viernes, 24 de junio de 2022

Fiesta del Sagrado Corazón de Jesús

 






FIESTA DE SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS

Ayer tarde se terminó, con la procesión triunfal, la Octava de plegarias y adoraciones a nuestro Señor Jesucristo, presente en la Eucaristía. Hoy la Iglesia nos exhorta a honrar de una manera especial, durante toda una nueva Octava, a su Corazón Sagrado, cuya inmensa ternura nos ha revelado ya el Sacramento. Y para animarnos a honrar a este divino Corazón con mayor devoción, Pío XI (enciclica Miserenissimus Redemptor) elevó esta fiesta al rito de doble de primera clase e igualó su Octava a las de Navidad y la Ascensión.

El culto del Sagrado Corazón, escribió el Cardenal Pie, es la quintaesencia del cristianismo; el compendio y sumario de toda la religión. El cristianismo, obra de amor en su principio, en su progreso y consumación, con ninguna otra devoción se identificará tan absolutamente como con la del Sagrado Corazón.


Objeto de la Devoción al Sagrado Corazón

El objeto de la devoción al Sagrado Corazón, es este mismo Corazón, abrasado en amor hacia Dios y los hombres. Desde la Encarnación, efectivamente, Nuestro Señor Jesucristo es el objeto de la adoración y amor de toda creatura, no sólo como Dios, sino también como Hombre-Dios. Hallándose unidas la divinidad y la humanidad en la única persona del Verbo divino, merece todos los honores de nuestro culto, tanto en cuanto hombre, como en cuanto Dios; y así como en Dios son adorables todas las perfecciones, todo es adorable también en Cristo: su Cuerpo, su Sangre, sus Llagas, su Corazón; y por esto ha querido la Iglesia exponer a nuestra adoración, estos objetos sagrados.


El Corazón de Carne del Hombre-Dios

El día de hoy nos muestra de una manera especial el Corazón del Salvador y quiere que le honremos, ya lo consideremos en Sí mismo, o como el símbolo vivo de la caridad.

Es digno de nuestro culto por Sí mismo este Corazón de Jesús, aunque no sea nada más que un poco de carne. ¿No es el corazón en la vida natural del cuerpo humano, el órgano más noble y más necesario, el encargado de distribuir a todos los miembros, la sangre que los vivifica, que alimenta, regula y purifica? Adorar el Corazón de Jesús, es adorar, por decirlo así, en su principio, en su misma fuente, la vida de sacrificio y de inmolación de nuestro Salvador. Es adorar el precioso receptáculo donde quedaban las últimas gotas de sangre, esperando que llegara la lanzada de Longinos, para derramarse. Este Corazón traspasado, permanecerá así eternamente, testigo de una vida que se ha entregado toda entera por la salvación del mundo.

El corazón de carne ocupa también un lugar preferente en el orden moral. Siempre se le ha considerado como sede de la vida afectiva del hombre, porque es el órgano en que repercuten, de modo más perfecto todos los altos y bajos de la vida. Las pulsaciones laten en ritmo armonioso con nuestros sentimientos, emociones y pasiones. El lenguaje ha admitido esta manera de ver; el corazón es quien ama, quien se compadece, sufre, quien se consagra y se da. Y así como la bajeza del corazón es origen de todos los vicios, el corazón noble y distinguido, es fuente de donde fluyen con el amor, todas las demás virtudes. Jesús, verdadero hombre, habló así de sí mismo. Ha ofrecido su corazón humano a nuestra consideración, mostrándolo aureolado de llamas ardientes y diciendo: "¡He aquí el corazón que tanto ha amado a los hombres!", que; le ha llevado a soportar todos los sufrimientos y miserias de la humanidad, que se ha compadecido de la inmensa multitud de las almas, que le ha inspirado la idea de multiplicar los milagros, y la de instituir la sagrada Eucaristía y fundar la Iglesia, de padecer y morir para rescatarnos.

Si el corazón es para nosotros el centro donde están reunidas, el foco de donde irradian las cualidades y virtudes, si acostumbramos a venerar los corazones especialmente bienhechores, ¡Cuánto más debemos honrar el Corazón de Jesús, santuario y tabernáculo de todas las virtudes! Los Himnos y Letanías del Oficio las recuerdan! con numerosas invocaciones que ponderaremos y meditaremos durante estos días. Y para persuadirnos más aún de la importancia y utilidad de la devoción al Sagrado Corazón, oigamos lo que decía un piadoso cartujo de Tréveris, muerto en 1461. Sus palabras nos indicarán todo lo que debemos hacer para penetrar y vivir conforme a las intenciones de la Iglesia, que son las mismas de su celestial Esposo:

"Si queréis purificaros de vuestros pecados fácil y perfectamente, libraros de vuestras pasiones y enriqueceros de todos los bienes, ingresad en la escuela de la caridad eterna... Volved de nuevo, sumergios en espíritu..., todo vuestro , corazón y alma, en el dulcísimo Corazón de Nuestro Señor Jesucristo clavado en la cruz. Este Corazón rebosa de amor... Por su mediación tenemos acceso ante el Padre, en unidad de espíritu; abraza en su inmenso amor a todos los elegidos... En este dulcísimo Corazón hállase toda virtud, la fuente de la vida, la consolación perfecta, la verdadera luz que ilumina a todo hombre, pero de una manera especial a aquel que acude a El devotamente en las necesidades y aflicciones de la vida. Todo bien deseable se encuentra en él en abundancia; toda salvación y gracia nos llega de ese Corazón dulcísimo, no de otra parte. Es el foco del amor divino, siempre encendido en el fuego vivo del Espíritu Santo, que purifica, consume y transforma en su propio ser a todos aquellos que se unen y desean juntarse a El. Así pues, como todo bien nos llega de este dulcísimo Corazón de Jesús, debéis también referirlo todo a El, sin apropiaros nada... Confesaréis vuestros pecados en este mismo Corazón, pediréis perdón y gracia, Le alabaréis y agradeceréis... Por esto mismo, besaréis frecuentemente, con reconocimiento, este piadosísimo Corazón de Jesús inseparablemente unido al Corazón divino donde están todos los tesoros de la sabiduría y de la ciencia de Dios, quiero decir una imagen de este Corazón, o el Crucifijo. Aspiraréis continuamente a contemplarlo frente a frente, confiándole vuestras penas; así atraeréis a vuestro corazón, su espíritu y su amor, sus gracias y sus virtudes; a El deberéis acudir en los bienes y en los males, pondréis en El vuestra confianza, os acercaréis a El, habitaréis en su intimidad, a fin de que El, en cambio, se digne hacer su morada en vuestro corazón; allí descansaréis dulcemente y reposaréis en paz. Pues, aunque os abandonen los corazones de todos los mortales, este Corazón fidelísimo jamás os engañará, ni os abandonará. No descuidaréis tampoco honrar devotamente, e invocar a la gloriosa Madre de Dios y dulce Virgen María, para que ella se digne obteneros del dulcísimo Corazón de su Hijo todo lo que necesitéis. Como correspondencia, ofreceréis todo al Corazón de Jesús por sus manos benditas".


El Misterio de Cristo

Conviene retener en la memoria el pasaje de la carta a los Efesios (III, 8-19) en que San Pablo nos descubre en términos sublimes , el amor infinito de Dios hacia las criaturas. Eternamente, Dios tiene concebido su plan que es como la razón, la explicación, el motivo de la creación; y este plan es el de llamar a la humanidad entera a participar de la vida de Cristo. Tanto amó Dios a los hombres, que les entregó a su único Hijo, para que por él y en él fueran también los hombres, a su vez, hijos suyos para la eternidad. Cristo y sus tesoros de sabiduría y ciencia, Cristo, en quien todas las naciones son benditas y todos los hombres se salvan, identificados con él en la unidad del cuerpo místico; Cristo, que mora en nosotros y que nos hace vivir de la fe y del amor, ¡he aquí el misterio que apenas vislumbraron los Patriarcas y Profetas, y que se nos revela, en el Nuevo Testamento, con una claridad incomparable! Mas el Misterio de Cristo no se completa verdaderamente sino en nosotros y con nuestra cooperación. Todas las riquezas puestas tan liberalmente por Dios a nuestra disposición, cuya fuente es Cristo: la Iglesia, los Sacramentos, la Eucaristía, tienen como único fin la santificación individual de cada una de nuestras almas. Por eso el Apóstol eleva a Dios una oración apremiante, rogándole que sus ansias de misericordia y de amor, no queden fallidas ante nuestra obstinada rebelión, que no se vean frustrados los esfuerzos realizados en el Calvario. Le hace una súplica solemne para que reine por completo en nosotros ese ser interior que se nos infundió en el bautismo, el hombre nuevo, el cristiano, el hijo de Dios, mediante la ruina del hombre viejo por una constante adhesión a Cristo, una real comunión de vida, que someta a El toda nuestra actividad. Entonces la caridad resplandecerá soberana en nosotros y la realización completa del plan divino será coronada por la felicidad eterna.



ACTO DE DESAGRAVIO
AL SAGRADO CORAZON DE JESUS

(Ordenado por el Papa Pío XI) 
¡Oh dulcísimo Jesús, cuyo inmenso amor a los hombres no ha recibido en pago de los ingratos más que olvido, negligencia y menosprecio! Vednos postrados ante vuestro altar, para reparar con especiales homenajes de honor, la frialdad indigna de los hombres y las injurias con que, en todas partes, hieren vuestro amantísimo Corazón. 
Mas, recordando que también nosotros alguna vez nos hemos manchado con tal indignidad, de la cual nos dolemos ahora vivamente, deseamos, ante todo, obtener para nuestras almas vuestra divina misericordia, dispuestos a reparar, con voluntaria expiación, no sólo nuestros propios pecados, sino también los de aquellos que, alejados del camino de la salvación y obstinados en: su infidelidad, o no quieren seguiros como a Pastor y Guía, o, conculcando las promesas del Bautismo, han sacudido el suavísimo yugo de vuestra ley.
Nosotros queremos expiar tan abominables pecados, especialmente la inmodestia y la deshonestidad de la vida y de los vestidos, las innumerables asechanzas tendidas contra las almas inocentes, la profanación de los días festivos, las execrables injurias proferidas contra Vos y contra vuestros Santos, los insultos dirigidos a vuestro Vicario y al orden Sacerdotal, las negligencias y horribles sacrilegios con que es profanado el mismo Sacramento del Amor y, en fin, los públicos pecados de las naciones que oponen resistencia a los derechos y al magisterio de la Iglesia por Vos fundada.
¡Ojalá nos fuese dado lavar tantos crímenes con nuestra propia sangre! Mas, entretanto, como reparación del honor divino conculcado, uniéndola con la expiación de la Virgen, vuestra Madre, con la de los Santos y la de las almas buenas, os ofrecemos la satisfacción que Vos mismo ofrecisteis un día sobre la cruz al Padre Eterno, y que diariamente se renueva en nuestros altares, prometiendo de todo corazón que, en cuanto nos sea posible y mediante el auxilio de vuestra gracia, repararemos los pecados propios y ajenos y la indiferencia de las almas hacia vuestro amor, oponiendo la firmeza en la fe, la inocencia de la vida y la observancia perfecta de la ley evangélica, sobre todo de la caridad, mientras nos esforzamos además por impedir que seáis injuriado y por atraer a cuantos podamos, para que vayan en vuestro seguimiento.
¡Oh benignísimo Jesús! Por intercesión de la Santísima Virgen María Reparadora, os suplicamos que recibáis este voluntario acto de reparación. Concedednos la gracia de ser fieles a vuestros mandamientos y a vuestro servicio hasta la muerte, y otorgadnos el don de la perseverancia, con el cual lleguemos felizmente a la gloria, donde, en unión con el Padre y el Espíritu Santo, vivís y reináis. Dios, por los siglos de los siglos. Amén.

domingo, 19 de junio de 2022

Domingo Segundo después de Pentecostés

 




DOMINGO SEGUNDO DESPUÉS DE PENTECOSTÉS

(Antiguo Domingo Infraoctava de Corpus Christi)


Año Litúrgico 

Dom Prospero Gueranger



LA EUCARISTIA SACRIFICIO PERFECTO


NOCIÓN DEL SACRIFICIO. — La Eucaristía tiene por objeto principal la aplicación incesante del Sacrificio del Calvario; es, pues, necesario considerar este sacrificio del Hombre-Dios en si mismo, a fin de admirar mejor la maravillosa continuación que se hace en la Iglesia. Conviene para esto precisar primeramente la noción general de Sacrificio.

Dios tiene derecho al homenaje de su criatura. Si los reyes y señores de la tierra tienen derecho a exigir de sus vasallos el reconocimiento solemne de su soberanía, el dominio supremo del primer Ser, causa primera y fin último de todas las cosas, lo impone con más justo título a los seres llamados de la nada por su omnipotente bondad. Y, del mismo modo que por el censo que le acompañaba, el homenaje de siervos y vasallos llevaba, con la confesión de su sujeción, la declaración efectiva de bienes y derechos que reconocían tener de su Señor; del mismo modo, el acto por el que la criatura se humilla ante su criador, deberá manifestar suficientemente, por sí mismo, que le reconoce como Señor de todas las cosas y autor de la vida.

Mas puede suceder que la criatura, por su propia acción, tenga dada contra ella, a la justicia de Dios, derechos de otro modo temibles que los de su omnipotencia y bondad. La misericordia divina puede entonces, es cierto, suspender o conmutar la ejecución de las venganzas del supremo Señor; pero el homenaje del ser creado, hecho pecador, no será ya completo sino con la condición de expresar en adelante, con su dependencia de criatura, la confesión de su falta y de la justicia del castigo incurrido por la transgresión de los preceptos divinos; la oblación suplicante del esclavo rebelado deberá mostrar, por su naturaleza, que Dios no es solamente el autor de la vida sino el Arbitro de la muerte.

Esta es la verdadera noción del Sacrificio, así llamado porque separa de la multitud de seres de igual naturaleza y hace sagrada la ofrenda por la que se expresa: oblación interior y puramente espiritual en los espíritus libres de lo material; oblación espiritual y sensible a la vez para el hombre, que, compuesto de alma y cuerpo, debe homenaje a Dios por uno y otro. El sacrificio no puede ofrecerse más que a Dios solo; y la religión, que tiene por objeto el culto debido al Señor, no encuentra más que en él su expresión última.


UNIDAD DE LA CREACIÓN EN DIOS. — Por el sacrificio Dios alcanza el fin que se propuso en la creación: su propia gloria1. Mas para que se elevase del mundo hacia su Creador un homenaje que representase la medida de sus dones, hacía falta un jefe que representase al mundo entero en su persona, y que, disponiendo de él como de bien propio, le ofreciese al Señor en toda su plenitud consigo mismo. Pero Dios dispone las cosas de modo más admirable aún: dándole por jefe a su Hijo revestido de nuestra naturaleza, hace que el homenaje de esta naturaleza inferior, revistiendo la dignidad de la persona, el honor rendido sea verdaderamente digno de la Majestad suprema.

¡Maravillosa coronación de la obra creadora! La gloria inmensa que rinde al Padre el Verbo encarnado, ha unido a Dios y a la criatura, tan distantes uno de otro; y rebosa sobre el mundo en abundante gracia que acaba por llenar el abismo. El Sacrificio del Hijo del Hombre llega a ser la base y razón del orden sobrenatural, en el cielo y en la tierra. Como objeto primero y principal del decreto de la creación, salieron de la. nada para Cristo, a la voz del Padre, los diversos grados del ser espiritual y material, llamados a formar su palacio y corte: así también en el orden de la gracia, él es verdaderamente el hombre, el Predilecto. El espíritu de amor se esparcirá de este único predilecto, de la Cabeza, sobre todos sus miembros, comunicando sin medida la verdadera vida y el ser sobrenatural a aquellos que Cristo llama a participar de su divina sustancia en el banquete del amor. Porque a continuación de la Cabeza vendrán los miembros, uniendo al suyo su homenaje; y este homenaje, que de por sí hubiera permanecido por debajo de la Majestad infinita, recibirá, por su incorporación al Verbo encarnado en el acto de su Sacrificio, la dignidad de Cristo mismo.

Asimismo, y no nos cansaremos de repetirlo contra el individualismo estrecho que tiende a dar a las prácticas de devoción privada la preponderancia sobre la solemnidad de los grandes actos litúrgicos, que forman la esencia de la religión: mediante el Sacrificio la creación entera se consuma en la unidad; y la verdadera vida social se funda en Dios por el Sacrificio. Sean uno en nosotros como nosotros mismos tal es la última intención del Creador, revelada al mundo por el Angel del gran Consejo, venido a la tierra para realizar este programa divino. Ahora bien, la religión es la que reúne ante Dios los distintos elementos del cuerpo social; y el Sacrificio, que es el acto fundamental de ella, es a la vez medio y fin de esta grandiosa unificación en Cristo, cuya terminación indicará la consumación del reino eterno del Padre, que por él habrá llegado a ser todo en todos.


CRISTO, SACERDOTE Y VÍCTIMA. — Mas este reinado de la eternidad, que prepara al Padre el reino terreno de Cristo tiene enemigos que es necesario reducir. Los Principados, las Potestades y Virtudes del infierno se han coaligado contra ella. La envidia, al atacar al hombre, imagen de Dios, introdujo en el mundo la desobediencia y la muerte; por el hombre hecho su esclavo, el pecado se sirve, como de un arma, de todos los preceptos divinos contra su Autor. Por eso, antes de ser agradables al Padre, los futuros miembros de Cristo anhelan un sacrificio de propiciación y de redención. Es necesario que Cristo mismo viva la vida de expiación del pecador, padezca sus dolores y muera de muerte. Pues tal era la pena impuesta como sanción desde el principio al precepto divino; pena suprema para el transgresor, que no puede sufrirla, mayor, pero sin proporción con la ofensa de la infinita majestad, a menos que una persona divina, tomando la espantosa responsabilidad de esta deuda infinita, padezca la pena del hombre y le devuelva a la inocencia.

¡Venga, pues, nuestro Pontífice, aparezca el divino Caudillo de nuestra raza y de todo el mundo! Porque amó la justicia y odió la iniquidad, Dios le ungió con el aceite de alegría entre todos sus hermanos2. Era Cristo por el sacerdocio destinado para El desde el seno del Padre; es Jesús, porque el Sacrificio que acaba de ofrecer, salvará a su pueblo del pecado: JESUCRISTO: tal debe ser el nombre del Pontífice eterno.

¡Qué poder y amor en su sacrificio! Sacerdote y víctima a la vez, para destruirla triunfa de la muerte y al mismo tiempo abate el pecado en su carne inocente; satisface hasta el último óbolo,.y mucho más, a la justicia del Padre; arranca el decreto que nos era contrario a nosotros y le clava en la cruz, le borra con su sangre, y, despojando a los Principados enemigos de su tiránico imperio, los encadena a su carro triunfal ‘. Crucificado con él, nuestro hombre viejo perdió su cuerpo de pecado; renovado con la sangre redentora, sale con él de la tumba a una vida nueva. “Vosotros estáis muertos, dice el Apóstol, y vuestra vida está oculta con Cristo en Dios; cuando aparezca Cristo vuestra vida, también apareceréis con él en la gloria.” Cristo, en efecto, padeció, como Cabeza; su Sacrificio abarca todo el cuerpo cuya cabeza es, y le transforma con él para el holocausto eterno cuyo suave olor embalsamará los cielos.

Penetrémonos, oh Cristianos, de estas grandes enseñanzas. Cuanto rnás comprendamos el Sacrificio del Hombre-Dios en su inconmensurable grandeza, más fácilmente dejaremos a la Iglesia, por medio de su Liturgia, levantar nuestras almas de las egoístas y mezquinas preocupaciones de una piedad frecuentemente replegada sobre sí misma. Miembros de Cristo- Pontífice, ensanchemos nuestros corazones y abrámoslos a los torrentes de luz y amor que brotan del Calvario.


MISA

(En algunas Iglesias, menos afortunadas que en España, solamente hoy celebran la Solemnidad del Corpus. En ellas se canta la Misa de la fiesta misma con la conmemoración ordinaria del domingo. Pero donde la solemnidad se celebró el Jueves, sólo se hace su conmemoración en la Misa de este domingo, que es el segundo después de Pentecostés. Hoy muy generalmente se hace la gran Procesión del Corpus, y en las Iglesias de España suele celebrarse otra segunda casi tan solemne como la del mismo día).


El Introito está sacado de los Salmos. Canta los beneficios con que el Señor protege a su pueblo y le liberta de sus enemigos. Celebremos con amor a nuestro Dios, seguro refugio y firme apoyo nuestro.


INTROITO

El Señor se hizo protector mío, y me sacó a la llanura: me salvó porque me quiso. — Salmo: Amete yo, Señor, fortaleza mía: el Señor es mi sostén, y mi refugio, y mi libertador. V. Gloria al Padre.


La Iglesia, pide en la Colecta, el temor y amor del nombre sagrado del Señor. El temor, en efecto, de que aquí se trata, es el temor del hijo a su padre; no excluye el amor, le asegura, al contrario, preservándole de la negligencia y extravíos a los que una falsa familiaridad arrastra frecuentemente a ciertas almas.


COLECTA

Haz, Señor, que tengamos a la Vez el perpetuo temor y amor.de tu nombre: porque nunca privas de tu gobierno a los que educas en la firmeza de tu dilección. Por nuestro Señor.


EPÍSTOLA

Lección de la Epístola del Ap. S. Juan. (III, 13-18).


Carísimos: No os admiréis si os odia el mundo. Nosotros sabemos que hemos sido trasladados de la muerte a la vida, porque amamos a los hermanos. El que no ama, permanece en la muerte: todo el que odia a su hermano, es homicida. Y sabéis que ningún homicida tiene en sí la vida eterna. Eii esto conocemos la caridad de Dios, en que El dió su vida por nosotros: y nosotros debemos darla por los hermanos. El que tuviere las riquezas de este mundo, y viere a su hermano padecer necesidad, y cerrare sus entrañas a él: ¿cómo permanecerá en él la caridad de Dios? Hijitos míos, no amemos de palabra ni con la lengua, sino de obra, y de verdad.


MEMORIAL DEL AMOR DIVINO. — Estas palabras del discípulo amado no podían recordarse mejor al pueblo fiel que en la Octava que prosigue su curso. El amor de Dios para nosotros es el modelo como la razón del que debemos a nuestros semejantes; la caridad divina es el tipo de la nuestra. “Os he dado ejemplo, dice el Salvador, para que como yo he hecho con vosotros, lo hagáis vosotros mismos” ‘. Si pues El dió hasta su vida, es necesario saber dar la nuestra, cuando se presentare ocasión, para salvar a nuestros hermanos. Con mayor razón debemos socorrerlos, según nuestros medios, en sus necesidades, amarlos no de palabra o con la lengua, sino efectiva y verdaderamente.

Ahora bien, ¿qué es el memorial divino sino la elocuente demostración del amor infinito, el monumento real y la representación permanente de esa muerte de un Dios, a la que se refiere el Apóstol?

Por eso el Señor, para promulgar la ley del amor fraterno que venía a traer al mundo, aguarda a la institución del Sacramento, que debía dar a esta ley su sólido apoyo. Mas, apenas creó el augusto misterio, apenas se dió bajo las especies sagradas, dijo: “Os doy un mandamiento nuevo; mi mandamiento es que os améis los unos a los otros, como yo os he amado'”. Precepto nuevo, en efecto, para un pueblo en que el egoísmo era la única ley; signo distintivo que iba a hacer reconocer entre todos a los discípulos de Cristo, y destinarlos a la vez al odio del género humano rebelde a esta ley del amor. Las palabras puestas por San Juan en su Epístola: “Carísimos, no os extrañéis de que os odie el mundo; porque sabemos que hemos pasado de la muerte a la vida si amamos a nuestros hermanos; el que no ama permanece en la muerte”, se refieren a la acogida hostil que el mundo de entonces dispensó al nuevo pueblo.

El cristianismo existe, si existe la unión de los miembros entre sí mediante su divina Cabeza; la Eucaristía es el alimento sustancial de esta unión, el lazo poderoso del cuerpo místico del Salvador, que por él crece cada día en la caridad. La caridad, la paz, la concordia, es, pues, con el amor de Dios, la más indispensable y mejor preparación para los sagrados misterios. Es lo que nos explica la recomendación del Señor en el Evangelio: “Cuando presentes tu ofrenda en el altar, si te acuerdas allí mismo de que tu hermano tiene alguna cosa contra ti, deja tu ofrenda cabe el altar y ve antes a reconciliarte con tu hermano, y vuelve en seguida a presentar tu ofrenda”.

El Gradual, sacado de los Salmos, da gracias al Señor por su protección en el pasado, e implora contra los enemigos siempre implacables, la continuación de su poderoso socorro.


GRADUAL

En mi tribulación clamé al Señor, y me escuchó. V. Señor, libra mi alma de los labios inicuos, y de la lengua engañosa.

Aleluya, aleluya. V. Señor, Dios mío, en ti he esperado : sálvame de todos los que me persiguen y líbrame. Aleluya.


EVANGELIO

Continuación del santo Evangelio según S. Lucas. (XIV, 16-24).


En aquel tiempo dijo Jesús a los fariseos esta parábola: Un hombre hizo una gran cena, y llamó a muchos. Y, a la hora de la cena, envió a su siervo a decir a los invitados que vinieran, porque ya estaba preparado todo. Y comenzaron a excusarse todos a la vez. El primero le dijo: He comprado una granja, y necesito salir y verla: ruégote me excuses. Y otro dijo: He comprado cinco yuntas de bueyes, y voy a probarlas: ruégote me excuses. Y otro dijo: He tomado esposa: y, por ello no puedo ir. Y, vuelto el siervo, anunció esto a su señor. Entonces el padre de familias, airado, dijo a su siervo: Sal pronto por las plazas y barrios de la ciudad: e introduce aquí a los pobres, y débiles, y ciegos, y cojos. Y dijo el siervo: Señor, se ha hecho como mandaste, y todavía hay sitio. Y dijo el señor al siervo: Sal por los caminos y cercados: y fuérzalos a entrar, para que se llene mi casa. Pues os digo que ninguno de aquellos hombres que fueron llamados, gustará mi cena.


EL FESTÍN DE LAS BODAS DEL CORDERO. — Cuando aun no se había establecido la ñesta del Corpus Christi, este evangelio estaba señalado ya para este Domingo. El Espíritu divino que asiste a la Iglesia en la ordenación de su Liturgia, preparaba de este modo anticipadamente el complemento de las enseñanzas de esta gran solemnidad. La parábola que propone aquí el Señor, sentado a la mesa de un jefe de los fariseos, volverá a repetirla en el templo, en los días que precedieron a su Pasión y Muerte Esta insistencia es significativa y nos revela suficientemente la importancia de la alegoría. ¿Cuál es, en efecto, este convite de numerosos invitados, este festín de las bodas, sino aquel mismo de quien hizo los preparativos la Sabiduría eterna desde el principio del mundo? Nada faltó a las magnificencias de estos divinos preparativos. Con todo eso, el pueblo amado, enriquecido con tantos beneficios, hizo muecas de desagrado al amor; por sus abandonos despectivos se propuso provocar la cólera del Dios su Salvador.

Mas, a pesar de ello, la Sabiduría eterna ofrece todavía a los hijos ingratos de Abraham, Isaac y Jacob, en recuerdo de su padres, el primer lugar en el banquete; a las ovejas perdidas de la casa de Israel fué a las que fueron enviados primeramente los Apóstoles3. “¡Inefables miramientos! exclama San Juan Crisóstomo. Cristo llama a los judíos antes de la cruz; lo hace también después de su inmolación y continúa llamándolos. Cuando debía, a nuestro juicio, aplastarlos con fuerte castigo, los invita a su alianza y los llena de honores. Mas los que asesinaron a sus profetas y Le mataron a El mismo, solicitados por el Esposo y convidados a las bodas por su propia víctima, no hacen ningún caso y ponen como pretexto sus parejas de bueyes, sus mujeres o sus campos”. Pronto estos pontífices, escribas y fariseos hipócritas perseguirán y matarán a los apóstoles unos tras otros; y el servidor de la parábola no llevará de Jerusalén al banquete del Padre de familias más que los pobres, humildes y enfermos de las calles y plazas de la ciudad, en los que la ambición, la avaricia o los placeres no encontraron obstáculo al advenimiento del reino de Dios.

Entonces se consumará la vocación de los gentiles y el gran misterio de la sustitución del nuevo pueblo por el antiguo en la alianza divina. “Las bodas de mi Hijo estaban preparadas, dirá Dios Padre a sus servidores; pero los que estaban invitados, no han sido dignos. Id, pues, dejad la ciudad maldita que desconoció el tiempo de su visita2; salid a las encrucijadas, recorred las calles, buscad en los campos de los gentiles y llamad a las bodas a todos los que encontréis”.

Gentiles, glorificad a Dios por su misericordia. Invitados, sin méritos por vuestra parte, al festín preparado para otros, temed incurrir en los reproches que los excluyeron de los favores prometidos a sus padres. Ciego y cojo llamado de la encrucijada, ven presto a la mesa sagrada. Piensa también, por el honor de Aquel que te llama, dejar los vestidos sucios del mendigo del camino. Vístete con diligencia el vestido nupcial1. Tu alma, en adelante, por el llamamiento a estas bodas sublimes, es reina: “Adórnala con púrpura, dice San Juan Crisóstomo; pónla la diadema y colócala sobre un trono, ¡Piensa en las bodas que te esperan, en las bodas del Señor! ¿De qué tisú de oro y variedad de ornamentos no debe resplandecer al alma llamada al franquear el umbral de la sala del festín y de esta cámara nupcial?”

El Ofertorio, como el gradual, es una apremiante demanda de socorro fundada en la divina misericordia.


OFERTORIO

Señor, vuélvete, y libra mi alma: sálvame por tu misericordia. La Iglesia implora en la Secreta el doble efecto del divino Sacramento en la transformación de las almas: la purificación de los restos del pecado, y el progreso en las obras de la vida celestial.


SECRETA

Purifíquenos, Señor, la oblación que va a ser dedicada a tu nombre: y llévenos de día en día a la práctica de la vida celestial. Por nuestro Señor.


Durante la Comunión, la Iglesia, inundada de los favores del cielo, manifiesta su agradecimiento a Aquel que, siendo Señor Altísimo, es también su Esposo y la colma de estos bienes excelentes.


COMUNIÓN

Cantaré al Señor, que me dió bienes: y salmearé al nombre del Altísimo.

 

En la Poscomunión pidamos con la Iglesia que la frecuentación del misterio sagrado no sea infructuoso en nuestras almas, sino que produzca frutos de Salvación cada vez más abundantes.


POSCOMUNIÓN

Recibidos los sagrados dones, suplicárnoste, Señor, hagas que, con la frecuentación del Misterio, crezca el efecto de nuestra salvación. Por nuestro Señor.

jueves, 16 de junio de 2022

La Fiesta del Corpus Christi

   






FIESTA DEL CORPUS CHRISTI


El Santísimo Sacramento en el Centro de la Liturgia

La luz del Espíritu Santo, que vino a aumentar en la Iglesia la inteligencia siempre viviente del misterio de la augusta Trinidad, la lleva a contemplar en seguida esta otra maravilla que concentra ella misma todas las operaciones del Verbo encarnado, y nos conduce desde esta vida a la unión divina. El misterio de la Sagrada Eucaristía va a aparecer en todo su esplendor, y es importante disponer los ojos de nuestra alma para recibir saludablemente la irradiación que nos aguarda. Lo mismo que no hemos estado nunca sin la noción del misterio de la Santísima Trinidad, y que nuestros homenajes se dirigen siempre a ella; así también la Sagrada Eucaristía no ha dejado de acompañarnos en todo el curso de este año litúrgico, ya como medio de rendir nuestros homenajes a la suprema Majestad, ya como alimento de la vida sobrenatural. Podemos decir que estos dos inefables misterios nos son conocidos y que los amamos; pero las gracias de Pentecostés nos han abierto una nueva entrada en lo más íntimo que tienen; y, si el primero nos pareció ayer rodeado de los rayos de una luz más viva, el segundo va a brillar para nosotros con un resplanidor que los ojos de nuestra alma nunca habían recibido.

Siendo la Santísima Trinidad, como hemos hecho ver, el objeto esencial de toda la religión, el centro a que vienen a parar todos nuestros homenajes, aun cuando parezca que no llevamos una intención inmediata, se puede decir también que la Sagrada Eucaristía es el más precioso medio de dar a Dios el culto que le es debido, y por ella se une la tierra con el cielo. Es, pues, fácil, penetrar la razón del retraso que la Iglesia tuvo en la institución de las dos solemnidades que suceden inmediatamente a la de Pentecostés. Todos los misterios que hemos celebrado hasta aquí, estaban contenidos en el augusto Sacramento, que es el memorial y como el resumen de las maravillas que el Señor hizo por nosotros1. La realidad de la presencia de Cristo bajo las especies sacramentales, hizo que en la Hostia reconociésemos en Navidad al Niño que nos nació; en Pasión, la víctima que nos rescató; en Pascua, al vencedor de la muerte. No podíamos celebrar todos estos misterios sin apelar en nuestro socorro al inmortal Sacrificio, y no podía ser ofrecido, sin renovarlos ni reproducirlos.

Las fiestas mismas de la Santísima Virgen y de los Santos nos mantenían en la contemplación del divino Sacramento. María, a quien hemos honrado en sus solemnidades de la Inmaculada Concepción, de la Purificación, de la Anunciación, ¿no formó con su propia sustancia este cuerpo y esta sangre que ofrecemos sobre el altar? La fuerza invencible de los Apóstoles y de los Mártires que hemos celebrado, ¿no la sacaron del alimento sagrado que da el ardor y la constancia? Los Confesores y las Vírgenes, ¿no nos han parecido como la floración del campo de la Iglesia que se cubre de espigas y de racimos de uva, gracias a la fecundidad que le da Aquél que es la a la vez el pan y la vid?

Reuniendo todos nuestros medios para honrar a estos gloriosos habitantes de la corte celestial, hemos hecho uso de la salmodia, de los himnos, de los cánticos, de las fórmulas más solemnes y tiernas; pero como homenaje a su gloria, nada igualaba a la ofrenda del Sacrificio. Allí, entrábamos en comunicación directa con ellos, según la enérgica expresión de la Iglesia en el canon de la Misa (communicantes). Adoran ellos eternamente a la Santísima Trinidad por Jesucristo y en Jesucristo; por el Sacrificio nos uníamos a ellos en el mismo centro, mezclábamos nuestros homenajes con los suyos, y para ellos resultaba un aumento de honra y de felicidad. La Sagrada Eucaristía, Sacrificio y Sacramento, siempre nos estaba presente; y, si en estos días debemos ¡recogernos para mejor comprender la grandeza y poder infinitos, si debemos esforzarnos por gozar con más plenitud la inefable suavidad, no es un descubrimiento que se nos muestra de súbito: se trata del elemento que el amor de Cristo nos dejó preparado, y del cual usamos ya, para entrar en relación directa con Dios y rendirle nuestros deberes más solemnes y a la vez más íntimos.


Primera Fiesta del Corpus

Sin embargo, el espíritu que gobierna a la Iglesia, debía inspirarla un día el pensamiento de establecer una solemnidad particular (Aqui termina el texto de Dom Guéranger) en honor del misterio augusto en que se contienen los demás. El elemento sagrado que da a todas las fiestas del año su razón de ser y las ilumina con su propio resplandor, la Eucaristía, pedía por sí misma una fiesta en relación con la magnificencia de su objeto.

Pero esta exaltación de la Hostia, sus marchas triunfales, tan justamente caras a la piedad cristiana de nuestros días, eran imposibles en la Iglesia del tiempo de los mártires. No fueron usadas después de la victoria, porque no formaban parte en la manera y espíritu de las formas litúrgicas primitivas, que continuaron en uso por mucho tiempo. En primer lugar eran menos necesarias y como superfluas para la fe viva de aquella edad: la solemnidad del Sacrificio mismo, la participación común en los Misterios sagrados, la alabanza no interrumpida de los cantos litúrgicos que irradiaban alrededor del altar, daban a Dios homenaje y gloria, mantenían la exacta noción del dogma, y tenían en el pueblo una sobreabundancia de vida sobrenatural que ya no se encuentra en la época siguiente. El memorial divino daba sus frutos: las intenciones del Señor al Instituir el misterio, se habían cumplido, y el recuerdo de esta institución, celebrada entonces como en nuestros días en la Misa de Jueves Santo, quedaba grabada profundamente en el corazón de los fieles.


La Debilitación de la Fe

Así fué hasta el s. XIII; pero entonces, y por consecuencia del enfriamiento que constata la Iglesia a principios de este siglo-la fe se debilitó, y con ella, la robusta piedad de las antiguas naciones cristianas. En esta decadencia progresiva, que no debía detener las maravillas de la santidad individual, era de temer que el adorable Sacramento, que es el misterio de la fe por esencia, tuviese que sufrir más que ningún otro, de la indiferencia y frialdad de las nuevas generaciones. Ya en diversas partes y por inspiración del infierno, había aparecido alguna negación sacrilega de la Sagrada Eucaristía, conmoviendo a los fieles, si bien estaban aún demasiado apegados generalmente a sus tradiciones para dejarse seducir, pero que puso en guardia a los pastores y que hizo ya sus víctimas.


Las Herejías Sacramentarias

Escoto Erígena había elaborado la fórmula de la herejía Sacramentaría. La Eucaristía no era para él sino "un signo, una figura de la unión espiritual con Jesús, percibida por sola la inteligencia'". Su necia pedantería tuvo poca resonancia, y no prevaleció contra la tradición católica expuesta en los sabios escritos de Pascasio Radberto, Abad de Corbeya. Renovados en el s. xi por Berengario, los sofismas de Escoto turbaron aún más seriamente y por más tiempo la Iglesia de Francia, sin que por eso sobreviviesen a la sutil vanidad de su segundo padre. El infierno avanzaba poco en sus ataques demasiado directos aún; alcanzó mejor su fin por caminos desviados. El imperio bizantino favorecía los restos de la secta maniquea, que, mirando la carne como la obra del principio malo, arruinaba a la Eucaristía por su base. Mientras Berengario, ávido de gloria, dogmatizaba con estrépito sin provecho para el error, Tracia y Bulgaria dirigían sus apóstoles silenciosamente hacia Occidente. Lombardía, las Marcas y Toscana fueron infectadas; pasados los montes, la impura chispa cayó a la vez sobre varios puntos del reino cristianísimo. Orleans, Toulouse, Arrás, vieron el veneno entrar por sus muros. Se creyó haber sofocado el mal en su origen, con enérgicas represiones, pero el contagio se extendía a ocultas. Tomando el mediodía de Francia por base de sus operaciones, la herejía se organizó solapadamente durante todo el s. XII; tales fueron sus disimulados progresos, que quitándose la careta por fin, pretendió, a principios del s. xin, sostener con las armas en la mano sus dogmas impíos. Fueron necesarios ríos de sangre para someterla y quitarla sus plazas fuertes; y mucho tiempo aún después de la derrota de la insurrección armada, la Inquisición tuvo que vigilar activamente las provincias infectadas por el azote de los Albigenses.


La Visión de la Bienaventurada Juliana

Simón de Monforte fué el paladín de la fe. Pero al tiempo mismo en que el brazo victorioso del héroe cristiano abatía a la herejía, Dios preparaba a su Hijo, indignamente ultrajado por los sectarios en el Sacramento de su amor, un triunfo más pacifico y una reparación más completa. En 1208, una humilde religiosa hospitalaria, la Beata Juliana de Mont-Cornillon, cerca de Lie ja, tuvo una visión misteriosa en que se le apareció la luna llena, faltando en su disco un trozo. Después de dos años le fué revelado que la luna representaba la Iglesia de su tiempo, y que el pedazo que faltaba, indicaba la ausencia de una solemnidad en el Ciclo litúrgico. Dios quería dar a entender que una fiesta nueva debía celebrarse cada año para honrar solemne y distintamente la institución de la Eucaristía; porque la memoria histórica de la Cena del Señor en el Jueves Santo, no respondía a las necesidades nuevas de los pueblos inquietados por la herejía; y no bastaba tampoco a la Iglesia, ocupada por otra parte entonces por las importantes funciones de ese día, y absorbida pronto por las tristezas del Viernes Santo.

Al mismo tiempo que Juliana recibía esta comunicación, la fué mandado poner manos a la obra y hacer conocer al mundo la divina voluntad. Veinte años pasaron antes de que la humilde y tímida virgen se lanzase a tomar sobre sí tal iniciativa. Se abrió por fin a un canónigo de San Martín de Lie ja, llamado Juan de Lausanna, a quien estimaba singularmente por su gran santidad, y le pidió tratase del objeto de su misión con los doctores. Todos acordaron reconocer que no sólo nada se oponía al establecimiento de la fiesta proyectada, sino que resultaría, por el contrario, un aumento de la gloria divina y un gran bien de las almas. Animada por esta decisión, la Bienaventurada hizo componer y aprobar para la futura fiesta un oficio propio, que comenzaba por estas palabras: Animarum, cibus, del que quedan todavía algunos fragmentos,


La Fiesta del Corpus Christi

La Iglesia de Lieja, a quien la Iglesia universal debía ya la fiesta de la Santísima Trinidad, estaba predestinada al nuevo honor de dar origen a la fiesta del Santísimo Sacramento. En 1246, después de tanto tiempo y de obstáculos innumerables, Roberto de Toróte, obispo de Lieja, estableció por decreto sinodal que, cada año, el Jueves después de la Trinidad, todas las iglesias de su diócesis deberían observar en lo sucesivo, con abstención de obras serviles y ayuno preparatorio, una fiesta solemne en honor del inefable Sacramento del Cuerpo del Señor.

La fiesta del Santísimo Sacramento fué, pues, celebrada por primera vez en esta insigne iglesia, en 1247. El sucesor de Roberto, Enrique de Gueldre, guerrero y gran señor, tuvo ocupaciones muy distintas que su predecesor. Hugo de Saint-Cher, cardenal de Santa Sabina, legado en Alemania, habiendo acudido a Lieja para poner remedio a los desórdenes que se producían en el nuevo gobierno, oyó hablar del decreto de Roberto y de la nueva solemnidad. Siendo prior en otro tiempo y provincial de los P'railes Predicadores, fué uno de los que, consultados por Juan de Lausanna, habían alabado el proyecto. Consideró honroso para sí celebrar la fiesta y cantar la Misa con gran pompa. Además, por ordenanza con fecha del 29 de Diciembre de 1253, dirigida a los Arzobispos, Obispos, Abades y fieles del territorio de su legación, confirmó el decreto del obispo de Lieja, y lo extendió a todas las tierras de su jurisdicción, concediendo indulgencia de cien días a todos los que, contritos y confesados, visitasen piadosamente las iglesias en que se hacía el oficio de la fiesta, el mismo día, o la Octava. El año siguiente, el cardenal de San Jorge del Velo de Oro, que le sucedió en su legación, confirmó y renovó las ordenanzas del cardenal de Santa Sabina. Pero estos decretos reiterados no pudieron triunfar de la frialdad general; y tales fueron las maniobras del enemigo, que se sentía herido hasta lo más hondo, que después de la salida de los legados, se vió a eclesiásticos de gran renombre y constituidos en dignidad oponer a las ordenanzas sus decisiones particulares. Cuando murió la Bienaventurada Juliana, en 1258, la iglesia de San Martín fué la única en celebrar la fiesta, ella que había tenido la misión de establecerla en el mundo entero. Pero dejaba, para continuar su obra, una piadosa reclusa, por nombre Eva, que fué la confidente de sus pensamientos.


La Extensión de la Fiesta a la Iglesia Universal

El 29 de Agosto de 1261, Santiago Pantaleón subía al trono pontificio con el nombre de Urbano IV. Había conocido a la Bienaventurada Juliana cuando era Arcediano de Lieja, y había aprobado sus planes. Eva creyó ver en esta exaltación una señal de la Providencia. A instancias de la reclusa, Enrique de Gueldre, escribió al nuevo Papa para felicitarle y pedirle confirmase con su aprobación suprema la fiesta instituida por Roberto de Toróte. Al mismo tiempo, diversos prodigios, y especialmente el del corporal de Bolsena, ensangrentado por una hostia milagrosa casi a los ojos de la corte pontificia, que residía entonces en Orvieto, vinieron como a urgir a Urbano de parte del cielo y a afianzar el buen celo que antes había manifestado por la honra del Santísimo Sacramento. Santo Tomás de Aquino fué encargado de componer según el rito romano el Oficio que debía reemplazar en la Iglesia al de la Bienaventurada Juliana, adaptado por ella al rito de la antigua liturgia francesa. La bula Transiturus dió en seguida a conocer al mundo las intenciones del Pontífice: Urbano IV, recordando las revelaciones de que había tenido conocimiento en otro tiempo, establecía en la Iglesia Universal, para la confusión de la herejía y la exaltación de la fe ortodoxa, una solemnidad especial en honor del augusto memorial dejado por Cristo a su Iglesia. El día señalado para esta fiesta era la Feria quinta o Jueves después de la Octava de Pentecostés.

Parecía que la causa quedaría por fin terminada; pero los trastornos que asolaban entonces a Italia y al Imperio, hicieron olvidar la bula de Urbano IV, antes de que pudiera ser puesta en ejecución. Más de cuarenta años pasaron antes que de nuevo fuera promulgada y confirmada por Clemente V en el Concilio de Viena. Juan XXII, insertándola en el Cuerpo del Derecho en las Clementinas, la dió fuerza de ley definitiva, y tuvo así la gloria de dar la última mano, hacia el año 1318, a esta gran obra cuya conclusión había exigido más de un siglo.


El Deseo del Corazón Humano

Contra esta fiesta y su divino objeto, los hombres han repetido las palabras: ¿Cómo puede hacerse esto? ' y la razón parecía justificar sus dichos contra lo que llamaban las pretensiones insensatas del corazón del hombre.

Todo ser tiene sed de felicidad, y, con todo eso, no aspira más que al bien de que es capaz; porque la condición del bien es no encontrarse más que en la plena satisfacción del deseo que le persigue.

El hombre, como todo lo que vive alrededor suyo, tiene sed de dicha; y con todo eso, él solo en este mundo siente en sí aspiraciones que sobrepasan inmensamente los límites de su frágil naturaleza. Dios, al revelársele por sus obras, de una manera correspondiente a su naturaleza creada; Dios, causa primera y fin universal, perfección sin límites, belleza infinita, bondad suma, objeto bien digno de aquietar para siempre, colmándolos, su inteligencia y su corazón: Dios así conocido, así gustado, no basta al hombre. Este ser de la nada quiere el infinito en su sustancia; suspira por la paz del Señor y por su vida íntima. La tierra a sus ojos es desierto sin salida, sin agua para apagar su sed; "como el ciervo, exclama, busca el agua de las fuentes, así mi alma aspira a ti, oh Dios! ¡Mi alma tiene sed del Dios fuerte, del Dios vivo! ¡Oh! ¿Cuándo iré, cuándo apareceré ante la cara de Dios?"

¡Entusiasmo extraño seguramente para la fría razón! ¡Aspiraciones, al parecer, verdaderamente insensatas! Esta vista de Dios, esta vida divina, este festín cuyo alimento será Dios mismo, ¿podrá algún día hacer el hombre que estas sublimidades no queden infinitamente por encima de las potencias de su naturaleza, como de toda naturaleza creada? Un abismo le separa del objeto que le encanta, y no es otro que 1a, enorme desproporción de la nada al ser. El acto creador con toda su omnipotencia no puede por sí solo llenar el abismo; y para que la desproporción cesase de ser un obstáculo a la unión deseada, sería menester que Dios mismo salvase la distancia y se dignase comunicar a este hijo de la nada sus propias energías. Mas ¿qué es el hombre para que el Ser supremo, cuya magnificencia está por encima de los cielos, rebaje hasta él su excelencia?


Respuesta del Amor Infinito

Dios es amor; y lo admirable no es que nosotros hayamos amado a Dios, sino que El mismo se nos haya anticipado con su amor. Ahora bien, el amor reclama la unión, y la unión requiere semejanza1. ¡Oh riquezas de la naturaleza divina, en la que se manifiestan, del mismo modo infinitos, el Poder, la Sabiduría y el Amor, que constituyen la Trinidad Augusta! ¡Gloria a Ti, Espíritu Santo, cuyo reino, apenas comenzado, ilumina con sus rayos nuestros ojos mortales! ¡En esta semana que nos ve comenzar contigo el inventario de los preciosos dones dejados en nuestras manos por el Esposo al subir al cielo 2, en este primer Jueves que nos recuerda la Cena del Señor, descubres a nuestros corazones la plenitud, el objeto, la admirable armonía de las obras que realiza el Dios uno en su esencia y trino en sus personas; en el velo de las especies sagradas ofreces a nuestros ojos el memorial vivo de las maravillas realizadas por el concierto de la Omnipotencia, la Sabiduría y el Amor! 3 La Eucaristía sola podía, efectivamente, poner en pleno esplendor el desenvolvimiento en el tiempo, la marcha progresiva de los divinos designios inspirados por el amor que los conduce hasta el fin.


Alabanza a la Sabiduría Eterna

Oh Sabiduría, salida de la boca del Altísimo, que abarcas de un extremo a otro y dispones todas las cosas con fortaleza y suavidad implorábamos en el tiempo de Adviento tu venida a Belén, la casa del pan; eran la aspiración primera de nuestro corazón. El día de tu gloriosa Epifanía manifestó el misterio de las bodas y reveló al Esposo; la Esposa fué preparada en las aguas del Jordán; cantamos a los Magos que se dirigían con presentes al festín figurativo, y a los comensales que bebían vino milagroso. Mas el agua cambiada en vino, presagiaba aun más excelsas maravillas. La viña, la verdadera viña cuyos sarmientos somos nosotros, dió flores embalsamadas y frutos de gracia y honor. El trigo abunda en los valles y éstos cantan un himno de alabanza. 

Sabiduría, noble soberana, cuyos atractivos divinos cautivan desde la infancia los corazones ávidos de la verdadera hermosura; ¡ha llegado por fin, el día del verdadero festín de las bodas! Como una madre llena de honor, acudes a alimentarnos con el pan de vida, a embriagarnos con la bebida saludable. Es mejor tu fruto que el oro y la piedra preciosa, mejor tu sustancia que la plata más pura. Los que Te comen, volverán a tener hambre; los que Te beben, no apagarán su sed. Porque tu conversación no tiene nada de amargo, tu compañía nada de hastío; contigo están la alegría y el júbilo, las riquezas, la gloria y la virtud.

En estos días que elevas tu trono en la asamblea de los santos, sondeando a placer los misterios del divino banquete, deseamos publicar tus maravillas, y en unión contigo, cantar tus alabanzas ante los ejércitos del Altísimo. Dígnate abrir nuestra boca y llenarnos de tu Espíritu, divina sabiduría, a fin de que nuestra alabanza sea digna de su objeto y abunde, conforme a tu promesa, en la boca de tus adoradores.


La Procesión 

¿Quién es ésta que viene embalsamando el desierto del mundo con una nube de incienso, de mirra y de toda suerte de perfumes? La Iglesia rodea la litera de oro en que aparece el Esposo en su gloria. Junto a El están ordenados los fuertes de Israel, sacerdotes y levitas del Señor poderosos ante Dios. Hijas de Sión, salid a su encuentro, contemplad al verdadero Salomón en el esplendor de la diadema que le puso su madre en el día de sus bodas y de la alegría de su corazón '. Esta diadema es la carne que recibió el Verbo de la purísima Virgen cuando tomó a la humanidad por Esposa2. Por este cuerpo perfectísimo y por esta carne sagrada, se perpetúa todos los días, en el altar, el inefable misterio de las bodas del hombre y la Sabiduría eterna. Para el verdadero Salomón, pues, cada día es también el día de la alegría del corazón y de goces nupciales. ¿Qué más natural que, una vez al año, la Iglesia dé libre curso a sus transportes hacia el Esposo oculto bajo los velos del Sacramento? Por esta razón el sacerdote consagra hoy dos hostias y después de consumir una, coloca la otra en la custodia, que respetuosamente llevada en sus manos, atravesará bajo palio, al canto de himnos, las filas de la muchedumbre prosternada.


Resumen Histórico

Este solemne homenaje hacia la Eucaristía, como hemos dicho más arriba, es de origen más reciente que la fiesta del Corpus. Urbano IV no habla aún en su bula de institución, en 1264. Por el contrario, Martín V y Eugenio IV, en sus Constituciones citadas anteriormente, (26 de mayo 1429 y 26 de mayo 1433), prueban que estaba en uso en su tiempo, pues conceden indulgencias a los que la siguen. El milanés Donato Bossius refiere en su crónica, que "el Jueves 29 de Mayo de 1404, se llevó solemnemente por vez primera el Cuerpo de Cristo por las calles de Pavía, como se ha usado después." Algunos autores concluyeron que la procesión del Corpus no remontaba más allá de esta fecha y debía su primer origen a la Iglesia de Pavía. Pero esta conclusión va más allá del texto sobre el que se apoya, que acaso no expresa más que un hecho de la crónica local.

En efecto, encontramos mencionada la Procesión en un título manuscrito de la Iglesia de Chartres 1330, en un acta del capítulo de Tournai 1325, en el concilio de París 1323, y en 1320 en el de Sens. Fueron concedidas indulgencias por estos dos concilios a la abstinencia y ayuno de la vigilia del Corpus, y se añade: "En cuanto a la Procesión solemne que se hace el Jueves de la fiesta llevando el Santísimo Sacramento, como parece que es por una inspiración divina por la que se ha introducido en nuestros días, no establecemos nada al presente, dejándolo todo a la devoción del clero y del pueblo". La iniciativa popular, pues, parece que tuvo gran parte en esta institución. Y así como Dios había escogido un Papa francés para establecer la fiesta, así también de Francia se extendió poco a poco por todo el Occidente este glorioso complemento de la solemnidad del Misterio de la fe. (Luego del Concilio de 1311, en que definitivamente se promulgó la fiesta, Vienne adoptó por armas el olmo coronado de un cáliz y una hostia rodeada de estas palabras: Vienna civitas sonata.)

Mas parece probable que, al principio, la Hostia no era en todos los lugares llevada al descubierto como hoy día en las procesiones, sino solamente velada o encerrada en una píxide o cajita preciosa. Así se llevaba desde el siglo xi en algunas Iglesias, en la procesión de Ramos y aun en la de Resurrección. En otro lugar hemos hablado de esas manifestaciones solemnes que, por lo demás, tenían menos por objeto honrar directamente al Santísimo sacramento, que hacer más palpable el misterio del día. De cualquier modo que sea, el uso de las custodias u ostensorios, como las llama el concilio de Colonia, año 1452, siguió de cerca el establecimiento de la nueva procesión.


Doctrina del Concilio de Trento

Con todo eso, la herejía protestante trató pronto de novedad, de superstición, de idolatría odiosa, estos desenvolvimientos naturales del culto católico inspirados por la fe y el amor. El concilio de Trento castigó con el anatema las recriminaciones de los sectarios y en un capítulo especial, justificó a la Iglesia en términos que no podemos dejar de reproducir: "El santo Concilio declara piadosa y santísima la costumbre que se ha introducido en la Iglesia, de dedicar cada año una fiesta especial para celebrar, todo lo posible, el augusto Sacramento, así como llevarle en procesión por las calles y plazas públicas con pompa y honor. Es justo que se establezcan ciertos días en que los cristianos, con una manifestación solemne y particular, den testimonio de su gratitud y piadoso recuerdo hacia el Señor y Redentor, por el beneficio inefable y divino que pone ante nuestros ojos la victoria y triunfo de su muerte. Convenía además que la verdad victoriosa triunfase de la mentira y herejía, de tal suerte que sus adversarios, en medio de tal esplendor y tan grande alegría de toda la Iglesia, o pierdan ánimos, o, llenos de confusión, vengan, en fin, a arrepentimiento"2.


Bellezas del Corpus

Mas nosotros católicos, fieles adoradores del Santísimo Sacramento, ¡"con qué alegría" exclama el elocuente Padre Fáber, "debemos contemplar esta resplandeciente e inmensa nube de gloria que la Iglesia hace hoy subir hacia Dios! ¡Sí, se diría que el mundo está aún en su estado de fervor e inocencia, primitivas! Mirad estas gloriosas procesiones que con sus estandartes resplandecientes por el sol, se desarrollan en las plazas de las opulentas ciudades, por la calles de los pueblos cristianos cubiertas de flores, bajo las bóvedas venerables de las antiguas basílicas y a lo largo de los jardines de los Seminarios, asilos de piedad. En esta aglomeración de pueblos, el color del rostro y la diversidad de lenguas no son sino nuevas pruebas de la unidad de esta fe que todos se regocijan de profesar por la voz del magnífico ritual Romano. ¡En cuántos altares de distinta arquitectura, adornados con las flores más suaves y resplandecientes, en medio de nubes de incienso, al son de cantos sagrados y en presencia de una multitud prosternada y recogida, el Santísimo Sacramento es elevado sucesivamente para recibir las adoraciones de los fieles, y descendido para bendecirlos! ¡Cuántos actos inefables de fe y de amor, de triunfo y reparación, cada una de estas cosas nos representan! El mundo entero y el aire de la primavera se llenan de cantos de alegría. Los jardines se despojan de las bellas flores, que manos piadosas arrojan al paso de Dios, oculto en el Santísimo Sacramento. Las campanas tocan a lo lejos sus graciosos carrillones. El Papa en su trono y la doncella de su aldea, las religiosas claustradas y los ermitaños solitarios, los obispos, los dignatarios y predicadores, los emperadores, los reyes y los principes, todos piensan hoy en el Santísimo Sacramento. Las ciudades se ven iluminadas, las moradas de los hombres se animan con trasportes de alegría. Es tal el gozo universal, que los hombres se entregan a él sin saber por qué, y que se comunica de rechazo a todos los corazones donde reina la tristeza, a los pobres, a todos los que lloran su libertad, su familia o su patria. Toaos estos millones de almas que pertenecen al pueblo regio y al linaje espiritual de San Pedro, están hoy más o menos preocupados con la idea del Santísimo Sacramento; de suerte que la Iglesia militante entera salta de un gozo y de una emoción semejante al oleaje del mar agitado. El pecado parece olvidado; las lágrimas mismas parecen arrancadas más bien por la abundancia dé felicidad que por la penitencia. Es una embriaguez semejante a la que transporta al alma a su entrada en el cielo; o bien se diría que la tierra se convierte en cielo, como podría suceder por efecto de la alegría de que la inunda el Santísimo Sacramento".

Durante la procesión se cantan los himnos del oficio del día, el Lauda Sion, el Te Deum, y según la duración del trayecto, el Benedictus, el Magníficat u otras piezas litúrgicas, que tienen alguna relación con la fiesta, como los himnos de la Ascensión indicados en el Ritual. De vuelta a la Iglesia, la función se acaba como las exposiciones ordinarias, con el canto del Tantum ergo, del verso y la oración del Santísimo Sacramento. Mas después de la Bendición solemne, el Diácono expone la Sagrada Hostia sobre el trono, donde los fieles la formarán, durante ocho días, una guardia amorosa y solícita.

No debemos concluir esta festividad sin mencionar, aunque sea brevemente la gran devoción que en España se viene teniendo, ya de antiguo, al Santísimo Sacramento, y el esplendor con que en siglos pasados se celebró y sigue celebrándose hoy día la gran fiesta del Corpus y su Procesión. Esta veneración hacia Jesús Sacramentado la testimoniaron de consuno el arte y la literatura. El arte nos ha legado un tesoro inmenso de custodias que son verdaderas joyas, cuajadas de primores artísticos no menos que de materias preciosas. La literatura nos ofrece una riquísima copia de Autos Sacramentales en que el ingenio y la doctrina de nuestros dramaturgos clásicos, derrochó galanuras de elocuencia y poesía e hizo de nuestro pueblo un pueblo que podríamos llamar teólogo.

Esta devoción al Santísimo, junto con la de la Inmaculada Madre del Verbo hecho Hombre, la supieron inocular nuestros misioneros en toda la América Española, que, si tenía a gala en competir antiguamente con la Madre Patria en rendir honores al Dios de la Hostia, hoy conserva todavía esa singular veneración al más augusto de los misterios del cristianismo. ¡Gloria a la España Católica, y gloria a las naciones por ella cristianizadas!

lunes, 13 de junio de 2022

San Antonio de Padua, Confesor y Doctor de la Iglesia

 






SAN ANTONIO DE PADUA, CONFESOR
Y DOCTOR DE LA IGLESIA


El Canónico Regular

De los hijos de San Francisco de Asís, el más conocido, el más poderoso ante los hombres y ante Dios, es S. Antonio, cuya fiesta celebramos hoy.

Su vida fue corta: a los treinta y cinco años volaba al cielo. Pero este corto número de años no impidió al Señor preparar a su elegido para la alta misión que debía cumplir: tan verdad es que, en los hombres apostólicos, lo que importa a Dios, que debe hacer de ellos el instrumento de salvación de muchas almas, no es tanto el tiempo que podrían dedicar a las obras exteriores, cuanto su propia santificación y su abandono absoluto a los designios de la Providencia. Se diría que la Sabiduría eterna se complacía en destruir hasta los últimos momentos todos los planes de S. Antonio. De sus veinte años de vida religiosa, pasó diez con los canónigos regulares, adonde el divino llamamiento dirigió los pasos de su graciosa inocencia cuando contaba quince años. Allí su alma seráfica se eleva a las alturas, que la retienen para siempre, al parecer, en el secreto de la paz de Dios, cautivada por los esplendores de la Liturgia, el estudio de las Sagradas Escrituras y el silencio del claustro. 


El Fraile Menor

De pronto el Espíritu divino le invita al martirio: y le vemos abandonar su claustro amado y seguir a los Frailes Menores a playas en las cuales muchos han recibido ya la palma gloriosa. Pero el martirio que le espera, es el del amor; enfermo, reducido a la impotencia antes que su celo haya podido trabajar en el suelo africano, la obediencia le llama a España, y he aquí que una tempestad le arroja a las costas de Italia. Por entonces S. Francisco de Asís reunía por tercera vez, después de su fundación, a toda su admirable familia. Antonio apareció allí, tan humilde, tan modesto, que nadie se preocupó de él. El ministro de la provincia de Bolonia fue quien le recogió, y, no encontrando en él ninguna capacidad para el apostolado, le señaló como residencia la ermita del monte de S. Pablo. Su cargo fue el de ayudar al cocinero y barrer la casa. Durante este tiempo, los canónigos de S. Agustín lloraban a aquel que poco antes había sido la gloria de su orden por su nobleza, su ciencia y su santidad. 


El Predicador

Pero luego sonó la hora que la Providencia se había reservado para manifestar al mundo a su siervo Antonio. Una alocución que inopinadamente tuvo que dirigir a sus hermanos jóvenes, revela tan maravillosa elocuencia, que sus superiores, reconociendo su yerro, en seguida le hacen predicador. Los prodigios continuos, en el orden natural y de la gracia, aureolan los púlpitos en que predica el humilde fraile. En Roma, mereció el glorioso título de arca del Testamento. En Bolonia y en el norte de Italia convirtió a multitudes de herejes, y en la última cuaresma que predicó en Lombardía, introdujo profundas reformas sociales en favor de los pobres y desgraciados. En Padua, en Verona, le pidieron frecuentemente su intervención en los negocios temporales. Nos es imposible seguir en todos sus pasos su estela luminosa; pero no podemos olvidar que pertenece a Francia una gran parte de los años de su poderoso ministerio. 


San Antonio y Francia

San Francisco había deseado ardientemente evangelizar personalmente a Francia infestada en gran parte por la herejía; pero, al menos, envió a su hijo más querido, a su imagen viviente. Lo que había sido Santo Domingo en la primera cruzada contra los albigenses, lo fue Antonio en la segunda; y entonces fue cuando mereció el apelativo de martillo de la herejía. Desde la Provenza a Berry, todas las provincias se ven removidas por su ardiente palabra. Predica en Bourges, en Limoges y Arlés. Fue guardián en Lemousín. Fundó el convento de Brive, en el cual se muestran aún las grutas que habitó. De todas partes acudían las multitudes a oírle. En medio de sus triunfos y sus fatigas, el cielo fortalece con deliciosos favores su alma, que ha permanecido como la de un niño. En una casa solitaria del Limousín, el Niño Jesús, radiante con una admirable belleza, descendió un día a sus brazos, le prodigó sus caricias y le pidió las suyas. Un día de la Asunción, que estaba muy triste con ocasión de cierto pasaje del Oficio de aquella época, poco favorable a la subida de Nuestra Señora al cielo en cuerpo y alma, la Virgen fue a consolarle en su pobre celda, le aseguró la verdadera doctrina y le dejó extasiado por el encanto de su rostro y de su voz melodiosa. 


Los Objetos Perdidos

Se cuenta que en la ciudad de Montpellier, donde enseñaba teología a los Frailes, como desapareciese su Comentario a los Salmos, el mismo Satanás obligó al ladrón a devolver el libro cuya pérdida tanta pena causaba al santo. Muchos ven en este hecho el origen de la devoción que reconoce a S. Antonio como el patrón de los objetos perdidos: devoción que se apoya desde su origen en los milagros más resonantes y que se halla confirmada hasta nuestros días por gracias incontables. 


Vida

Antonio nació en Lisboa hacia 1195. Admitido a la edad de quince años en los Canónigos Regulares de San Vicente de Fora en esta misma ciudad, fue enviado dos años más tarde al Monasterio de Sta. Cruz de Coimbra para cursar sus estudios. En 1220, anhelando el martirio, entró en los Frailes Menores, que le mudaron su nombre de Fernando por el de Fray Antonio de Olivares. Aquel mismo año partió a Marruecos, pero, al cabo de algunas semanas, una enfermedad le forzó a reembarcar. Arrojado por una tempestad a Sicilia, tuvo que quedarse en Italia. En 1221, asistió al capítulo general, del cual le enviaron a la ermita de San Pablo cerca de Forli. Poco después comenzó su carrera de predicador en Italia del Norte y de 1223 a 1226 en Francia. Fijóse finalmente en Padua, donde murió el 13 de Junio de 1231. Al año siguiente le canonizó Gregorio IX; y, como las obras que nos dejó, manifiestan sus dones de teólogo, apologista, exégeta y moralista, Pío XII en 1946 le proclamó Doctor de la Iglesia. 


El Espíritu de Infancia

La sencillez de tu alma, glorioso S. Antonio, hizo de ti el dócil instrumento del Espíritu del amor. La infancia evangélica es el tema del primero de los discursos que dedica a tu alabanza el Doctor seráfico; la Sabiduría, que fue en ti el fruto de esta infancia bendita, forma el tema del segundo. Fuiste prudente, oh Antonio, porque desde tus primeros años procuraste alcanzar la Sabiduría eterna, y, no queriendo que se alejase de ti, tuviste gran cuidado de encerrar tu amor en el claustro, en presencia de Dios, para saborear sus delicias. No ambicionabas más que el silencio y la obscuridad en su divino trato; y, aún aquí en la tierra, tuvo ella sus delicias en adornarte con toda clase de resplandores. Iba ante ti; tú la seguías gozoso, únicamente por ella sola, sin saber que encontrarías todos los bienes con su compañía.  (Sap., VII) ¡Feliz infancia, a la cual ahora, como en tu tiempo, ha reservado Dios la Sabiduría y el amor! 


El Defensor de la Fe

Como recompensa a tu sumisión amorosa al Padre celestial, los pueblos te obedecieron, los tiranos más feroces temblaron a tu voz. (Sap., VIII, 14-15). Sólo la herejía se negó una vez a escuchar tu palabra, pero los peces salieron a tu defensa, pues, vinieron en masa, ante las miradas de toda una ciudad, a escuchar la palabra que no quisieron recibir los sectarios. Mas ¡ay!, el error, que no acudía a oír tu voz, no se contenta ahora con eso; quiere hablar solo. Cambiando de forma, renaciendo siempre, intrigando en todos los países por medio del comunismo ateo y la masonería, todo el mundo aspira ese veneno. Oh tú, que todos los días socorres a tus devotos en sus necesidades privadas, tú que tienes ahora en el cielo el mismo poder que tuviste sobre la tierra, socorre a la Iglesia, al pueblo de Dios y a la sociedad, más universal y profundamente perseguida que nunca. Oh Arca del Testamento, vuelve al estudio de la Sagrada Escritura a nuestra generación sin fe y sin amor; martillo de la herejía, hiere con esos golpes que regocijan a los ángeles y hacen temblar al infierno.

domingo, 12 de junio de 2022

Fiesta de la Santísima Trinidad





FIESTA DE LA SANTISIMA TRINIDAD


RAZÓN DE ESTA FIESTA Y DE SU TARDÍA INSTITUCIÓN

Vimos a los Apóstoles el día de Pentecostés, recibir al Espíritu Santo, y, fieles al mandato del Maestro, partir cuanto antes a enseñar a todas las naciones y a bautizar a los hombres en nombre de la Santísima Trinidad. Era natural que la solemnidad cuyo objeto es honrar a Dios uno en tres personas, siguiese inmediata a la de Pentecostés, con quien se une por misterioso lazo. Sin embargo, hasta después de muchos siglos no fué admitida en el Año Litúrgico, que va completándose en el curso de los tiempos.

Todos los homenajes que la Liturgia rinde a Dios, tienen por objeto a la Santísima Trinidad. Los tiempos son tan suyos como la eternidad; ella es el término de toda nuestra religión. Cada día, cada hora la pertenecen. Las fiestas instituidas para conmemorar los misterios de nuestra salvación, siempre tienen fin en ella. Las de la Santísima Virgen y de los Santos son otros tantos medios que nos conducen a la glorificación del Señor, único en esencia y trino en personas. El Oficio divino del Domingo en particular, encierra cada semana la expresión especialmente formulada de la adoración y del servicio hacia este misterio, fundamento de los demás y fuente de toda gracia.

Se comprende, por lo mismo, por qué la Iglesia tardó tanto en instituir una fiesta especial en honor de la Santísima Trinidad. La causa ordinaria de la institución de las fiestas faltaba aquí por completo. Una fiesta es el monumento de un hecho que se ha realizado en el tiempo, y cuyo recuerdo e influencia es oportuno perpetuar; ahora bien, desde toda la eternidad, antes de toda creación, Dios vive y reina, Padre, Hijo y Espíritu Santo. Esta institución no podía, pues, consistir sino en señalar en el Calendario un día particular en que los cristianos se uniesen de un modo más directo en la glorificación solemne del misterio de la unidad y de la trinidad en una misma naturaleza divina.


SÍNTESIS HISTÓRICA DE ESTA FIESTA

La idea nació primero en algunas de esas almas piadosas y amantes de la soledad, que reciben de lo alto el presentimiento de las cosas que el Espíritu Santo ha de obrar más tarde en la Iglesia. En el s. VIII, el sabio monje Alcuino, lleno del espíritu de la Liturgia, creyó llegado el momento de componer una Misa votiva en honor del misterio de la Santísima Trinidad. Y hasta parece haber sido animado a ello por el apóstol de Alemania, San Bonifacio. Esta Misa era sólo una ayuda a la piedad privada, y nada hacía prever la institución de la fiesta que un día había de establecerse. Pero la devoción a esta Misa se extendió poco a poco, y la vemos introducida en Alemania por el Concilio de Seligenstadt en 1022.

Pero ya por esa época una fiesta propiamente dicha de la Santísima Trinidad había sido inaugurada en una iglesia de Bélgica. Esteban, Obispo de Lie ja, instituyó solemnemente la fiesta de la Santísima Trinidad en su Iglesia el 920, y mandó componer un oficio completo en honor del misterio. No existía aún la disposición del derecho común, que ahora reserva a la Sede apostólica la institución de las nuevas fiestas, y Riquier, sucesor de Esteban en la silla de Lie ja, mantuvo la determinación de su predecesor.

Se extendió poco a poco, y la Orden monástica, al parecer, la acogió favorablemente; porque vemos, desde los primeros años del s. xi, que Bernón, abad de Reichenau, se ocupaba de su propagación. En Cluny se estableció la fiesta muy pronto durante este mismo siglo, como se ve por el Ordinario del Monasterio, redactado en 1091, donde se halla mencionada como que estaba instituida desde hacía mucho tiempo.

En el Pontificado de Alejandro II (1061- 1073), la Iglesia Romana, que, a menudo, ha dado fuerza de ley a los usos de Iglesias particulares, adoptándolos, se vió precisada a dar un juicio acerca de esta nueva fiesta. El Pontífice, en una de sus Decretales, constatando que la fiesta estaba ya extendida por muchos lugares, declara que la Iglesia Romana no la ha aceptado, por la razón de que la adorable Trinidad es, sin cesar, invocada todos los días por la repetición de estas palabras: Gloria Patri, et Filio et Spiritui Sancto, y en otras muchas fórmulas de alabanza.

Sin embargo de eso, la fiesta continuaba extendiéndose, como atestigua el Micrologio; y en la primera mitad del s. XII, el Abad Ruperto proclama la conveniencia de esta institución expresándose respecto de ella como lo haríamos hoy: “Después de celebrar la solemnidad de la venida del Espíritu Santo, cantamos la gloria de la Santísima Trinidad en el Oficio del Domingo siguiente; esta disposición es muy oportuna, porque después de la venida de este Espíritu divino, comenzaron la predicación y la creencia, y, en el bautismo, la fe y la confesión del nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo'”.

En Inglaterra la institución de la fiesta de la Santísima Trinidad tuvo por autor principal al Mártir Santo Tomás de Cantorbery; en 1162 instituyóla en su Iglesia, en memoria de su consagración episcopal que tuvo lugar el primer domingo después de Pentecostés. En Francia encontramos en 1260 un Concilio de Arlés, presidido por el Arzobispo Florentino, que, en su canon sexto, proclama solemnemente la fiesta añadiendo el privilegio de una octava. Desde 1230, la Orden Cister cíense, extendida por Europa entera, la instituyó para todas sus casas; y Durando de Mende, en su Rational, da pie para concluir que la mayor parte de las Iglesias latinas, en el curso del s. xm, gozaban ya de la celebración de esta fiesta. Entre estas Iglesias se encontraban algunas que la colocaban, no en el primero, sino en el último domingo después de Pentecostés; y otras que la celebraban dos veces: primero, a la cabeza de los domingos que siguen a la solemnidad de Pentecostés, y después en el domingo que precede inmediatamente al Adviento. Tal era en particular el uso de las Iglesias de Narbona, de Mans y de Auxerre.

Desde entonces se podía prever que la Silla Apostólica acabaría por sancionar una institución que la cristiandad anhelaba ver establecida en todas partes. Juan XXII, que ocupó la cátedra de San Pedro hasta 1334, consumó la obra por un decreto en el que la Iglesia Romana aceptaba la fiesta de la Santísima Trinidad y la extendía a todas las Iglesias.

Si buscamos ahora el motivo que tuvo la Iglesia, dirigida en todo por el Espíritu Santo, al asignar un día especial en el año para rendir homenaje solemne a la Trinidad, cuando todas nuestras adoraciones, todas nuestras acciones de gracias, todos nuestros votos, en todo tiempo suben a ella, lo hallaremos en la modificación que se introducía entonces en el calendario litúrgico. Hasta el año 1000, las fiestas de los Santos umversalmente honrados eran raras. Desde esta época son más numerosas y habría que prever el que se multiplicarían cada vez más. Vendría un tiempo, y duraría siglos, en que el Oficio del Domingo, que está especialmente consagrado a la Santísima Trinidad, cedería frecuentemente el lugar al de los Santos que lleva consigo el curso del año. Era necesario, para legitimar de algún modo el culto de los siervos en el día consagrado a la suma Majestad, que por lo menos una vez al año, el domingo ofreciese la expresión plena y directa de esta religión profunda que el culto de la Santa Iglesia profesa al supremo Señor que se ha dignado revelarse a los hombres en su Unidad inefable y en su eterna Trinidad.


LA ESENCIA DE LA FE

La esencia de la fe cristiana consiste en el conocimiento y adoración de Dios uno en tres personas. De este misterio salen los otros; y, si nuestra fe se nutre de él como de su alimento supremo, aguardando a que su visión eterna nos eleve a una felicidad sin fln, es por haberse complacido el Señor en manifestarse tal cual es, a nuestra humilde inteligencia, quedando en su “luz inaccesible” La razón humana puede llegar a conocer la existencia de Dios como creador de todos los seres, puede tener una idea de sus perfecciones contemplando sus obras; pero la noción del ser íntimo de Dios no puede llegar hasta nosotros, sino por la revelación que se ha dignado hacernos.

Ahora bien, queriendo el Señor manifestarnos misericordiosamente su esencia, a fin de unirnos a El más estrechamente y prepararnos de alguna manera a la visión que debe darnos de El mismo cara a cara en la eternidad, nos ha conducido sucesivamente de claridad en claridad, hasta que seamos suficientemente iluminados para que reconozcamos y adoremos la Unidad en la Trinidad y la Trinidad en la Unidad. Durante los siglos que preceden a la encarnación del Verbo eterno, Dios parece preocupado sobre todo de inculcar a los hombres la idea de su unidad, porque el politeísmo iba siendo el mayor mal del género humano, y la noción misma de la causa espiritual y única de todas las cosas se hubiera apagado sobre la tierra, si la bondad soberana no hubiese mirado constantemente por su conservación.


EL HIJO REVELA AL PADRE

Era preciso que la plenitud de los tiempos llegara; entonces Dios enviaría a este mundo a su Hijo único, engendrado de El eternamente. Realizó este designio de su munificencia, “y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros”. Al ver su gloria, que es la del Hijo único del Padre, sabemos que en Dios hay Padre e Hijo. La misión del Hijo sobre la tierra, como nos reveló El mismo, nos enseña que Dios es Padre eternamenté; porque todo lo que hay en Dios, es eterno. Sin esta revelación, que anticipa en nosotros la luz que esperamos después de esta vida, nuestro conocimiento de Dios quedaría muy imperfecto. Convenía que hubiera relación entre la luz de la fe y la de la visión que nos está reservada, y no bastaba al hombre saber que Dios es uno.

Ahora conocemos al Padre, del cual, como dice el Apóstol, dimana toda paternidad, aun sobre la tierra. El Padre no es sólo para nosotros un poder creador que produce seres fuera de Sí; nuestros ojos, guiados por la fe, penetran hasta el seno de la esencia divina, y allí contemplamos al Padre engendrando un Hijo semejante a El. Pero, para enseñárnoslo, el Hijo bajó a nosotros. Lo dijo expresamente: “Nadie conoce al Padre, sino el Hijo y aquel a quien al Hijo plugo revelarlo'”. ¡Gloria, pues, al Hijo que se dignó manifestarnos al Padre, y gloria al Padre que el Hijo nos ha revelado!

De este modo, la ciencia íntima de Dios nos ha venido por el Hijo, que el Padre, en su amor, nos ha dado; y a fin de elevar nuestros pensamientos hasta su naturaleza divina, este Hijo de Dios que se revistió de nuestra naturaleza humana en su Encarnación, nos enseñó que El y su Padre son uno3, que son una misma esencia en la distinción de las personas. Uno engendra, el otro es engendrado; el uno se dice poder, el otro, sabiduría, inteligencia. El poder no puede existir sin inteligencia, ni la inteligencia sin poder, en el ser soberanamente perfecto; pero uno y otro requieren un tercer término.


EL PADRE Y EL HIJO ENVÍAN AL ESPÍRITU SANTO

El Hijo, enviado por el Padre, subió a los cielos con su naturaleza humana que unió a sí por toda la eternidad. Y ahora el Padre y el Hijo envían a los hombres el Espíritu que procede de uno y otro. Por este nuevo don, el hombre llega a conocer que en Dios hay tres personas. El Espíritu, lazo eterno de las dos primeras, es la voluntad, el amor, en la esencia divina. En Dios está, pues, la plenitud del ser sin principio, sin sucesión, sin aumento, porque nada le falta. En estos tres términos eternos de su sustancia increada, El es acto puro e infinito.


LA LITURGIA, ALABANZA DE LA TRINIDAD

La sagrada Liturgia, que tiene por objeto la glorificación de Dios y la conmemoración de sus obras, sigue cada año las fases de estas manifestaciones, en las que el sumo Señor se declaró por entero a los simples mortales. Bajo los sombríos colores del Adviento, atravesamos un período de espera durante el cual, el refulgente triángulo dejaba apenas penetrar algunos rayos a través de la nube. El mundo imploraba un libertador, un Mesías, y el propio Hijo de Dios debía ser el libertador, el Mesías. Para que comprendiésemos por completo los oráculos que nos le anunciaban, era necesario que El viniese. Un párvulo- nos ha nacido ‘, y tenemos ya la llave de las profecías. Adorando al Hijo, adoramos también al Padre que nos le inviaba en la carne y con quien era consustancial. Este Verbo de Vida, a quien hemos visto, a quien hemos escuchado, a quien nuestras manos han tocado en la humanidad que se dignó tomar, nos convenció que es verdaderamente una persona, que es distinta del Padre, puesto que el uno envía y el otro es enviado. En esta segunda persona divina, encontramos al mediador que unió la creación a su Autor, al redentor de nuestros pecados, a la luz de nuestras almas, al Esposo a quien aspiran.

Al acabarse la serie de los misterios que le son propios, celebramos la venida del Espíritu Santificador, anunciando como quien debía venir para perfeccionar la obra del Hijo de Dios. Le hemos adorado y reconocido como distinto del Padre y del Hijo, que nos lo enviaban con la misión de permanecer con nosotros. Sé ha manifestado en las operaciones divinas que le son propias; porque son el objeto de su venida. Es el alma de la Iglesia, a quien conserva en la verdad que el Hijo la enseñó. Es el principio de la santificación de nuestras almas, donde quiere hacer su morada. En una palabra, el misterio de la Santísima Trinidad ha llegado a ser para nosotros—hijos adoptivos del Padre, hermanos y coherederos del Hijo, movidos y habitados por el Espíritu Santo—no sólo un dogma dado a conocer a nuestra inteligencia por la revelación, sino una verdad conocida prácticamente por nosotros, gracias a la generosidad inaudita de las tres divinas personas.


MISA

Aunque el Sacrificio de la Misa se celebra siempre en honor de la Santísima Trinidad, hoy la Iglesia, en sus cantos, oraciones y lecturas, glorifica más expresamente el gran misterio que es el fundamento de la fe cristiana. Pero se hace conmemoración del Primer Domingo de Pentecostés, para no interrumpir el orden de la Liturgia. La Iglesia emplea para esta solemnidad el blanco, en señal de alegría, y para expresar la sencillez y pureza de la esencia divina.

El Introito no está sacado de las Sagradas Escrituras. Es una fórmula de alabanza propia de ese día, y la Santísima Trinidad está en ella representada como la fuente divina de las misericordias que se han derramado sobre los hombres.


INTROITO

Bendita sea la Santa Trinidad y la indivisible Unidad: alabémosla, porque ha obrado con nosotros su misericordia. — Salmo: Señor, Señor nuestro: ¡qué admirable es tu nombre en toda la tierra! V. Gloria al Padre…


En la colecta, la Iglesia pide para nosotros la firmeza en la fe que nos hace confesar en Dios la Unidad y la Trinidad. Es la primera condición de salvación, el primer lazo con Dios. Con éste venceremos a nuestros enemigos y saldremos triunfantes de todos los obstáculos.


COLECTA

Omnipotente y sempiterno Dios, que diste a tus siervos la gracia de conocer, en la confesión de la verdadera fe, la gloria de la eterna Trinidad, y de adorar la Unidad en la potencia de tu Majestad: suplicárnoste hagas que con la firmeza de la misma fe, seamos protegidos siempre contra toda adversidad. Por nuestro Señor.


CONMEMORACION DEL PRIMER 

DOMINGO DESPUES DE PENTECOSTES


Oh Dios, fortaleza de los que esperan en ti, escucha propicio nuestras súplicas: y, puesto que la flaqueza mortal no puede nada sin ti, danos el auxilio de tu gracia: para que, cumpliendo tus mandatos, te agrademos con la voluntad y con la acción. Por nuestro Señor…


EPÍSTOLA

Lección de la Epístola del Apóstol S. Pablo a los Romanos. (XI, 33-36).


¡Oh profundidad de las riquezas de la sabiduría y de la ciencia de Dios: cuán incomprensibles son sus juicios, y cuán impenetrables sus caminos! Porque, ¿quién ha conocido el secreto de Dios? o ¿quién ha sido su consejero? o ¿quién le dió primero a El para que se le retribuya? Porque de El, y por El y en El existe todo: a El la gloria por los siglos. Amén.


LOS DESIGNIOS DE DIOS

No podemos detener nuestra mente en los decretos divinos sin experimentar una especie de vértigo. Lo eterno e infinito deslumbran nuestra débil razón y esta razón al mismo tiempo los reconoce y los confiesa. Ahora bien, si los designios de Dios sobre las criaturas exceden nuestros alcances, ¿cómo la naturaleza íntima del soberano ser nos será conocida? Sin embargo de eso, distinguimos y glorificamos en esta esencia increada al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo; porque el Padre se ha revelado a sí mismo enviándonos a su Hijo, objeto de sus eternas complacencias; porque el Hijo nos ha manifestado su personalidad tomando nuestra carne, que el Padre y el Espíritu Santo no tomaron con El; porque el Espíritu Santo, enviado por el Padre y el Hijo, ha venido a cumplir en nosotros la misión que recibió de ellos. Nuestros ojos escudriñan estas profundidades sagradas, y nuestro corazón se enternece pensando que, si conocemos a Dios, por sus beneficios es como formó en nosotros la noción de lo que es. Guardemos con amor esta fe, y esperemos con confianza el momento en que cesará para dar lugar a la visión eterna de lo que en este mundo creímos.

El Gradual y el Verso aleluyático respiran alegría y admiración, en presencia de esta elevada majestad que se dignó hacer bajar sus rayos hasta el fondo de nuestras tinieblas.


GRADUAL

Bendito seas tú, Señor, que escrutas los abismos, y te sientas sobre Querubines. 7. Bendito seas tú, Señor, en el firmamento estrellado, y alabado por los siglos.

Aleluya, aleluya, V. Bendito seas tú, Señor, Dios de nuestros padres, y alabado por los siglos. Aleluya.


EVANGELIO

Continuación del Santo Evangelio según S. Mateo. (XXVIII, 18-20).


En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra. Id, pues, enseñad a todas las gentes, bautizándolas en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo: enseñándolas a observar todo cuanto os he mandado. Y he aquí que yo estoy con vosotros hasta la consumación del mundo.


LA FE EN LA TRINIDAD

El misterio de la Santísima Trinidad, manifestado por la misión del Hijo de Dios a este mundo y por la promesa del advenimiento próximo del Espíritu Santo, se intima a los hombres por estas solemnes palabras que Jesús pronunció antes de subir al cielo. Dijo: “El que creyere y se bautizare, será salvo”‘, pero añade que el bautismo será administrado en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Es preciso que en adelante el hombre confiese no sólo la unidad de Dios, abjurando el politeísmo, sino que adore a la Trinidad de personas en la unidad de la esencia. El gran secreto del cielo es una verdad divulgada ahora por toda la tierra.


ACCIÓN DE GRACIAS

Pero si confesamos humildemente a Dios conocido tal cual es en sí, debemos también rendir homenaje con eterno reconocimiento a la gloriosa Trinidad. No sólo se dignó imprimir sus rasgos divinos en nuestra alma, haciéndola a su semejanza; sino que, en el orden sobrenatural, se apoderó de nuestro ser y lo elevó a una grandeza inconmensurable: El Padre nos adoptó en su Hijo encarnado; el Verbo ilumina nuestra inteligencia con su luz; el Espíritu Santo nos escogió para morada suya: es lo que indica la forma del bautismo. Por estas palabras pronunciadas sobre nosotros con la infusión del agua, toda la Trinidad tomó posesión de su creatura. Recordamos esta maravilla cada vez que invocamos a las tres divinas personas al hacer sobre nosotros la señal de la cruz. Cuando nuestros despojos mortales sean llevados a la casa de Dios para recibir allí las últimas bendiciones y el adiós de la Iglesia de la tierra, el sacerdote pedirá al Señor que no entre en juicio con su siervo; y para atraer sobre este cristiano, entrado ya en su eternidad, las miradas de la misericordia divina, recordará al supremo Juez que este miembro de la raza humana “estuvo marcado durante su vida con el sello de la Santísima Trinidad.” Veneremos en nosotros esta augusta imagen; que será eterna. La misma reprobación no la borrará. Sea ella nuestra esperanza, nuestro mejor título, y vivamos para gloria del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

En el Ofertorio la Iglesia se prepara al sacrificio invocando sobre la oblación el nombre de las tres personas, y proclamando siempre la divina misericordia.


OFERTORIO

Bendito sea Dios Padre, y el Hijo unigénito de Dios, y el Espíritu Santo: porque ha obrado con nosotros su misericordia.


La Iglesia pide en la Secreta que el homenaje de nosotros mismos, que ofrecemos en este Sacrificio a la divina Trinidad, no le sea presentado sólo hoy, sino que sea eterno por nuestra admisión en el cielo, donde contemplaremos sin velos el misterio de Dios uno en tres personas.


SECRETA

Suplicárnoste Señor, Dios nuestro, santifiques, por la invocación de tu santo nombre, la hostia de esta oblación; y, por ella, conviértenos para ti en un don eterno. Por nuestro Señor.


CONMEMORACION DEL DOMINGO

Suplicárnoste Señor, aceptes aplacado nuestras hostias, a ti dedicadas: y haz que nos sirvan de perpetuo auxilio. Por nuestro Señor…


En la Antífona de la Comunión la Iglesia continúa ensalzando la misericordia de Dios que hizo servir sus propios beneficios para iluminarnos e instruirnos sobre su esencia incomprensible.


COMUNIÓN

Bendeciremos al Dios del cielo, y le alabaremos ante todos los vivientes: porque ha obrado con nosotros su misericordia.


Dos cosas son necesarias para ir a Dios: la luz de la fe, que hace le conozca nuestra inteligencia, y el alimento divino que nos une a El. La Iglesia, en la Poscomunión, pide que ambos nos lleven a este feliz fin de nuestra creación:


POSCOMUNIÓN

Aproveche, Señor, Dios nuestro, a la salud de nuestro cuerpo y alma la recepción de este Sacramento, y la confesión de la sempiterna y santa Trinidad y la de su indivisible Unidad. Por nuestro Señor…


CONMEMORACION DEL DOMINGO

Llenos, Señor, de tan grandes presentes: suplicárnoste hagas que obtengamos tus saludables dones y no cesemos nunca en tu alabanza. Por nuestro Señor…


El último Evangelio es el del primer Domingo de Pentecostés, que el sacerdote lee en vez del de San Juan:


EVANGELIO

Continuación del Santo Evangelio según S. Lucas. (VI, 36-42).


En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: Sed misericordiosos, como también vuestro Padre es misericordioso. No juzguéis, y no seréis juzgados: no condenéis, y no seréis condenados. Perdonad, y seréis perdonados. Dad, y se os dará: darán en vuestro regazo una medida buena, y apiñada, y agitada, y rebosante. Porque con la misma medida con que midiereis, seréis medidos. Y les decía esta semejanza: ¿Puede acaso un ciego guiar a otro ciego? ¿No caerán los dos en el hoyo? No está el discípulo sobre el maestro: antes, aquel será perfecto, que fuere como el maestro. ¿Porqué, pués, ves la paja en el ojo de tu hermano, y no miras la viga que hay en el tuyo? o ¿Cómo podrás decir a tu hermano: Hermano, deja que saque la paja de tu ojo, no viendo la viga en tu propio ojo? Hipócrita, saca primero la viga de tu ojo: y entonces verás, para sacar la paja del ojo de tu hermano.


ALABANZA A LA SANTÍSIMA TRINIDAD

Unidad indivisible, Trinidad distinta en una sola naturaleza, Dios soberano que te revelaste a los hombres, permítenos que en tu presencia ofrezcamos nuestras adoraciones, y que nos desahoguemos en acciones de gracias que salen de nuestro corazones, cuando nos sentimos inundados de tus inefables resplandores. Unidad divina, Trinidad divina, no te hemos contemplado todavía, pero sabemos lo que eres; porque te has dignado manifestárnoslo. Esta tierra que habitamos, oye proclamar cada día distintamente el augusto misterio, cuya visión es el principio de la felicidad de los seres glorificados en tu seno. La raza humana esperó muchos siglos antes de que la divina fórmula le fuese plenamente revelada; pero nuestra generación está en posesión de ella, confiesa con alegría la Unidad y Trinidad en tu esencia divina. Antiguamente, la palabra del escritor sagrado, parecida al relámpago que surca la nube y deja después la obscuridad más profunda, atravesaba el horizonte del pensamiento. Decía: “No conozco la verdadera Sabiduría, ignoro lo que es santo. ¿Qué hombre subió al cielo y volvió a bajar? ¿Quién tiene en sus manos la tempestad? ¿Quién contiene las aguas como en un recinto? ¿Quién fijó los confines de la tierra? ¿Sabes cómo se llama? ¿Conoces el nombre de su hijo?”

Señor Dios, gracias a tu infinita misericordia, conocemos hoy tu nombre: te llamas Padre, y el que engendras eternamente se llama Verbo, la Sabiduría. Sabemos también que del Padre y del Hijo, procede el Espíritu de amor. El Hijo, revestido de nuestra carne, habitó esta tierra y vivió entre los hombres; el Espíritu descendió después y se quedará con nosotros hasta la consumación de los destinos de la familia humana en el mundo. He ahí por qué confesamos la Unidad y la Trinidad; porque, habiendo oído el divino testimonio, hemos creído, y “porque hemos creído, hablamos con toda seguridad”.

A tus Serafines, oh Dios, les oyó el Profeta que cantaban: “¡Santo, Santo, Santo es el Señor de los ejércitos!”. Somos hombres mortales; pero, más felices que Isaías, sin ser profetas como él, podemos articular la palabra angélica y decir: “¡Santo es el Padre, Santo es el Hijo y Santo es el Espíritu Santo!” Manteníanse volando con dos de sus alas; con las otras dos velaban respetuosamente su cara, y las dos últimas cubrían sus pies. Nosotros también, fortificados por el Espíritu divino que nos fué dado, procuremos levantar “sobre las alas del deseo el peso de nuestra mortalidad; cubramos con el dolor la responsabilidad de nuestras faltas, y velando con la nube de la fe el ojo débil de nuestra inteligencia, recibamos dentro la luz que se nos infunda. Dóciles a la palabra revelada, nos conformamos con lo que enseña; ella nos trae la noción, no sólo distinta, sino luminosa del misterio que es la fuente y el centro de todos los demás. Los Ángeles y los Santos contemplan en el cielo, con este inefable temor que el profeta nos indicó al mostrarnos su mirada semicubierta con sus alas. Nosotros no vemos aún, ni podríamos ver, pero sabemos, y esta ciencia ilumina nuestros pasos y nos fija en la verdad. Guardémonos de “escudriñar la majestad”, no sea que “seamos aplastados con su gloria'”; pero repasando lo que el cielo se dignó revelarnos de sus secretos, digamos:


ALABANZA A DIOS UNO

Gloria sea a ti, ESENCIA única, acto puro, ser necesario, infinito, sin división, independiente, completo desde toda la eternidad, tranquilo y supremamente feliz. En Ti reconocemos, con la inviolable Unidad, fundamento de todas tus grandezas, tres personas distintamente subsistentes; pero en su producción y en su distinción, la misma naturaleza les es común, de suerte que la subsistencia personal, que las constituye a cada una y las distingue a la una de la otra, no lleva entre ellas ninguna desigualdad. ¡Oh bienaventuranza infinita en esta sociedad de tres personas que contemplan en si mismas las mismas perfecciones inefables de la esencia que las reúne, y la propiedad de cada una de las tres que anima divinamente esta naturaleza que nada puede limitar ni turbar! ¡Oh maravillosa esencia infinita, cuando se digna obrar fuera de sí, creando seres con su poder y bondad, operando las tres de acuerdo, de suerte que la que interviene por un modo que le es propio, lo hace en virtud de una voluntad común! ¡Amor especial sea dado a la divina persona, que en la acción común de las tres, se digna revelarse más especialmente a las criaturas; y al mismo tiempo ríndanse gracias a las otras dos que, en una misma voluntad, se unen a la que manifiesta en nuestro favor!


ALABANZA AL PADRE

¡Gloria a Ti, oh PADRE, Anciano de días, innascible, sin principio, pero que comunicas esencial y necesariamente al Hijo y al Espíritu Santo la divinidad que reside en Ti! Eres Dios y Padre; El que te conoce como Dios y no como Padre, no te conoce tal cual eres. Produces, engendras, pero en tu propio seno; porque lo que está fuera de Ti no es Dios. Eres el ser, el poder, pero nunca dejaste de tener un Hijo. Te dices a Ti mismo lo que eres; te comunicas, y el fruto de la fecundidad de tu pensamiento, igual a Ti, es la segunda persona que sale de Ti, es tu Hijo, tu Verbo, tu palabra increada. Hablaste una vez, y tu palabra es eterna como Tú, como tu pensamiento, del que es expresión infinita. Así, el sol que brilla a nuestra vista nunca estuvo sin resplandor. Este resplandor existe por él, está con él, emuna de él sin disminuirle, sin salir de él. Perdona, Padre, a nuestra débil inteligencia al buscar comparación entre los seres que creaste. Y, si nos estudiamos a nosotros mismos, que creaste a tu imagen, ¿no sentimos que nuestro pensamiento, por ser distinto en nuestro espíritu, tiene necesidad de término que le fije y le determine?

Padre, te conocimos por el Hijo que engendraste eternamente, y que se dignó revelarse a nosotros. Nos enseñó que Tú eres Padre y El es Hijo, y que a la vez eres con El una misma cosa. Cuando un Apóstol exclamó: “Señor, muéstranos al Padre”, respondió: “El que me ve, ve al Padre'”. ¡Oh unidad de la naturaleza divina, en que el Hijo, distinto del Padre, no es menor que el Padre! ¡Oh complacencia del Padre en el Hijo, por quien tiene conciencia de Sí mismo; complacencia de amor íntimo que proclama a nuestros oídos mortales a orillas del Jordán y en la cumbre del Tabor!

¡Oh Padre, Te adoramos, pero también Te amamos: porque un Padre debe ser amado de sus hijos, y nosotros somos tus hijos! ¿No nos enseña un Apóstol que toda paternidad procede de Ti, no sólo en el cielo, sino en la tierra? \ Nadie es-padre, nadie tiene autoridad paterna en la familia, en el Estado, en la Iglesia, sino por Ti, en Ti y a semejanza;’ ‘a. Es más, quisiste “que no sólo fuésemos llamanos hijos tuyos, sino que esta cualidad fuese real en nosotros4; no por generación como en tu único Verbo, sino por una adopción que nos hace sus “coherederos”5. Tu Hijo divino dijo hablando de Ti: “Yo honro a mi Padre”6; también nosotros Te honramos, Padre sumo, Padre de majestad inmensa, y desde lo profundo de nuestra nada, en espera de la eternidad, te glorificamos con los santos Ángeles y los Bienaventurados de nuestra raza. Tu mirada paternal nos proteja, y se complazca también en los hijos que has previsto y que has elegido y has llamado a la fe, y que con el Apóstol se atreven a llamarte “Padre de las misericordias, y Dios de todo consuelo.”


ALABANZA AL HIJO

¡Gloria a Ti, oh HIJO, oh Verbo, oh Sabiduría del Padre! Emanado de su esencia divina, el Padre te dió nacimiento “antes de la aurora” y te dijo: “Hoy te he engendrado”, y el hoy, que no tiene ni ayer ni mañana, es la eternidad. Eres Hijo e Hijo único, este nombre expresa una misma naturaleza con el que te produce; excluye la creación y te dice consustancial al Padre, del que procedes con una semejanza perfecta. Sales del Padre, sin salir de la esencia divina, siendo coeterno con tu principio; porque en Dios nada hay nuevo, nada temporal. En Ti, la filiación no es una dependencia; porque el Padre no puede existir sin el Hijo, como tampoco el Hijo sin el Padre. Si es noble para el Padre producir al Hijo, no lo es menos para el Hijo agotar y terminar en Sí mismo, por su filiación, el poder generador del Padre. ¡Oh Hijo de Dios, eres el Verbo del Padre! Palabra increada, eres tan íntimo con El como su pensamiento, y su pensamiento es su ser. En Ti este ser se expresa por entero en su infinidad, en Ti se conoce. Eres el fruto inmaterial producido por el entendimiento divino del Padre, la expresión de todo lo que es, bien te guarde misteriosamente “en su seno'”, bien te produzca fuera. ¡Qué términos emplearemos para definirte en tu magnificencia, oh Hijo de Dios! El Espíritu Santo se dignó ayudarnos en los libros que dictó; nos atreveremos, pues, a decir con las palabras que nos sugiere: “Eres el esplendor de la gloria del Padre, la forma de su sustancia”. Eres el resplandor de la luz eterna, el espejo sin imperfección de la majestad de Dios, el reflejo de su eterna bondad. Con la Iglesia reunida en Nicea, nos atrevemos a decir: “Eres Dios de Dios, luz de luz, Dios verdadero de Dios verdadero.” Con los Padres y los doctores añadimos: “Eres la llama eternamente alumbrada por la llama eterna. Tu luz no disminuye en nada a la que se comunica en Ti, y en Ti nada tiene de inferior a la que te produjo.”

Pero, cuando esta inefable fecundidad que da un Hijo eterno al Padre, al Padre y al Hijo un tercer término, quiso manifestarse fuera de la esencia divina, y, no pudiendo producir nada que fuese igual a Sí, se dignó llamar de la nada a la naturaleza intelectual y razonable, como más cercana a su principio, y a la naturaleza material como la menos alejada de la nada, entonces la producción íntima de tu persona en el seno del Padre, oh Hijo único de Dios, se reveló al mundo en el acto creador. El Padre lo hizo todo, pero “en su Sabiduría”, es decir, por medio de Ti “lo hizo'”. Esta misión de obrar que recibiste del Padre, deriva de la generación eterna por la que Te produce de Sí mismo. Saliste de tu descanso misterioso, y las criaturas visibles e invisibles procedieron de la nada a tu mandato. Obrando en íntimo acuerdo con el Padre, extendiste sobre los mundos al crearlos, algo de esta bondad y armonía cuyo reflejo eres en la esencia divina. Pero tu misión no se agotó con la creación. El ángel y el hombre, seres inteligentes y libres, fueron destinados a ver y a poseer a Dios eternamente. Para ellos no bastaba el orden natural, era necesario que una vía sobrenatural les fuese abierta para conducirlos a su ñn. Esta vía eres Tú mismo, oh Hijo único de Dios. Al tomar en Ti la naturaleza humana, Te uniste a tu obra, levantaste hasta Dios al ángel y al hombre, y, en tu naturaleza finita, apareciste como el tipo supremo de creación que el padre realizó por medio de Ti. ¡ Oh misterio inefable! eres el Verbo increado, y a la vez “el primogénito’ de toda creatura”2, que debía manifestarse a su tiempo; pero precediste en la intención divina a todos los seres que fueron creados para ser súbditos tuyos.

La raza humana, llamada a poseerte en su seno como divino intermediario, rompió con Dios: el pecado la precipitó en la muerte. ¿Quién podrá levantarla, volverla a su sublime destino? Tú sólo, ¡oh Hijo único del Padre! Nunca lo hubiéramos pensado; pero “el Padre amó tanto al mundo, que le dió su Hijo único'”, no sólo como mediador, sino como redentor de todos. ¡Oh primogénito nuestro!, le pediste que “Te restituyese tu herencia”, y esta herencia tuviste que rescatarla Tú mismo. El Padre entonces Te confió la misión de Salvador para nuestra raza perdida. Tu sangre en la cruz fué nuestro rescate, y renacimos para Dios y a nuestros primeros honores; por eso, oh Hijo de Dios, nos gloriamos nosotros tus rescatados, de llamarte SEÑOR NUESTRO.

Librados de la muerte, purificados del pecado, Te dignaste devolvernos todas nuestras grandezas. Eres para el futuro CABEZA y nosotros tus miembros. Eres REY y nosotros tus dichosos súbditos. Eres PASTOR y nosotros las ovejas de tu único rebaño. Eres ESPOSO, y la Iglesia nuestra Madre es tu Esposa. Eres PAN vivo bajado del cielo, y nosotros tus convidados. ¡Oh Hijo de Dios, oh Emmanuel, oh hijo del Hombre, bendito sea el Padre que Te envió; pero sé bendito con El Tú, que cumpliste su misión, y Te dignaste decirnos que “tus delicias son estar con los hijos de los hombres!”


ALABANZA AL ESPÍRITU SANTO

¡Gloria a Ti, oh ESPÍRITU SANTO, que emanas por siempre del Padre y del Hijo en la unidad de la sustancia divina! El acto eterno, por el cual el Padre se conoce así mismo, produce al Hijo, que es la imagen infinita del Padre, y el Padre se complace amorosamente en este esplendor salido de El antes de todos los siglos. El Hijo, al contemplar el principio de que emana eternamente, concibe para con este principio un amor igual a aquel del que es objeto. ¡Qué lengua podrá describir este ardor, esta aspiración mutua que es la atracción y el movimiento de una persona hacia la otra, en la inmovilidad eterna de la esencia! Tú eres este amor, oh Espíritu divino, que sales del Padre y del Hijo como de un mismo principio, distinto del uno y del otro, pero formando el lazo que los une en las inefables delicias de la divinidad: Amor viviente, personal, que procede del Padre por el Hijo, último término que completa la naturaleza divina y consuma eternamente la Trinidad. En el seno impenetrable de Dios, la personalidad Te viene a la vez del Padre, cuya expresión eres por un nuevo modo de producción, y del Hijo, que recibiéndola del Padre, Te la da de Sí mismo; porque el amor infinito que los une estrechamente, es de los dos y no de uno solo. Nunca estuvo el Padre sin el Hijo; nunca estuvo el Hijo sin el Padre; pero tampoco el Padre y el Hijo estuvieron sin Ti, ¡oh Espíritu Santo! Eternamente se han amado, y Tú eres el amor infinito que reina en ellos, y al cual comunican su divinidad. La procesión de uno y otro agota la virtud productiva de la esencia increada, y así las divinas personas realizan el número de tres; fuera de ellas no hay sino la creación.

Era necesario que en la esencia divina existiese no sólo el poder y la inteligencia, sino también el querer, del que procede toda acción. La voluntad y el amor son una sola y misma cosa, y Tú eres, oh divino Espíritu, este querer y este amor. Cuando la Trinidad dichosa obra fuera de sí misma, el acto concebido por el Padre y expresado por el Hijo, se realiza por Ti. Por Ti también, el amor que el Padre y el Hijo se tienen el uno al otro, y que se personaliza en Ti, se extiende a los seres que serán creados. Por su Verbo, el Padre los conoce; por Ti, oh Espíritu de amor, los ama, de suerte que toda creación procede de la bondad divina.

Emanando del Padre y del Hijo, sin perder la igualdad que eternamente tienes con ellos, eres enviado por uno y otro a la criatura. El Hijo, enviado por el Padre, reviste por toda la eternidad la naturaleza humana, y su persona, por las operaciones que le son propias, nos parece distinta de la del Padre. Del mismo modo, oh Espíritu Santo, Te reconocemos distinto del Padre y del Hijo, cuando bajas para cumplir en nosotros la misión que Te ha sido dada por uno y otro. Inspiras a los profetas intervienes en María en la Encarnación divina, descansas sobre la flor de Jesé, conduces al desierto a Jesús, le ensalzas con milagros. Su Esposa la Iglesia Te recibe y la enseñas todo lo verdadero y Te quedas en ella, como su amigo, hasta el último día del mundo. Nuestras almas están señaladas con tu sello Tú las animas con la vida sobrenatural; vives hasta en nuestro cuerpo, que es templo; en fin, eres para nosotros el don de Dios”, la fuente que mana hasta la vida eterna. ¡Gracias distintas Te sean dadas, oh Espíritu divino, por las distintas obras que haces en nuestro favor!


ACCIÓN DE GRACIAS A LA SANTÍSIMA TRINIDAD

Y ahora, después de adorar una a una a las divinas personas, recorriendo sus beneficios en el mundo, nos atrevemos a levantar nuestros ojos mortales hacia esta triple Majestad que resplandece en la unidad de tu esencia, oh supremo Señor, y confesamos con San Agustín lo que aprendimos de Ti, acerca de Ti mismo. “Tres es su número; uno, que ama al que es de él; uno, que ama a aquél de quien es; y, por fin, el amor mismo”. Pero nos queda por cumplir un deber de agradecimiento, el celebrar la inefable conducta por la cual Te dignaste imprimir en nosotros tu imagen. Habiendo determinado eternamente darnos sociedad en Ti, nos preparaste según un tipo tomado de ‘tu ser divino. Tres: facultades en nuestra única alma atestiguan nuestro origen, que viene de Ti; pero este frágil espejo de tu ser, que es la gloria de nuestra naturaleza, no era más que un preludio a los designios de tu amor. Después de darnos el ser natural, determinaste en tu consejo, oh Trinidad divina, comunicarnos aún el ser sobrenatural. En la plenitud de los tiempos, el Padre nos envía a su Hijo, y este Verbo increado aporta la luz a nuestra inteligencia: el Padre y el Hijo envían al Espíritu, y el Espíritu trae el amor a nuestra voluntad; y el Padre, que no puede ser enviado, viene por si mismo, y se da a nuestra alma cuyo poder transforma. En el Bautismo, en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, se cumple en el cristiano esta producción de las tres divinas personas, en correspondencia inefable con las facultades dadas a nuestra alma, como el bosquejo de la obra maestra que la obra sobrenatural de Dios puede sólo acabar.

¡Oh unión por la que Dios está en el hombre y el hombre en Dios! ¡Unión por la cual llegamos a la adopción del Padre, a la fraternidad con el Hijo, a la herencia eterna! Pero esta permanencia de Dios en la criatura, el amor eterno es quien la formó gratuitamente, y se mantiene por el tiempo que el amor de reciprocidad no falta en el hombre. El pecado mortal tendrá la fuerza de quebrantarla; la presencia de las divinas personas, que habían establecido su morada en el alma y que permanecían unida a ella, cesarían en el mismo instante en que la gracia santificante se extinguiese. Dios no estaría ya en el alma más que por su inmensidad, y el alma ya no le poseería. Entonces Satanás restablecería en ella el reino de su odiosa trinidad: “la concupiscencia de la carne, la concupiscencia de los ojos, y el orgullo de la vida”, ¡desgraciado el que se atreva a provocar a Dios/, .por una ruptura tan sangrienta, y sustituir así, por el mal, el sumo bien! El celo del Señor menospreciado, expulsado, es el que ha abierto los abismos del infierno y ha encendido la llama eterna.

Luego esta ruptura, ¿no tendrá posibilidad de reconciliación? No, por parte del hombre pecador, incapaz de reanudar con la adorable Trinidad las relaciones que un avance gratuito había preparado y que una bondad incomprensible había consumado. Pero la misericordia de Dios, que es, como lo enseña la Iglesia en la Liturgia el atributo supremo de su poder, puede realizar tal prodigio, y lo hace cada vez que un pecador se convierte. A este movimiento de la augusta Trinidad que se digna bajar de nuevo al corazón del hombre arrepentido, una alegría inmensa, nos dice el Evangelio, se apodera de los Ángeles y de los Santos hasta en lo más alto del cielo; porque el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo señalaron su amor, y buscaron la gloria haciendo justo al que era pecador, viniendo a habitar en esta oveja antes extraviada, en este pródigo, empleado hasta ahora en la guarda de los animales inmundos, en este ladrón que, hace poco, en la cruz, insultaba con su compañero al inocente crucificado. Sean, pues, adoración y amor a Ti, Padre, Hijo y Espíritu Santo, Trinidad perfecta que Te dignaste revelarte a los mortales, Unidad eterna e inconmensurable, que libraste a nuestros padres del yugo de los falsos dioses. Gloria a Ti como era en el principio, antes de todos los seres creados; como es ahora, en el momento en que contemplamos la verdadera vida, que consiste en contemplarte cara a cara; como será por los siglos de los siglos, cuando la eterna bienaventuranza nos reúna en tu seno infinito. Amén.