerraría ya...


OFERTORIO

Mi espíritu se regocijó en Dios, mi Salvador: porque ha hecho en mí grandes cosas el Todopoderoso, cuyo nombre es santo.

El Corazón de María, por no ser más que pureza y santidad, continuamente unido al foco de la divina caridad que es Dios, estaba también todo ardiendo en amor. Este Corazón está siempre lleno de vida, siempre ardiendo en el mismo amor: mereceremos abrasarnos en el mismo fuego acercándonos a él imitando sus virtudes.


SECRETA

Al ofrecer, oh Señor, a tu Majestad el Cordero inmaculado, te suplicamos que encienda en nuestros corazones aquel fuego divino que inflamó el Corazón del la bienaventurada Virgen María. Por el mismo Jesucristo Nuestro Señor.

La Antífona de la Comunión vuelve a tomar las palabras del Evangelio. Ahora que hemos recibido el Cuerpo y la Sangre de Jesucristo ¡ojalá tengamos también "con nosotros", como el Apóstol, es decir, en nuestro pensamiento"? en nuestro corazón, en nuestra vida, a la que nos dió Jesús por Madre!


COMUNIÓN

Dijo Jesús a su Madre: ¡Mujer, he ahí a tu hijo!. Luego dijo al discípulo: ¡He ahí a tu madre! Y desde aquella hora el discípulo la recibió por suya.

La Poscomunión contiene lo que tenemos que pedir al terminar la Octava de la Asunción: hemos festejadó con veneración al Corazón vivo y amante de nuestra gloriosa Madre subida al cielo. Sabemos que es poderosa para con el Corazón de Dios y que ama a todos sus hijos; confiemos en su mediación, en su intercesión, y Dios, a ruegos suyos, nos librará de los peligros de la vida presente y nos guiará al cielo para alabar allí eternamente a la que con Jesús nos mereció la salvación.


POSCOMUNIÓN

Alimentados con los divinos dones, te rogamos, Señor, humildemente que, por la intercesión de la bienaventurada Virgen María, de cuyo inmaculado Corazón hemos celebrado devotamente la ñesta, libres de los peligros presentes, consigamos los goces de la vida eterna. Por Nuestro Señor Jesucristo.



SÚPLICA AL CORAZÓN INMACULADO DE MARÍA

"¡Oh Madre admirable, qué cosas tan grandes y gloriosas tenemos que pensar y decir de ti y de tu bondadoso corazón! Si los oráculos del Espíritu Santo dicen tan alto que eres un abismo de milagros, de seguro que no se equivoca el que diga que tu Corazón es un mundo de maravillas. Porque ¿no ha sido la humildad de tu Corazón la que te ha levantado al trono más alto de gloria y de grandeza a que una pura criatura puede llegar? ¿No es la humildad, la pureza y el amor de tu Corazón la que te ha hecho digna de ser Madre de Dios y la que te ha enriquecido con todas las perfecciones, prerrogativas y grandezas propias de tan sublime dignidad? Por todo ello, miro, saludo y venero a tu Corazón virginal como a un mar de gracia, como a un milagro de amor, como a un espejo de caridad, como a un abismo de humildad, como al trono de la misericordia, como al imperio de la divina voluntad, como al santuario del amor divino, como al objeto primero del amor de la Santísima Trinidad" (6).
"Abre, abre, oh Madre de misericordia, la puerta de tu Corazón benignísimo a las oraciones que te dirigimos con suspiros y gemidos. No rechazas ni tienes asco al pecador, por muy corrompido que se halle en pecados, si suspira hacia ti y si implora tu intercesión con un corazón contrito y penitente" (7).
"Sea siempre bendito, oh María, tu nobilísimo Corazón, adornado de todos los dones de la Sabiduría divina, e inflamado en ardores de caridad. Sea bendito ese Corazón en el que meditaste y guardaste con tanta fidelidad y cuidado los sagrados misterios de Nuestra Redención, para revelárnoslos en el momento oportuno. Para ti la alabanza, para ti el amor, oh Corazón amantísimo; a ti el honor, a ti la gloria de parte de todas las criaturas, por los siglos de los siglos. Amén" (8).



Notas

1.- S. Lucas, II, 19, 51.
2.- Bula de canonización.
3.- Dévotion au Sacré-Coeur de Marie, Caen, 1650, p. 38 y Coeur admirable, 1. I, c. 2.
4.- Viña mística, c. 3,
5.- S. Juan Eudes, Coeur, I, XI, c.2
6.- S. Juan Eudes, Coeur admirable, I. IX, c. 14.
7.- S. Bernardo, Oración a la  Virgen.
8.- Nicolás de Saussay, Antidotarium animae, Paris, 1495..







sábado, 20 de agosto de 2022

San Bernardo, Confesor y Doctor de la Iglesia

 





SAN BERNADO, 
CONFESOR Y DOCTOR DE LA IGLESIA


Glorias de San Bernardo

"He aquí que la Reina se ha sentado después de su único; Hijo en el festín eterno. Entonces, como el nardo; que difunde su perfume, Bernardo entregó su, alma a Dios" (1). Sin duda fué para recompensarle de haber sido su caballero tan fiel y el cantor tan amante y elocuente de todas sus las grandezas, por lo que María vino a buscar a Bernardo durante la Octava de su gloriosa Asunción.

El Menologio cisterciense recuerda a sus hijos todos los años la figura gloriosa y los méritos del primer Abad de Claraval: "En el claustro se ejercita maravillosamente en los ayunos, en las oraciones, en las vigilias, llevando en la tierra una vida del todo celestial. Sin descuidar el trabajo de su perfección, se ocupa con celo y éxito en la santificación de los suyos; vese además obligado a presentarse ante el mundo. Aconseja a los Papas, pacifica a los reyes, convierte a los pueblos; extermina la herejía, abate el cisma, predica la cruzada, rehusa obispados, obra milagros sin número, escribe obras admirables y un millar de cartas. A los 63 años, cuando muere, ha fundado ya 150 monasterios, y 700 religiosos le lloran en Claraval. El Papa Alejandro III le inscribió en el catálogo de los Santos y Pío VIII, en 1830, le confirió el título de Doctor de la Iglesia universal". Grande es el elogio, pero no exagerado.

Innumerables son los títulos que se le han dado al que vino a Claraval a buscar en la humildad de la vida monástica, el silencio, la facilidad de hacer penitencia y de rezar mientras llegaba la muerte que le uniría con su Dios. El que buscaba ser olvidado de todos, llegó a ser, a pesar suyo, el hombre de quien no podía prescindir su siglo, el que iba a tener sobre sus compatriotas una influencia sin igual y que en la historia quedaría como una de las figuras más nobles y más atractivas de la Iglesia y de su patria. Bossuet, en un panegírico célebre, nos le ha representado en la celda estudiando la cruz de Jesús, después en la cátedra sagrada y a través de los caminos de Europa, predicando esa misma cruz. Pero, antes que él, Alejandro III le había llamado "luz de toda la Iglesia de Dios por la antorcha de su fe y de su doctrina"; Santo Tomás de Aquino: "el elegido de Dios, la perla, el espejo y el modelo de la fe; la columna de la Iglesia, el vaso precioso, la boca de oro que embriagó a todo el mundo con el vino de su dulzura"; y San Buenaventura le llamó: "el gran contemplativo, de máxima elocuencia, lleno del espíritu de sabiduría y de una santidad eminente"; y nos extenderíamos demasiado si fuésemos a citar el nombre y los elogios de los Santos que le han venerado y saborearon su doctrina "meliflua", desde Santa Gertrudis y Santa Mectildis hasta San. Luis Gonzaga y San Alfonso de Ligorio.


El Caballero de Nuestra Señora 

Pero lo que de modo especial nos debe impresionar en; estos días, lo que debería bastar para dar gloria; a San Bernardo es que fué el cantor y el caballero de Nuestra Señora. "Fué, dice Bossuet, el más fiel y el más casto de sus hijos; el que más honró entre todos los hombres su maternidad, gloriosa, el que creyó que debía a sus cuidados y a su caridad maternal la influencia continua de gracias que recibía de su divino Hijo." Nos cuenta la leyenda que un día los Angeles le enseñaron en la Iglesia de San Benigno de Dijon, la salve Regina, y que una vez la Virgen dejó correr hasta sus labios algunas gotas de la leche con que se había alimentado Jesús. Pero sea de esto lo que fuere, Bernardo nunca se mostraba más elocuente ni más persuasivo que al hablar de María. Sus discursos nos la presentan en todos los misterios de nuestra salvación ocupando junto al Señor el puesto que Eva había tenido cerca de nuestro primer padre; habló de ella en términos tan tiernos y conmovedores, que hizo vibrar el corazón de los monjes y de las multitudes que le escuchaban, del gran amor que sentía a esta divina Madre, y contribuyó poderosamente a hacerla amar en su nación. Sus sermones sobre la Anunciación se han hecho famosos y los del misterio de la Asunción se dirían que son posteriores a la definición del dogma que tanta alegría ha traído al mundo. Tal vez sea esto lo que le ha acarreado tanta popularidad. Porque San Bernardo no es sólo admirado por los que estudian la historia del siglo XII y se encuentran con él en todo lo grande y grave que entonces sucede, o también por los monjes y los teólogos que estudian su doctrina; San Bernardo es amado, y "el secreto de su popularidad y del amor que se le tiene, está en el amor que él tuvo a Jesús y en la ternura con que amó a María, ternura profunda, amor ardiente que nos enfervoriza aun después de ocho siglos" (2). "jesús y María: dos nombres, dos amores que se funden en uno solo y hacen de su corazón un horno. El amor de María da el movimiento y el amor de Jesús se abre en él como un lirio en su tallo. Este amor le persigue por las sendas de la Escritura, por las ásperas montañas de la vida monástica, por la práctica asidua de las virtudes más varoniles, pero siempre por medio de María; se esfuerza en cantar al Verbo acompañándose de María como de una lira" (3).

Después de ocho siglos, las oraciones que San Bernardo redactó o bosquejó sirven a las almas para rezar a María, para expresarla su confianza y su amor. Las repetimos todos los días, avaloradas con el fervor de todos los que las pronunciaron antes que nosotros: la Salve Reginael Acordaos. No conocemos modo mejor para honrar a este gran Santo, serle grato y darle gracias, que repetir, siguiendo su ejemplo, las oraciones que brotaron de su corazón y sobre todo alabar a Nuestra Señora con sus propias palabras.


Vida 

Bernardo nació en Fontaine-lez-Dijon en 1090. A los 16 años se quedó sin madre. Poco después pensó ingresar en el Cister, donde el Abad Esteban Harding estaba descorazonado por no tener vocaciones. Pero no llegó solo. En Pascua de 1112 se presentaba con treinta parientes o amigos, a los que él había, animado a abrazar la vida perfecta. Permaneció durante tres años en este monasterio, entregado a la oración y a la más ruda penitencia. En 1115 llegaba a ser Abad de Clairvaux. La fama de su doctrina y de su santidad pronto le trajeron postulantes en crecido número; pronto tuvo que fundar monasterios y aceptar la reforma de los que solicitaban su ayuda. Todo para todos, tuvo muchas veces que dejar su monasterio para combatir el cisma de Anacleto II en Italia, la herejía en el mediodía de Francia, o para predicar la cruzada a petición de Eugenio III. Para este hijo, que llegó a ser Papa, escribió el tratado de la Consideración y para sus monjes su Apología del ideal cisterciense, el Tratado del amor de Dios y el Comentario del Cantar de los Cantares. Agotado por los trabajos y fatigas, consumido por excesiva penitencia, acabó por ñn sus días en su monasterio, el 20 de agosto de 1153. Fué canonizado veinte años después y declarado por Pío VIII Doctor de la Iglesia universal el 23 de julio de 1830.


Plegaria a San Bernardo 

Era conveniente que viésemos al heraldo de la Madre de Dios seguir de cerca su carroza triunfal; y, al entrar en el cielo en esta Octava radiante, te pierdes con deleite en la gloria de aquella cuyas grandezas ensalzaste en este mundo. Ampáranos en su corte; dirige hacia el Cister sus ojos maternales; en su nombre, salva una vez más a la Iglesia y defiende al Vicario del Esposo.

Pero en este día, nos convidas a cantarla, a rogarla contigo, más bien que a rezarla contigo; el homenaje que más te agrada, oh Bernardo, es ver que nos aprovechamos de tus escritos sublimes para admirar "a la que hoy sube gloriosa y colma de felicidad a los habitantes del cielo."

Aunque rutilante, el cielo resplandece con nuevo fulgor a la luz de la antorcha virginal. En las alturas resuenan también la acción de gracias y la alabanza. Estas alegrías de la patria ¿no debemos hacerlas nuestras en medio de nuestro destierro? Sin morada permanente, buscamos la ciudad a la que la Virgen bendita arriba en este momento. Ciudadanos de Jerusalén, muy justo es que desde la orilla de los ríos de Babilonia nos acordemos de ello y dilatemos nuestros corazones ante el desbordamiento del río de felicidad cuyas gotitas saltan hoy hasta la tierra. Nuestra Reina tomó hoy la delantera; la acogida espléndida que se la ha hecho, nos da confianza a nosotros, que somos su séquito y sus servidores. Nuestra caravana, precedida de la Madre de misericordia, a título de abogada cerca del Juez, Hijo suyo, tendrá buen recibimiento en el negocio de la salvación (4).

"Deje de ensalzar tu misericordia, oh Virgen bienaventurada, el que recuerde haberte invocado inútilmente en sus necesidades. Nosotros, siervecillos tuyos, te felicitamos, sí, por todas las demás virtudes; pero en tu misericordia más bien nos felicitamos a nosotros mismos. Alabamos en ti la virginidad y admiramos tu humildad; Pero la misericordia sabe más dulce a los miserables; por eso abrazamos con más amor la misericordia, nos acordamos de ella más veces y ia invocamos sin cesar. ¿Quién podrá investigar, oh Virgen bendita, la largura y anchura, la altura y profundidad de tu misericordia? Porque su largura alcanza hasta su última hora (a los que la invocan); su anchura llena la tierra; Su altura y su profundidad llenó el cielo y dejó vacío el infierno. Ahora que has recuperado a tu Hijo y eres tan poderosa como misericordiosa, manifiesta al mundo la gracia que hallaste en El: alcanza perdón al pecador, salud al enfermo, fortaleza a los débiles, consuelo a los afligidos, amparo y protección a los amenazados por algún peligro, ¡oh clementísima, oh piadosa, oh dulce Virgen María" (5)!


Notas

1. Himno de Vísperas.
2. Dom Dominique Nogues: La  Mariología de San Bernardo, p. XIV.
3. Ibíd., p. XV.
4. S. Bernardo, primer Sermón sobre la Asunción.
5. San Bernardo, cuarto Sermón sobre la Asunción.




lunes, 15 de agosto de 2022

La Asunción de la Santísima Virgen María

  






LA ASUNCIÓN DE LA SANTÍSIMA VIRGEN MARÍA


La Asunción de Nuestra Señora es una de nuestras solemnidades litúrgicas más alegres.

"Gaudent Angelí! Gaudete, quia cum Christo regnat". La Iglesia del Cielo y la de la tierra se unen a la dicha infinita de Dios que acoge y corona a su Madre. Ambas a dos celebran con amor la alegría virginal de la que entra, ya para siempre, en el mismo gozo de su propio Hijo. Ángeles y santos se apresuran a aclamar a su Reina, mientras la tierra se regocija también de haber dado al Cielo la joya más brillante.


Glorificación del Alma de Nuestra Señora

Hoy es el "día natal" de Nuestra Señora, en el cual celebramos al mismo tiempo el triunfo de su alma y el de su cuerpo. Detengámonos un instante ante esta glorificación del espíritu, tal vez menos advertida por ser común a todos los Santos. La entrada del alma de María en la visión beatífica es un hecho de un esplendor y de una riqueza que arroja una luz incomparable sobre nuestras más altas esperanzas. Cierto que no nos podemos figurar la belleza de esta suprema "revelación", donde la mirada tan pura ya y tan penetrante de la más perfecta de las criaturas se ha dilatado repentinamente ante un abismo de Belleza infinita. Intentemos al menos, con la ayuda de la gracia divina, levantar nuestros pensamientos hacia la cumbre, misteriosa todavía para nuestra vista, en la cual se realiza este prodigio.

Y, efectivamente, bien se la puede llamar cumbre, ya que es el término de un constante y largo subir. Llena de gracia en el instante mismo de su Concepción, la Inmaculada no cesó nunca de crecer en este mundo ante el Altísimo.

La Anunciación, Navidad, el Calvario y Pentecostés han jalonado ese crecimiento extraordinario. El amor virginal y maternal se han enriquecido y elevado en cada una de esas etapas, tendiendo hacia una cima a la que ninguna otra pura criatura podrá llegar nunca. La luz de gloria que de repente invade al alma de María y la hace ver en toda su magnificencia las grandezas de su Hijo y su propia dignidad maternal, sobrepuja también, y con mucho, a la gloria de todos los Ángeles y de todos los Santos. Después de la santa Humanidad de Cristo, sentado a la diestra del Padre en el Santuario de la Divinidad, no hay nada en el mundo tan perfecto como esta alma maternal, radiante de pureza, de beldad, de ternura y de alegría: Beata Mater!

Esta entrada triunfal en la eterna Bienaventuranza ¿hará posible en el alma de María un nuevo crecimiento? En cuanto a ella misma, no: todo se ha cumplido de manera perfecta; no es posible crecer en la Eternidad. Totalmente abierta a los esplendores del Verbo, Hijo suyo, en el alma de María se realizan por fin de modo acabado todas las exigencias de su vocación sublime. Su alma es el alma de una Madre de Dios perfecta.

Pero María sólo tuvo por Hijo a Jesús. Madre de Dios Salvador, lo es también de todos los que vayan a beber en las fuentes de la salvación. Su maternidad de gracia irá amplificándose hasta el fin del mundo. El alma de María ve en la luz beatífica a todos sus hijos y todos los designios de Dios sobre cada uno de ellos: pronunciando un fiat a impulsos del amor, da su consentimiento a esta universal Providencia, en la que, por disposición divina, su propia intervención no tiene límites. De esta manera se une al Sumo Sacerdote que no cesa un instante de implorar en nuestro favor la Misericordia del Padre. Su oración consigue para la Iglesia de la que es figura y dechado, una Asunción permanente hasta que se logre de un modo definitivo la "plenitud" del Cuerpo Místico. Mientras llega esa apoteosis, el alma bienaventurada de María, "emplea su cielo en hacer bien en la tierra", mejor que cualquier otro santo. Demos, pues, libre curso al entusiasmo de nuestra alegría. A nuestra confianza filial añadamos la gratitud. Celebremos dignamente a nuestra Abogada, Mediadora y Madre, que ocupa el puesto de Reina junto al trono del Cordero.


Fe de la Iglesia en la Asunción de María

Hace ya muchos siglos, sin que nadie haya podido puntualizar de un modo exacto cuándo empezó esta creencia, afirma la Iglesia católica que el cuerpo de María está en el Cielo, unido a su alma gloriosa. Este privilegio del Cuerpo de Nuestra Señora es lo que distingue al misterio de la Asunción. El primero de noviembre del Año Santo de 1950, el Papa Pío XII, atendiendo a los votos unánimes de los obispos y de los fieles, proclamó solemnemente como "dogma revelado, que María, la Inmaculada Madre de Dios, siempre Virgen, al fln de su vida terrestre fué elevada en alma y cuerpo a la gloria del Cielo". (Constitución Apostólica "Munificenttissimus Deus.")

La definición no puntualiza si María pasó sin morir de la Tierra al Cielo, o si tuvo que morirá como su Hijo, y resucitar antes de entrar en la gloria. El privilegio insigne de la Concepción Inmaculada, la virginidad y la perfecta santidad de María, ciertamente la podían haber hecho inmortal. Pero la Madre del Salvador, que imitó siempre a su Hijo fidelísimamente, quiso sin duda seguirle hasta la tumba. ¿Acaso no debía ella, como El y todos nosotros, triunfar principalmente y de modo completo del pecado y de la muerte mediante una gloriosa resurrección?


Las Leyendas

 Algunas leyendas apócrifas que se propagaron al fin del siglo cuarto, han vulgarizado diversos relatos espectaculares, maravillosos y a veces incoherentes sobre la muerte de María y el traslado de su cuerpo al Paraíso. Los apóstoles, según esas leyendas, se reunieron de modo milagroso junto a la Madre del Salvador, y estuvieron presentes a su muerte y a sus funerales. Santo Tomás, que llegó bastante más tarde, motivó la apertura del sepulcro y entonces se pudieron cerciorar de que el cuerpo de la Santísima Virgen había sido trasladado a un sitio solamente conocido de Dios. Es del todo necesario distinguir entre nuestra fe y nuestras verdades teológicas, por una parte, y esos documentos de ningún valor, que tal vez nacieron en el seno de comunidades heréticas, por otra. La predicación y la enseñanza pastoral nada tiene que aprender de las adiciones desacertadamente hechas al relato evangélico de la resurrección del Señor. En vez de servir de fundamento a la fe de la Iglesia en la Asunción, esas leyendas retrasaron por muchos siglos la unanimidad perfecta de la creencia católica. El pensamiento cristiano tuvo primero que desprenderse de su desafortunada influencia, para llegar a distinguir claramente los verdaderos motivos que inducen a considerar la Asunción corporal de María como una verdad, de fe.