domingo, 22 de mayo de 2022

Quinto Domingo después de Pascua



QUINTO DOMINGO DESPUÉS DE PASCUA


El quinto domingo después de Pascua, es llamado en la Iglesia griega, el domingo del Ciego de nacimiento, porque en él se lee el relato del Evangelio en que se refiere la curación de este ciego. Se llama también el domingo del Episozomeno, que es uno de los nombres con el que los griegos designan el misterio de la Ascensión, cuya solemnidad, entre ellos como entre nosotros, interrumpe el curso de esta semana litúrgica.


MISA

Isaías presenta la materia del Introito. Su voz convida a todas las naciones de la tierra a celebrar la victoria que Cristo resucitado ha traído y cuyo precio ha sido nuestra liberación.


INTROITO

Anunciadlo con voz jocunda, y sea oído, aleluya: anunciadlo hasta el fin de la tierra: el Señor ha libertado a su pueblo, aleluya, aleluya. — Salmo: Canta jubilosa a Dios, tierra toda, decid un salmo a su nombre: glorificad su alabanza. V. Gloria al Padre.


En la Colecta la Santa Iglesia nos enseña que nuestros pensamientos y nuestras acciones, para ser meritorias para la vida eterna, necesitan de la gracia que inspire las unas y ayude nuestra voluntad para cumplir las otras.


COLECTA

Oh Dios, de quien proceden todos los bienes: danos, a los que te suplicamos, la gracia de que, con tu inspiración, pensemos lo que es recto, y de que, con tu dirección, lo hagamos. Por el Señor.


EPÍSTOLA

Lección de la Epístola del Ap. Santiago.


Carísimos: Sed obradores de la palabra, y no sólo oidores, engañándoos a vosotros mismos. Porque, si alguien es oidor de la palabra, y no obrador, este tal será comparado a un hombre que contempla en un espejo su rostro natural: se mira, y se va, y al punto se olvida de cómo es. Mas, el que contemplare la ley perfecta de la libertad, y perseverare en ella, no siendo oidor olvidadizo, sino hacedor de obra, este tal será bienaventurado en su acción. Y, si alguien cree que es religioso, no refrenando su lengua, sino engañando a su corazón, la religión de ese tal es vana. La religión pura e inmaculada ante Dios y el Padre es ésta: Visitar a los huérfanos, y a las viudas, en su tribulación, y conservarse inmaculado de este mundo.


LAS OBLIGACIONES DE NUESTRA VIDA NUEVA

El Santo Apóstol, cuyos consejos acabamos de escuchar, había recibido las enseñanzas del Salvador resucitado; no debemos, pues, admirarnos del tono autoritario con que nos habla. También Jesús se había dignado concederle una de sus manifestaciones particulares: esto nos demuestra el afecto con que distinguía a este apóstol, al que le unían los lazos de la sangre por su madre, llamada también María. Hemos visto a esta santa mujer dirigirse al sepulcro, con Salomé su hermana, en compañía de Magdalena. Santiago el Menor es verdaderamente el Apóstol del Tiempo Pascual, en que todo nos habla de la vida nueva que debemos llevar con Cristo resucitado. Es el Apóstol de las obras y quien nos ha trasmitido esta máxima fundamental del cristianísimo, que si la fe es necesaria ante todo para el ¡cristiano, esta virtud, sin las obras, es una fe muerta que no puede salvarle,

Insiste hoy sobre” la obligación que tenemos de cultivar en nosotros mismos la atención a las verdades que primeramente hemos comprendido y de mantenernos en guardia contra este olvido culpable que causa tantos estragos en las almas inconsideradas. Entre estos en quienes se ha realizado el misterio de la Pascua, algunos no perseverarán en él; y les sucederá esta desdicha porque se entregaron al mundo, en lugar de usar del mundo como si no usasen. Recordemos siempre que debemos caminar en una vida nueva, a imitación de aquella de Jesús resucitado que no puede ya morir.

Los dos versículos del Aleluya celebran el esplendor de su resurrección; pero en ellos ya se anuncia su Ascensión próxima. Salido del Padre eternamente, bajado en el tiempo hasta nuestra terrestre morada, nos advierte que dentro de pocos días va a remontarse a su Padre.


ANTÍFONA

Aleluya, aleluya. V. Resucitó Cristo, y nos iluminó a los que redimió con su sangre. Aleluya. V. Salí del Padre, y vine al mundo: otra vez dejo el mundo, y voy al Padre. Aleluya.




EVANGELIO

Continuación del santo Evangelio según San Juan.


En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: En verdad, en verdad os digo: Si pidiereis algo al Padre en mi nombre, os lo dará. Hasta ahora no le habéis pedido nada: Pedid, y recibiréis, para que vuestro gozo sea pleno. Os he dicho estas cosas en proverbios. Ya llega la hora en que no os hablaré en proverbios, sino que os hablaré claramente del Padre. En aquel día pediréis en nombre mío: y no os digo que yo rogaré al Padre por vosotros: porque el mismo Padre os ama, porque vosotros me habéis amado, y habéis creído que yo salí del Padre. Salí del Padre, y vine al mundo: otra vez dejo el mundo, y voy al Padre. Dijéronle sus discípulos: He aquí que ahora hablas claramente, y no dices ningún proverbio. Ahora sabemos que lo sabes todo, y no es preciso que nadie te pregunte: en esto creemos que has salido de Dios.


EL ADIÓS DE CRISTO

Cuando el Salvador, en la última Cena, anunció de este modo a sus apóstoles su próxima partida, estos estaban aún lejos de comprender lo que significaba. Con todo; ya creían “que había salido de Dios”. Pero esta creencia era vacilante, ya que no debía tener una realización inmediata. En los días en que nos encontramos, rodeando a su Maestro resucitado, iluminados por sus palabras, lo llegan a comprender mejor. Ha llegado el momento “en que no les habla ya en parábolas”; hemos visto qué enseñanzas les da, cómo, les prepara para ser los doctores del mundo. Ahora pueden decirle: “Oh Maestro, verdaderamente has salido de Dios.” Pero por esto mismo comprenden ya la pérdida de que son amenazados; tiene la idea del vacío inmenso que su ausencia les hará sentir.

Jesús comienza a recoger el fruto que su divina bondad sembró en ellos y que esperó con una paciencia tan inefable. Si en el Cenáculo el Jueves Santo les felicitaba ya por su fe; ahora que le han visto resucitado, que le han oído, merecen sus elogios pero de un modo muy distinto, porque se han hecho más firmes y más fieles. “El Padre os ama—les decía entonces—porque vosotros me amáis”; ¿Cuánto más debe amarlos el Padre ahora que su amor se ha acrecentado? Estas palabras deben infundirnos también a nosotros esperanza. Antes de la Pascua nosotros amábamos flojamente al Salvador, estábamos vacilantes en su servicio; ahora que hemos sido instruidos por El, fortalecidos por sus misterios, podemos esperar que el Padre nos amará, porque nosotros amamos más, amamos mejor a su Hijo. Este divino Redentor nos invita a pedir al Padre en su nombre todas nuestras necesidades. La primera de todas es nuestra perseverancia en el espíritu de la Pascua; insistamos para obtenerla y ofrezcamos a esta intención la Santa Víctima que dentro de pocos instantes será presentada sobre el altar.

El Ofertorio, tomado de los Salmos, es canto de acción de gracias. El fiel, unido a Jesús resucitado, le ofrece a Dios que se ha dignado estabilizarle en la vida nueva, haciéndole partícipe de sus misericordias las más escogidas.


OFERTORIO

Bendecid, gentes, al Señor nuestro Dios, y haced oír la voz de su alabanza: El dió vida a mi alma, y no permitió que resbalaran mis pies: bendito sea el Señor, que no desoyó mi oración, ni alejó su misericordia de mí, aleluya.


En la Secreta, la Iglesia pide para nosotros la entrada en la gloria celestial cuyo atrio es la Pascua terrestre. Todos los misterios obrados aquí abajo tienen por fin santificarnos, para prepararnos a la visión y la posesión eterna de Dios.


SECRETA

Recibe, Señor, las preces de los fieles con las oblaciones de las hostias: para que, por estos actos de nuestra piadosa devoción, pasemos a la celeste gloria. Por el Señor.


La Antífona de la Comunión es un cántico de júbilo que expresa la alegría continua de la Pascua.


COMUNIÓN

Cantad al Señor, aleluya: cantad al Señor, y bendecid su nombre: anunciad bien de día en día su salud, aleluya, aleluya.


La Santa Iglesia nos sugiere en la Poscomunión la fórmula de nuestras súplicas a Dios. Es necesario desear el bien; pidamos este deseo y continuemos nuestra oración hasta que el bien mismo nos llegue. La gracia descenderá entonces y ella hará en nosotros que no la despreciemos.


POSCOMUNIÓN

Danos, Señor, a los saciados con la virtud de la mesa celestial, el desear lo que es recto, y el conseguir lo deseado. Por el Señor.


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