martes, 19 de abril de 2022

El Tiempo de Pascua

 






EL TIEMPO PASCUAL


CAPÍTULO I
HISTORIA DEL TIEMPO PASCUAL


Definición del Tiempo Pascual

Se da el nombre de Tiempo pascual al período de semanas que transcurre desde el domingo de Pascua al sábado después de Pentecostés. Esta parte del Año litúrgico es la más sagrada, aquella hacia la cual converge el Ciclo completo. Se comprenderá esto fácilmente, si se considera la grandeza de la ñesta de Pascua, que la antigüedad cristiana embelleció con el nombre de Fiesta de las fiestas, Solemnidad, de las solemnidades, a la manera, nos dice San Gregorio Papa en su Homilía sobre este gran día, que lo más augusto en el Santuario era llamado el Santo de los Santos, y se da el nombre de Cantar de los cantares al sublime epitalamio del Hijo de Dios que se une con la Santa Iglesia. Ciertamente, en el día de Pascua es cuando la misión del Verbo encarnado obtiene el fin que estuvo anhelando hasta entonces; en el día de Pascua el género humano es levantado de su caída y entra en posesión de todo lo que había perdido por el pecado de Adán.


Cristo Vencedor

Navidad nos había dado un Hombre-Dios; hace tres días recogimos su sangre de un precio infinito para nuestro rescate. Mas en el día de la Pascua, no es ya una víctima inmolada y vencida por la muerte, la que contemplamos; es un vencedor que aniquila a la muerte, hija del pecado, y proclama la vida, la vida inmortal que nos ha conquistado. No es ya la humildad de los pañales, ni los dolores de la agonía y de la cruz; es la gloria, primero para él, después para nosotros. En el día de Pascua, Dios recupera, en el Hombre-Dios resucitado, su obra primera: el tránsito por la muerte no ha dejado en él huella ninguna, como tampoco la dejó el pecado, cuya semejanza se había dignado asumir el Cordero divino; y no es solamente él quien vuelve a la vida inmortal; es todo el género humano. "Así como por un hombre vino la muerte al mundo, nos dice el Apóstol, por un hombre debe venir también la resurrección de los muertos. Y así como en Adán mueren todos, así en Cristo todos serán vivificados"


La Preparación de la Pascua

Así, pues, el aniversario de este acontecimiento constituye cada año el gran día, el día de la alegría, el día por excelencia; a él converge todo el Año litúrgico y sobre él está fundado. Mas, como este día es santo entre todos, ya que nos abre las puertas de la vida celestial, donde entraremos resucitados como Cristo, la Iglesia no ha querido luciera sobre nosotros antes de que hubiésemos purificado nuestros cuerpos por el ayuno y corregido nuestras almas por la compunción. Con este fin instituyó la penitencia cuaresmal, y también nos advirtió desde Septuagésima que habla llegado el tiempo de aspirar a las alegrías serenas de la Pascua y de disponernos a los sentimientos que su venida debe despertar. Ya hemos terminado esta preparación y el Sol de la Resurrección se eleva sobre nosotros.


Santidad del Domingo

Mas no basta festejar el día solemne que contempló a Cristo-Luz huyendo de las sombras del sepulcro; a otro aniversario debemos tributar el culto de nuestra gratitud. El Verbo encarnado resucitó el primer día de la semana, el día en que el Verbo increado del Padre había comenzado la obra de la creación, al sacar la luz del seno del caos y separarla de las tinieblas, inaugurando así el primero de los días. Por tanto, en la Pascua nuestro divino resucitado santifica por segunda vez el domingo y desde entonces el sábado deja de ser el día sagrado. Nuestra resurrección en Jesucristo, realizada en domingo, colma la gloria de este primero de los días; el precepto divino del sábado es abolido con toda la ley mosaica; y los Apóstoles mandarán en lo sucesivo a todo fiel celebrar como día sagrado el primer día de la semana, en el que la gloria de la primera creación se une a la de la divina regeneración.

domingo, 17 de abril de 2022

El Santo Día de Pascua

  





MAITINES

LA RESURRECCIÓN DE CRISTO

La noche del Sábado al Domingo ve por fin agonizar sus largas horas; se aproxima el alborear del día. María, con el corazón angustiado, pero animosa y paciente, espera el instante en que volverá a ver a su Hijo. Magdalena y sus compañeras han velado toda la noche, y no tardarán en ponerse en camino hacia el santo sepulcro.

En el seno del limbo, el alma del divino Redentor se dispone a dar la señal de partida a aquellas miríadas de almas justas tanto tiempo cautivas, que le circundan respetuosas y amorosas. La muerte se cierne sobre el sepulcro donde retiene a su víctima. Desde el día en que devoró a Abel, ha absorbido a innumerables generaciones; pero jamás había estrechado entre sus lazos una presa tan noble. Jamás la sentencia del paraíso terrenal había tenido cumplimiento tan prodigioso; pero nunca tampoco vió la tumba sus esperanzas burladas con un mentís tan cruel. Más de una vez el poder divino la había arrancado sus víctimas: el Hijo de la viuda de Naín, la hija del jefe de la sinagoga, el hermano de Marta y de Magdalena le habían sido arrebatados; pero ella los aguardaba en la segunda muerte. En cambio, de otro se había escrito: "Oh muerte, yo seré tu muerte; sepulcro, yo seré tu ruina." (Oseas, XIII, 14.) Unos instantes, y trabarán batalla los dos adversarios.

Así como el honor de la divina Majestad no podía permitir que el cuerpo unido a un Dios aguardase en el polvo, como el de los pecadores, el momento en que la trompeta del ángel nos llamará a todos al juicio supremo; del mismo modo convenía que las horas durante las cuales la muerte debía prevalecer fuesen abreviadas. "Esta generación perversa, había dicho Jesús, pide un prodigio; y sólo le será dado el del profeta Jonás." (S. Mateo, XII, 39.) Tres días de sepultura: el fin de la jornada del viernes, la noche siguiente, el sábado todo él completo con su noche, y las primeras horas del domingo. Era suficiente: suficiente para la justicia divina ya satisfecha; bastante para certificar la muerte de la augusta víctima, y para asegurar el más brillante de los triunfos; bastante para el corazón desolado de la más amante de las madres.

"Nadie me arranca la vida, sino que yo la doy de mi propia voluntad; y soy dueño de darla y dueño de recobrarla." (San Juan, X, 18.) Así hablaba a los judíos el Señor antes de su pasión; la muerte sentirá al punto la fuerza de esta palabra del maestro. El domingo, día de la luz, comienza a alborear; los primeros fulgores de la aurora pugnan ya con las tinieblas. Inmediatamente el alma divina del Redentor sale de la prisión del limbo, seguida de la multitud de almas santas que la rodeaban. Atraviesa en un parpadear de ojos el espacio y, penetrando en el sepulcro, se reintegra al cuerpo del que se había separado tres días antes en medio de los estertores de la agonía. El cuerpo sagrado se reanima, se levanta y se desprende de los lienzos, de los aromas y de las fajas con que estaba ceñido. Las cicatrices han desaparecido; la sangre ha vuelto a las venas; y de aquellos miembros lacerados por los azotes, de aquella cabeza desgarrada por las espinas, de aquellos pies y de aquellas manos atravesadas por los clavos, irradia una luz fulgurante que llena la caverna. Los santos ángeles que adoraron con ternura al niño de Belén, adoran con temblor al vencedor del sepulcro. Pliegan con respeto y dejan sobre la tierra, en que el cuerpo inmóvil reposaba poco ha, los lienzos con que la piedad de dos discípulos y de santas mujeres le habían envuelto.

Pero el rey de los siglos no debe continuar ya en aquel sarcófago fúnebre; con más rapidez que la luz que penetra por el cristal, franquea el obstáculo que le opone la piedra de entrada a la caverna, que la potestad pública había sellado y rodeado de soldados armados. Todo permanece intacto; y está libre el triunfador de la muerte; del mismo modo, nos dicen unánimemente los santos Doctores, apareció a los ojos de María en el establo sin haber hecho sentir ninguna violencia en el seno materno. Estos dos misterios de nuestra fe se aúnan y proclaman el inicial y el último término de la misión del Hijo de Dios: al principio, una Virgen-Madre; al fin, un sepulcro sellado que devuelve a quien retenía cautivo.


LA DERROTA DE LA MUERTE

El más profundo silencio reina todavía, en este momento en que el Hombre-Dios acaba de romper el cetro de la muerte. Su liberación y la nuestra no le han costado ningún esfuerzo. ¡Oh muerte! ¿Qué te queda ya de tu imperio? El pecado nos había entregado a ti; tú gozabas de tu conquista; y he aquí que has caído hasta el abismo. Jesús, de quien tú te sentías tan orgullosa por tenerle debajo de tu ley, se te ha escapado; y todos nosotros, después de habernos poseído tú, también nos escaparemos de tu dominio. El sepulcro que nos preparas, se convertirá en nuestra cuna para una vida nueva; por que tu vencedor es el primogénito entre los muertos (Apoc., I, 5); y hoy es la Pascua, el tránsito, la liberación, para Jesús y para todos sus hermanos. La ruta que él ha abierto, todos nosotros la seguiremos; y día vendrá en que tú, que lo destruyes todo, tú nuestra enemiga, serás anonadada a tu vez por el reino de la inmortalidad. (I Cor., XV, 26.) Pero desde ahora nosotros contemplamos tu caída, y repetimos para tu vergüenza, este grito del gran Apóstol: "Oh muerte, ¿dónde está tu victoria? ¿Dónde está tu aguijón? Por un momento triunfaste, y he aquí que has sido devorada en tu triunfo." (Ibíd., 55).

sábado, 16 de abril de 2022

El Sábado Santo

 




EL SÁBADO SANTO

POR LA MAÑANA


Jesús en la Tumba

La noche ha pasado sobre el sepulcro en que descansa el cuerpo del Hombre-Dios. Pero si la muerte triunfa en el fondo de esta gruta silenciosa; si tiene entre sus lazos a Aquel que da la vida a todos los seres, su triunfo será muy corto; en vano velan los soldados a la entrada de la tumba; no podrá retener al divino cautivo cuando emprenda su vuelo. Los santos ángeles adoran con profundo respeto el cuerpo inanimado de aquel cuya sangre va a "purificar al cielo y a la tierra". Este cuerpo separado del alma durante un corto instante ha permanecido unido al Verbo; el alma que momentáneamente cesó de animarle, no perdió tampoco su unión con la persona del Hijo de Dios. La divinidad permanece unida incluso con la sangre derramada en el Calvario y que debe entrar de nuevo en las venas del Hombre- Dios, en el momento de su próxima resurrección.

El Exceso del Amor Divino

Acerquémonos a esa tumba y veneremos nosotros también los restos del Hijo de Dios. Ahora conoceremos los efectos del pecado. "Por el pecado ha entrado la muerte en el mundo, y se ha comunicado a todos los hombres."

Jesucristo, "que no conoció el pecado"permitió sin embargo a la muerte extender sobre El su dominio, con el fin de disminuir en nosotros la repugnancia que hacia ella profesamos y de devolvernos, una vez resucitado, la inmortalidad que el pecado nos había arrebatado. En su Encarnación se había dignado tomar "La forma de esclavo" 2; en este misterio se ha humillado todavía más. ¡Vedle muerto en una tumba! Si este espectáculo nos revela el afrentoso poder de la muerte, nos muestra aún en mayor grado el inmenso e incomprensible amor que Dios tiene para con el hombre. Este amor no ha retrocedido ante ningún exceso; y por esto podemos decir que, si el Hijo de Dios se ha bajado fuera de toda medida, nosotros hemos sido tanto más glorificados por sus humillaciones. Que esto nos lleve a amar esa tumba en la cual debemos nosotros nacer a la vida; y después de haberle dado gracias por haber querido morir por nosotros en la cruz, agradezcamos asimismo el haber aceptado por nosotros la humillación del sepulcro.

La Virgen de los Dolores

Bajemos ahora a Jerusalén y visitemos a la Madre de los dolores. La noche ha pasado también por su corazón, y las escenas de la jornada no han cesado de asaltar su memoria. Su Hijo ha sido pisoteado por los hombres, mientras ella veía correr su sangre. ¡ Cuántas lágrimas no ha derramado ella durante estas largas horas; y, sin embargo, Jesús no le ha sido aún devuelto! Junto a ella Magdalena, completamente desecha por las sacudidas y empujones recibidos en las calles de Jerusalén y en el Calvario, está muda de dolor. Espera que amanezca el día siguiente para volver al sepulcro y contemplar de nuevo los restos de su querido maestro. Las otras mujeres, menos amadas que la Magdalena, mas, sin embargo, estimadas por Jesús que han desafiado las burlas de los judíos y de los soldados, por asistir a Jesús hasta* su muerte, rodean ahora cuidadosas a la Virgen, y piensan aliviar su propio - dolor, yendo con Magdalena, una vez pasado el Sábado, a depositar en el sepulcro el tributo de su amor.

Los Discípulos

Juan, el hijo adoptivo, el amado de Jesús, llora por el Hijo y por la Madre. Los demás Apóstoles, los discípulos José de Arimatea y Nicodemus, van visitando uno a uno esta mansión de dolor. Pedro, con la humildad de su arrepentimiento, no tiene miedo de presentarse en la presencia de la Madre de la misericordia. Se comenta en voz baja de una parte el suplicio de Jesús, y de otra, la ingratitud de Jerusalén. La Santa Iglesia, en el oficio de esta noche, nos sugiere algunas ideas de lo que debieron ser las conversaciones de estos hombres que han sido tan atrozmente conmovidos por tan terrible catástrofe. "Así muere el justo, dicen pilos, y nadie se conmueve; es arrebatado de en medio de la iniquidad; semejante a un cordero no ha abierto su boca; ha muerto rodeado de angustia; mas su memoria se conserva en paz"

La Espera de la Resurrección

De este modo conversan estos hombres fieles, mientras que las santas mujeres, víctimas de su dolor, piensan en los cuidados de los funerales. La santidad, la bondad, el poder, los dolores y la muerte de Jesús están presentes en su pensamiento; mas no se acuerdan de su Resurrección que anunció y que sin duda no tardará en suceder. Solamente María vive con esta espera cierta. El Espíritu Santo, dice hablando de la mujer fuerte: "Durante la noche su lámpara no se extingue" 1; este pensamiento se cumple hoy de modo especial en la. Madre de Jesús. Su corazón no sucumbe, porque sabe que la tumba ha de devolver a. la vida a su Hijo, La fe en la Resurrección del: Salvador, esta fe sin la cual, como dice el Apóstol: "Nuestra religión será vana"2, está, por decirlo así, concentrada en el aliña de María. La Madre de la Sabiduría conserva este depósito precioso; y del mismo modo que ella llevó en su seno a aquel que no pueden contener el cielo y la tierra, asi en este día, a causa de su firme creencia en las palabras de su Hijo, está concentrada en sí misma toda la Iglesia. ¡Sublime jornada la del Sábado Santo que, en medio de todas sus tristezas, viene a enaltecer todavía a la Madre de Dios! La Santa Iglesia guardará siempre su recuerdo; y por esto, queriendo consagrar a su Reina un día especial en cada semana, le ha dedicado el Sábado.

Ha llegado la hora de dirigirse a la casa de Dios. Las campanas no se oyen todavía; pero los misterios de la Liturgia que se van a desarrollar en esta mañana no llaman menos a los fieles a concurrir a las más tiernas emociones. Conservemos el recuerdo de los que acabamos de sentir en el sepulcro así como a los pies de la Madre de los dolores y dispongamos nuestras almas a las alegrías que la fe nos ha de preparar.


EL OFICIO DE ESTE DÍA

Ritos del Oficio

Desde la antigüedad, tanto el día de hoy, como el de Viernes Santo se pasó sin la ofrenda del divino Sacriñcio. Ayer la Iglesia no lo celebraba porque el aniversario de la muerte de Cristo parecía cubrir con sus negras sombras el día entero. La misma razón la conduce a privarse también hoy de la celebración del Sacriñcio. La sepultura de Cristo es la| continuación de su Pasión; y mientras su cuerpo reposa inanimado en la tumba, no conviene renovar el divino misterio en que aparece glorioso y resucitado. La misma Iglesia griega que durante el curso de la Cuaresma, tiene a gala no ayunar el Sábado, imita a la Iglesia Latina reservando para este día más austeras disciplinas. Este día es, en efecto, un día de profundo duelo, durante el cual la Iglesia se detiene junto al sepulcro del Señor, meditando su Pasión y Muerte, hasta el momento en que, habiendo celebrado la Vigilia solemne, nocturna espera de la Resurrección, recibirá la alegría pascual cuya plenitud desbordará durante los días siguientes.

viernes, 15 de abril de 2022

Viernes Santo: La Pasión y Muerte del Señor

  





VIERNES SANTO
DE LA PASION Y MUERTE DEL SEÑOR


MAÑANA

JESÚS CONDENADO POR CAIFÁS

El sol baña de luz los muros y pináculos del templo de Jerusalén. Los Pontífices y Doctores de la ley no han hecho caso de su brillo para satisfacer su odio contra Jesús. Anas, que había recibido el primero al divino prisionero, ordena que le conduzcan ante su yerno Caifas. El indigno Pontífice ha osado someter a un interrogatorio al mismo Hijo de Dios. Jesús, desdeñando responder, recibe la bofetada de un criado. Tenían preparados testigos falsos que vinieron a declarar sus mentiras ante el que es la suma Verdad; intento inútil, pues los testimonios proferidos serán contradictorios. Entonces, el Sumo Sacerdote viendo que el sistema adoptado para convencer a Jesús de blasfemo no conducía más que a desenmascarar los cómplices de su fraude, quiso sacar de la boca del mismo Salvador el delito que debía hacerle justiciable por la Sinagoga: "Te conjuro por el Dios vivo, que nos digas si Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios" Esta es la interpelación que el Pontífice dirige a Cristo. Jesús, queriendo darnos ejemplo de sumisión a la autoridad, rompe su silencio y responde con firmeza: "Tú lo has dicho, yo soy: Y os digo que a partir de ahora veréis al Hijo del Hombre sentado a la diestra del poder de Dios y venir sobre las nubes del cielo." A estas palabras el Pontífice se levanta y desgarra sus vestiduras, diciendo: "Ha blasfemado." ¿Qué necesidad tenemos ya de testigos? Acabáis de oír la blasfemia. ¿Qué os parece? Unánimemente respondieron todos: "Reo es de muerte."

El propio Hijo de Dios ha bajado a la tierra para llamar a la vida al hombre que se había precipitado en la muerte, y lo hace por la más espantosa inversión. El hombre, en pago de tal beneficio, conduce a su tribunal al Verbo divino y le juzga reo de muerte. Jesús guarda silencio y no aniquila en su cólera a estos hombres tan audaces e ingratos. Repitamos en este momento las palabras, con las cuales la Liturgia Griega interrumpe hoy varias veces la lectura de la Pasión: "Gloria a tu Pasión, Señor."


ESCENA DE INSULTOS

Apenas se ha dejado oír en la plaza el grito: "Reo es de muerte", cuando los criados del Sumo Sacerdote se arrojan sobre Jesús. Le escupen en el rostro, le vendan los ojos y dándole bofetadas le dicen: "Profeta, adivina quién te ha pegado" '. Estos son los homenajes de la Sinagoga al Mesías, cuya expectación la ha vuelto tan altiva. La pluma se resiste a transcribir tales ultrajes inferidos al Hijo de Dios, y sin embargo, no son sino el exordio de lo que ha de sufrir el Redentor.


LA NEGACIÓN DE PEDRO

Al mismo tiempo una escena mucho más dolorosa para el Corazón de Cristo se realiza fuera de la sala, en el palacio del Sumo Sacerdote. Pedro, que ha entrado allí, se ve envuelto en una contienda con los guardias y los ci'iados, que le reconocen por uno de los galileos que seguían a Jesús. El Apóstol, desconcertado y temiendo por su vida, abandona cobardemente a su Maestro y llega hasta afirmar con juramento que jamás le conoció. ¡Triste ejemplo de castigo reservado a la presunción! ¡Oh misericordia infinita de Jesús! Los criados del Sumo Sacerdote le arrastraron hacia el lugar donde se encontraba el Apóstol; al verle le dirigió una mirada de reproche y de perdón; Pedro se humilla y llora. En este momento sale del palacio maldito; en adelante, arrepentido, no se consolará hasta haber visto a su Maestro resucitado y triunfante. Sea nuestro modelo este discípulo pecador y convertido, en estas horas de compasión en que la Iglesia quiere que seamos testigos de los dolores siempre en aumento de nuestro Salvador. Pedro se retira, pues desconfía de su fragilidad. Quedémonos nosotros hasta el fin; nada tenemos que temer; la dulce y digna mirada de Jesús que ablanda los corazones más empedernidos se dirige hacia nosotros.

jueves, 14 de abril de 2022

Jueves Santo: De la Cena del Señor







JUEVES SANTO
DE LA CENA DEL SEÑOR



OFICIO DE LA NOCHE


CARÁCTER DEL OFICIO

El oficio de Maitines y Laudes de los tres últimos días de la Semana Santa difiere en muchas cosas del de los demás días del año. La Iglesia suspende las aclamaciones de alegría y esperanza con que suele comenzar la alabanza divina. Ya no se oye resonar en el templo el Domine labia mea aperies. Señor abre mi boca para que te alabe; ni Deus in adiuiorium meum intende. Señor, apresúrate a socorrerme; ni Gloria Patri al fin de los salmos, de los cánticos y de los responsorios. Los oficios no conservan sino lo que les es esencial en la* forma y se han suprimido todas estas aspira-, ciones vivas que se habían añadido al sucederse de los siglos.


EL NOMBRE

Dase vulgarmente el nombre de Tinieblas a los Maitines y Lardes de estos tres últimos días de la Semana Santa, porque se los celebra muy de mañana, antes de salir el sol.


EL CANDELABRO

Un rito imponente y misterioso, propio únicamente de estos oficios confirma también este nombre. Se coloca en el presbiterio, cerca del altar, un gran candelabro triangular sobre el cual se hallan quince velas. Estas velas, así como las seis del altar, son de cera amarilla como en el oficio de difuntos. Al fin de cada uno de los salmos o cánticos se va apagando una vela del gran candelabro; sólo queda encendida la que se halla en la extremidad del triángulo. Igualmente se apagan mientras el Benedictus las velas del altar. Entonces toma un acólito la vela que quedó encendida en el candelabro y la tiene apoyada sobre el altar mientras el coro canta la Antífona que le sigue. Luego esconde la vela (sin apagarla) detrás del altar. La mantiene así, oculta a las miradas, durante la recitación de la oración final que sigue al Benedictus. Acabada esta oración, ya no se hace como antiguamente se hacía al terminar este oficio.


EL SIMBOLISMO DE LOS RITOS

Expliquemos ahora el sentido de las diversas ceremonias. Nos hallamos en los días, en que la gloria del Hijo de Dios es eclipsada ante las ignominias de la Pasión. "Era la luz del mundo", poderoso en obras y palabras, vitoreado poco ha por las aclamaciones de la muchedumbre, pero vedle hoy despojado de toda grandeza, el hombre de dolores, un leproso, como dice Isaías. "Un gusano de la tierra y no un hombre", dice el Rey Profeta; "causa de escándalo para sus discípulos", dice el mismo Jesús. Todos le abandonan: Pedro incluso llega a negar que le ha conocido. Este abandono, esta defección casi general se halla figurada por la extinción sucesiva de las velas del candelabro triangular y de las del altar.

Sin embargo de eso, la luz desconocida de Cristo no se apaga. Se coloca un momento la candela sobre el altar. Está allí como Cristo en el Calvario donde padece y muere. Para significar la sepultura de Jesús, se coloca la candela detrás del altar; su luz no aparece más. Entonces un ruido confuso se deja oír en el santuario. Este ruido expresa las convulsiones de la naturaleza en el momento en que al expirar Jesucristo en la Cruz, tembló la tierra, se resquebrajaron las rocas y se abrieron los sepulcros. Pero de repente aparece de nuevo la candela sin haber perdido nada de su luz; el ruido cesa y todos adoran al glorioso vencedor de la muerte.


LAS LAMENTACIONES DE JEREMÍAS SOBRE JERUSALÉN

Todas las lecciones del primer nocturno de estos tres días están sacadas de las Lamentaciones de Jeremías. En ellas se nos manifiesta el espectáculo desolador, que ofrece la ciudad de Jerusalén, cuando sus habitantes fueron conducidos cautivos a Babilonia, en castigo de su idolatría. La cólera de Dios se manifiesta en estas ruinas, que Jeremías deplora con palabras tan verdaderas y terribles. Con todo eso este desastre no es sino figura de otro más espantoso. Jerusalén tomada y asolada por los Asirlos guarda por lo menos el nombre; y el Profeta, que se lamenta ante sus muros anuncia que esta desolación no durará más de setenta años, pero en su segunda ruina, la ciudad infiel pierde hasta su nombre. Reconstruida por sus vencedores, lleva durante más de dos siglos el nombre de Aelia Capitalina; y si con la paz de la Iglesia, se la llamó otra vez Jerusalén, esto no era un homenaje a Judá, sino un recuerdo del Dios del Evangelio que Judá había crucificado en esta ciudad. Ni la piedad de Santa Elena y de Constantino, ni los valientes esfuerzos de los cruzados, no han podido conservar en Jerusalén de un modo permanente ni la sombra de una ciudad secundaria. Su suerte es la de permanecer esclava y esclava de los infieles hasta el fin del mundo. En estos días precisamente se atrajo sobre sí la maldición: he aquí por qué la Iglesia, para hacernos comprender la grandeza del crimen cometido, hace resonar en nuestros oídos los llantos del Profeta que es el único que pudo igualar con sus lamentaciones a los dolores. Esta emocionante elegía se canta de un modo muy simple que se remonta a una gran antigüedad. Los nombres de las letras del alfabeto hebreo, que dividen cada una de las estrofas, indican la forma acróstica que contiene este poema en el original. Se cantan estas lamentaciones porque los mismos judíos las cantaban.


OFICIO DE LA MAÑANA


LA PREPARACIÓN DE LA PASCUA

Este día es el primero de los ácimos. A la puesta del sol los judíos tienen que comer la Pascua en Jerusalén. Jesús aun está en Betania, pero entrará en la ciudad antes de comenzar la cena pascual; asi lo manda la Ley; y Jesús quiere observarla escrupulosamente hasta que la abrogue con la efusión de su sangre. Por lo cual envía a Jerusalén a dos de sus discípulos para que preparen el convite legal, sin darles a conocer de qué modo concluirá. Nosotros que conocemos ya este mis-» terio cuya institución se remonta a esta última j cena, comprendemos bien por qué escogió Jesús con preferencia, en esta ocasión, a Pedro y Juan < para que cumpliesen sus intenciones '. Pedro quel fué el primero en confesar la divinidad de Cris-.; to, representa la fe; y Juan que inclinó su cabeza sobre el pecho de Jesús, representa el amor. ¡ El misterio que se va a promulgar en la cena de; esta tarde, se revela el amor por la fe; tal es la; enseñanza que nos da Jesucristo al escoger a es-- tos dos apóstoles; pero éstos no podían penetrar j las intenciones del corazón de su divino Maestro.


domingo, 10 de abril de 2022

Domingo de Ramos







DOMINGO DE RAMOS


Salida de Betania

Jesús, dejando en Betania a su madre María, a Marta y a María Magdalena con su hermano Lázaro, se dirige, este día, muy de mañana, hacia Jerusalén, acompañado de sus discípulos. María se estremece al ver acercarse su hijo a sus enemigos que pretenden derramar su sangre; con todo eso no va hoy Jesús a Jerusalén a buscar la muerte sino el triunfo. Es necesario que el pueblo proclame rey al Mesías antes que éste sea crucificado; que, ante las águilas romanas, en presencia de los Pontífices y Fariseos, mudos de rabia y de estupor, resuenen las voces infantiles, confundidas entre los gritos de los ciudadanos en alabanza del Hijo de David.

Cumplimiento del Vaticinio

El Profeta Zacarías había predicho esta ovación preparada en la eternidad para el Hijo del hombre en vísperas de su humillación. "Alégrate con grande alegría, hija de Sión. Salta de júbilo, hija de Jerusalén; mira que viene a ti tu Rey, justo y salvador, humilde, montado en un asno, en un pollino hijo de asna". Viendo Jesús que había llegado la hora de cumplirse este oráculo manda a dos de sus discípulos que vayan y le traigan una asna y un pollino que encontrarán no lejos de allí. El Salvador se encontraba en Betíagé, situado en el monte de los Olivos. Los discípulos ponen inmediatamente en ejecución el mandato de su Maestro.

Dos Pueblos

Los Santos Padres nos han proporcionado la clave del misterio de estos dos animales. El asna representa el pueblo judío sometido al yugo de la Ley; "el pollino en el que, según el Evangelio, no había montado nadie todavía" ', representa a la gentilidad a quien nadie había subyugado aún. La suerte de ambos pueblos se decidirá dentro de unos días. El pueblo judío será desechado por no haber recibido al Mesías; en su lugar Dios elegirá al pueblo gentil, indómito hasta entonces, pero que se convertirá en dócil y fiel.

Cortejo Triunfal

Dos discípulos aparejan al pollino con sus vestidos; Jesús entonces, queriendo realizar el vaticinio del profeta, monta sobre el animal2 y se prepara de este modo a entrar en la ciudad. Mientras tanto en Jerusalén corre el rumor de que Jesús se aproxima. Inspirados por el Espíritu divino la turba de judíos reunidos en la ciudad de toda Palestina para celebrar en ella la Pascua, sale a recibirle con palmas y gritos clamorosos. El cortejo que iba acompañando a Jesús desde Betania, se confunde con esta multitud ferviente de entusiasmo; unos tienden sus vestidos por el camino, otros enarbolan ramos de palmera a su paso. Resuena el grito de "Hosanna" y recorre la ciudad la noticia de que Jesús, hijo de David entra en ella como Rey.

El Reino Mesiánico

Así fué cómo Dios, ejerciendo su poder sobre los corazones, preparó, en la ciudad en que pocos días después sería pedida su sangre a gritos, un triunfo para su Hijo. Este día Jesús tuvo un momento de gloria y la Iglesia quiere que renovemos cada año el recuerdo de este triunfo del Hijo del hombre. Cuando nacía el Emmanuel, vimos llegar del lejano oriente a Jerusalén a los Magos en busca del Rey de los judíos, para adorarle y ofrecerle sus presentes; hoy es la misma Jerusalén la que sale a recibirle. Ambos acontecimientos tienen un mismo fin: reconocer a Jesucristo como Rey; el primero por parte de los gentiles, el segundo por parte de los judíos. Era menester que el Hijo de Dios recibiese ambos tributos antes de su Pasión. La inscripción que Pilatos pondrá dentro de poco sobre la cabeza del Redentor: Jesús Nazareno, Rey de los judíos, será el carácter indispensable de su mesianismo. Inútiles serán los esfuerzos de los enemigos de Jesús para cambiar los términos del escrito; no lograrán su fln. "Lo que he escrito, escrito está", respondió el gobernador romano. Su mano confirmó, sin saberlo, las profecías. Israel proclama hoy a Jesús por su Rey; bien pronto será disperso en castigo de su perjurio; pero ese Jesús, a quien ha proclamado, permanecerá siempre Rey. De este modo se cumplió a Ja letra aquel mensaje del Angel que dijo a María anunciándole la grandeza del hijo que iba a concebir: "El Señor le dará el trono de David, su padre, y reinará en la casa de Jacob eternamente'". Jesús comienza en este día su reinado sobre la tierra; y como el primer Israel va a sustraerse de su cetro, un nuevo Israel, nacido del grupo fiel del antiguo, va a nacer, formado de gentes de todas las partes del mundo, y ofrecerá a Cristo el imperio más extenso que jamás ha ambicionado un conquistador.

Tal es el misterio glorioso de este día en medio del duelo de la Semana de Pasión. La Iglesia quiere que nuestros corazones se desahoguen en un momento de alegría en el que saludamos a Jesús como Rey. Ha organizado la liturgia de este día de tal forma que encierre en sí juntamente alegría y tristeza; la alegría al unirse a las aclamaciones con que resonó la ciudad de David; la tristeza volviendo en seguida al curso de su gemidos por los dolores de su Esposo divino. Todo el drama está dividido como en tres actos distintos, cuyos misterios e intenciones vamos a explicar uno tras otro.



LA BENDICIÓN DE LAS PALMAS

La bendición de las palmas o de los ramos, como vulgarmente se dice, es el primer rito que se desarrolla ante nuestra vista; y podemos juzgar de su importancia por la solemnidad que la Iglesia despliega en su celebración.

Durante largos siglos diríase que iba a celebrarse la santa Misa sin otra intención que la de celebrar el aniversario de la entrada de Jesús en Jerusalén: Introito, Colecta, Epístola, Gradual, Evangelio, incluso el Prefacio, se sucedían como se hace para preparar la inmolación del Cordero sin mancha; pero después del triple Sanctus la Iglesia suspendía estas solemnes fórmulas y su ministro procedía a la santificación de los ramos que tenía delante. Ahora, después .de la reciente reforma, después del canto de la antífona Hosanna, estas ramas de árbol, objeto de la primera parte de la función, reciben con una sola oración, acompañada de la incensación y de la aspersión del agua bendita, «una virtud que los eleva al orden sobrenatural y los hace a propósito para ayudar a la santificación de nuestras almas y a la protección de nuestros cuerpos y de nuestras casas. Los fieles deben tener con respeto estos ramos en sus manos durante la procesión y colocarlos con honor en sus casas, como un signo de su fe y una esperanza en la ayuda divina.

viernes, 8 de abril de 2022

Fiesta de los Siete Dolores de la Santísima Virgen María

 







LA FIESTA DE LOS SIETE DOLORES DE LA 
SANTÍSIMA VIRGEN MARÍA
(Viernes de Pasión)



DOS FIESTAS DE NUESTRA SEÑORA: LA NATIVIDAD Y LOS SIETE DOLORES

Después de dedicar, el último recuerdo a la infancia de María y cerrar esta alegre Octava de la Natividad, he aquí que la Iglesia, sin transición, nos propone meditar hoy sobre los dolores que marcarán su vida... de Madre del Mesías y de Co-Reparadora del género humano. En los días de la Octava, no venía a la mente la idea del sufrimiento, ya que entonces considerábamos la gracia, la belleza de la niña que acababa de nacer; pero, si nos hicimos la pregunta: "¿Qué será esta niña?" al instante habremos comprendido que, antes de que todas las naciones la proclamas en un día bien aventurada, María tenia que padecer con su Hijo por la salvación del mundo.


EL SUFRIMIENTO DE MARÍA  

Através de la voz de la Liturgia, Ella misma nos invita a considerar su dolor: "Oh vosotros todos los que pasáis por el camino, mirad, ved y decid si hay dolor semejante a mi dolor ... Dios me ha puesto y como fijado en la desolación" (1). El dolor de la Santísima Virgenes obra de Dios; al predestinarla para ser la Madre de su Hijo, Dios la Unió indisolublemente a la persona, a la vida, a los misterios, al sufrimiento de Jesús, para ser en la obra de la redención su flel cooperadora. Entre el Hijo y la Madre tenía que haber comunidad perfecta de sufrimiento. Cuando ve una madre padecera su hijo, ella padece con él y siente de rechazo todo lo que él padece; lo que lo que Jesús padeció en su cuerpo, María lo padeció en su corazón, por los mismos fines y con la misma fe y el mismo amor. "El Padre y el Hijo en la eternidad participan de la misma gloria, decía Bossuet; la Madre y el Hijo, en el tiempo participan de los mismos dolores. El Padre y el Hijo gozan de una misma fuente de felicidad; la Madre y el Hijo beben del mismo torrente de amargura. El Padre y el Hijo tienen un mismo trono; la Madre y el Hijo, una misma cruz. Si a golpes se destroza el cuerpo de Jesús, María siente todas las heridas; si se le taladra la cabeza a Jesús con espinas, María queda desgarrada con todas sus puntas; si se le ofrece hiél y vinagre, María bebe toda su amargura; si se extiende su cuerpo sobre una cruz, María sufre toda la violencia" (2).


CONDOLENCIA

A esta comunidad de sufrimientos entre el Hijo y la Madre, se la da el nombre de CondolenciaCondolencia es el eco fiel y la repercusión de la Pasión. Condolerse con alguno, es padecer con él, es sentir en el corazón, como si fuesen nuestras, sus penas, sus tristezas, sus dolores. De ese modo la Condolencia fué para la Santísima Virgen la participación perfecta en los dolores y en la Pasión de su Hijo y en las disposiciones que en su sacrificio le animaban.


POR QUÉ PADECE MARÍA

Parecería que no debía haber padecido la Santísima Virgen, ya que fué concebida sin pecado y no conoció nunca el menor mal moral. El padecer tiene que ser un gran bien, porque Dios, que tanto ama a su Hijo, se le entregó como herencia; y como, después de su Hijo, a ninguna criatura ama Dios más que a la Santísima Virgen, quiso también darla a ella el dolor como el más rico presente. Además convenía que, por la unión que tenía con su Hijo, pasase Nuestra Señora, a semejanza de él, por la muerte y por el dolor. De alguna manera era eso necesario para que aprendiésemos nosotros, de uno y de otro, cómo debemos aceptar el dolor que Dios permite para nuestro mayor bien. María se ofreció libre y voluntariamente y unió su sacrificio y su obediencia al sacrificio y a la obediencia de Jesús, para así llevar con él todo el peso de la expiación que la justicia divina exigía. Hizo bastante más que compadecerse de todos los dolores de su Hijo; tomó parte realmente en la pasión con todo su ser, con su corazón y con su alma, con amor ferventísimo y con tranquilidad sencilla; padeció en su corazón todo lo que Jesús podía padecer en su carne, y hasta hay teólogos que opinaron que Nuestra Señora sintió en su cuerpo los mismos dolores que su Hijo en el suyo; podemos creer, en efecto, que María tuvo ese privilegio con el que fueron distinguidos algunos Santos.


SU MARTIRIO VIENE DE JESÚS

Mas para María el padecer no comenzó sólo en el Calvario. Su infancia certísimamente transcurrió tranquila y exenta de inquietudes. El dolor la llega con Jesús, "el niño molesto, como dice Bossuet; porque Jesús en cualquier sitio que se presenta , allí va con su cruz y con él van las espinas y a todos los que quiere bien los hace partícipes de ellas" (3). "La causa de los dolores de María, dice Monseñor Gay, es Jesús. Todo cuanto padece proviene de Jesús, a Jesús se refiere y Jesús lo motiva" (4). La solemnidad de hoy, que nos representa a María principalmente en el Calvario nos recuerda en este sumo dolor los dolores conocidos o desconocidos que llenaron la vida de la Santísima Virgen. Si la Iglesia se resolvió por el número siete, ello obedece a que este número expresa siempre la idea de totalidad y de universalidad, ya que en los Responsorios de Maitines nos recuerda de modo especial los siete dolores que la causaron la profecía del anciano Simeón, la huida a Egipto, la perdición de Jesús en Jerusalén, el verle cargado con la cruz, la crucifixión, el descendimiento y el entierro de su divino Hijo: dolores que la hicieron con toda verdad Reina de los mártires.


REINA DE LOS MÁRTIRES

Con este bello título, en efecto, la salud a la Iglesia en las Letanías: "Que haya sufrido de veras, dice San Pascasio Radberto, nos lo asegura Simeón al decir: Una espada tras pasará tu alma. De donde se infiere con evidencia que supera a todos los mártires. Los otros mártires padecieron por Cristo en su carne; con todo, no pudieron padecer en el alma, porque ésta es inmortal. Pero, como ella padeció en esta parte de sí misma que es impasible, porque su carne, si así se puede decir, padeció espiritualmente por la espada de la Pasión de Cristo, la Santísima Madre de Dios fué más que mártir. Porque amó más que nadie, por eso padeció más que nadie también, hasta tal punto que la violencia del dolor traspasó y dominó su alma en prueba de su inefable amor, porque sufrió en su alma, por eso fué más que mártir, y a que su amor, más fuerte que la muerte, hizo suya la muerte de Cristo" (5).


SU AMOR, CAUSA DE SU DOLOR

Y efectivamente, para entender la extensión y la intensidad del dolor de la Santísima Virgen, habría que comprender lo que fué su amor para con jesús. Este amor es muy distinto del amor de los de más santos y mártires. Cuando estos sufren por Cristo, su amor suaviza sus tormentos y a veces hasta se los hace olvidar. En María no ocurrió nada de eso: su amor aumenta su padecer: "La naturaleza y la gracia, dice Bossuet, concurren a l a vez para hacer en el corazón de María sentimiento más hondo. Nada existe tan fuerte ni tan impetuoso como el amor que la naturaleza da hacia un hijo y la graciada para un Dios. Estos dos amores son dos abismos, cuyo fondo no puede penetrarse, como tampoco comprenderse toda su extensión..." (6).


EL DOLOR Y LA ALEGRÍA DE MARÍA 

Pero si el amor es causa del dolor en María, también es causa de gozo. María sufrió siempre con tranquilidad inalterable y con gran fortaleza de alma. Sabía mejor que San Pablo, que nada, ni la muerte siquiera, sería capaz de separarla del amor de su Hijo y su Dios. San Pío X escribía "que en la hora suprema, se vió a la Virgen de pie, junto a la cruz, embargada sin duda por; el horror del espectáculo, pero feliz y contenta de ver a su Hijo inmolarse por la salvación del género humano" (7). Y sobrepasando a San Pablo, nada en un mar de alegría en medio de su inconmensurable dolor. En Nuestra Señora, como en Jesucristo, salvas todas las diferencias, la alegría más honda va junta con el dolor más profundo que una criatura pueda soportar aquí, abajo. Ama a Dios y la voluntad divina más que a nadie de este mundo, y sabe que en el Calvario se cumple la divina voluntad; sabe que la muerte de su Hijo da a la justicia de Dios el precio que exige para la redención de los hombres, que desde ese momento la son confiados como hijos suyos y a los que amará y ya ama como amó a Jesús.


AGRADECIMIENTO A MARÍA 

"Como todo el mundo es deudor de Dios Nuestro Señor, decía San Alberto Magno, así lo es de Nuestra Señora por razón de la parte que ella tuvo en la Redención" (8). Hoy reparamos mejor, oh María, en lo que has hecho por nosotros y lo que te debemos. Te quejaste de que "mirando a los hombres y buscando quien se acordase de tu dolor y se compadeciese de ti, encontraste poquísimos" (9).

No aumentaremos el número de tus hijos ingratos; por eso, nos unimos a la Iglesia para rememorar tus sufrimientos y decirte cuánta es nuestra gratitud.

Sabemos, oh Reina de los mártires, que una espada de dolor atravesó tu alma , y que 'únicamente el espíritu de vida y de toda consolación pudo sostenerte y darte ánimos cuando moría tu Hijo.

Y sobre todo sabemos que, si fuiste al Calvario, si toda tu vida, de igual modo que la de Jesús, fué un prolongado martirio, es que hubiste de desempeñar cerca de nuestro Redentor y en unión con él el papel que nuestra primera madre Eva había desempeñado cerca de Adán y juntamente con él en nuestra caída. Verdaderamente nos has rescatado con Jesús; con él y en dependencia de él nos has ganado de congruo, por cierta conveniencia, la gracia que El nos merecía de condigno, en justicia, por razón de su dignidad infinita. Por eso, te saludamos con amor y agradecimiento como "Reina nuestra, Madre de misericordia, vida y dulzura y esperanza nuestra". Y, porque sabemos que nuestra salvación está en tus manos, te consagramos nuestra vida entera, para que con tu dirección maternal y tu protección poderosa podamos ir a encontrarnos contigo en la gloria del Paraíso, donde, con tu Hijo, vives coronada y feliz para siempre. Así sea.



Notas

1 Lam., I, 12-13.
2. Sermón pour la Compassion, Oeuvres orat ., II, p. 472.
3. Panégyrique de saint Joseph, t. II, 137.
4. 41e Confer. aux méres cehretiennes, t. II, 199.
5. Carta sobre la Asunción, n. 14. P . L., 30, 138.
6. Sermón sobre la Asunción, t. III, 493.
7. Encíclica Ad diern illum, 2 de febrero de 1904.

8. Question super Missus, 150.
9. Santa Brígida, Revelaciones, 1. II, c. 24.






Sea todo a la mayor gloria de Dios.

miércoles, 6 de abril de 2022

Práctica del Tiempo de Pasión y de Semana Santa

 









PRÁCTICA DEL TIEMPO DE PASIÓN Y DE SEMANA SANTA




CAPÍTULO I

HISTORIA DEL TIEMPO DE LA PASIÓN
DE LA SEMANA SANTA


Preparación a la Pascua

Después de haber propuesto a la meditación de los fieles durante las cuatro primeras semanas de Cuaresma, el ayuno de Jesús en la montaña, ahora la Iglesia consagra a la consideración de los dolores del Redentor las dos semanas que nos separan aún de la fiesta de Pascua. No quiere que sus hijos se presenten en el día de la Inmolación del divino Cordero sin haber preparado sus almas con la meditación en los dolores que El sufrió en nuestro lugar. Los más antiguos monumentos de la Liturgia, los Sacramentarlos y los Antifonarios de todas las iglesias nos advierten por el tono de las oraciones, selección de las lecturas, sentido de todas las fórmulas santas que la Pasión de Cristo es, a partir de hoy el único pensamiento que debe embargar a los cristianos. Hasta el domingo de Ramos se podrán aún celebrar fiestas de santos durante la semana, mas ninguna solemnidad, de cualquier rito que sea, se podrá celebrar en el domingo de Pasión.

Como datos históricos no tenemos ninguno en la primera semana de esta quincena; sus observancias son las mismas que las de las cuatro semanas precedentes (No pensamos dar aquí un juicio sobre las discusiones puramente arqueológicas que se han suscitado sobre el nombre Mediana con que se designó el domingo de Pasión en los antiguos monumentos de la Liturgia y del Derecho eclesiástico). Remitimos, pues, al lector al capítulo siguiente, donde tratamos de las particularidades místicas del tiempo de Pasión en general. Pero, por el contrario, la segunda semana tiene muchos detalles históricos; pues ninguna época del año Litúrgico ha preocupado tanto a los cristianos, ni les ha proporcionado tan vivas manifestaciones de piedad.

Nombres dados a la Última Semana

A esta semana se la tenía gran veneración ya en el siglo III, como se desprende de los testimonios contemporáneos de S. Dionisio de Alejandría Desde el siglo siguiente, vemos se la llamaba la Gran Semana, en una homilía de S. Juan Crisóstomo: "De ningún modo, dice el santo Doctor, porque tenga más días que los demás, ni que los días tengan mayor número de horas, sino por la grandeza de los misterios que en ella se celebran" También se la llamaba Semana Penosa, a causa de los sufrimientos de Cristo y de los trabajos que exige su celebración; semana del Perdón, porque en ella se recibía a los pecadores a la penitencia; finalmente Semana Santa, a causa de la santidad de los misterios que se conmemoran en ella. Nosotros la llamamos con este nombre y es tan apropiado a esta Semana que por extensión se llaman también Santos a cada uno de los días que la componen; y así decimos, Lunes Santo, Martes Santo, etc...

Rigor del Ayuno

La severidad del ayuno de Cuaresma se aumentaba antiguamente en estos últimos días, que eran como el supremo esfuerzo de la penitencia cristiana. La Liturgia, considerando la debilidad de las generaciones de nuestro tiempo, ha ido suavizando poco a poco estos rigores y, hoy en Occidente, no se distingue en el rigor esta semana de las precedentes. Mas las Iglesias de Oriente, fieles a las tradiciones de la antigüedad, continúan observando la abstinencia rigurosa, que desde el domingo de Quincuagésima, da el nombre de Xerophagia, a este largo período que solo permite comer alimentos secos.

En cuanto al ayuno antiguamente se extendía a más allá de lo que permitían sus fuerzas humanas. Vemos por S. Epifanio 1 que había cristianos que prolongaban el día de Pascua (En la mitad del siglo tercero se ayunaba en Alejandría toda la Semana, de una vez o a intervalos. Carta de S. Dionisio a Basilido, P. G. X, C. 1277), desde el lunes por la mañana hasta el canto del gallo. Sin duda este esfuerzo sólo le podían hacer un corto grupo de ñeles; los demás se contentaban con pasar sin tomar alimento, dos, tres, cuatro días consecutivos; pero el uso común era no comer desde el Jueves Santo por la tarde hasta la mañana del día de Pascua (Esta costumbre es muy antigua, pues S. Ireneo (hacia el año 200) habla de ella y también Eusebio en su Historia eclesiástica. CV, 24, P. G. XX, C. 501). Los ejemplos de este rigor no son raros aun en nuestros días, entre los cristianos de Oriente y en Rusia; dichoso si estas obras de una penitencia tan intrépida va siempre acompañada de una ñrme adhesión a la fe y a la unidad de la Iglesia.

Prolongación de las Vigilias