jueves, 26 de mayo de 2022

La Ascensión de Nuestro Señor

  





LA ASCENSIÓN DE NUESTRO SEÑOR

La inefable sucesión de los misterios del Hombre- Dios está a punto de recibir su último complemento. Pero el gozo de la tierra ha subido hasta los cielos; las jerarquías angélicas se disponen a recibir al jefe que les fue prometido, y sus príncipes están esperando a las puertas, prestos a levantarlas cuando resuene la señal de la llegada del triunfador. Las almas santas, libertadas del limbo hace cuarenta días, aguardan el dichoso momento en que el camino del cielo, cerrado por el pecado, se abra para que puedan entrar ellas en pos de su Redentor. La hora apremia, es tiempo que el divino Resucitado se muestre y reciba los adioses de los que le esperan hora por hora y a quienes El dejará aún en este valle de lágrimas,

EN EL CENÁCULO. — Súbitamente aparece en medio del Cenáculo. El corazón de María ha saltado de gozo, los discípulos y las santas mujeres adoran con ternura al que se muestra aquí abajo por última vez. Jesús se digna tomar asiento en la mesa con ellos; condesciende hasta tomar parte aún en una cena, pero ya no con el fin de asegurarles su resurrección, pues sabe que no dudan; sino que en el momento de ir a sentarse a la diestra del Padre, quiere darles esta prueba tan querida de su divina familiaridad. ¡Oh cena inefable, en que María goza por última vez en este mundo del encanto de sentarse al lado de su Hijo, en que la Iglesia representada por los discípulos y por las santas mujeres está aún presidida visiblemente por su Jefe y su Esposo!

¿Quién podría expresar el respeto, el recogimiento, la atención de los comensales y describir sus miradas fijas con tanto amor sobre el Maestro tan amado? Anhelan oír una vez más su palabra; ¡les será tan grata en estos momentos de despedida!... Por fin Jesús comienza a hablar; pero su acento es más grave que tierno. Comienza echándoles en cara la incredulidad con que acogieron la noticia de su resurrección En el momento de confiarles la más imponente misión que haya sido transmitida a los hombres, quiere invitarles a la humildad. Dentro de pocos días serán los oráculos del mundo, el mundo creerá sus palabras y creerá lo que él no ha visto, lo que sólo ellos han visto.

La fe pone a los hombres en relación con Dios; y esta fe no la han tenido, desde el principio, ellos mismos: Jesús quiere recibir de ellos la última reparación por su incredulidad pasada, a fin de establecer su apostolado sobre la humildad.

LA EVANGELIZACIÓN DEL MUNDO. Tomando enseguida el tono de autoridad que a él sólo conviene, les dice: "Id al mundo entero, predicad el Evangelio a toda creatura. El que crea y se bautice, se salvará; el que no crea, se condenará"2. Y esta misión de predicar el Evangelio en el mundo entero; ¿cómo la cumplirán? ¿Por qué medio tratarán de acreditar su palabra? Jesús se lo indica: "He aquí los milagros que acompañarán a los que creyeren: arrojarán los demonios en mi nombre; hablarán nuevas lenguas; tomarán las serpientes con la mano; si bebieren algún veneno, no les dañará; impondrán sus manos sobre los enfermos, y los enfermos sanarán'".

Quiere que el milagro sea el fundamento de su Iglesia como El mismo lo escogió para que fuese el argumento de su misión divina. La suspensión de las leyes de la naturaleza anuncia a los hombres que el autor de la naturaleza va a hablar; a ellos sólo les toca entonces escuchar y someterse humildemente.

He aquí pues a estos hombres desconocidos del mundo, desprovistos de todo medio humano, investidos de la misión de conquistar la tierra y de hacer reinar en ella a Jesucristo. El mundo ignora hasta su existencia; sobre su trono, Tiberio, que vive entre el pavor de las conjuraciones no sospecha en absoluto esta expedición de un nuevo género que va a abrirse y llegará a conquistar al imperio romano. Pero a estos guerreros les hace falta una armadura, y una armadura de temple celestial. Jesús les anuncia que están para recibirla. "Quedaos en la ciudad, les dice, hasta que hayáis sido revestidos de el poder de lo alto'". ¿Cuál es, pues, esta armadura? Jesús se lo va a explicar. Les recuerda la promesa del Padre, "esta promesa, dice, que habéis oído de mi boca. Juan ha bautizado en agua; pero vosotros, dentro de pocos días, seréis bautizados en el Espíritu Santo".

HACIA EL MONTE DE LOS OLIVOS. — Pero la hora de la separación ha llegado. Jesús se levanta y todos los asistentes se disponen a seguir sus pasos. Ciento veinte personas se encontraban reunidas allí con la madre del triunfador que el cielo reclamaba. El Cenáculo estaba situado sobre el monte Sión, una de las colinas que cerraba el cerco de Jerusalén. El cortejo atraviesa una parte de la ciudad, dirigiéndose hacia la puerta oriental que se abre sobre el valle de Josafat. Es la última vez que Jesús recorre las calles de la ciudad réproba. Invisible en adelante a los ojos de este pueblo que ha renegado de El, avanza al frente de los suyos, como en otro tiempo la columna luminosa que dirigió los pasos del pueblo israelita.

¡Qué bella e imponente es esta marcha de María, de los discípulos y de las santas mujeres, en pos de Jesús que no debe detenerse más que en el cielo, a la diestra del Padre! La piedad de la edad media la celebraba en otro tiempo por una solemne procesión que precedía a la Misa de este gran día. Dichosos siglos, en que los cristianos deseaban seguir cada uno de los pasos del Redentor y no sabían contentarse, como nosotros, de algunas vagas nociones que no pueden engendrar más que una piedad vaga como ellas.

LA ALEGRÍA DE MARÍA.-—Se pensaba también entonces en los sentimientos que debieron ocupar el corazón de María durante los últimos instantes que gozó de la presencia de su hijo. Se preguntaba qué era lo que más pesaba en su corazón maternal, si la tristeza de no ver más a Jesús, o la dicha de sentir que iba por fin a entrar en la gloria que le era debida. La respuesta venía al punto al pensamiento de esos verdaderos cristianos, y nosotros también, nos la damos a nosotros mismos. ¿No había dicho Jesús a sus discípulos: "¿Si me amaseis, os alegraríais de que fuese a mi Padre?'". Ahora bien, ¿quién amó más a Jesús que María?

El corazón de la madre estaba pues alegre en el momento de este inefable adiós. María no podía pensar en sí misma, cuando se trataba del triunfo debido a su hijo y a su Dios.

Después de las escenas del Calvario, podía ella aspirar a otra cosa que a ver al fin glorificado al que ella conocía por el soberano Señor de todas las cosas, al que ella había visto tan pocos días antes, negado, blasfemado, expirando en medio de los dolores más atroces.

El cortejo ha atravesado el valle de Josafat y ha pasado el torrente del Cedrón; se dirige por la pendiente del monte de los Olivos. ¡Qué recuerdos vienen a la memoria! Este torrente, del que el Mesías había bebido el agua fangosa en sus humillaciones, se ha convertido hoy para El en el camino de la gloria. Así lo había anunciado David. Se deja a la izquierda el huerto que fue testigo de la Agonía, la gruta en que fue presentado a Jesús y aceptado por El el cáliz de todas las expiaciones del mundo. Después de haber franqueado un espacio que San Lucas calcula como el que les era permitido recorrer a los judíos en día de Sábado, se llega al terreno de Betania a esta aldea en que Jesús buscaba la hospitalidad de Lázaro y de sus hermanas. Desde este rincón del monte de los Olivos se dominaba Jerusalén que aparecía majestuosa con su templo y sus palacios.

Esta vista emocionó a los discípulos. La patria terrestre hace aún palpitar el corazón de estos hombres; por un momento olvidan la maldición pronunciada sobre la ingrata ciudad de David, y parecen no acordarse ya de que Jesús acaba de hacerles ciudadanos y conquistadores del mundo entero. El delirio de la grandeza mundana de Jerusalén les ha seducido de repente y osan preguntar a Jesús su Maestro: "Señor, ¿es este el momento en que establecerás el reino de Israel?"

Jesús responde a esta pregunta indiscreta: "No os pertenece saber los tiempos y los momentos que el Padre ha reservado a su poder." Estas palabras no quitaban la esperanza de que Jerusalén fuese un día reedificada por Israel convertido al cristianismo; pues este restablecimiento de la ciudad de David no debía tener lugar más que al fin de los tiempos, y no era conveniente que el Salvador diese a conocer el secreto divino. La conversión del mundo pagano, la fundación de la Iglesia, era lo que debía preocupar a los discípulos. Jesús les lleva inmediatamente a la misión que les dió momentos antes: "Vais a recibir, les dice, el poder del Espíritu Santo que descenderá sobre vosotros y seréis mis testigos en Jerusalén, en toda la Judea y Samaría y hasta los confines de la tierra'".

LA ASCENSIÓN AL CIELO. — Según una tradición que remonta a los primeros siglos del cristianismo, era el medio día la hora en que Jesús fue elevado sobre la cruz cuando, dirigiendo sobre la concurrencia una mirada de ternura que debió detenerse con complacencia filial sobre María, elevó las manos y les bendijo a todos. En este momento sus pies se desprendieron de la tierra y se elevó al cielo.

Los asistentes le seguían con la mirada; pero pronto entró en una nube que le ocultó a sus ojos2. Los discípulos tenían aún los ojos fijos en el cielo, cuando, de repente, dos Ángeles vestidos de blanco se presentaron ante ellos y les dijeron: "Varones de Galilea, ¿porqué estáis mirando al cielo? Ese Jesús que os ha dejado para elevarse al cielo vendrá un día de la misma manera que le habéis visto subir". Del mismo modo que el Salvador ha subido, debe el Juez descender un día: todo el futuro de la Iglesia está comprendido en estos dos términos. Nosotros vivimos ahora bajo el régimen del Salvador; pues nos ha dicho que "el hijo del hombre no ha venido para juzgar al, mundo, sino para que el mundo sea por El salvado". Y con este fin misericordioso los discípulos acaban de recibir la misión de ir por toda la tierra y de convidar a los hombres a la salvación, mientras tienen tiempo.

¡Qué inmensa es la tarea que Jesús les ha confiado, y en el momento en que van a dar comienzo a ella Jesús les abandona! Les es preciso descender solos del monte de los Olivos de donde ha partido El para el cielo, Su corazón, sin embargo, no está triste; tienen con ellos a María, y la generosidad de esta madre incomparable se comunica a sus almas. Aman a su Maestro; su dicha en adelante consistirá en pensar que ha entrado en su descanso.

Los discípulos entraron de nuevo en Jerusalén "llenos de una viva alegría", nos dice S. Lucas, expresando por esta sola palabra uno de los caracteres de esta fiesta de la Ascensión, impregnada de una tan dulce melancolía, pero que respira al mismo tiempo más que cualquier otra alegría y el triunfo. Durante su Octava, intentaremos penetrar los misterios y presentarla en toda su magnificencia; hoy nos limitaremos a decir que esta solemnidad es el cumplimiento de todos los misterios del Redentor y que ha consagrado para siempre el jueves de todas las semanas, día tan augusto por la institución de la santa Eucaristía.

RITOS ANTIGUOS. — Hemos hablado de la procesión solemne por la cual se celebraba, en la edad media, la partida de Jesús y de sus discípulos al monte de los Olivos; debemos recordar también que en este día se bendecía solemnemente el pan y los frutos nuevos, en memoria de la última comida que el Salvador tomó en el Cenáculo. Imitemos la piedad de estos tiempos en que los cristianos tenían a pecho el recoger los menores rasgos de la vida del Hombre-Dios y de apropiárselos, por decirlo así, reproduciendo en su modo de vivir todas las circunstancias que el santo Evangelio les revelaba. Jesucristo era verdaderamente amado y adorado en esos tiempos en que los hombres se acordaban sin cesar que es el soberano Señor. Actualmente, es el hombre quien reina con sus peligros y riesgos. Jesucristo es rechazado en lo íntimo de la vida privada. Y por tanto, tiene derecho a ser nuestra preocupación de todos los días y de todas las horas.

Los Angeles dijeron a los Apóstoles: "Del mismo modo que le habéis visto subir, así bajará un día." ¡Ojalá le hubiésemos amado y servido durante su ausencia con suficiente diligencia, para que pudiésemos soportar sus miradas cuando aparezca!





Sea todo a la mayor gloria de Dios.

lunes, 23 de mayo de 2022

Día de Rogativas

  





DÍA DE ROGATIVAS


Las Rogativas y el Tiempo Pascual

Hoy da comienzo un triduo dedicado a la penitencia. Este acontecimiento inesperado parece a primera vista una especie de anomalía en el tiempo pascual; y, sin embargo, cuando se reflexiona sobre su sentido se comprende que esta institución tiene una relación íntima con los días en que nos encontramos. Es cierto que el Salvador decía antes de su Pasión que "durante la estancia del Esposo entre nosotros, no es tiempo de ayunar" ¿pero estas últimas horas que preceden a su partida para el cielo no tiene algo de melancólico? ¿Y no nos sentimos naturalmente llevados ayer a pensar en la tristeza resignada y contenida que oprime el corazón de la divina Madre, y el de los discípulos, en vísperas de perder a aquel cuya presencia era para ellos anticipo de goces celestiales?


Origen de la Rogativas

Ahora debemos referir cómo y con qué ocasión el Ciclo litúrgico fué completado, en este tiempo, por la introducción de estos tres días durante los cuales la Santa Iglesia, tan radiante como estaba por los esplendores de la Resurrección, parece querer volver de repente al duelo cuaresmal. El Espíritu Santo que la dirige en todos los acontecimientos ha querido que una humilde Iglesia de las Galias, poco después de la mitad del siglo v, diese comienzo a este rito, que se extiende rápidamente a toda la catolicidad, donde fué recibido como un complemento de la liturgia pascual.

La Iglesia de Vienne, una de las más ilustres y más antiguas de la Galia meridional, tenía por Obispo, hacia el año 470, a San Mamerto. Múltiples calamidades habían desolado esta provincia recientemente conquistada por los Borgoñones. Terremotos, incendios, fenómenos formidables agitaban las ciudades cual signos de la cólera divina. El santo Obispo, deseando elevar la moral de su pueblo, impulsándole a dirigirse a Dios cuya justicia debía ser aplacada, prescribió tres días de expiación, durante los cuales los fieles se entregarían a las obras de penitencia, e irían en procesión cantando salmos. Fueron escogidos para el cumplimiento de esta piadosa resolución los tres días que preceden a la Ascensión. Sin ninguna duda, el Santo Obispo de Vienne echaba de este modo los fundamentos de una institución que la Iglesia entera iba a adoptar. Con todo, es necesario admitir que Mamerto no fué el creador de esta solemnidad, él no hizo más que precisar el modo litúrgico y fijar la fecha. En efecto, sabemos que en Milán estas procesiones tenían lugar, no los tres días que preceden a la Ascensión, sino la semana siguiente, y en España, el Concilio de Gerona, celebrado en 517, ordena procesiones los Jueves, viernes y sábados después de Pentecostés. Además, Sidonio Apolinar, contemporáneo de San Mamerto, dice que estas procesiones existían antes de San Mamerto, pero que este realzó su solemnidad. (Rev. Sén., t. XXXIV, p. 17.)

Como era justo las Galias comenzaron. San Alcimo Avito, que sucedió casi inmediatamente a San Mamerto en la silla de Vienne atestigua que la práctica de las Rogativas estaba ya consolidada en esta Iglesia. San Cesáreo de Arlés, en los comienzos del siglo vi, habla de ellas como de una costumbre ya muy extendida, designando al menos por estas palabras todo el territorio de las Galias que se encontraba entonces bajo el yugo de los Visigodos 3. Se ve claramente que toda la Galia no tardó en adoptarla, si se leen los cánones promulgados a este objeto en el primer Concilio de Orleáns celebrado en 511, y reunido de todas las provincias que reconocían la autoridad de Clodoveo. Los reglamentos del concilio referentes a las Rogativas dan una alta idea de la importancia que ya entonces se daba a esta práctica. No solamente se prescribe la abstinencia de carne durante los tres días, sino que el ayuno es de precepto. Ordena también se dispense del trabajo a los criados, para que puedan tomar parte en las largas funciones de estos tres días. En 567, él Concilio de Tours sancionaba del mismo modo, la obligación de ayunar en las Rogativas y én cuanto a la obligación de guardar fiesta durante estos tres días la encontramos también reconocida en las Capitulares de Carlomagno y de Carlos el Calvo.


La Procesión de las Rogativas

El principal rito de las Iglesias de las Galias durante estos tres días consistía desde sus orígenes en estas marchas solemnes acompañadas de cánticos suplicatorios y que se han llamado procesiones por que se hacen de un lugar a otro. San Cesáreo de Arlés nos enseña que aquellas que tenían lugar en las Rogativas duraban seis horas completas; de suerte que el clero, al sentirse fatigado por lo prolongado de los cantos, las mujeres cantaban a coro a su vez, para dejar a los ministros de la Iglesia tiempo de respirar \ Este detalle, tomado de las costumbres de las Galias en esta época primitiva, puede hacernos comprender la indiscreción de aquellos que en nuestros tiempos modernos, han propuesto la abolición de ciertas procesiones que ocupaban una parte notable del día, y esto, fundados en la idea de que esta prolongación debía ser considerada en sí misma como un abuso.

domingo, 22 de mayo de 2022

Quinto Domingo después de Pascua



QUINTO DOMINGO DESPUÉS DE PASCUA


El quinto domingo después de Pascua, es llamado en la Iglesia griega, el domingo del Ciego de nacimiento, porque en él se lee el relato del Evangelio en que se refiere la curación de este ciego. Se llama también el domingo del Episozomeno, que es uno de los nombres con el que los griegos designan el misterio de la Ascensión, cuya solemnidad, entre ellos como entre nosotros, interrumpe el curso de esta semana litúrgica.


MISA

Isaías presenta la materia del Introito. Su voz convida a todas las naciones de la tierra a celebrar la victoria que Cristo resucitado ha traído y cuyo precio ha sido nuestra liberación.


INTROITO

Anunciadlo con voz jocunda, y sea oído, aleluya: anunciadlo hasta el fin de la tierra: el Señor ha libertado a su pueblo, aleluya, aleluya. — Salmo: Canta jubilosa a Dios, tierra toda, decid un salmo a su nombre: glorificad su alabanza. V. Gloria al Padre.


En la Colecta la Santa Iglesia nos enseña que nuestros pensamientos y nuestras acciones, para ser meritorias para la vida eterna, necesitan de la gracia que inspire las unas y ayude nuestra voluntad para cumplir las otras.


COLECTA

Oh Dios, de quien proceden todos los bienes: danos, a los que te suplicamos, la gracia de que, con tu inspiración, pensemos lo que es recto, y de que, con tu dirección, lo hagamos. Por el Señor.


EPÍSTOLA

Lección de la Epístola del Ap. Santiago.


Carísimos: Sed obradores de la palabra, y no sólo oidores, engañándoos a vosotros mismos. Porque, si alguien es oidor de la palabra, y no obrador, este tal será comparado a un hombre que contempla en un espejo su rostro natural: se mira, y se va, y al punto se olvida de cómo es. Mas, el que contemplare la ley perfecta de la libertad, y perseverare en ella, no siendo oidor olvidadizo, sino hacedor de obra, este tal será bienaventurado en su acción. Y, si alguien cree que es religioso, no refrenando su lengua, sino engañando a su corazón, la religión de ese tal es vana. La religión pura e inmaculada ante Dios y el Padre es ésta: Visitar a los huérfanos, y a las viudas, en su tribulación, y conservarse inmaculado de este mundo.


LAS OBLIGACIONES DE NUESTRA VIDA NUEVA

El Santo Apóstol, cuyos consejos acabamos de escuchar, había recibido las enseñanzas del Salvador resucitado; no debemos, pues, admirarnos del tono autoritario con que nos habla. También Jesús se había dignado concederle una de sus manifestaciones particulares: esto nos demuestra el afecto con que distinguía a este apóstol, al que le unían los lazos de la sangre por su madre, llamada también María. Hemos visto a esta santa mujer dirigirse al sepulcro, con Salomé su hermana, en compañía de Magdalena. Santiago el Menor es verdaderamente el Apóstol del Tiempo Pascual, en que todo nos habla de la vida nueva que debemos llevar con Cristo resucitado. Es el Apóstol de las obras y quien nos ha trasmitido esta máxima fundamental del cristianísimo, que si la fe es necesaria ante todo para el ¡cristiano, esta virtud, sin las obras, es una fe muerta que no puede salvarle,

Insiste hoy sobre” la obligación que tenemos de cultivar en nosotros mismos la atención a las verdades que primeramente hemos comprendido y de mantenernos en guardia contra este olvido culpable que causa tantos estragos en las almas inconsideradas. Entre estos en quienes se ha realizado el misterio de la Pascua, algunos no perseverarán en él; y les sucederá esta desdicha porque se entregaron al mundo, en lugar de usar del mundo como si no usasen. Recordemos siempre que debemos caminar en una vida nueva, a imitación de aquella de Jesús resucitado que no puede ya morir.

Los dos versículos del Aleluya celebran el esplendor de su resurrección; pero en ellos ya se anuncia su Ascensión próxima. Salido del Padre eternamente, bajado en el tiempo hasta nuestra terrestre morada, nos advierte que dentro de pocos días va a remontarse a su Padre.


ANTÍFONA

Aleluya, aleluya. V. Resucitó Cristo, y nos iluminó a los que redimió con su sangre. Aleluya. V. Salí del Padre, y vine al mundo: otra vez dejo el mundo, y voy al Padre. Aleluya.




EVANGELIO

Continuación del santo Evangelio según San Juan.


En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: En verdad, en verdad os digo: Si pidiereis algo al Padre en mi nombre, os lo dará. Hasta ahora no le habéis pedido nada: Pedid, y recibiréis, para que vuestro gozo sea pleno. Os he dicho estas cosas en proverbios. Ya llega la hora en que no os hablaré en proverbios, sino que os hablaré claramente del Padre. En aquel día pediréis en nombre mío: y no os digo que yo rogaré al Padre por vosotros: porque el mismo Padre os ama, porque vosotros me habéis amado, y habéis creído que yo salí del Padre. Salí del Padre, y vine al mundo: otra vez dejo el mundo, y voy al Padre. Dijéronle sus discípulos: He aquí que ahora hablas claramente, y no dices ningún proverbio. Ahora sabemos que lo sabes todo, y no es preciso que nadie te pregunte: en esto creemos que has salido de Dios.


EL ADIÓS DE CRISTO

Cuando el Salvador, en la última Cena, anunció de este modo a sus apóstoles su próxima partida, estos estaban aún lejos de comprender lo que significaba. Con todo; ya creían “que había salido de Dios”. Pero esta creencia era vacilante, ya que no debía tener una realización inmediata. En los días en que nos encontramos, rodeando a su Maestro resucitado, iluminados por sus palabras, lo llegan a comprender mejor. Ha llegado el momento “en que no les habla ya en parábolas”; hemos visto qué enseñanzas les da, cómo, les prepara para ser los doctores del mundo. Ahora pueden decirle: “Oh Maestro, verdaderamente has salido de Dios.” Pero por esto mismo comprenden ya la pérdida de que son amenazados; tiene la idea del vacío inmenso que su ausencia les hará sentir.

Jesús comienza a recoger el fruto que su divina bondad sembró en ellos y que esperó con una paciencia tan inefable. Si en el Cenáculo el Jueves Santo les felicitaba ya por su fe; ahora que le han visto resucitado, que le han oído, merecen sus elogios pero de un modo muy distinto, porque se han hecho más firmes y más fieles. “El Padre os ama—les decía entonces—porque vosotros me amáis”; ¿Cuánto más debe amarlos el Padre ahora que su amor se ha acrecentado? Estas palabras deben infundirnos también a nosotros esperanza. Antes de la Pascua nosotros amábamos flojamente al Salvador, estábamos vacilantes en su servicio; ahora que hemos sido instruidos por El, fortalecidos por sus misterios, podemos esperar que el Padre nos amará, porque nosotros amamos más, amamos mejor a su Hijo. Este divino Redentor nos invita a pedir al Padre en su nombre todas nuestras necesidades. La primera de todas es nuestra perseverancia en el espíritu de la Pascua; insistamos para obtenerla y ofrezcamos a esta intención la Santa Víctima que dentro de pocos instantes será presentada sobre el altar.

El Ofertorio, tomado de los Salmos, es canto de acción de gracias. El fiel, unido a Jesús resucitado, le ofrece a Dios que se ha dignado estabilizarle en la vida nueva, haciéndole partícipe de sus misericordias las más escogidas.


OFERTORIO

Bendecid, gentes, al Señor nuestro Dios, y haced oír la voz de su alabanza: El dió vida a mi alma, y no permitió que resbalaran mis pies: bendito sea el Señor, que no desoyó mi oración, ni alejó su misericordia de mí, aleluya.


En la Secreta, la Iglesia pide para nosotros la entrada en la gloria celestial cuyo atrio es la Pascua terrestre. Todos los misterios obrados aquí abajo tienen por fin santificarnos, para prepararnos a la visión y la posesión eterna de Dios.


SECRETA

Recibe, Señor, las preces de los fieles con las oblaciones de las hostias: para que, por estos actos de nuestra piadosa devoción, pasemos a la celeste gloria. Por el Señor.


La Antífona de la Comunión es un cántico de júbilo que expresa la alegría continua de la Pascua.


COMUNIÓN

Cantad al Señor, aleluya: cantad al Señor, y bendecid su nombre: anunciad bien de día en día su salud, aleluya, aleluya.


La Santa Iglesia nos sugiere en la Poscomunión la fórmula de nuestras súplicas a Dios. Es necesario desear el bien; pidamos este deseo y continuemos nuestra oración hasta que el bien mismo nos llegue. La gracia descenderá entonces y ella hará en nosotros que no la despreciemos.


POSCOMUNIÓN

Danos, Señor, a los saciados con la virtud de la mesa celestial, el desear lo que es recto, y el conseguir lo deseado. Por el Señor.


domingo, 15 de mayo de 2022

Cuarto Domingo después de Pascua




"Cristo resucitado de entre los muertos,
no muere ya otra vez; y nada podrá ya con él la muerte."
(Romanos VI, 9)





CUARTO DOMINGO DESPUÉS DE PASCUA



LA INSTITUCIÓN DE LOS SACRAMENTOS

Hemos visto a Jesús constituir su Iglesia y poner en manos de los apóstoles el depósito de verdades que serán objeto de nuestra fe. Hay otra obra no menos importante para el mundo, en la que pone sus cuidados durante este último período de su permanencia sobre la tierra: es la institución definitiva de los Sacramentos. No basta creer; es necesario también que nos santifiquemos es decir nos hagamos conformes a la santidad de Dios; es necesario que la gracia, fruto de la redención, descienda a nosotros, se incorpore a nosotros, para que llegando a ser los miembros vivos de nuestro divino Jefe, podamos ser coherederos de su reino. Así pues, por medio de los sacramentos Jesús obrará en nosotros esta maravilla de la justificación, aplicándonos los méritos de su Encarnación y de su Sacrificio por los medios que El ha decretado en su poder y en su sabiduría.




FUENTES Y CANALES DE LA GRACIA

Como soberano señor de la gracia es libre de determinar las fuentes por las que la hará descender sobre nosotros; a nosotros nos toca conformarnos a su voluntad. Cada uno de los Sacramentos será, pues, una ley de su religión, de manera que el hombre no podrá pretender recibir los efectos que el Sacramento está destinado a producir si desdeña o retarda cumplir las condiciones según las cuales opera. Admirable economía que concilia en un mismo acto, la humilde sumisión del hombre con la más pródiga largueza de la munificencia divina.

Hemos mostrado hace algunos días, cómo la Iglesia, sociedad espiritual era al mismo tiempo una sociedad visible y exterior, ya que el hombre a la que está destinada está compuesto de cuerpo y alma. Jesús, al instituir sus Sacramentos, asigna a cada uno su rito esencial; y este rito es exterior y sensible. El Verbo, al tomar carne, ha hecho de ella, en su Pasión sobre la cruz, el instrumento de nuestra salvación: por la sangre de sus venas nos ha rescatado; prosiguiendo este plan toma los elementos de la naturaleza física como auxiliares en la obra de nuestra justificación. Los eleva al estado sobrenatural y les hace conductores fieles y omnipotentes de su gracia hasta lo más íntimo de nuestras almas. De este modo se aplicará hasta sus últimas consecuencias el misterio de la Encarnación, que ha tenido como fin elevarnos, por las cosas visibles, al conocimiento y a la posesión de las invisibles. De este modo es quebrantado el orgullo de Satanás, que despreciaba la criatura humana, porque el elemento material se unía en ella a la grandeza espiritual, y que rehusó para su eterna desdicha, doblar la rodilla ante el Verbo hecho carne.

Al mismo tiempo, los sacramentos, siendo signos sensibles, formaron un nuevo lazo entre los miembros de la Iglesia ya unidos entre sí por la sumisión a Pedro y a los Pastores que él envía, y por la confesión de una misma fe. El Espíritu Santo nos dice en las Santas Escrituras que “el lazo triple difícilmente se rompe'”; por tanto así es este que nos liga a la gloriosa unidad de la Iglesia: Jerarquía, Dogma y Sacramentos, todo contribuye a hacer de nosotros un solo cuerpo. Del septentrión al mediodía, de oriente a occidente, los Sacramentos proclaman la fraternidad de los cristianos; son en todos los lugares su señal de reconocimiento y el distintivo que les designa a los ojos de los infieles. Por este fin estos Sacramentos son idénticos para todas las razas bautizadas, cualquiera que sea la variedad de fórmulas litúrgicas que acompañan su administración; por doquier el fondo es el mismo y se produce la misma gracia bajo los mismos signos esenciales.




EL SEPTENARIO SAGRADO

Jesús resucitado escoge siete para el número de sus sacramentos. Sabiduría eterna del Padre, nos revela en el Antiguo Testamento, que se construirá una casa, que es la Santa Iglesia, y añade que la cimentará sobre siete columnas. Esta Iglesia la simboliza ya en el tabernáculo de Moisés y ordena que un candelabro de siete brazos cargados de flores y de frutos, ilumine día y noche el Santuario. Si arrebata al cielo en éxtasis a su discípulo amado es para mostrarse a él rodeado de siete candelabros y teniendo siete estrellas en su mano. ¡Si se manifiesta con las apariencias de Cordero vencedor, este Cordero tiene siete cuernos, símbolo de su fuerza, y siete ojos que indican la amplitud infinita de su cienciaCerca de él está el libro que contiene los destinos del género humano, y este libro está sellado con siete sellos que el Cordero sólo puede levantar. Ante el trono de la Majestad divina el discípulo ve siete Espíritus bienaventurados resplandecientes como siete lámparas6, atentos a las menores órdenes de Dios, y prestos a llevar su palabra hasta los últimos límites de la creación.




LOS SIETE PECADOS CAPITALES

Si ahora nos volvemos hacia el reino de las tinieblas vemos al espíritu del mal ocupado en remedar la obra divina y usurpando el número siete para mancillarle consagrándole al mal. Siete pecados capitales son el instrumento de su victoria sobre el hombre; y el Señor nos ha advertido que cuando Satanás en su furor se lance sobre un alma, toma con él siete espíritus de los más perversos del abismo. Sabemos que Magdalena, afortunada pecadora, no recobró la vida del alma sino después que el Salvador hubo expulsado de ella siete demonios. Esta provocación del espíritu del orgullo forzará a la cólera divina, cuando caiga sobre el mundo pecador, a imprimir el número siete hasta sus justicias. San Juan nos enseña que siete trompetas, tocadas por siete Ángeles, anunciarán las convulsiones sucesivas de la raza humana y que otros siete Ángeles verterán sucesivamente sobre la tierra pecadora siete copas colmadas de la cólera de Dios.

Nosotros, pues, que queremos ser salvos y gozar de la gracia en este mundo y en la otra de la visión de nuestro Maestro resucitado, acojamos con respeto y reconocimiento el Septenario misericordioso de sus Sacramentos. En este número sagrado ha sabido encerrar todas las formas de su gracia. Sea que él vele en su bondad para hacernos pasar de la muerte a la vida, por el bautismo y la penitencia; sea que se aplique a sostener en nosotros la vida sobrenatural y a consolarnos en nuestras pruebas, por la Confirmación, la Eucaristía y la Extrema-Unción; sea en fin que provea al ministerio de su Iglesia y a su propagación por el Orden y el Matrimonio: no se encontrará una necesidad del alma, una indigencia de la sociedad cristiana, que no haya llenado por medio de las siete fuentes de la regeneración y de la vida que tiene abiertas para nosotros y que no cesa de hacer correr sobre nuestras almas.

Los siete sacramentos bastan para todo; uno solo que faltase, la armonía se destruiría. Las Iglesias de Oriente, separadas de la unidad católica después de tantos siglos, confiesan con nosotros el septenario sacramental; y el protestantismo, al poner sobre este número su mano pecadora, ha demostrado con esto, como en todas sus otras reformas pretendidas, que le falta el sentido cristiano. No nos admiremos; la teoría de los sacramentos se impone en toda su totalidad a la fe; primeramente, la humilde sumisión del fiel debe acogerla como dimanando del soberano Maestro; cuando ella se aplica al alma, su magnificencia y su eficacidad divina se revelan, entonces nosotros comprendemos, porque hemos creído. Credite et intellígetis.




EL BAUTISMO

Hoy, consagramos nuestra admiración y nuestro reconocimiento al primero de los Sacramentos, al bautismo. El tiempo pascual nos le presenta en toda su gloria. Le hemos visto en el Sábado Santo, colmando los votos del feliz catecúmeno y alumbrando para la patria celestial a pueblos enteros. Pero este misterio había tenido su preparación.. En la fiesta de Epifanía adoramos a Emmanuel descendiendo sobre las aguas del Jordán y comunicando al elemento por el contacto de su carne, la virtud de purificar todas las máculas del alma. El Espíritu Santo viene a descansar sobre la cabeza del Hombre- Dios y a fecundar con su influjo divino el elemento regenerador, mientras que la voz del Padre celestial resonaba en la nube, anunciando la adopción que él se dignaría hacer de los bautizados, en, su Hijo Jesús, objeto de su eterna complacencia.

Durante su vida mortal, el Redentor se explica ya delante de un doctor de la ley sobre sus misteriosas intenciones: “Aquel—dice—-que no fuere regenerado en el agua y en el Espíritu Santo no podrá entrar en el reino de Dios'”. Según su costumbre casi constante, anuncia lo que debe hacer en el futuro, pero todavía no lo cumple; nosotros solamente sabemos que no habiendo sido puro nuestro primer nacimiento, El nos prepara uno segundo que será santo y del que el agua será el instrumento.

Pero en estos días ha llegado el momento en el que va a declarar el poder que ha dado a las aguas de producir la adopción proyectada por el Padre. Dirigiéndose a sus Apóstoles les dice con la majestad de un rey que promulga la ley fundamental de su imperio: “Id, enseñad a todas las naciones; bautizadlas en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo'”. La salvación por las aguas, con la invocación de la Santísima Trinidad, tal es el beneficio capital que anuncia al mundo; porque dice también: “El que creyere y fuere bautizado se salvará". Revelación llena de misericordia para con la raza humana; inauguración de los sacramentos por la declaración del primero, de aquel que según la expresión de los Padres, es la puerta de todos los demás.

Saludemos con amor, este augusto misterio nosotros que le debemos la vida de nuestras almas, con el sello eterno y misterioso que hace de nosotros los miembros de Jesús. San Luis, bautizado en la desconocida pila de Poissy, se complacía en firmar Luis de Poissy, considerando la fuente bautismal como una madre que la había engendrado a la vida celestial, y olvidando su origen real para no acordarse más que 1 S. Mateo, XXVIII, 19. 2 S. Marcos, XVI, 16. Nuestros sentimientos deben ser los mismos que los de este santo rey.

Pero admiremos la condescendencia de Jesús resucitado, cuando instituyó el más indispensable de los sacramentos. La materia que escogió es la más común; la más fácil de encontrar. El pan, el vino, el aceite de oliva, no se encuentran siempre en todas las partes de la tierra; el agua corre por doquier; la providencia de Dios la ha multiplicado bajo todas las formas, para que el día señalado, la fuente de regeneración estuviese al alcance en todas partes para el hombre pecador.

Sus demás Sacramentos el Salvador se los ha confiado al sacerdocio, el cual sólo tiene poder para administrarlos; no ocurre lo mismo con el bautismo. Todo fiel puede ser el ministro sin distinción de sexo ni de condición. Más aún, todo hombre, aunque no sea miembro de la Iglesia cristiana, puede conferir a su semejante, por medio del agua y la invocación de la Santa Trinidad, la gracia bautismal que no posee él con la única condición, de querer cumplir seriamente en este acto lo que hace la Iglesia, cuando ella administra el sacramento del Bautismo.

Y más aún. Puede faltar este ministro del sacramento al hombre que va a morir; la eternidad se va a abrir para él sin que la mano de otro se levante para derramar sobre su cabeza el agua purificadora; el autor divino de la regeneración de las almas no le abandona en este momento supremo. Que rinda homenaje al santo Bautismo, que le desee con todo el ardor de su alma, que entre en los sentimientos de una compunción sincera y de un verdadero amor; después si muere: la puerta del cielo se le ha abierto por el bautismo de deseo.

Pero el niño que aún no tiene uso de razón y que la muerte va a segar en algunas horas ¿ha quedado olvidado en esta munificencia general? Jesús ha dicho: “Aquel que creyere y fuere bautizado se salvará, entonces ¿Cómo obtendrá la salvación este ser débil que va a extinguirse, cargado con la falta original e incapaz de la fe? Tranquilizaos. El poder del bautismo se extiende hasta él. La fe de la Iglesia—que le quiere por hijo—le va a ser imputada; que se derrame el agua sobre su cabeza en nombre de las tres divinas personas, y será cristiano para siempre. Bautizado en la fe de la Iglesia, esta fe es ahora personal en él, con la esperanza y la caridad; el agua sacramental ha producido esta maravilla. Que expire ahora: el reino de los cielos es para él.

Tales son, oh Redentor los prodigios que operas en el primero de tus sacramentos, por el efecto de esta voluntad sincera que tienes de la salvación de todos; de manera que aquellos en quienes esta voluntad no se realiza, no se excluyen de la gracia de la regeneración sino de resultas del pecado cometido anteriormente, pecado que tu eterna justicia no te permite prevenir siempre en sí mismo, o reparar en sus consecuencias. Pero tu misericordia viene en su ayuda; ella tiende sus redes e innumerables justos caen en ellas. El agua santa corre hasta sobre la frente del niño que agoniza entre los brazos de una madre pagana y los ángeles abren sus coros para recibirle. Ante tantas maravillas, sólo nos queda exclamar con el Salmista: “Nosotros que poseemos la vida bendigamos al Señor.”

El cuarto domingo después de Pascua se llama en la Iglesia griega el Domingo de la Samaritana, porque se lee el pasaje del Evangelio en que se refiere la conversión de esta mujer.

La Iglesia Romana comienza hoy en el Oficio de la noche la lectura de las Epístolas Canónicas, que se continúan hasta la fiesta de Pentecostés.




MISA

La Iglesia adoptando en el Introito uno de los más bellos cánticos del Salmista celebra con entusiasmo los beneficios que el Señor ha derramado sobre ella, convocando a todas las naciones a reconocer sus grandezas, a recibir la efusión de la santidad de quien es la fuente, la salud de aquél que ha llamado a todos los hombres.




INTROITO
Cantad al Señor un cántico nuevo, aleluya: porque el Señor ha hecho maravillas, aleluya: reveló su justicia ante la faz de las gentes, aleluya, aleluya, aleluya. Salmo: Le salvó su diestra: y su santo brazo. V. Gloria al Padre.


Colmados de los beneficios de Dios que les une en un solo pueblo por sus Sacramentos los fieles deben elevarse al amor de los preceptos del Señor y aspirar a las alegrías eternas que les promete: la Iglesia implora para ellos esta gracia en la Colecta.




COLECTA
Oh Dios, que unes las almas de los fieles en una sola voluntad.: da a tus pueblos el amar lo que mandas, el desear lo que prometes: para que, entre las mundanas variedades, nuestros corazones estén fijos allí donde están los verdaderos gozos. Por el Señor.



EPÍSTOLA

Lección de la Epístola del Ap. Santiago. Carísimos:


Toda óptima dádiva, y todo don perfecto, procede de arriba, desciende del Padre de las luces, en el cual no hay cambio, ni sombra de mudanza. Pues El nos engendró voluntariamente con la palabra de la verdad, para que fuésemos el comienzo de su creación. Ya lo sabéis, carísimos hermanos míos. Sea, pues, todo hombre veloz para oír; pero tardo para hablar, y tardo para la ira. Porque la ira del hombre no obra la justicia de Dios. Por lo cual, rechazando toda inmundicia y todo exceso dé malicia, recibid con mansedumbre la palabra inspirada, la cual puede salvar vuestras almas.

IMITAR AL PADRE

Los favores derramados sobre el pueblo cristiano proceden de la sublime y serena bondad del Padre celestial. El es el principio de todo en el orden de la naturaleza; y si en el orden de la gracia hemos llegado a ser sus hijos, es porque él mismo nos ha enviado su Verbo consustancial, que es la Palabra de verdad, por la que hemos llegado a ser, mediante el bautismo, hijos de Dios. De aquí se deduce que debemos imitar, en cuanto es posible a nuestra flaqueza, la serenidad de nuestro Padre que está en los cielos y librarnos de esta agitación pasional que es el carácter de una vida toda terrestre, mientras que la nuestra debe ser del cielo donde Dios nos arrastra. El santo Apóstol nos exhorta a recibir con mansedumbre esta Palabra que nos convierte en lo que somos. Ella es según su doctrina un injerto de salvación hecho en nuestras almas. Si ella actúa allí, si su crecimiento no es obstaculizado por nosotros, seremos salvos.

En el primer versículo aleluyático, Cristo resucitado celebra por la voz del Salmista el poder del Padre que le ha dado la victoria en su resurrección.

El segundo, tomado de San Pablo, proclama su vida inmortal.




ANTÍFONA

Aleluya, aleluya. V. La diestra del Señor ejerció su poder: la diestra del Señor me ha exaltado.

Aleluya. V. Cristo, resucitado de entre los muertos, ya no morirá: la muerte no le dominará más. Aleluya.



EVANGELIO

Continuación del santo Evangelio según San Juan.

En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: Voy a Aquel que me envió: y nadie de vosotros me pregunta: ¿Dónde vas? Sino que, porque os he dicho esto, la tristeza ha llenado vuestro corazón. Pero yo os digo la verdad: os conviene que yo me vaya: porque, si no me fuere, el Paráclito no vendrá a vosotros: más, si me fuere, os lo enviaré a vosotros. Y, cuando venga El, convencerá al mundo de pecado, y de justicia, y de juicio. De pecado ciertamente, porque no han creído en mí: y de justicia, porque voy al Padre, y ya no me veréis: y de juicio, porque el príncipe de este mundo ya ha sido juzgado. Todavía tengo mucho que deciros: pero ahora no podéis entenderlo. Mas, cuando venga el Espíritu de verdad, os enseñará toda la verdad. Porque no hablará por sí mismo, sino que dirá todo lo que ha oído, y os anunciará lo que ha de venir. El me glorificará: porque lo recibirá de mí, y os lo anunciará a vosotros.



EL ANUNCIO DEL ESPÍRITU SANTO

Los apóstoles se entristecieron cuando Jesús les dijo: ” Yo me voy.” ¿No lo estamos también nosotros que después de su nacimiento en Belén, le hemos seguido constantemente, gracias a la Liturgia que nos ha hecho seguir sus pasos? Todavía algunos días más, y se elevará al cielo y el año perderá ese encanto que recibía día tras día con sus acciones y con sus discursos. Con todo, no quiere que nos dejemos invadir por una excesiva tristeza. Nos anuncia que en su lugar va a descender sobre la tierra el Consolador, el Paráclito y que permanecerá con nosotros para iluminarnos y fortificarnos hasta el fin de los tiempos. Aprovechemos con Jesús estas últimas horas; pronto será tiempo de prepararnos a recibir al huésped celestial que vendrá a reemplazarle.

Jesús, que pronunciaba estas palabras la víspera de la Pasión, no se limita a mostrarnos la venida del Espíritu Santo como la consolación de sus fieles; al mismo tiempo nos la presenta como temible para aquellos que desconocen a su Salvador. Las palabras de Jesús son tan misteriosas como terribles; tomemos la explicación de San Agustín, el Doctor de los doctores. “Cuando viniere el Espíritu Santo—dice el Salvador— convencerá al mundo en lo que se refiere al pecado.” ¿Por qué? “Porque los hombres no han creído en Jesús.” ¡Cuánta no será, en efecto, la responsabilidad de aquellos que habiendo sido testigos de las maravillas obradas por el Redentor no dieron fe a su palabra! Jerusalén oirá decir que el Espíritu Santo ha descendido sobre los discípulos de Jesús, y permanecerá tan indiferente como estuvo a los prodigios que le designaban su Mesías. La venida del Espíritu Santo será como el preludió de la ruina de esta ciudad deicida. Jesús añade que “el Paráclito convencerá al mundo con respecto a la justicia, porque—dice—yo voy al Padre y vosotros no me veréis más.” Los Apóstoles y aquellos que creyeron en su palabra serán santos y justos por la fe. Ellos creyeron en aquel que había ido al Padre, en aquel que no vieron ya en este mundo, Jerusalén, al contrario, no guardará recuerdo de El sino para blasfemarle; la justicia, la santidad, la fe de aquellos que creyeron será su condenación y el Espíritu Santo les abandonará a su suerte. Jesús dice también: “El Paráclito convencerá al mundo en lo que se refiere al juicio.” Y ¿por qué?; “porque el príncipe de este mundo ya está juzgado”. Aquellos que no siguen a Jesucristo tienen sin embargo un Jefe al que siguen. Este Jefe es Satanás. Así, pues, el juicio de Satanás está ya pronunciado. El Espíritu Santo advierte, pues, a los discípulos del mundo que su príncipe está para siempre sepultado en la reprobación. Que ellos reflexionen; porque añade San Agustín “el orgullo del hombre se engañaría al esperar en el perdón; que medite con frecuencia los castigos que sufren los ángeles soberbios”.

En el Ofertorio el cristiano emplea las palabras de David para celebrar los beneficios de Dios para con su alma. Asocia toda la tierra a su reconocimiento y con razón; por que los favores de que es colmado el cristiano son el bien común de todo el género humano que Jesús resucitado ha llamado a tomar parte, por los Sacramentos, en las gracias de la redención.




OFERTORIO
Canta jubilosa a Dios, tierra toda, decid un salmo a su nombre: venid, y oíd, y os contaré, a todos los que teméis a Dios, cuánto ha hecho el Señor a mi alma, aleluya.


La Santa Iglesia que tiene sus delicias en la contemplación de la verdad, cuyos tesoros la prodiga Jesús resucitado, pide para sus hijos en la Secreta, la gracia de llevar una vida pura, para que puedan merecer ser admitidos a contemplar eternamente esta augusta verdad en su fuente.




SECRETA

Oh Dios, que por el sacrosanto comercio de este Sacrificio, nos has hecho partícipes de la única y suprema Divinidad: suplicámoste hagas que, así como conocemos tu verdad, así la practiquemos con costumbres dignas. Por el Señor.


La Antífona de la Comunión reproduce las palabras del Evangelio que acabamos de interpretar y en las que nos es mostrada la venida del divino Espíritu como portador al mismo tiempo de recompensa para los creyentes y de castigo para los incrédulos.




COMUNIÓN

Cuando venga el Paráclito, el Espíritu de verdad, convencerá al mundo de pecado, y de justicia, y de juicio, aleluya, aleluya.



Al ofrecer sus acciones de gracias por el divino Misterio en el que acaban de participar, la Santa Iglesia enseña a sus hijos en la Poscomunión, que la Eucaristía tiene al mismo tiempo la virtud de purificarnos de nuestros pecados y de preservarnos de los peligros a los que vivimos expuestos.




POSCOMUNIÓN
Asístenos, Señor, Dios nuestro: para que, por estas cosas, que hemos recibido fielmente, seamos purificados de los pecados y libertados de todos los peligros. Por el Señor.

viernes, 13 de mayo de 2022

San Roberto Belarmino, Obispo y Doctor

 






SAN ROBERTO BELARMINO, 
OBISPO Y DOCTOR DE LA IGLESIA


"Desde los orígenes de la Iglesia hasta nuestros días, la divina Providencia no ha cesado jamás de suscitar hombres ilustres por su ciencia y santidad, los cuales han conservado e interpretado las verdades de la fe católica y rechazado los ataques con que los herejes amenazaban a estas mismas verdades'". Entre ellos brilla San Roberto Belarmino tan célebre por su enseñanza y sus obras de controversia, por su celo en reforma de la Iglesia, por las virtudes que practicó en grado heroico y de las cuales son acabada imagen sus tratados ascéticos.


La Iglesia en el siglo XVI 

La Iglesia en el siglo XVI atravesaba por una era de prueba. Una parte de Europa se había dejado arrastrar por la rebelión de Lutero. Guerras religiosas cubrían de sangre países que sometidos a la Santa Sede habían gozado, durante muchos siglos, del beneficio de la unidad. La teología católica parecía haber perdido algo de su vitalidad y de su influencia; en la disciplina eclesiástica se habían ido deslizando poco a poco algunos abusos, y Lutero declarando imposible la reforma de la Iglesia por el Papado, creaba una nueva teología so pretexto de devolver a los fieles la libertad de los hijos de Dios.


La Defenza de la Iglesia

Pero Cristo prometió estar con su Iglesia "todos los días hasta el fin de los siglos". Contra los falsos reformadores suscitó una pléyade de santos e ilustres doctores que defendieron la verdad y la santidad menospreciadas, San Roberto Belarmino aparece en primera fila junto con San Pedro Canisio, su hermano de religión en la Compañía de Jesús.


El Teólogo

En la Universidad de Lovaina, (actual Bélgica), situada entre Alemania e Inglaterra protestantes, prosigue la enseñanza tradicional comentando la Suma de Santo Tomás que sabe adaptar con éxito a las necesidades de su época. Sobresale especialmente en la controversia. Recoge los testimonios de los Padres de los Concilios y del derecho de la Iglesia y defiende victoriosamente los dogmas atacados por los innovadores. En 1586 se publicaban por primera vez sus admirables Controversias. "En ellas, dice Pío XI, refuta de una manera decisiva los ataques lanzados por los Centuriadores de Magdeburgo cuyos tiros iban dirigidos a derribar la autoridad de la Iglesia mediante un uso engañoso de pruebas históricas y de testimonios de los Padres." Esta enseñanza provocó tanta alegría entre los católicos como ira en campo adverso, en el que Teodoro de Beza dirá hablando de las Controversias:

"He aquí el libro que nos ha perdido." Muchos herejes, en efecto, encontraron en ellas la luz y volvieron a la verdadera fe; San Francisco de Sales decía que para sus predicaciones en Chablais, durante cinco años no había usado otros libros que la Biblia y las obras del gran Belarmino. 

No le bastaba convencer de error a los herejes; quería además prevenir a los mismos fieles contra su propaganda, y, con ese fin, compuso un Catecismo notable que él mismo enseñaba gustoso a los niños y a las gentes sencillas por muy importantes que fuesen sus ocupaciones. En los últimos años de su vida, escribió algunas notas espirituales, fruto de sus meditaciones y de sus retiros, las cuales forman cinco opúsculos ascéticos y nos revelan la hermosura de su alma. Un siglo antes el humanismo había alejado al hombre de su criador por el paganismo en que había sumido a las almas. Ciertas doctrinas de la teología protestante tendían a acentuar esta separación dando una idea falsa de la justicia divina y afirmando la teoría desesperante de la predestinación al infierno. Como su amigo, San Francisco de Sales, San Roberto se dedicó en dar a conocer la ternura de Dios. El amor es la base de su espiritualidad, nos inspira la confianza en ese Dios que es el Dios de la alegría y de la bondad, que llama al pecador a penitencia y desea infinitamente más que nosotros nuestra salvación. Hace a la virtud amable y fácil, persuadiéndonos que la santidad consiste sencillamente en el cumplimiento de la voluntad divina, en el deber de estado y en el abandono filial. En tiempo en que dominaba el sombrío pesimismo de Calvino, y en que los católicos mismos, por necesidad de reforma, se sentían inclinados a una mayor austeridad de vida—lo cual permitirá al jansenismo desenvolverse rapidísimamente—, tuvo el valor de hacerse el apóstol de la bondad de Dios ya que tantos otros realzaban su justicia.


El Santo

Se ha dicho con razón que San Roberto Belarmino recibió de Dios la triple vocación de enseñar a los ñeles, alimentar la piedad de las almas fervorosas y confundir a los herejes. Se comprende que San Francisco de Sales le haya tenido por maestro y que Benedicto XV le haya propuesto como modelo de los que propagan y defienden la religión católica. 

San Roberto fué verdaderamente modelo en los diferentes cargos que ocupó durante su larga carrera; simple religioso o provincial, profesor o director de conciencia, arzobispo o cardenal de Curia. Fué quien guió por los caminos de la santidad a San Luis Gonzaga: fué el consejero preferido por muchos Papas. Como arzobispo, se mostró escrupuloso observador de los decretos del Concilio de Trento; era fiel a la residencia, celoso de la predicación, de una caridad inagotable para con los pobres, cuidadoso en la formación de los jóvenes sacerdotes, en la dignidad del clero y hermosura del culto divino. Su austeridad de vida no se desmintió nunca. Incluso cuando fué elegido cardenal se atuvo a su resolución de no cambiar nada en el género de vida que llevaba en la Compañía de Jesús. Consagraba diariamente varias horas a la oración, ayunaba tres días por semana y hasta en los honores observó un método de vida muy modesto. No trató nunca de enriquecer a su familia y sólo tras muchas instancias se logró de él que ayudara a sus padres pobres. Sentía muy humildemente de sí mismo y era de una admirable sencillez de alma. Ponía todo su cuidado en no empañar con la más ligera falta la inocencia bau-
tismal. Amaba, en ñn, con amor filial, tierno y fuerte a la Santísima Virgen.

Todas sus virtudes brillaron con espléndido fulgor durante su última enfermedad. El Papa
Gregorio XV y numerosos cardenales, temerosos ante el pensamiento de que un tal apoyo iba a faltar a la Iglesia acudieron a visitarle. Cuando murió, Roma entera le hizo magníficos funerales y con voz unánime le canonizó. Su cuerpo colocado en la iglesia de San Ignacio, junto a la tumba de San Luis Gonzaga, como lo había deseado él en vida, ha permanecido hasta nuestros días rodeado de la veneración de los fieles.


Vida

San Roberto Belarmino, sobrino del Papa Marcelo II, nació en Montepulciano, cerca de Florencia, en 1542. Desde su juventud, mostró gran piedad y vivo deseo de apostolado. Ingresó a los 18 años en la Compañía de Jesús e hizo sus estudios en Roma, Florencia, Mondovi, Padua y Lovaina, donde fué ordenado de sacerdote y nombrado para una cátedra de teología. Pronto se le consideró como uno de los mejores teólogos de la cristiandad, y el Papa Gregorio XIII le llamó a Roma para confiarle los cursos de Controversias en el Colegio romano donde llegó a tener hasta 2.000 estudiantes. Después de haber sido nombrado provincial de Napóles, fué de nuevo llamado a Roma por Clemente VIII, quien le nombró consultor del Santo Oficio y después Cardenal. Consagrado obispo, se trasladó en 1602 al arzobispado de Capua, administrándole durante tres años, al cabo de los cuales renunció y volvió a Roma donde permaneció hasta su muerte, acaecida en 1629. Fué beatificado y canonizado por Pío XI que le nombró Doctor de la Iglesia. 



Plegaria
"Como lámpara ardiente puesta sobre el candelero para alumbrar a cuantos hay en la casa, iluminaste a los católicos y a aquellos que se perdían lejos de la Iglesia; como estrella en firmamento, con los rayos de tu ciencia tan vasta como profunda y con el esplendor de tus talentos trajiste a los hombres de buena voluntad la verdad a la que serviste siempre y por encima de todo. Primer apologista de tu tiempo y aún de tiempos posteriores te ganaste, por tu vigorosa defensa del dogma católico la admiración y la atención de todos los verdaderos servidores de Cristo'". Ruega por nosotros que aprobamos los honores que Roma te ha tributado.
Las necesidades de nuestra época son muy semejantes a los de la tuya: el amor de novedades seduce también a muchas almas y el racionalismo, hijo del protestantismo ha hecho disminuir las verdades entre nosotros. Apoya nuestra oración que pide a Dios en la colecta de la Misa un amor mayor de la verdad y el retorno de los descarriados a la unidad de la Iglesia.
Pastor celoso, obtén para la Iglesia sacerdotes y obispos que "abrasados como tú por el fuego de la caridad se gasten sin cesar por el bien de las almas y cuyos consejos y ejemplos les hagan correr con el corazón dilatado por el camino de los preceptos divinos'".
Enseña también a todos los fieles a estimar por encima de todo las verdades católicas del catecismo. Que este librito, por la perfección del cual tanto trabajaste, nos dé no sólo la ciencia necesaria para la salvación, sino que además nos introduzca en el camino de la perfección, siguiendo las huellas de ese humilde hermano converso, el Venerable Mariano de Rocca Casale, que supo beber su maravillosa sabiduría en su regla franciscana y en este tu pequeño manual, 
Enséñanos sobre todo la práctica de los dos primeros mandamientos en los cuales se resume toda la ley. El amor de Dios dominó toda tu vida y la dió su armonía y grandeza. Ojalá conservemos siempre como tú, fija la mirada de nuestro corazón en Jesús crucificado y no veamos sino a El en la persona de nuestros hermanos. Inspíranos también los sentimientos de ternura que tú tenías para con la Virgen Inmaculada cuyo honor defendiste contra los herejes.






Sea todo a la Mayor Gloria de Dios