miércoles, 8 de mayo de 2019

Solemnidad de San José





SOLEMNIDAD DE SAN JOSÉ,
Esposo de la Bienaventurada Virgen María
Patrono de la Iglesia Universal


Hoy se suspende la serie de misterios del Tiempo pascual; otro objeto atrae por un momento nuestra atención. La Santa Iglesia nos incita a consagrar la jornada al culto del Esposo de María, del Padre nutricio del Hijo de Dios, Patrón de la Iglesia universal. El 19 de marzo le hemos rendido nuestro homenaje anual; pero se trata de erigir para la piedad del pueblo cristiano un monumento de reconocimiento a San José, socorro y apoyo de todos los que le invocan con confianza.


HISTORIA DEL CULTO HACIA SAN JOSÉ 

La devoción a S. José estaba reservada para estos últimos tiempos. Su culto, fundado en el Evangelio mismo, no debía desarrollarse en los primeros siglos de la Iglesia; no porque los fieles, considerando el papel de San José en la economía del misterio de la Encarnación, estuviesen coartados de algún modo en los honores que hubieran querido rendirle; sino que la divina Providencia tenía sus razones misteriosas para retardar el momento en que la Liturgia debía prescribir cada año los homenajes públicos debidos al Esposo de María. El Oriente precedió al Occidente, así como ocurrió otras veces, en el culto especial de San José; pero en el siglo xv, la Iglesia latina le habla adoptado todo entero, y desde entonces no ha cesado de progresar en las almas católicas. Las grandezas de S. José han sido expuestas el 19 de Marzo; el fin de la presente fiesta no es el volver sobre este inagotable asunto. Tiene su motivo especial de institución que es necesario dar a conocer.

La bondad de Dios y la fidelidad de nuestro Redentor a sus promesas se unen siempre más estrechamente de siglo en siglo, para proteger en este mundo la chispa de vida sobrenatural que debe conservar él hasta el último día. En este fin misericordioso, una sucesión ininterrumpida de auxilios viene a caldear, por decirlo así, cada generación, y a traerle un nuevo motivo de confianza en la divina Redención. A partir del siglo XIII, en que comenzó a hacerse sentir el enfriamiento del mundo, como nos lo atestigua la misma Iglesia, ("Frigescente mundo"—Oración de la fiesta de los Estigmas de S. Francisco), cada época ha visto abrirse una nueva fuente de gracias.

Apareció primero la ñesta del Santísimo Sacramento, cuyo desarrollo ha producido sucesivamente la Procesión solemne, las Exposiciones, las Bendiciones, las Cuarenta Horas. A ella siguió la devoción al santo Nombre de Jesús, cuyo apóstol principal fué San. Bernardino de Sena y la del "Vía Crucis" o "Calvario", que produjo tantos frutos de compunción en las almas. El siglo XVI vió renacer la comunión frecuente, por la influencia principal de S. Ignacio de Loyola y de su Compañía. En el xvn fué promulgado el culto del Sagrado Corazón de Jesús, que se estableció en el siglo siguiente. En el XIX, la devoción a la Santísima Virgen tomó un incremento y una importancia que son las características sobrenaturales de nuestro tiempo. Ha sido restablecida la devoción al santo Rosario, y al Santo Escapulario, que nos legaron las edades precedentes; las peregrinaciones a los santuarios de la Madre de Dios, suspendidas por los prejuicios jansenistas y racionalistas, han vuelto a resurgir; la Archicofradía del Sagrado Corazón de María ha extendido sus afiliaciones por el mundo entero; numerosos prodigios han venido a recompensar la fe rejuvenecida; en fin, para terminar: el triunfo de la Inmaculada Concepción, preparado y esperado en los siglos menos favorables.

Pero la devoción a María no podía desarrollarse sin el culto ferviente de San José. María y José se hallan tan íntimamente unidos en el misterio de la Encarnación, ia una como Madre del Hijo de Dios, el otro como guardián del honor de la Virgen y Padre nutricio del Niño-Dios, que no se les puede aislar el uno del otro. Una veneración particular a S. José ha sido pues la consecuencia del desarrollo de la piedad hacia la Virgen Santísima.


TÍTULOS DE SAN JOSÉ A NUESTRA DEVOCIÓN

Pero la devoción al Esposo de María no es solamente un justo tributo que rendimos a sus prerrogativas; es también para nosotros la fuente de un nuevo socorro tan extenso como poderoso, habiendo sido puesto entre las manos de San José por el mismo Hijo de Dios. Escuchad el lenguaje inspirado de la Iglesia en la Liturgia: ¡"Oh José, honra de los habitantes del cielo, esperanza de nuestra vida aquí abajo, el "sostén de este mundo"! (Himno de Laudes de la Solemnidad de S. José. "Caelitum, Joseph, decus atque nostrae"... etc.)

¡Qué poder en un hombre! Pero buscad también un hombre que haya tenido con el Hijo de Dios sobre la tierra relaciones tan íntimas como José. Jesús se dignó estarle sumiso aquí abajo; en el cielo, tiene empeño en glorificar a aquel de quien quiso depender, y a quien confió su niñez y el honor de su Madre. El poder de S. José es pues ilimitado; y la Santa Iglesia nos invita hoy a recurrir con una confianza absoluta a este Protector omnipotente. En medio de las terribles agitaciones de las cuales es el mundo víctima, invóquenlo los fieles con fe y serán protegidos. En todas las necesidades de alma y cuerpo, en todas las pruebas y crisis que el cristiano deba atravesar, así en el orden temporal como en el orden espiritual, que recurra a S. José y su confianza no se verá defraudada. El Rey de Egipto decía a sus pueblos hambrientos: "Id a José." (Gén., XLI, 55); el Rey del cielo nos hace la misma invitación; y el fiel custodio de María tiene más crédito ante él que el hijo de Jacob, intendente de los graneros de Menfis, lo tuvo ante el Faraón.

La revelación de este nuevo refugio preparado para los últimos tiempos ha sido, desde luego, comunicada, según la costumbre que Dios guarda de ordinario, a las almas privilegiadas a las cuales estaba ella confiada como un germen precioso: así fué para la institución de la fiesta del Santísimo Sacramento, para la del Sagrado Corazón de Jesús, y para otras más. En el siglo XVI, Santa Teresa cuyos escritos estaban llamados a extenderse por el mundo entero, recibió en un grado superior comunicaciones divinas a este propósito, y consignó sus sentimientos y sus deseos en su vida escrita por ella misma.


SANTA TERESA Y SAN JOSÉ

He aquí como se expresa Santa Teresa: "Tomé por abogado y señor al glorioso San José y encomendeme mucho a él. Vi claro que así de esta necesidad, como de otras mayores de honra y pérdida de alma, este padre y señor mío me sacó con más bien que yo le sabía pedir. No me acuerdo, hasta ahora, haberle suplicado cosa que la haya dejado de hacer. Es cosa que espanta las grandes mercedes que me ha hecho Dios por medio de este bienaventurado santo, de los peligros que me ha librado, así de cuerpo como de alma: que a otros santos parece les dió el señor gracias para socorrer una necesidad; a este glorioso santo tengo experiencia que socorre en todas, y que quiere el Señor darnos a entender que así como le fué sujeto en la tierra, que como tenía nombre de padre siendo ayo, le podía mandar, así en el cielo hace cuanto le pide. Esto han visto otras algunas personas, a quien yo decía se encomendase a él, también por experiencia; y aun hay muchas que le son devotas de nuevo experimentando esta verdad." (Vida. cap. VI.)

Para responder a numerosos deseos y a la devoción del pueblo cristiano, el 10 de Septiembre de 1847, Pío IX extendió a la Iglesia universal la fiesta del Patrocinio de S. José que había sido concedido a la Orden de los Carmelitas y a algunas Iglesias particulares. Más tarde, Pío X debía elevar esta fiesta al rango de las mayores solemnidades dotándola de una Octava.

Pongamos pues nuestra confianza en el poder del augusto Padre del pueblo cristiano, José, sobre quien han sido acumuladas tantas grandezas para que las repartiese entre nosotros, en una medida más abundante que los otros santos, las influencias del misterio de la Encarnación del mal ha sido, después de María, el principal ministro sobre la tierra.


MISA

En esta fiesta dedicada a S. José como protector de los fieles, la Santa Iglesia, por el Introito, nos hace cantar las palabras en las cuales David expresa la confianza que ha puesto en la Protección del Señor. San José es el ministro de esta protección divina, y Dios nos la promete, si nos dirigimos a su incomparable servidor.


INTROITO
El Señor es nuestro ayudador y nuestro protector: en El se alegrará nuestro corazón, y confiaremos en su santo nombre, aleluya, aleluya. — Salmo: Tü, que riges a Israel, atiende: tú, que guías a José como a una oveja. Y. Gloria al Padre.

En la Colecta, la Iglesia revela la elección que Dios quiso hacer de S. José para Esposo de María, y nos enseña que esta elección tuvo por efecto asegurarnos en él a un Protector, que responderá siempre a nuestros homenajes por su intercesión todopoderosa.


COLECTA
Oh Dios, que, con inefable providencia, te dignaste elegir a San J'osé para Esposo de tu Santísima Madre: haz, te suplicamos, que al que veneramos en la tierra como Protector, merezcamos tenerle por intercesor en los cielos. Tú, que vives.


EPÍSTOLA
Lección del libro del Génesis.
José es un retoño pujante, un retoño que crece al pie de las aguas, cuyas ramas se extienden por el muro. Y se irritaron contra él, y le injuriaron y le asaetearon los arqueros. Pero su arco permaneció firme, y los lazos de sus manos y pies fueron desatados por el poder del fuerte Jacob: de allí salió el pastor, la piedra de Israel. El Dios de tu padre será tu ayudador, y el Omnipotente te bendecirá con bendiciones del cielo de arriba, con bendiciones del abismo de abajo, con bendiciones de los pechos y del vientre de la madre. Las bendiciones de tu padre serán aumentadas con las bendiciones de sus padres: hasta que venga el Deseado de las colinas eternas, estarán sobre la cabeza de José y sobre la frente del Nazareno entre sus hermanos.


LOS DOS JOSÉS

Esta magnífica profecía de Jacob moribundo, y que revela a su hijo José la suerte gloriosa que le espera a él y a sus hijos, viene a propósito en este día para recordarnos las relaciones que notado San. Bernardo ha elocuentemente entre los dos Josés. Las tan señalamos el 19 de marzo, y el lector pudo convencerse de que el primer José fué el tipo del segundo.

El viejo Patriarca, después de haber profetizado el destino de sus diez primeros hijos, se detiene con complacencia en el hijo de Raquel. Después de haber alabado su belleza, recuerda las persecuciones a que estuvo expuesto por parte de sus hermanos, y las vías maravillosas por las cuales le libró Dios de sus manos, y le condujo al poder. Después Jacob muestra a ese hijo de su ternura glorificado y convertido en el tipo del segundo José.

¿Quién ha merecido más que el Esposo de María, el Protector de los fieles, ser llamado "Pastor de un pueblo y fuerza de Israel"? Todos nosotros somos su familia: él vela por nosotros con amor; y en nuestras tribulaciones, podemos apoyar en él nuestra confianza como sobre una roca inexpugnable. L a herencia de S. José es la Iglesia, que las aguas del Bautismo riegan sin cesar y la hacen fecunda; allí ejerce su poder bienhechor sobre los que confían en él. Jacob promete al primer José inmensas bendiciones, cuyo efecto durará hasta el día en que el Salvador prometido "descienda de las colinas de la eternidad". Entonces comenzará el ministerio del segundo José, ministerio de socorro y de protección, que durará hasta el segundo advenimiento del Hijo de Dios. En fin, si el primer José es presentado en la profecía como Nazareno, es decir, consagrado a Dios y santo en medio de sus hermanos, el segundo cumplirá el oráculo más literalmente aún; pues no solamente su santidad aventajará a la del hijo de Jacob, sino que su morada será Nazaret. Allí habitará con María, allí vendrá a la vuelta de Egipto, allí acabará su santa carrera; en ñn por haber habitado allí con él, su hijo adoptivo, Jesús, Verbo eterno, "será llamado Nazareno". (S. Matth., I I , 23.)

En el primer Verso aleluyático se oye la voz de S. José. Invita a los fieles a recurrir a él, y les promete una ayuda pronta. En el segundo, la Iglesia pide para sus hijos que se apresuren a imitar la pureza del Esposo de María, al mismo tiempo que implora para ellos su Patrocinio.


ALELUYA
Aleluya, aleluya. J. En cualquier tribulación, en que clamaren a mí, les oiré, y seré siempre su protector. Aleluya. J. Haznos correr, oh José, una vida inofensiva: y esté siempre defendida por tu patrocinio. Aleluya.


EVANGELIO
Continuación del santo Evangelio según San Lucas. En aquel tiempo sucedió que, cuando se bautizaba todo el pueblo, se bautizó también Jesús: y, orando El, se abrió el cielo: y descendió sobre El el Espíritu Santo en forma de paloma: y dijo una voz del cielo: Tú eres mi Hijo amado, en ti me he complacido yo. Y el mismo Jesús comenzaba a tener como unos treinta años, y se le creía hijo de José.


JESÚS, "HIJO DE JOSÉ"

 ¡Jesús considerado como hijo de José"! Así, el amor ñlial de Jesús para con su Madre y las consideraciones debidas al honor de la más pura de las vírgenes, llevaron al Hijo de Dios, hasta aceptar durante treinta años, el nombre y la apariencia de hijo de José. José se ha oído llamar padre por el Verbo increado cuyo Padre es eterno; recibió de un hombre mortal los cuidados de la infancia y los alimentos en sus primeros años. José fué el jefe de la sagrada familia de Nazaret, y Jesús reconoció su autoridad. La economía misteriosa de la Encarnación exigía esas asombrosas relaciones entre el creador y la creatura. Pero si el Hijo de Dios sentado a la diestra de su Padre ha retenido a la naturaleza humana indisolublemente unida a su persona divina, no por eso se ha despojado de los sentimientos que profesó aquí abajo hacia los otros dos miembros de la familia de Nazaret. Hacia María su Madre en el orden de la humanidad, su ternura filial y sus atenciones no han hecho más que aumentar; pero no podemos dudar que el afecto y la deferencia que tuvo para con su padre adoptivo estén también presentes eternamente en el corazón del Hombre-Dios. Ningún mortal tuvo con Jesús relaciones tan íntimas y tan familiares. José, por sus cuidados paternales para con el hijo de María, ha hecho sentir reconocimiento al Hijo del Eterno; es justo pensar que honores particulares y un crédito superior en el cielo han pagado este reconocimiento. Tal es la creencia de la Iglesia, tal es la confianza de las almas piadosas, tal es el motivo de la institución de la solemnidad hoy.

En el Ofertorio, formado con palabras del salmo CXLVII, Jerusalén, es decir, la Iglesia, es felicitada por el cuidado que Dios ha tomado de ella, defendiéndola contra sus enemigos con fuertes murallas. La protección de S. José es una de las más invencibles.


OFERTORIO
Alaba, Jerusalén, al Señor: porque afirmó los quicios de tus puertas, bendijo a tus hijos en ti, aleluya, aleluya.

En la Secreta, la Iglesia implora para sus hijos la gracia de imitar el desprendimiento del carpintero de Nazaret.


SECRETA
Ayudados por el patrocinio del Esposo de tu Santísima Madre, imploramos, Señor, tu clemencia: para que hagas que nuestros corazones desprecien todo lo terreno y te amen a ti, verdadero Dios, con perfecta caridad. Tú, que vives y reinas...

La Iglesia suspende hoy el Prefacio del Tiempo pascual y lo reemplaza por la fórmula de acción de gracias que emplea en las misas de San José.


PREFACIO
Es verdaderamente digno y justo, equitativo y saludable que, siempre y en todas partes, te demos gracias a ti, Señor santo, Padre omnipotente, eterno Dios: Y el que te alabemos, bendigamos y ensalcemos con las debidas alabanzas en la fiesta de San José. El cual, por ser un varón justo, fué dado por ti como Esposo a la Virgen Madre de Dios: y, como un servidor fiel y prudente, fué constituido sobre tu Familia: para que guardara con paternal cuidado a tu Unigénito, nuestro Señor Jesucristo, concebido por obra del Espíritu Santo. Por quien alaban a tu Majestad los Angeles, la adoran las Dominaciones, la temen las Potestades; los cielos, y las Virtudes de los cielos, y los santos Serafines, la celebran con igual exultación. Con los cuales te pedimos admitas también nuestras voces, diciendo con humilde confesión:
¡Santo! ¡Santo! ¡Santo!

La Antífona de la Comunión es el paso de San Mateo en el cual el Evangelista inscribe el título glorioso de nuestro gran Protector: "José, esposo de María", y el título más glorioso aún de María, "de la cual nació Jesús".


COMUNIÓN
Y Jacob engendró a José, marido de María, de la cual nació Jesús, que se llama el Cristo, aleluya, aleluya.

La Santa Iglesia pide en la Poscomunión que San José, nuestro protector durante la vida presente intervenga también en el interés de nuestra dicha eterna.


POSCOMUNIÓN
Alimentados en la fuente del divino don, suplicárnoste, Señor, Dios nuestro, que, así como nos haces alegrarnos de la protección de San José, así también, por sus méritos e intercesión, nos hagas partícipes de su celeste gloria. Por el Señor.


PLEGARIA 

Padre y protector de los fieles, glorioso José, bendecimos a nuestra madre la Santa Iglesia que, en este declinar del mundo, nos ha enseñado a esperar en ti. Largos siglos han corrido sin que fuesen manifestadas tus grandezas; pero no dejabas por eso de ser en el cielo uno de los intercesores más poderosos del género humano. Jefe de la sagrada familia de quien todo un Dios es miembro, prosigue tu ministerio paternal para con nosotros. Tu acción escondida se notaba en la salvación de los pueblos y de los particulares: pero la tierra experimentaba tus beneficios, sin haber instituido aún, para agradecerlos, las honras que hoy te ofrece. El conocimiento más claro de tus grandezas y de tu poder, la proclamación de tu Patrocinio y de tu Protección en todas nuestras necesidades, estaban reservadas a estos tiempos calamitosos en que el estado de un mundo desesperado pide los socorros que no fueron revelados a las edades precedentes. Venimos, pues, a tus pies, ¡oh José! a fin de rendir homenaje a tu poderosa intercesión que no conoce límites, y a tu bondad que abraza a todos los hermanos de Jesús en una misma adopción.

Sabemos, oh María, que te es agradable ver honrar al Esposo a quien amaste con ternura incomparable. Acoges con un favor particular nuestras demandas, cuando te son presentadas por sus manos. Los lazos formados por el cielo en Nazaret subsistirán eternamente entre ti y José; y el amor sin límites que tienes a tu Hijo divino estrecha aún el afecto que tu corazón tan amante conserva siempre para aquel que fué al mismo tiempo el nutricio de Jesús y el custodio de tu virginidad. Oh José, también nosotros somos los hijos de tu esposa María; toma en tu brazos a todos estos nuevos hijos, sonríe a esta numerosa familia y dígnate aceptar nuestras instancias, que alienta la Santa Iglesia, y que suben hacia ti más apremiantes que nunca.

Tú eres "el sostén del mundo, columen mundi", uno de los apoyos sobre los que reposa; pues el Señor, en vista de tus méritos y por deferencia a tu oración, le sufre y le conserva a pesar de las iniquidades que le manchan. Tu ayuda es grande, oh José, en estos tiempos "en que los santos faltan, en que las verdades han venido a menos" (Ps., XI, 1.) es preciso poseer el peso de tus méritos, para que el platillo de la divina balanza no se incline del lado de la justicia. Dígnate oh Protector universal, no abandonar esta empresa; la Iglesia te lo suplica hoy. El suelo minado por la libertad desenfrenada del error y del mal, está, en cada instante, a punto de abrirse bajo sus pies; no descanses un instante, y apresúrate a prepararle con tu intervención paternal, una situación más tranquila.

Ninguna de nuestras necesidades es extraña a tu conocimiento ni a tu poder; los mínimos entre los hijos de la Iglesia tienen derecho a recurrir a ti día y noche, seguros de encontrar en ti la acogida de un padre tierno y compasivo. ¡No lo olvidaremos, oh José! En todas las necesidades de nuestras almas, nos dirigiremos a ti. Te pediremos nos ayudes en la adquisición de las virtudes de que Dios quiere que nuestra alma esté adornada, en los combates que hemos de sostener contra nuestro enemigo, en los sacrificios a que estamos tan frecuentemente llamados a hacer. Haznos dignos de ser llamados hijos tuyos, ¡oh Padre de los fieles! Pero tu poder soberano no sólo se ejerce en interés de la vida futura, la experiencia de cada día nos muestra cuán poderoso es tu crédito para obtenernos la protección celestial aun en las cosas temporales, cuando nuestros deseos no son contrarios a los designios de Dios. Nos atrevemos, pues, a poner en tus manos todos nuestros intereses de este mundo, nuestras esperanzas, nuestros deseos y nuestros temores. Te fué confiado el cuidado de la casa de Nazaret; dígnate ser el consejo y el socorro de todos los que ponen en tus manos sus negocios temporales.

Augusto jefe de la sagrada Familia, la familia cristiana está puesta bajo tu especial protección; vela por ella en nuestros desgraciados tiempos. Responde favorablemente a aquellos y a aquellas que se dirigen a ti, en los momentos solemnes para ellos, en que se trata de escoger una ayuda con la que atraviesen esta vida y preparen el viaje para otra mejor. Mantén entre los esposos la dignidad y el respeto mutuo que son la salvaguardia del honor conyugal; obténles la fecundidad, prenda de las bendiciones celestiales. Que tus clientes, oh José, tengan horror a esos cálculos infames que manchan lo que tiene de más santo, atraen la maldición divina sobre las razas y amenazan a la sociedad con una ruina moral y material a la vez. Disipa esos prejuicios tan vergonzosos como culpables, haz que sea de nuevo honrada la santa continencia de la cual las esposas cristianas deben siempre conservar la estima, y a la cual están obligados a rendir homenaje frecuente, so pena de semejar a esos paganos de que habla el Apóstol, "que no siguen más que sus apetitos, porque ignoran a Dios". (I Thess,. IV, 5.)

Otra plegaria todavía, ¡oh glorioso José! Hay en nuestra vida un momento supremo, momento que decide todo para la eternidad: es el de nuestra muerte. Nos sentimos, sin embargo, inclinados a mirarle con menos inquietud cuando nos acordamos que la bondad divina le ha hecho uno de los principales objetos de tu soberano poder. Has sido investido del oficio misericordioso de facilitar al cristiano que recurre a ti el paso del tiempo a la eternidad. A ti, oh José, debemos dirigirnos para conseguir una buena muerte.

Esta prerogativa te era debida, a ti cuya dichosa muerte, entre los brazos de Jesús y María, causó la admiración del cielo y fué uno de los más sublimes espectáculos que ha ofrecido la tierra. Sé, pues, nuestra ayuda, oh José, en este solemne y último instante de nuestra vida terrestre. Confiamos en María, a quien suplicamos cada día nos sea propicia en la hora de nuestra muerte; pero sabemos que María se complace de la confianza que ponemos en ti, y que donde tú estás, ella se digna estar también.

Fortificados con la esperanza en tu paternal bondad, oh José, esperaremos con tranquilidad esta hora decisiva; pues sabemos que si somos fieles en recomendártela, tu ayuda nos está asegurada.





Sea todo a la Mayor Gloria de Dios

domingo, 21 de abril de 2019

El Santo Día de Pascua






EL SANTO DÍA DE PASCUA


MAITINES

LA RESURRECCIÓN DE CRISTO

La noche del Sábado al Domingo ve por fin agonizar sus largas horas; se aproxima el alborear del día. María, con el corazón angustiado, pero animosa y paciente, espera el instante en que volverá a ver a su Hijo. Magdalena y sus compañeras han velado toda la noche, y no tardarán en ponerse en camino hacia el santo sepulcro.

En el seno del limbo, el alma del divino Redentor se dispone a dar la señal de partida a aquellas miríadas de almas justas tanto tiempo cautivas, que le circundan respetuosas y amorosas. La muerte se cierne sobre el sepulcro donde retiene a su víctima. Desde el día en que devoró a Abel, ha absorbido a innumerables generaciones; pero jamás había estrechado entre sus lazos una presa tan noble. Jamás la sentencia del paraíso terrenal había tenido cumplimiento tan prodigioso; pero nunca tampoco vió la tumba sus esperanzas burladas con un mentís tan cruel. Más de una vez el poder divino la había arrancado sus víctimas: el Hijo de la viuda de Naín, la hija del jefe de la sinagoga, el hermano de Marta y de Magdalena le habían sido arrebatados; pero ella los aguardaba en la segunda muerte. En cambio, de otro se había escrito: "Oh muerte, yo seré tu muerte; sepulcro, yo seré tu ruina." (Oseas, XIII, 14.) Unos instantes, y trabarán batalla los dos adversarios.

Así como el honor de la divina Majestad no podía permitir que el cuerpo unido a un Dios aguardase en el polvo, como el de los pecadores, el momento en que la trompeta del ángel nos llamará a todos al juicio supremo; del mismo modo convenía que las horas durante las cuales la muerte debía prevalecer fuesen abreviadas. "Esta generación perversa, había dicho Jesús, pide un prodigio; y sólo le será dado el del profeta Jonás." (S. Mateo, XII, 39.) Tres días de sepultura: el ñn de la jornada del viernes, la noche siguiente, el sábado todo él completo con su noche, y las primeras horas del domingo. Era suficiente: suficiente para la justicia divina ya satisfecha; bastante para certificar la muerte de la augusta víctima, y para asegurar el más brillante de los triunfos; bastante para el corazón desolado de la más amante de las madres.

"Nadie me arranca la vida, sino que yo la doy de mi propia voluntad; y soy dueño de darla y dueño de recobrarla." (San Juan, X, 18.) Asi hablaba a los judíos el Señor antes de su pasión; la muerte sentirá al punto la fuerza de esta palabra del maestro. El domingo, día de la luz, comienza a alborear; los primeros fulgores de la aurora pugnan ya con las tinieblas. Inmediatamente el alma divina del Redentor sale de la prisión del limbo, seguida de la multitud de almas santas que la rodeaban. Atraviesa en un parpadear de ojos el espacio y, penetrando en el sepulcro, se reintegra al cuerpo del que se había separado tres días antes en medio de los estertores de la agonía. El cuerpo sagrado se reanima, se levanta y se desprende de los lienzos, de los aromas y de las fajas con que estaba ceñido. Las cicatrices han desaparecido; la sangre ha vuelto a las venas; y de aquellos miembros lacerados por los azotes, de aquella cabeza desgarrada por las espinas, de aquellos pies y de aquellas manos atravesadas por los clavos, irradia una luz fulgurante que llena la caverna. Los santos ángeles que adoraron con ternura al niño de Belén, adoran con temblor al vencedor del sepulcro. Pliegan con respeto y dejan sobre la tierra, en que el cuerpo inmóvil reposaba poco ha, los lienzos con que la piedad de dos discípulos y de santas mujeres le habían envuelto.

Pero el rey de los siglos no debe continuar ya en aquel sarcófago fúnebre; con más rapidez que la luz que penetra por el cristal, franquea el obstáculo que le opone la piedra de entrada a la caverna, que la potestad pública había sellado y rodeado de soldados armados. Todo permanece intacto; y está libre el triunfador de la muerte; del mismo modo, nos dicen unánimemente los santos Doctores, apareció a los ojos de María en el establo sin haber hecho sentir ninguna violencia en el seno materno. Estos dos misterios de nuestra fe se aunan y proclaman el inicial y el último término de la misión del Hijo de Dios: al principio, una Virgen-Madre; al fin, un sepulcro sellado que devuelve a quien retenía cautivo.


LA DERROTA DE LA MUERTE

El más profundo silencio reina todavía, en este momento en que el Hombre-Dios acaba de romper el cetro de la muerte. Su liberación y la nuestra no le han costado ningún esfuerzo. ¡Oh muerte! ¿qué te queda ya de tu imperio? El pecado nos había entregado a ti; tú gozabas de tu conquista; y he aquí que has caído hasta el abismo. Jesús, de quien tú te sentías tan orgullosa por tenerle debajo de tu ley, se te ha escapado; y todos nosotros, después de habernos poseído tú, también nos escaparemos de tu dominio. El sepulcro que nos preparas, se convertirá en nuestra cuna para una vida nueva; por que tu vencedor es el primogénito entre los muertos (Apoc., I, 5); y hoy es la Pascua, el tránsito, la liberación, para Jesús y para todos sus hermanos. La ruta que él ha abierto, todos nosotros la seguiremos; y día vendrá en que tú, que lo destruyes todo, tú nuestra enemiga, serás anonadada a tu vez por el reino de la inmortalidad. (I Cor., XV, 26.) Pero desde ahora nosotros contemplamos tu caída, y repetimos para tu vergüenza, este grito del gran Apóstol: "Oh muerte, ¿dónde está tu victoria? ¿Dónde está tu aguijón? Por un momento triunfaste, y he aquí que has sido devorada en tu triunfo." (Ibíd., 55).


APERTURA DEL SEPULCRO

Pero el sepulcro no va a permanecer siempre sellado; es necesario que se abra, y que testimonie con claridad meridiana que aquel cuyo cuerpo inanimado le habitó por algunas horas, le ha dejado para siempre. De pronto la tierra tiembla, como en el momento en que Jesús expiró sobre la cruz; mas este estremecimiento del globo no significa ya terror; simboliza alegría. El Angel del Señor desciende del cielo; hace rodar la piedra de la entrada, y se sienta sobre ella con majestad; tiene por vestido una túnica de brillante blancura y su mirada irradia resplandores. Ante su presencia los guardianes del sepulcro caen por tierra despavoridos; quedan como muertos hasta que la bondad divina calma su terror; se levantan y, dejando aquel lugar, entran en la ciudad a dar cuenta de lo que han visto.


LA APARICIÓN A NUESTRA SEÑORA

Mientras tanto Jesús resucitado, cuya gloria aún no ha contemplado ninguna criatura mortal, ha franqueado el espacio y en un instante se ha reunido con su Santísima Madre. Es el Hijo de Dios, es el vencedor de la muerte; pero es también el hijo de María. María estuvo junto a él hasta que expiró; ella unió el sacrificio de su corazón de madre al que ofrecía él mismo sobre la cruz; es justo, pues, que las primeras alegrías de la Resurrección sean para ella. El santo Evangelio no refiere la aparición del Salvador a su Madre, mientras que se extiende sobre todas las demás: la razón es obvia. Las otras apariciones tenían como fin promulgar el hecho de la Resurrección; ésta la exigía el corazón de un hijo, y de un hijo como Jesús. La naturaleza y la gracia reclamaban esta entrevista primera, cuyo conmovedor misterio hace las delicias de las almas cristianas. No era necesario se consignase en los libros sagrados; la tradición de los Padres, comenzando por San Ambrosio bastaba para trasmitírnosla, dado caso que nuestros corazones no la hubieren presentido; y cuando nos preguntamos, por qué el Salvador, que debía salir del sepulcro el domingo, quiso hacerla en las primeras horas de este día, aun antes de que el sol hubiese iluminado al universo, asentimos fácilmente a la opinión de los autores que han atribuido esta prisa del Hijo de Dios, a la inquietud que experimentaba su corazón por poner término a la dolorosa espera de la más tierna y más afligida de las madres.

¿Qué lengua humana osará traducir las expansiones del Hijo y de la Madre, en esta hora tan deseada? Los ojos de María, yertos por el llanto y el insomnio, se abren de pronto a la suave y dulce luz que le anuncia la llegada de su querido Hijo; la voz de Jesús que resuena en sus oídos, no ya con el acento doloroso que en días pasados descendía de la cruz y traspasaba como una espada su corazón maternal, sino jovial y amorosa, propia de un hijo que viene a contar sus triunfos a aquella que le dió a luz; el aspecto de aquel cuerpo que ella recibió en sus brazos, hacía tres días, ensangrentado e inanimado, ahora es fúlgido y pletórico de vida, radiante con los reflejos de la divinidad, a que estaba unido; las ternezas de un tal hijo, sus palabras cariñosas, sus abrazos, que son los de un Dios; para evocar la sublimidad de esta escena, no conocemos más que la frase de Ruperto, que nos pinta la efusión gozosa que llenó entonces el corazón de María, como un torrente de dicha que la embriagaba y la quitaba el sentimiento de los dolores tan punzantes que había sufrido.

Mas este torrente de delicias, que el Hijo de Dios había preparado a su Madre, no fué tan súbito como este autor del siglo xn da a entender. Nuestro Señor mismo quiso describir esta escena en una revelación que hizo a Santa Teresa. Se dignó confiarla, que la postración de su divina Madre era tan profunda, que no habría tardado en sucumbir a tal martirio; y que, cuando se apareció a ella en el instante en que acababa de salir del sepulcro, necesitó cierto tiempo para volver en sí, antes de encontrarse en estado de poder gustar aquella alegría; y el Señor añade que permaneció mucho tiempo a su lado, ya que esta presencia prolongada la era necesaria

Nosotros, cristianos, que amamos a nuestra Madre, que la vimos sacrificar a su propio Hijo por nosotros en el Calvario, participemos con afecto filial de la felicidad con que Jesús se dignó colmarla en este instante, y aprendamos también a compadecer los dolores de su corazón maternal. Es la primera manifestación de Jesús crucificado: recompensa de la fe que veló siempre en el corazón de María, aun durante el lóbrego eclipse que se prolongó durante tres días. Pero es tiempo que Cristo se muestre a otros, y que la gloria de su resurrección comience a brillar sobre el mundo. Primero se hizo visible a aquella que entre todas las criaturas, era la más querida y la única digna de tal honor; ahora en su bondad, va a recompensar con su visita llena de consuelos, a las almas abnegadas que han permanecido fieles a su amor, en un duelo quizás demasiado humano, impulsadas por un reconocimiento que ni la muerte ni la tumba pudieron enervar.


LAS SANTAS MUJERES EN EL SEPULCRO

Ayer, cuando la caída del sol comenzaba a anunciar que, según el uso judaico, al gran sábado sucedía el domingo, Magdalena y sus compañeras fueron por la ciudad a comprar perfumes para embalsamar de nuevo el cuerpo de su querido Maestro, tan pronto como la luz del día las permitiese ir a cumplir este piadoso deber. Han pasado la noche en vela, y cuando las sombras no se han disipado por completo, Magdalena con María, madre de Santiago, y Salomé están de camino hacia el Calvario, cerca del cual se encuentra el sepulcro en que reposa Jesús. En su aflicción, ni siquiera se han preguntado con qué ayuda podrán remover la piedra que cierra la entrada de la gruta; menos aún han pensado en el sello del poder público que será necesario romper previamente. Llegan al alborear del día; y lo primero que impresiona sus miradas, es la piedra que cerraba la entrada porque quitada de su lugar, quedaba libre la entrada en la cámara del sepulcro. Él ángel del Señor que había recibido el encargo de remover la piedra y que se había sentado en ella como en un trono, no quiso dejarlas por más tiempo en el estupor de que eran presa, y así las dijo: " No tengáis miedo, sé bien que buscáis a Jesús el crucifiacado, pero ya no está aquí; ha resucitado, como lo había predicho; venid y ved el sitio donde estuvo sepultado el Señor."

Era demasiado para estas almas cuyo amor hacia el maestro las enajenaba, pero que no le conocían aún por el espíritu. Quedaron "consternadas", nos dice el santo Evangelista. Es un difunto a quien buscan, un difunto querido; las dicen que ha resucitado; y esta noticia no despierta en ellas ningún recuerdo. Dos ángeles se las aparecen en la gruta completamente iluminada por el resplandor que despiden. Deslumbradas por esta luz inesperada, Magdalena y sus compañeras, nos dice San Lucas, fijaron en tierra sus ojos tristes y asombrados. "¿Por qué buscáis entre los muertos, las dicen los ángeles, aquel que vive? Recordad, pues, lo que os dijo en Galilea: que sería crucificado y que al tercer día resucitaría." Estas palabras causan cierta impresión sobre las santas mujeres, y en medio de su conmoción, un tenue recuerdo del pasado parece aflorar en su memoria. "Id, pues, continúan los ángeles; decid a los discípulos y a Pedro que ha resucitado, y que los precederá a Galilea."

Salen apresuradas del sepulcro y vuelven a la ciudad, llevando, en medio de su terror, un sentimiento de íntimo gozo, que las penetra a su pesar. Con todo, no han visto más que a los ángeles y un sepulcro abierto y vacío. Ante su relato, los apóstoles: lejos de dejarse ganar la confianza, atribuyen, nos dice también San Lucas, a la exaltación de un sexo frágil todo lo maravilloso que refieren acordes. La resurrección predicha tan claramente y en muchas ocasiones por su maestro, tampoco les viene a la memoria. Magdalena se dirige en particular a Pedro y a Juan; pero ¡su fe es todavía débil! Había ido a embalsamar el cuerpo de su querido maestro, y no le halló. Su decepción dolorosa se expansiona también delante de los dos Apóstoles diciendo: "Se han llevado del sepulcro al Señor y no sé dónde le han puesto."


PEDRO Y JUAN EN EL SEPULCRO

Pedro y Juan se determinan a ir al lugar. Entran en la gruta; ven los lienzos puestos en orden sobre la losa de piedra en que había estado el cuerpo de su Maestro; pero los espíritus celestes que montan guardia, no se les muestran. Con todo eso, Juan recibe entonces la fe, y de ello nos da testimonio; en adelante creerá en la resurrección de Jesús. No hacemos más que pasar rápidamente sobre los relatos que tendremos ocasión de meditar más adelante, cuando la liturgia vuelva a ponerlos a nuestra vista. Ahora sólo nos proponemos seguir en su conjunto los acontecimientos de este día, el más grande de los días.

Hasta ahora Jesús sólo se ha aparecido a su Madre: las mujeres sólo han visto a Angeles que las han hablado. Estos bienaventurados Es píritus las han mandado ir a anunciar la resurrección de su maestro a los discípulos y a Pedro. No reciben esta comisión para María; es fácil comprender la razón: el hijo se había reunido ya con su madre, y la misteriosa y conmovedora entrevista se prolongó aún durante estos preludios. Pero ya el sol brilla con toda su fuerza, y las horas de la mañana avanzan; es el Hombre-Dios quien va a proclamar por sí mismo el triunfo que el género humano acaba de conseguir en él sobre la muerte. Sigamos con santo respeto el orden de estas manifestaciones, y esforcémonos respetuosamente por descubrir sus misterios.


APARICIÓN A MARÍA-MAGDALENA

Magdalena, después de la vuelta de los Apóstoles,, no pudo resistir el deseo de visitar de nuevo la tumba de su maestro. El pensamiento del cuerpo desaparecido, que tal vez sea objeto de mofa para los enemigos de Jesús y yazga sin honor ni sepultura, atormenta su alma ardiente y desconcertada. Vuelve y al poco tiempo llega a la entrada del sepulcro. Allí, en su inconsolable dolor, se entrega a sus sollozos; después, al asomarse al interior de la gruta, ve a dos ángeles sentados, cada uno en un extremo de la losa, sobre la que había visto extendido el cuerpo de Jesús. No les interroga; ellos son los que la hablan: "Mujer, la dicen, ¿por qué lloras?" "Porque han tomado a mi Señor y no sé dónde le han puesto." Y después de estas palabras, se vuelve sin esperar la respuesta de los ángeles. De pronto se da de cara con un hombre y este hombre es Jesús. Magdalena no le reconoce; está buscando el cuerpo muerto de su maestro, quiere sepultarle de nuevo. El amor la transporta, pero la fe no ilumina su amor: no siente que aquel cuyos inanimados despojos busca está vivo allí, cerca de ella.

Jesús, en su inefable condescendencia, se digna hacerla oír su voz: "Mujer, la dice, ¿por qué lloras? ¿A quién buscas?" Magdalena no reconoció esta voz; su corazón está como embotado oor una excesiva y cegadora sensibilidad; no reconoce todavía a Jesús por el espíritu. Con todo, sus ojos se han detenido sobre él; pero.su imaginación, que la encadena, la hace ver en este hombre al guarda del jardín que rodea al sepulcro. Tal vez sea él, se dice, el que ha robado el tesoro que yo busco; y sin reflexionar por más tiempo, así impresionada, se dirige a él mismo y humildemente le dice: "Señor, si le has llevado tú, dime dónde le has puesto y yo le tomaré:" Era demasiado para el corazón del Redentor de los hombres, para aquel que se dignó alabar altamente en casa del fariseo el amolde la pobre pecadora; y ya no podía retardar el recompensar esta terneza; va a declararse. Entonces con un acento que trae a la memoria de Magdalena tantos recuerdos de divina familiaridad, habla; pero no dice más que esta palabra: "¡María!"; "¡Maestro!", responde ella con efusión, iluminada súbitamente por los esplendores del misterio.

Se lanza hacia él y posa sus labios en aquellos sagrados pies con cuyo abrazo había recibido antes el perdón. Jesús la detiene; no ha llegado el momento de entregarse a largos desahogos. Es necesario que Magdalena, primer testigo de la resurrección del Hombre-Dios sea elevada en recompensa de su amor, al más alto grado de honra. No conviene que María revele a otros los secretos de su corazón maternal; es la Magdalena quien ha de dar testimonio de lo que ha visto y oído en el jardín. Ella será, como dicen lps santos Doctores, el Apóstol de los mismos Apóstoles. Jesús la dice: "Vete a mis hermanos y diles que subo a mi Padre y el suyo, a mi Dios y a su Dios."

Tal es la segunda aparición de Jesús resucitado, la aparición a María Magdalena, la primera en el orden del testimonio. La meditaremos de nuevo el jueves. Pero adoremos desde ahora la bondad del Señor, que antes de procurar establecer la fe de su resurrección en sus Apóstoles, se digna primeramente recompensar el amor de esta mujer, que le siguió hasta la cruz y aun más allá del sepulcro, y que siendo deudora en mayor grado que los otros, supo también amar más que los otros. Al mostrarse primero a Magdalena, Jesús quiso satisfacer ante todo el amor de su corazón divino hacia la criatura, y mostrarnos que el cuidado de su gloria viene después.

Magdalena solicita de cumplir la orden de su Maestro, vuelve a la ciudad y no tarda en hallarse entre los discípulos; "He visto al Señor, les dice, y me ha dicho esto." Pero la fe no ha penetrado todavía en sus almas; Juan sólo ha recibido este don en el sepulcro, aunque sus ojos no han visto más que el sepulcro vacío. Recordemos que, después de haber huido como los otros, volvió al Calvario para recoger el último suspiro de Jesús, y que allí fué hecho hijo adoptivo de María.


APARICIÓN DE LAS SANTAS MUJERES

Entretanto, María, madre de Santiago, y Salomé, que habían acompañado a Magdalena en su visita al sepulcro, vuelven solas a Jerusalén. De pronto Jesús se las aparece y las detiene. "Os saludo", las dice. Con estas palabras, el corazón se las llena de ternura y de admiración. Se precipitan a sus pies sagrados con fervor, se los besan y le rinden sus adoraciones. Es la tercera aparición del Salvador resucitado, menos íntima pero más familiar que aquella con que Magdalena fué favorecida. Jesús no terminará la jornada sin manifestarse a aquellos que están llamados a ser los heraldos de su gloria; pero, más que nada, quiere honrar a los ojos de todos los siglos venideros a estas mujeres, que, desafiando el peligro y triunfando de la debilidad de su sexo, le consolaron en la cruz con una fidelidad que no encontró en aquellos que había escogido y colmado de sus favores. Alrededor de la cuna donde se mostraba por vez primera a los hombres, convocó a pobres pastores, sirviéndose del ministerio de los ángeles, antes de llamar a los reyes por medio de una estrella; hoy que ha llegado al culmen de su gloria y ha puesto con su resurrección el sello a todas sus acciones y certificado su origen divino afianzando nuestra fe con el más irrefragable de todos los prodigios, espera, antes de instruir y de esclarecer a sus Apóstoles, a que unas pobres mujeres sean por él mismo instruidas, consoladas, colmadas, en fin, con pruebas de su amor. ¡Qué nobleza la de esta conducta tan suave y tan fuerte del Señor, nuestro Dios, y con cuánta razón nos dijo por el Profeta: "Mis pensamientos no son vuestros pensamientos!" (Isaías, LV, 8).

Si hubiese estado en nuestra mano ordenar las circunstancias de su venida a este mundo, ¿qué ruido habríamos hecho para llevar a todos los hombres, reyes y pueblos, junto a su cuna?

¿Con qué estrépito habríamos publicado en todas las naciones el milagro de los milagros, la Resurrección del crucificado, la muerte vencida y la inmortalidad reconquistada? El Hijo de Dios, que es "el poder y la sabiduría del Padre".

(Cor., I, 24), obró de otra manera. En el instante de su nacimiento, no quiso por primeros adoradores sino hombres sencillos, cuyos relatos no debían transcender más allá de Belén; y he aquí que actualmente la fecha de este nacimiento es la era de todos los pueblos civilizados. Como primeros testigos de su resurrección, no quiso sino débiles mujeres; y he aquí que este mismo día, en el preciso momento en que nos encontramos, todo el universo celebra el aniversario de esta Resurrección; todo se renueva, un fervor desconocido en el resto del año se deja sentir en los más indiferentes; el incrédulo que codea al creyente, sabe, por lo menos, que hoy es Pascua; y del seno mismo de las naciones infieles, innumerables voces cristianas se unen a las nuestras para elevar de todos los puntos del globo, hacia Jesús resucitado, la aclamación que nos aúna a todos en un solo pueblo, el gozoso Aleluya. "Oh Señor", podemos exclamar, como exclamó Moisés cuando el pueblo elegido celebró la primera Pascua y atravesó a pie enjuto el mar Rojo, "oh Señor, ¿quién entre los fuertes es semejante a ti?" (Exodo, XV, II).


MISA

La hora de Tercia reúne en la Basílica a todo el pueblo de la ciudad. El sol, cuya salida ha sido alegre, parece derramar luz más intensa; el pavimento de ia iglesia está alfombrado de flores. Debajo de los mosaicos del ábside, cuyos esmaltes brillan con claridad nueva, los muros se ven cubiertos con tapices preciosos; guirnaldas de flores que penden en festones del arco triunfal, corren a lo largo de las columnas de la nave mayor, y de allí se prolongan a las naves laterales. Numerosas lámparas, alimentadas con el aceite de oliva más refinado, refulgen en torno al altar, suspendidas del baldaquino. Surgiendo de su esbelta columna, el Cirio pascual, que no se ha apagado desde las primeras horas de la vigilia de ayer, eleva su llama siempre vivaz, y embalsama el lugar santo con el aroma de los perfumes que impregnan su mecha. Símbolo misterioso de Cristo-Luz, alegra las miradas de los fieles y parece decir a todos: "¡Aleluya! ¡Cristo ha resucitado!"

Pero lo que más concentra la atención es el grupo numeroso de neófitos, revestidos de blanco como los ángeles que aparecieron junto al sepulcro; en estos tiernos y nobles retoños se refleja más vivamente el misterio de Cristo resucitado del sepulcro. Ayer todavía estaban muertos por el pecado; ahora están llenos de vida nueva, fruto de la victoria del Redentor sobre la muerte. Feliz pensamiento de la Santa Iglesia, haber escogido para el día de su regeneración, aquel mismo en que el Hombre-Dios conquistó para nosotros la inmortalidad.


LA ESTACIÓN

En Roma la Estación se celebraba antiguamente en la Basílica de Santa María la Mayor. Por una admirable delicadeza, esta reina de las numerosas iglesias dedicadas a la Madre de Dios, fué designada para la función de este día. Roma tributaba el homenaje de la solemnidad pascual a aquella que, más que ninguna criatura, tuvo derecho a experimentar las alegrías, por las angustias que había sufrido su corazón maternal, y por su fidelidad en conservar la fe de la resurrección durante las horas que su divino Hijo debió pasar en el Sepulcro.

Más tarde, la solemnidad de la Misa papal fué trasladada a la Basílica de San Pedro, más espaciosa y más apropiada para la multitud de fieles, que todo mundo cristiano envía en representación a las solemnidades pascuales de Roma. Con todo, el Misal romano continúa indicando a Santa María la Mayor, como la Iglesia de la estación actual; y las indulgencias son las mismas para aquellos que toman parte en las funciones que allí se celebran.

Todos los preludios al Sacrificio han terminado; los chantres ejecutan el solemne Introito, durante el cual el Pontífice, rodeado de Presbíteros, de Diáconos y de ministros inferiores, se dirige al altar. Este cántico de entrada es la exclamación del Hombre-Dios al salir del sepulcro, y dirigir a su Padre celestial el homenaje de su reconocimiento.


INTROITO
He resucitado, y aún estoy contigo, aleluya; pusiste sobre mí tu mano, aleluya: maravillosa se mostró tu ciencia, aleluya, aleluya. — Salmo: Señor, me probaste, y me has conocido: has conocido mi abatimiento y mi resurrección. V. Gloria al Padre.

En la colecta, la Santa Iglesia celebra el beneficio de la inmortalidad, hecho al hombre por la victoria del Redentor sobre la muerte; y en ella pide que los votos de sus hijos se eleven siempre a lo alto hacia este sublime destino.


COLECTA
Oh Dios, que, vencida la muerte por tu Hijo unigénito, nos has abierto hoy la puerta de la eternidad: nuestros votos que tú previenes con tu inspiración, prosigúelos también con tu ayuda. Por el mismo Jesucristo, nuestro Señor.


EPÍSTOLA

Lección de la Epístola 1a. del Apóstol San Pablo a los Corintios (V, 7-8)
Hermanos, arrojad el viejo fermento, para que seáis nueva masa, ya que sois ázimos. Porque Cristo, nuestra Pascua, fué inmolado. Comamos, pues, no con vieja levadura, ni con levadura de malicia y de perversidad, sino con ázimos de sinceridad y de verdad.

Dios ordenó a los Israelitas comer el Cordero Pascual con pan ázimo, es decir, sin levadura; enseñándoles con este símbolo, que debían renunciar, antes de tomar esta vianda misteriosa, a la vida pasada, cuyas imperfecciones estaban figuradas por la levadura. Nosotros cristianos, que hemos sido elevados por Cristo a esta vida nueva, hacia la cual nos orientó resucitando él primero, debemos en adelante no tender sino a obras puras, a acciones santas, ázimo destinado a acompañar al Cordero pascual, que hoy se hace nuestro alimento.

El Gradual está formado con palabras del Salmo CXVII, repetidas en todas las Horas de este día. En él la alegría es un deber para todo cristiano; todo nos incita a ella; el triunfo de nuestro amado Redentor y los grandes bienes que nos ha conquistado. La tristeza en este día sería una protesta indigna contra los beneficios de que Dios se ha dignado colmarnos en su Hijo.


GRADUAL
Este es el día que hizo el Señor: gocémonos y alegrémonos en él. V. Alabad al Señor, porque es bueno; porque su misericordia es eterna.

El verso aleluyático nos da uno de los motivos por que debemos alegrarnos. Un festín ha sido preparado para nosotros; el Cordero está dispuesto; este Cordero es Jesús inmolado, en adelante siempre vivo: inmolado, para que seamos rescatados con su sangre; siempre vivo, para comunicarnos la inmortalidad.

Aleluya, aleluya. V. Cristo, nuestra Pascua, fué inmolado

Para acrecentar la alegría de los fieles, la Santa Iglesia añade a sus cánticos ordinarios una obra lírica, en la que alienta el más vivo júbilo por el Redentor, que sale del sepulcro. Esta composición ha recibido el nombre de Secuencia, porque es como una secuela y una prolongación del canto del Aleluya. Se atribuye a Wippon (t 1050), capellán de los emperadores Conrado II y Enrique III.


SECUENCIA
A la victima pascual alabanzas inmolen los cristianos.El Cordero redimió a las ovejas: Cristo, inocente, reconcilió con el Padre a los pecadores. La muerte y la vida lucharon en duelo sublime; muerto el Rey de la vida, reina vivo.Dinos, tú, María: ¿qué viste en el camino?El sepulcro de Cristo viviente: y la gloria vi del resurgente. Los testigos angélicos, el sudario y los vestidos.Resucitó Cristo, mi esperanza; precederá a los suyos en Galilea.Sabemos que Cristo ha resucitado realmente de entre los muertos; tú, victorioso Rey, ten piedad de nosotros. Amén. Aleluya.

La Santa Iglesia toma hoy de San Marcos, con preferencia a los otros Evangelistas, el relato de la Resurrección. San Marcos fué discípulo de San Pedro; escribió su Evangelio en Roma, dirigido por el Principe de los Apóstoles. Conviene que en semejante solemnidad se oiga en cierta manera la. voz de aquel a quien el divino resucitado proclamó piedra fundamental de su resucitado proclamó piedra fundamental de su Iglesia y Pastor supremo de las ovejas y de los corderos.


EVANGELIO
Continuación del Santo Evangelio según San Marcos (XVI, 1-7)
En aquel tiempo María Magdalena y María, madre de Santiago, y Salomé compraron aromas para ir a ungir a Jesús. Y muy de mañana, al día siguiente del sábado, fueron al monumento salido ya el sol. Y decían entre sí: ¿Quién nos separará la piedra de la puerta del sepulcro? Y, mirando, vieron separada la piedra, que era muy grande. Y, entrando en el sepulcro, vieron a un joven sentado a la derecha, vestido con traje blanco, y se asustaron. Pero él las dijo: No os asustéis: buscáis a Jesús Nazareno, el crucificado; ha resucitado, no está aqui, he ahí el sitio donde le pusieron. Pero id, decid a sus discípulos y a Pedro, que os precederá en Galilea; allí le veréis, como os lo dijo.


EL VENCEDOR DE LA MUERTE

"Resucitó, ya no está aquí": un muerto que manos piadosas habían colocado allí, sobre aquella losa, en aquella gruta; se ha levantado, y aun sin quitar la piedra que cerraba la entrada, ha resucitado a una vida que ya nunca tendrá fin. Nadie le prestó ayuda; ningún profeta, ningún enviado de Dios se inclinó sobre su cadáver para volverle a la vida. El mismo fué quien, por su propia virtud, se resucitó. Para él la muerte no fué una necesidad; la padeció porque quiso; la aniquiló cuando quiso. ¡Oh Jesús, tú juegas con la muerte, tú, que eres el Señor, Nuestro Dios! Nos postramos de rodillas ante ese sepulcro vacío, que, por haber tú morado en él algunas horas has hecho sagrado para siempre. "He ahí el lugar en que te colocaron". ¡He ahí los lienzos, las vendas, que no te pudieron retener y dan fe de tu paso voluntario por el yugo de la muerte!

El ángel dice a las mujeres: "Buscáis a Jesús de Nazaret, el crucificado". ¡Recuerdo cargado de lágrimas! El día anterior fueron trasladados a él sus despojos maltratados, desgarrados, sangrantes. Aquella gruta, cuya piedra fué violentamente removida por la mano del Angel y que ahora está iluminada con claridad deslumbrante por este espíritu celestial, cobijó con su sombra a la más desolada de las madres; hizo eco a los sollozos de Juan y de los dos discípulos, y a los lamentos de la Magdalena y de sus compañeras; el sol se ocultaba en el horizonte e iba a comenzar el primer día de la sepultura de Jesús. Mas el profeta había predicho: "En la tarde reinarán las lágrimas; pero por la mañana brillará la alegría." (Sal., XXIX, 6.)

Nos encontramos en este feliz amanecer; y nuestra alegría es grande, oh Redentor, al contemplar que este mismo sepulcro adonde te acompañamos con dolor sincero, no es sino el trofeo de tu victoria. Están curadas las llagas que besábamos con amor, reprochándonos el haberlas causado. Vives más glorioso que nunca, inmortal; y porque nosotros quisimos morir a nuestros pecados, mientras tú morías por expiarlos, quieres que vivamos contigo eternamente, que tu victoria sea la nuestra, que la muerte, para ti y para nosotros, no sea más que un tránsito y que ella nos restituya un día intacto y radiante este cuerpo, que la tumba no recibirá ya en adelante sino como en depósito. ¡Gloria sea, pues, honor y amor a ti, que te has dignado no solamente morir, sino también resucitar para nosotros!

El Ofertorio reproduce las palabras con que el Salmista anunciaba el terremoto que sucedió en el instante de la Resurrección. Nuestro globo fué testigo de la más sublime de las manifestaciones del poder y de la bondad de Dios y el Supremo Señor quiso más de una vez que se asociase por movimientos inusitados a sus leyes comunes, a las escenas divinas de las que era teatro.


OFERTORIO
La tierra tembló y descansó, al levantarse a juicio Dios. Aleluya.

El pueblo santo va a sentarse en el banquete pascual; el Cordero divino invita a todos los fieles a alimentarse de su carne; la Iglesia, en la secreta, implora para estos felices convidados las gracias que les asegurarán la inmortalidad bienaventurada de la que ellos van a recibir la promesa.


SECRETA
Suplicárnoste, Señor, recibas las preces de tu pueblo con la ofrenda de estas hostias; para que lo inaugurado con los misterios pascuales, nos sirva, por obra tuya, de remedio eterno. Por Jesucristo, nuestro Señor.


RITOS ANTIGUOS

Surante la Edad Media en la Misa papal, mientras el Pontífice recitaba esta oración secreta, los dos Cardenales Diáconos más jóvenes se separaban de sus colegas, y, cubiertos con sus dalmáticas blancas, iban a colocarse cada uno en una de las extremidades del altar, mirando hacia el pueblo. Representaban a los dos ángeles que guardaban la tumba del Salvador, y que se aparecieron a las santas mujeres y las anunciaron la resurrección de su Maestro. Los dos diáconos permanecían en sus puestos en silencio, hasta el momento en que el Pontífice dejaba el altar al Agnus Dei, para subir al trono, en el que debía comulgar.

También se observaba otra costumbre en Santa María la Mayor. Cuando el Papa, después de la fracción de la Hostia, dirigía a los asistentes el saludo de la paz con las palabras acostumbradas: Pax Domini sit semper vobiscuvi, el coro no respondía como en los días ordinarios: Et cum spiritu tuo. La tradición refiere que en esta misma solemnidad y en esta misma Basílica, celebrando cierto día San Gregorio Magno el divino sacrificio, y habiendo pronunciado estas mismas palabras, un coro de ángeles respondió con una melodía tan suave, que las voces de la tierra enmudecieron, no osando unirse al concierto celestial. Al año siguiente se esperó, sin atreverse a contestar al Pontífice, a que las voces angélicas se oyesen de nuevo; esta espera duró varios siglos; pero el prodigio que Dios había hecho una vez a su siervo Gregorio no se repitió más.

Finalmente llega el momento en que la multitud de los fieles va a comulgar. La antigua Iglesia de las Galias hacía oír entonces un llamamiento, que dirigía a toda la multitud deseosa del pan de vida. Esta antífona se conservó en nuestras catedrales, aun después de la introducción de la liturgia romana por Pipino y Carlomagno; y no desapareció totalmente sino a consecuencia de las innovaciones del siglo XVIII. El canto que la acompañaba, manifiesta la majestad de los misterios: ponemos aquí el texto, para ayudar a los fieles a acercarse con más respeto a este banquete, en que el Cordero Pascual va a darse a ellos.


INVITACION DEL PUEBLO A LA COMUNIÓN

Venid, oh pueblos; acercaos al inmortal misterio: venid a gustar la libación sagrada.

Acerquémonos con temor, con fe, las manos puras; vayamos a unirnos con aquel que es el premio de nuestra penitencia: El Cordero ofrecido en sacrificio a Dios su Padre.

Adorémosle, glorifiquémosle: y con los ángeles cantemos. Aleluya.

Mientras los ministros distribuyen el alimento sagrado, la Iglesia celebra en la Antífona de la comunión, al verdadero Cordero Pascual, que místicamente inmolado, pide a los que se alimentan de él, pureza de corazón; ésta se halla figurada en las especies de pan ázimo con que se oculta a nuestras miradas.


COMUNIÓN
Cristo, nuestra Pascua, ha sido inmolado, aleluya; comamos, pues, con ázimos de sinceridad y de verdad Aleluya, aleluya, aleluya.

La última oración de la Iglesia en favor de su pueblo, implora para todos el espíritu de caridad fraterna, que es el espíritu de la Pascua. Al tomar nuestra naturaleza por la encarnación, el Hijo de Dios nos hizo sus hermanos; al derramar su sangre por nosotros en la cruz, nos unió a todos por el vínculo de la redención; al resucitar hoy, nos une también en la inmortalidad. POSCOMUNION Infúndenos, Señor, el espíritu de tu caridad; para que a los que has saciado con los sacramentos pascuales, los unifiques en tu piedad. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

Después de la bendición del Pontífice, el pueblo se ausenta alabando a Dios y esperando el oficio de Vísperas, que con su pompa inusitada, pondrá fin a todas las magnificencias de esta jornada solemne.


USOS ROMANOS

En Roma, el Papa desciende las gradas de su trono; ceñida la frente de la triple corona, se sienta sobre la silla gestatoria, y, llevado por los servidores palatinos, avanza por la nave mayor. En un lugar señalado, desciende y se arrodilla humildemente. Entonces, de lo alto de las tribunas de la cúpula, sacerdotes revestidos de estola muestran al pontífice y al pueblo el leño sagrado de la cruz y el velo llamado la Verónica, sobre el cual están pintados los rasgos deformados del Salvador caminando hacia el Calvario. Este recuerdo de los dolores y de las humillaciones del Hombre-Dios, evocado en el momento mismo en que su triunfo sobre la muerte acaba de ser proclamado con tanto esplendor, revela también la gloria y el poder del divino resucitado, y recuerda a todos con qué amor y con qué fidelidad se dignó cumplir la misión que había aceptado para nuestra salvación. ¿No ha dicho él mismo hoy a los discípulos de Emaús: "Convenía que Cristo sufriese, y que entrase en su gloria por el camino de los padecimientos"? (S. Luc., XXIV, 46.) La Cristiandad, en la persona de su Jefe, tributa homenaje eil este momento a estos padecimientos y a esta gloria. Después de humilde adoración, el Pontífice recibe de nuevo la tiara, sube a la silla y es llevado hacia la galería desde la cual dará al inmenso gentío que cubre la plaza de San Pedro la bendición apostólica.


BENDICIÓN DEL CORDERO

La costumbre de bendecir y de comer la carne de un cordero el día de Pascua, se ha conservado. Ponemos aquí, como complemento de los ritos de la pascua cristiana, la oración que la Iglesia emplea para esta bendición. El fiel recorrerá con placer esta fórmula antigua que transporta a otras costumbres y pedirá a Dios el retorno de esta sencillez y de esta fe práctica, que daba un sentido tan profundo y una grandeza tan sólida a las más insignificantes circunstancias de la vida de nuestros antepasados.

Oh Dios, que por medio de tu siervo Moisés, mandaste que, en la liberación del pueblo de Israel de Egipto, fuese matado un cordero, como símbolo de Nuestro Señor Jesucristo, y fuesen untadas con su sangre las puertas de las casas; dígnate bendecir y santificar también esta criatura de carne, que nosotros, tus siervos, deseamos tomar para alabanza tuya, en la fiesta de la resurrección del mismo Jesucristo, nuestro Señor, que vive y reina contigo por los siglos de los siglos. Amén.


BENDICIÓN DE LOS HUEVOS

La carne de animales no era el único plato que les estaba prohibido a los cristianos por la ley cuaresmal; esta ley prohibía también los huevos, en su calidad de comida animal. Tal prescripción no está ya en vigor en nuestros días; pero, antes que la Iglesia hubiese hecho esta nueva concesión a nuestra flaqueza, era necesario que cada año una dispensa más o menos extensa viniese a legitimar el uso de un alimento universalmente prohibido durante la santa Cuaresma. Las Iglesias de Oriente han sido más fieles a esta disciplina y no conocen esta dispensa. En su alegría de recobrar un alimento, cuya abstención les había sido penosa, los fieles pidieron a la Iglesia bendijese los primeros huevos que aparecían en la mesa pascual; y he aquí la oración que la Iglesia empleaba para responder a su deseo:

Suplicárnoste, Señor, hagas que descienda sobre estos huevos la gracia de tu bendición, para que se conviertan en saludable alimento de tus fieles, que van a tomarlos en acción de gracias por la resurrección de Nuestro Señor Jesucristo, el cual vive y reina contigo por los siglos de los siglos. Amén.

¡Cuán gozoso es el festín pascual, bendecido por la Iglesia nuestra Madre, y cómo acrecienta, por su santa libertad, la alegría de este gran día! Las fiestas de la religión deben ser fiestas de familia entre los cristianos; pero en todo el ciclo no hay ninguna que sea comparable a ésta, que hemos esperado por tanto tiempo y que nos ha reportado juntamente las misericordias del Señor que perdona y las esperanzas de la inmortalidad.


POR LA TARDE

LA TRISTEZA DE LOS APÓSTOLES

El día avanza en su curso y Jesús aún no se ha mostrado a sus discípulos. Las santas mujeres se entregan a la alegría y al reconocimiento a que las incita el favor de que han sido objeto. Comunicaron su testimonio a los Apóstoles: no son solamente ángeles los que se las han aparecido; el mismo Jesús se las mostró; se dignó hablarlas; besaron sus sagrados pies; se muestran inconmovibles en sus afirmaciones; con todo, no consiguen vencer la postración de esos hombres, a quienes las escenas de la Pasión de su Maestro han abatido tan profundamente. Ante cualquier relato que oyen, se muestran tristes, conio seres que han experimentado una cruel decepción. Con todo, son los mismos a quienes veremos dentro de poco afrontar los suplicios y la muerte, en testimonio de la Resurrección del Maestro cuyo recuerdo constituye para ellos en estos momentos como una humillación.

Podemos figurarnos las impresiones que los dominan, al escuchar la conversación de los dos hombres que pasaron con ellos parte de la jornada y que también tuvieron relaciones con Jesús. Pronto, en el camino de Emaús, exteriorizaron de este modo el estado de su alma decepcionada: "Hablamos esperado en él, como en aquel que había de rescatar a Israel; y he aquí que ya hace tres días que la catástrofe ocurrió. Es cierto que algunas mujeres, que habían ido al sepulcro al amanecer, nos han inquietado con sus relatos. No habiendo encontrado su cuerpo, han regresado diciendo que han visto a Angeles que les han referido que él ahora está vivo. Algunos de entre los nuestros han ido al sepulcro y han comprobado lo que dicen las mujeres, pero a él no le han encontrado."

¡Cosa admirable! El anuncio de su resurrección, que tantas veces Jesús había hecho ante ellos, aun en presencia de los judíos, no les viene a la memoria. ¡Así el espectáculo y el recuerdo de la muerte ahogan en los hombres carnales el sentimiento del nuevo nacimiento que nuestro cuerpo ha de adquirir en la tumba!


LA APARICIÓN A SAN PEDRO

Mas es necesario que Jesús se muestre resucitado a aquellos que deben dar hasta en los confines del mundo testimonio de su divinidad. Hasta ahora sólo se ha aparecido para satisfacer su ternura filial por su madre, y su infinita bondad para con las almas que habían respondido, según sus fuerzas, a sus beneficios. Parece llegado el momento de pensar en su propia gloria: así, al menos, así nos lo figuramos nosotros. Pero aguardemos todavía. Jesús quiso en primer lugar recompensar el amor; pero, antes de proclamar su triunfo, siente la necesidad de realzar su generosidad. El colegio apostólico, cuyos miembros huyeron todos a la hora del peligro, contempló a su jefe renegando del Maestro que le había colmado de honores, ante la interpelación de una sirvienta; pero después de la mirada de reproche y de perdón que le dirigió Jesús en casa del Sumo Sacerdote, Pedro no cesó de deplorar su cobardía con las más amargas lágrimas. Jesús quiere ante todo consolar al humilde penitente, asegurarle de viva voz que le perdona y confirmar de nuevo, por esta señal de predilección divina, las prerrogativas que le confirió poco antes delante de los demás. Pedro duda todavía de la resurrección; no se rindió al testimonio de la Magdalena; pero no tardará en reconocer al divino Resucitado en la persona del Maestro ofendido, que se dispone a mostrársele como amigo que perdona.

Esta mañana el Angel dijo a las mujeres: "Id y decid a sus discípulos y a Pedro que él os precederá en Galilea." ¿Por qué Pedro es nombrado aquí con su propio nombre, sino para que sepa que, aunque tuvo la desgracia de renegar de Jesús, Jesús no renegó de él? ¿Por qué no es nombrado en esta ocasión, antes que los demás, sino para evitarle la humillación que le causarla el contraste de su alta dignidad con la flaqueza indigna en que incurrió? Mas esta mención especial indica también que no cesó de estar presente en el corazón de su maestro y que pronto tendrá ocasión de expiar por su arrepentimiento, por su enmienda honrosa a los pies de aquel Maestro tan glorioso y tan lleno de bondad, la desgracia que tuvo de serle infiel. Pedro es lento en creer, pero su arrepentimiento es sincero y merece recompensa.

De pronto en una de las horas de este mediodía, el Apóstol ve aparecer ante sí aquel mismo Jesús a quien vió, hace tres días, atado y arrastrado por los esbirros de Caifás y cuya suerte había temido compartir. Pero este Jesús, entonces tan humillado, fulgura ahora en todos los esplendores de su resurrección; es un vencedor, un Mesías glorioso; pero lo que más deslumhra los ojos del apóstol es la inefable bondad de este divino Rey, que conforta al pecador mucho más que le deslumbra su resplandor. ¿Quién podrá evocar y penetrar el coloquio entre el culpable y el ofendido; los lamentos del apóstol, al que tanta generosidad llena de vergüenza; la seguridad de perdón proferida por unos labios sagrados y llenando de alegría un corazón tan abatido? Te bendecimos, oh Jesús, porque has levantado de su abatimiento a aquel que nos dejarás como Jefe y Padre, cuando asciendas al cielo.


FE y PRIMACÍA DE PEDRO

Después de haber rendido homenaje a esta infinita misericordia del Corazón de nuestro Salvador resucitado, con no menos poder y expansión que la manifestó en los días de su vida mortal, admiremos la sabiduría con que continúa realizando en San Pedro el misterio de la unidad de la Iglesia, misterio que debe residir en este Apóstol y en sus sucesores. Jesús lo dijo en presencia de los demás en la última Cena: "Ruego por ti, Pedro, para que tu fe no desfallezca; cuando estuvieres convertido, confirmarás a tus hermanos." Ha llegado el momento de fortalecer en Pedro esta fe, que ya no debe faltarle jamás: Jesús se la comunica en este mismo instante.

A él le instruye el primero por sí mismo, para poner la base. Luego va a mostrarse a los otros apóstoles; pero Pedro estará presente con sus hermanos; de manera, que si este apóstol obtiene favores de los que los demás no participan, éstos no los reciben nunca sin que él participe en todos ellos. A ellos les toca creer en la palabra de Pedro, como así sucedió; por el testimonio de Pedro reciben la fe en la resurrección y la proclaman, como lo veremos pronto. Después Jesús se aparecerá a ellos mismos; porque los ama, y los llama sus hermanos, y los destina a predicar su gloria por toda la tierra; pero encontrará ya afianzada en ellos la fe de su resurrección, pues creyeron en el testimonio de Pedro; y el testimonio de Pedro obró en ellos el misterio de la unidad que él obrará en la Iglesia hasta el fin de los siglos.

La aparición de Jesús al Príncipe de los Apóstoles está apoyada en el Evangelio de San Lucas y en la primera epístola de San Pablo a los Corintios, y es la cuarta de las apariciones del día de la resurrección.


LA NOCHE

LA APARICIÓN A LOS DISCÍPULOS DE EMAÚS

Cuatro veces ha dado Jesús señales de su resurrección en el curso de esta jornada. Ahora le queda manifestarse a los Apóstoles reunidos, y darles de este modo ocasión de unir su experiencia personal al testimonio que recibieron de labios de Pedro. Pero es tal la condescendencia del divino Resucitado para con sus discípulos, que, dejando todavía por algunos momentos a aquellos que llama sus hermanos, los cuales no dudan ya de su triunfo, se preocupa de consolar a dos corazones cuya aflicción no tiene otra causa que su poca fe.

Por el camino de Jerusalén a Emaús caminan tristes dos viajeros. Su exterior abatido denuncia claramente que una cruel decepción les atenaza; ¿no se alejarán de la ciudad por un sentimiento de inquietud? Eran discípulos de Jesús cuando éste vivía; pero la muerte vergonzosa del maestro en quien ellos habían creído, causó en ellos una tristeza tan amarga como profunda. Humillados por haber comprometido su honor siguiendo a un hombre que no era lo que ellos habían pensado, permanecieron ocultos durante las primeras horas que siguieron a su suplicio; pero de la noche a la mañana se ha hablado de un sepulcro abierto y forzado, de la desaparición de un cuerpo enterrado. Los enemigos de Jesús son poderosos, y sin duda en estos momentos dan informes contra los violadores de una tumba, cuya piedra estaba sellada con el sello de la autoridad pública. Es de creer que la prueba judicial haga comparecer ante su tribunal a los que siguieron a un Mesías crucificado por la Sinagoga entre dos ladrones. Este era, sin duda, el tema del diálogo de nuestros dos caminantes.

Pero he aquí, que son alcanzados por otro tercero y este tercer caminante es el mismo Jesús. La fijeza de sus pensamientos en el tema triste que les ocupa, les ha privado de la libertad de reconocer sus rasgos; así también sucede cuando nos dejamos llevar de un dolor demasiado humano, que perdemos de vista al compañero divino puesto junto a nosotros, para caminar con nosotros y reanimar nuestra esperanza. Jesús pregunta a estos dos hombres por qué están tristes; ellos se lo confiesan con sencillez; y este Rey de gloria, este vencedor de la muerte, en este mismo día, se digna dialogar con ellos y explicarles en el camino toda la serie de oráculos que anunciaban las humillaciones, la muerte y el triunfo final del Redentor de Israel. Los dos viajeros están conmovidos, sienten, como lo confesaron más tarde, que el corazón se les enciende con un fuego desconocido, a medida que esta voz hace llegar hasta sus oidos estas verdades hasta entonces desconocidas. Jesús disimula querer dejarlos; ellos le retienen: "¡Oh! Quédate con nosotros, le dicen; el día declina y debes aceptar nuestra hospitalidad."

Introducen a su compañero desconocido en la casa de Emaús; le hacen sentarse a la mesa con ellos; y ¡cosa extraña! no han adivinado todavía quién es este celestial doctor que acaba de resolver sus dudas con tanta sabiduría y elocuencia. Así somos también nosotros cuando nos dejamos dominar por pensamientos humanos; Jesús está a nuestro lado, nos habla, nos instruye, nos consuela; y con frecuencia necesitamos mucho tiempo para reconocer que es Jesús.

Finalmente ha llegado el momento en que el maestro de la luz va a revelarse a estos dos discípulos tan tardos en creer. Le han invitado a que presida su mesa; a él le corresponde partir el pan. Le toma entre sus sagradas manos; y en el instante en que efectúa la fracción para dar a cada uno su parte, se les abren de súbito los ojos y reconocen al propio Jesús, a Jesús resucitado. Van a caer a sus pies; pero, apenas se descubre a sus miradas, desaparece, dejándolos sorprendidos y al mismo tiempo inundados de una alegría que sobrepasa a cuantas han gustado jamás en toda su vida. He aquí la quinta aparición del Salvador en la jornada de Pascua.


RETORNO A JERUSALÉN

Los dos discípulos no podían permanecer por más tiempo en Emaús; a pesar de la hora avanzada, sólo ansian regresar lo antes posible a Jerusalén. Los urge anunciar a los apóstoles, cuyo abatimiento han compartido esta mañana, que su maestro vive, que le han hablado, que le han visto. Recorren con rapidez la distancia que separa el pueblecito en que ellos esperaban pasar la noche, de la gran ciudad de cuyos peligros huían. Pronto se encuentran en medio de los apóstoles, a los que se apresuran a contar su dicha; pero se les han anticipado; la fe de la Resurrección está viva en el colegio apostólico. Antes que ellos comiencen a hablar, dicen todos a una: "El Señor ha resucitado verdaderamente y se ha aparecido a Pedro."

Los dos discípulos refieren también a los Apóstoles que también ellos han sido favorecidos con la conversación y con la vista de su Maestro.


APARICIÓN A LOS APÓSTOLES

La conversación continuaba entre estos -hombres sencillos y rectos, oscuros entonces, pero cuyos nombres inmortales había de conocer más tarde el mundo entero. Entre tanto las puertas de la casa estaban cerradas, porque el reducido grupo temía una sorpresa. Los guardias del sepulcro habían referido todo a los príncipes de los sacerdotes por la mañana; éstos habían procurado sobornarlos y también les habían dado dinero para obligarles a decir que, mientras dormían, los discípulos de Jesús habían venido a robar el cuerpo. Esta actitud desleal de las autoridades judías podía traer cierta reacción popular contra los Apóstoles, y se creyeron obligados a tomar precauciones.

Mientras los apóstoles repasan entre sí las impresiones de esta memorable jornada, he aquí que Jesús se presenta ante ellos sin que las puertas se hubiesen abierto para darle paso. Es él, sus facciones; es su voz llena de bondad. "¡La paz sea con vosotros!" les dice con ternura. Pero ellos permanecen sobrecogidos; aquella entrada misteriosa e inesperada los ha dejado desconcertados. Ignoran aún las prerrogativas de un cuerpo glorioso; y sin dudar de la resurrección de su maestro, no saben si se encuentran en presencia de un fantasma. Jesús, que en toda esta jornada parece haberse preocupado más de testimoniar su amor hacia los suyos que de proclamar su gloria, se digna darles a tocar sus miembros divinos; hace más aún, y para probar la realidad de su cuerpo, les pide de comer y come con ellos. ¿Quién podrá expresar la alegría que inundó sus corazones ante esta inefable familiaridad y las lágrimas de ternura que corren por sus ojos? Con qué alegría dicen a Tomás cuando este apóstol vuelve a ellos. "¡Hemos visto al Señor!" Esta fué la sexta aparición de Jesús resucitado.


ORACIÓN

Sé, pues, bendito y glorificado, vencedor de la muerte, que en este solo día te has dignado mostrarte a los hombres hasta seis veces, para satisfacer tu amor y corroborar nuestra fe en tu divina Resurrección. Sé bendito y glorificado por haber consolado con tu presencia y tu cariño el corazón angustiado de tu Madre, que también es madre nuestra. Sé bendito y glorificado por haber calmado la desolación de la Magdalena con una palabra de amor. Sé bendito y glorificado por haber enjugado las lágrimas de las santas mujeres con tu presencia y por haberlas dado a besar tus sagrados pies. Sé bendito y glorificado por haber dado a Pedro con tus propios labios la seguridad de su perdón y por haber confirmado en él los dones de la Primacía, revelándole a él, antes que a los demás, el dogma fundamental de nuestra fe. Sé bendito y glorificado por haber reanimado con tanta dulzura el corazón vacilante de los dos discípulos en el camino de Emaús y haber completado este favor descubriéndote a ellos. Sé bendito y glorificado por no haber terminado esta jornada sin visitar a tus Apóstoles y sin haberles dado pruebas de tu adorable condescendencia con su debilidad. Sé, en fin, bendito y glorificado, oh Jesús, por haberte dignado hoy, por medio de tu Santa Iglesia, hacernos participar, después de tantos siglos, de los goces que gustaron en tal día María, tu Madre, Magdalena con sus compañeras, Pedro, los discípulos de Emaús y los Apóstoles reunidos. Aquí no falta nada; todo está vivo, todo renovado; tú eres el mismo, y nuestra Pascua de hoy es también la misma que aquella que te vió salir del sepulcro. Todos los tiempos son tuyos; y el mundo de las almas vive por tus misterios, como el mundo material se sostiene por tu poder, desde el instante en que te plugo comenzar tu obra creando la luz visible, hasta que palidezca y se eclipse ante la eterna claridad que tú nos has conquistado en este día.





Sea todo a la mayor gloria de Dios.