miércoles, 6 de marzo de 2019

San Julián, Arzobispo de Toledo





SAN JULIAN,
ARZOBISPO DE TOLEDO

Es San Julián el escritor más fecundo de la escuela toledana. Escribió su vida y obra literaria Félix, prelado también de Toledo. Nada nos dice de su familia, ni nos da la fecha de sü nacimiento. El Pacense le hace oriundo de estirpe judía, lo cual refuta doctamente el P. Flórez.

Fué bautizado en Toledo y educado e instruído en la escuela catedralicia bajo la dirección de San Eugenio III, según nos dice él mismo. Quiso hacerse religioso juntamente con Gudila su amigo de infancia; graves dificultades le hicieron desistir. A fines de 679 fué elegido Obispo de Toledo como sucesor de Quirico y consagrado al parecer el 29 de enero siguiente. Murió el 6 de marzo de 690, aunque la Iglesia toledana celebra su fiesta con solemnidad el 30 del mismo mes. 

San Julián de temperamento ardiente, poseía una educación literaria esmerada. Por su ciencia destaca entre la jerarquía de su tiempo como astro de primera magnitud. "Fué, dice Tritemio, varón muy erudito en la Sagrada Escritura, suficientemente instruido en las doctrinas profanas, de estilo claro y escolástico."

Dentro del movimiento intelectual de la iglesia goda, iniciado por San Martín de Braga a fines del siglo iv y se acaba con la invasión de los árabes, es San Julián después de San Isidoro el personaje más destacado, aunque como escritor y en cuestiones doctrinales le supera. El gran Metropolitano de Toledo es filósofo, historiador, poeta, escriturario, sobre todo profundo teólogo que conoce admirablemente la tradición eclesiástica; gran sicólogo y con dotes admirables de gobierno. Va unido su nombre a los concilios de Toledo. Durante su obispado se celebraron cuatro, el XII, XIII, XIV y XV. De los múltiples episodios de la vida episcopal de San Julián se destaca uno que ha tenido resonancia universal. En noviembre de 680 se celebró en Constantinopla bajo la presidencia de los Legados Pontificios un Concilio universal para condenar el Monotelismo. El Papa León II envió sus Actas a los Padres españoles y varias cartas en las que les exhortaba a que reunidos en Concilio subscribiesen la definición del VI Concilio Ecuménico.

De estas cartas una iba dirigida a Quirico, predecesor de Julián en la sede de Toledo; pero cuando llegó la carta Quirico había muerto, sucediéndole San Julián quien debió considerarla como dirigida a sí pues en ella se habla de la persona del Metropolitano. Llegaron las cartas y documentos pontificios cuando acababa de ser disuelto el Concilio XIII de Toledo y San Julián en vista del crudo invierno, "nivium inmensitate", no juzgó oportuno reunir inmediatamente a los Padres. Con el fin de no retardar demasiado la respuesta compuso un Apologético y lo envió a Roma; en él aprobaba y suscribía la doctrina propuesta por el Papa, y también el parecer de la Iglesia española. Recibió el Apologético Benedicto II a quien parecieron ambiguas ciertas expresiones y se lo significó de palabra a los emisarios.

La censura de Roma no cayó bien a los Padres españoles sobre todo a San Julián quien redactó inmediatamente otro Apologético en que defiende las expresiones tildadas de oscuras; le aprobó el Concilio XV de Toledo. Tiene para con la Curia Romana frases molestas y hasta irreverentes. El Apologético se envió a Roma y contra todo lo que podía presumirse, el Primado de Toledo y los Padres españoles merecieron la aprobación del sucesor de San Pedro. Es interesantísimo y claro en la exposición de los novísimos y en cuantas materias desarrolla. Es por fin el brillante broche de oro que cierra el glorioso período visigodo.




Sea todo a la mayor gloria de Dios.

Santas Perpetua y Felicidad, Mártires





SANTAS PERPETUA Y FELICIDAD
MÁRTIRES 


GLORIA DE ESTE DÍA

La fiesta de estas dos ilustres heroínas de la fe cristiana correspondía en las iglesias que las fueron consagradas, al día siguiente del aniversario de su triunfo; pero la festividad de Sto. Tomás de Aquino, el 7 de marzo, eclipsaba la de las dos mártires africanas. La santa Sede al elevar en toda la Iglesia su festividad al grado de rito doble, mandó anticipar un día su solemnidad; por eso la Liturgia propone hoy a la admiración del lector cristiano el espectáculo de que fué testigo la ciudad de Cartago en el año 202 ó 203. Nada hay más propio para hacernos comprender el verdadero espíritu del Evangelio, sobre el cual debemos reformar en estos días nuestros sentimientos y nuestra vida. Estas dos mujeres, estas dos madres, han soportado los mayores sacrificios; Dios les pide sus vidas y algo más que sus vidas; y obedecen con la sencillez y magnanimidad que hizo de Abrahán Padre de los creyentes.


LA FUERZA EN LA DEBILIDAD

Observa S. Agustín, que los dos nombres son un presagio de la suerte que el cielo les reserva: una perpetua felicidad. El ejemplo que dan del valor cristiano es ya de por sí una victoria que asegura el triunfo de la fe de Cristo sobre la tierra africana. Algunos años más y la voz de S. Cipriano se dejará oír elocuente llamando a los cristianos al Martirio; pero aún más elocuente y penetrante son las páginas escritas por la mano de mujer de 22 años, que nos relata con una sencillez celestial las pruebas porque ha tenido que pasar para llegar a Dios y que el momento de ir al anfiteatro, entrega a otra pluma con la que debería escribir el desenlace de su sangrienta tragedia.

Al leer tales escritos, cuyo encanto y grandeza no han alterado los siglos, se siente uno en presencia de nuestros antepasados en la fe, se admira el poder de la gracia divina que suscita tal valor en el seno mismo de una sociedad idólatra y corrompida; y considerando qué genero de héroes emplea Dios para quebrantar la formidable resistencia del mundo pagano, no se puede por menos de decir con S. Juan Crisóstomo: "Me agrada leer las Actas de los Mártires; pero tengo atracción particular por las que cuentan los combates que han sostenido las mujeres cristianas. Cuanto más débil es el luchador, más gloriosa es la victoria; pues entonces el enemigo ve venir su derrota por la parte que triunfaba hasta entonces; por la mujer nos venció y ahora por ella es vencido. En sus manos fué una arma vuelta contra nosotros; mas ella viene a ser la espada que le traspasa. Al principio la mujer pecó, y como precio de su pecado se la da la muerte; el mártir muere, pero muere para no pecar ya más. Seducida por una promesa mentirosa la mujer viola el precepto de Dios; el mártir para no infringir su felicidad para con su divino bienhechor. "Qué escusa presentará el hombre ahora para que se le perdone su molicie, cuando débiles mujeres despliegan un valor tan varonil, cuando se las ha visto débiles y delicadas triunfar de la inferioridad de su sexo y fortalecidas por la gracia llevar a cabo victorias tan brillantes'". ....

Las Actas de estas dos mártires, reproducen los principales hechos de sus combates, se quiere ver en ellas un fragmento del propio relato de Sta. Perpetua. Sin duda inspirará a más de un lector el deseo de leer enteramente, en las Actas de los Mártires(P. O., t. III, e. 13-18 et H. Léclercq: Les Martyrs. t. 1, p. -122-139. — Estas Actas constituyen una de las piezas más acabadas de toda la literatura cristiana y su autenticidad esté por encima de toda sospecha), lo demás de este magnífico testamento de nuestra heroína.

El emperador Severo, detuvo en Africa, Cartago, muchos catecúmenos: entre otros a Revocato y Felicidad, los dos de humilde condición; Saturnino y Secundulo; entre ellos se encontraban también Vivia Perpetua, mujer joven de familia distinguida, educada con esmero, casada con un hombre de aristocrática condición, teniendo un niño de pecho. Contaba alrededor de 22 años de edad; y nos ha dejado el relato de su martirio escrito por su propia mano. "Estábamos aún con nuestros perseguidores, dice, cuando mi padre, con el cariño que me tiene, hace nuevos esfuerzos para inducirme a cambiar de resolución. "Padre mío, le digo yo, no me es posible decir otra cosa sino la verdad: soy cristiana."

Al oír estas palabras, lleno de cólera se arroja sobre mí para arrancarme los ojos; pero no hace más que maltratarme y se retira vencido, lo mismo que el demonio y todos sus satélites. Pocos días después nos bautizan. El Espíritu Santo me inspiró entonces no debía pedir otra cosa sino la paciencia en las penas corporales.

Poco después nos encerraron en la prisión. Sufrí primeramente un pasmo. No había estado nunca en tinieblas como las de este calabozo. Después de algunos días, corrió el rumor de que íbamos a ser interrogadas. Mi padre llegó de la ciudad, abrumado de tristeza, y se vino junto a mí para hacerme renunciar a mi intento. Me dijo: "Hija mía, ten compasión de mis canas, ten piedad de tu padre; si es que merezco llamarme tu padre. Mira a tus hermanos, mira a tu madre, mira a tu hijo que no podrá vivir si tú mueres. Deja "ese orgullo y no seas la causa de nuestra pérdida." Mi padre me decía todas estas cosas por cariño; después se arrojó a mis pies, bañado en lágrimas, llamándome no su hija sino su señora. Sentía yo la ancianidad de mi padre, pensando sería el único de toda la familia que no se alegraría de mi martirio. Le dije para fortalecerle: "De todo esto no sucederá más que lo que Dios quiera. Sepa que no dependemos de nosotros sino de El." Y se retiró agobiado de tristeza.

Un día, cuando comíamos, nos sacaron para sufrir el interrogatorio. Llegamos al foro, subimos al estrado. Mis compañeros fueron interrogados y confesaron. Cuando me llegó la vez a mí apareció mi padre con mi hijo; me apartó y me dijo suplicante: "Ten piedad de tu hijo." El procurador Hilario me decía también: "Apiádate de la vejez de tu padre y de la tierna edad de tu hijo; sacrifica a los emperadores." Respondí: "No lo haré, soy cristiana." Entonces el juez pronunció la sentencia por la que se me condenaba a las fieras y entramos gozosas a la prisión. Como alimentaba a mi hijo y le había tenido hasta entonces en la prisión conmigo, envié a pedirle a mi padre; mas no quiso devolvérmele. Dios quiera que el niño no pida ya más de mamar, y que yo no sea incomodada por mi leche." Todo esto está sacado del relato de Santa Perpetua, que le condujo hasta la víspera del combate.

En cuanto a Felicidad, se hallaba encinta de ocho meses cuando fué apresada. Estando cercano el día de los espectáculos, lloraba inconsolable, previendo que su preñez difiriera su martirio. Sus compañeros no estaban menos afligidos que ella al pensar que dejarían sola en el camino de la esperanza celeste a una compañera tan excelente. Hicieron, pues, sus instancias y sus lágrimas ante Dios para obtener su alumbramiento. Faltaban tres días para los espectáculos. Apenas acabaron su oración cuando Felicidad se sintió presa de agudos dolores. Como el parto era difícil, el sufrimiento le arrancaba lamentos, y le dijo un carcelero: "Si lloras ya, ¿qué será cuando seas expuesta a las bestias que has desafiado al no querer sacrificar? Ella respondió: "Ahora soy yo quien sufro, pero entonces habrá otro que sufrirá por mí, porque debo sufrir por El. Dió a luz una niña que fué adoptada por una de nuestras hermanas.

Llegó el día de la victoria. Los mártires salieron de la prisión para el anfiteatro como para el cielo, con el rostro gozoso e inundado de felicidad celestial, conmovidos por el gozo, no por el temor. Perpetua caminaba la última; sus rasgos respiraban tranquilidad y su porte digno como el de una noble matrona amada por Cristo. Tenía los ojos bajos para sustraer su brillo a los espectadores. Felicidad estaba junto a ella, llena de gozo por haber dado a luz a tiempo para combatir con las bestias.

Una vaca feroz las había preparado el diablo. Se les envolvió en una red para exponerlas a esta bestia, perpetua fué la primera. La bestia la lanzó al aire y cayó de espaldas. La mártir, vuelta en sí, al darse cuenta que su vestido estaba rasgado de arriba abajo le unió de nuevo, más codiciosa del pudor, que sensible a los sufrimientos. Se la volvió para recibir una nueva embestida; y ella entonces se ató los cabellos que tenía desaliñados; pues no convenía que una mártir, el día de su victoria tuviese los cabellos esparcidos y mostrase duelo en momentos tan gloriosos. Cuando se hubo levantado y viendo a Felicidad, a quien la embestida la había herido, tirada en tierra, fué a ella y dándola la mano la ayudó a levantarse.

Ambas se presentaron para un nuevo ataque; mas el pueblo se compadeció de ellas y se las condujo a la puerta Sana-Vivaría. Entonces Perpetua saliendo como de un sueño, (tan profundo había sido el éxtasis de su espíritu), echando una mirada en torno suyo, dijo con gran sorpresa de todos: ¿Cuándo nos van a exponer a esta vaca furiosa? Cuando se la relató todo lo ocurrido, no lo creyó hasta después de haber visto, en sus vestidos, las huellas de lo que había sufrido. Entonces mandando acercarse a su hermano y a un catecúmeno, llamado Rústico, les dijo: "Permaneced Armes en la fe, amaos unos a otros y no os escandalicéis de nuestros sufrimientos."

En cuanto a Secúndulo, Dios le había retirado de este mundo cuando estaba aún en la prisión. Saturnino y Revocato, después de ser atacados por un leopardo, fueron arrastrados por un oso. Saturo fué expuesto de su jaula, de suerte que el mártir libre dos veces, fué retirado. Al final del espectáculo, fué expuesto a un leopardo que de una dentellada le cubrió de sangre. El pueblo, al darse cuenta, haciendo una alusión a este segundo bautismo exclamó: ¡Salvado, lavado! ¡Salvado, lavado! Inmediatamente se trasladó al mártir moribundo al lugar donde debía ser degollado con los otros. El pueblo pidió que no se les volviese a llevar al anfiteatro para saciar sus miradas homicidas viéndoles morir bajo la espada. Los Mártires se levantaron y fueron a donde les pedía el pueblo, después de haberse abrazado para sellar su martirio con el beso de la paz. Recibieron el golpe mortal sin hacer ningún movimiento y sin dejar escapar suspiro alguno; sobre todo Saturo que fué el primero en morir. A Perpetua para que sintiese algún dolor la hirió el gladiador en la espalda y la hizo dar un grito. Ella misma llevó a su garganta la mano aún novicia de este aprendiz. Sin duda fué porque esta mujer sublime no podía morir de otro modo puesto que el espíritu inmundo la temía y no habría osado a tentar contra su vida si ella no hubiese consentido.


Nota sobre la composición de las Actas

"Cuando se lee este célebre trozo de exaltación tan ardiente y pura, una sencillez tan impresionante y graciosa, apenas salpicada aquí y allí por alguna sospecha de retórica, fácilmente se da uno cuenta de su contextura. El capítulo primero es un prólogo del redactor que ha reunido las diversas partes de la narración. En el capítulo segundo este redactor relata brevemente el arresto simultáneo de Vivia Perpetua, una joven de 22 años, docta y de noble familia; de dos jóvenes Saturnino y Secúndulo y finalmente de dos esclavos Revocato y Felicidad, todos ellos catecúmenos. (Un poco más tarde se entregará espontáneamente cierto Saturo, que fué quien le instruyó en la doctrina, cristiana: I IV). A continuación declara que va a dejar la palabra a Perpetua, que escribió ella misma la narración de sus sufrimientos. — Desde el § n i la narración es de Sta. Perpetua y llega hasta el § X y concluye observando que se halla en la víspera de su muerte y que por tanto a otro toca si le place, el narrar lo sucedido en el anfiteatro. Al principio del i XI vuelve a tomar la pluma el redactor, pero sólo por un momento: No hace más que atraer la atención sobre la descripción que hace el mismo Saturo de las visiones con que ha sido favorecida durante la prisión. Toda la parte última de las Actas desde el § XIV es del redactor que, atendiendo a los deseos o mejor dicho al fideicom-missum de Perpetua describe las luchas admirables de los mártires su muerte sangrienta y, en una peroración de espíritu análogo al que respira el prólogo, pone de relieve la lección que se desprende de estos ejemplos.

Es necesario representarse las cosas poco más o menos así: Perpetua y Saturo tuvieron tiempo en la cárcel para relatar en una corta narración los sufrimientos que soportaron y sobre todo los "carismas" que recibieron de Dios. Estas notas caen en manos de un testigo de su suplicio, que saca enseñanzas complementarias de que lo que no pudo ver con sus propios ojos, termina la narración de los mártires y de estos elementos diversos, forma un todo, que encierra en una exhortación moral y religiosa. Por tanto, hay que distinguir dos partes en las Actas: la parte del compilador y la parte compuesta por los mismos mártires.

Creo que el redactor se puede identificar decididamente con Tertuliano. Es su estilo, son sus mismas palabras... El texto debió ser redactado entre el 202, 203, fecha del suplicio de los mártires." (Pedro de Labriolle, Historia de la literatura latina cristiana.)


SANTA PERPETUA

La cristiandad entera se postra ante ti, oh Perpetua, más aún: todos los días, el sacerdote en el altar pronuncia tu nombre, entre los nombres privilegiados que mereció estar ante la sagrada víctima; así tu memoria está asociada para siempre a la inmolación de Cristo, a quien manifestaste tu gran amor derramando tu sangre. Pero cuán grande beneficio se ha dignado concedernos permitiéndonos penetrar los sentimientos de tu alma generosa en esas bellísimas páginas escritas por tu propia mano y que han llegado a nosotros a través de los siglos. En ellas aprendemos cómo este amor "es más fuerte que la muerte" (Cat., 8,6), que te hizo triunfar en todos tus combates. Aun el agua bautismal no había regado tu frente y ya estabas alistada entre los mártires. Pronto tuviste que soportar los asaltos de un padre y triunfar de la ternura filial natural para salvaguardar la que debías a este otro Padre que está en los cielos. Tu corazón maternal no tardó en verse sometido a la más terrible de las pruebas, cuando te arrebataron, como nuevo Isaac, el niño que diste de mamar en las oscuras bóvedas de un calabozo y te quedaste sola en la víspera del último combate.

"¿Dónde estabas, diremos con S. Agustín, cuando ni siquiera veías esta bestia feroz a que fuiste expuesta? ¿De qué delicias gozabas, hasta el punto de hacerte insensible a tales dolores? ¿Qué amor te embriagaba? ¿Qué belleza celeste te cautivaba? ¿Qué bebida te había arrebatado el sentimiento de las cosas de la tierra, a pesar de que estabas aún atada con las cadenas de un cuerpo mortal?'". Pero el Señor te había preparado para el sacrificio. Así se comprende que tu vida llegase a ser celestial y que tu alma, habitando ya, por el amor con que Jesús te había pedido todo y al que diste todo, fueses desde entonces como extranjera a este cuerpo que tan pronto habías de abandonar. Una atadúra te retenía aun, y la espada lo había de romper; pero con el fin de que tu inmolación fuese voluntaria hasta el fin se necesitaba, que tú misma llevases esta espada libertadora que abriría el paso a tu alma hacia el Bien soberano. ¡Oh mujer verdaderamente fuerte, enemiga de la serpiente infernal y objeto de su odio, tú la has vencido! Desde hace tantos siglos tu corazón tiene el privilegio de hacer latir a todo corazón cristiano.


SANTA FELICIDAD

Recibe también tú nuestros homenajes, Felicidad, porque has sido digna de ser compañera de Perpetua. En el siglo, ella brillaba en la categoría de las matronas de Cartago; pero, a pesar de tu condición servil, el bautismo la hizo tu hermana y fuisteis juntas al combate del martirio. Apenas se levantaba de sus caídas violentas corría a ti y tú la tendías la mano; la mujer noble y la sierva se confundieron en el abrazo del martirio, y los espectadores del teatro podían ya prever que la nueva religión encerraba en sí misma una virtud en cuya fuerza haría desaparecer la exclavitud.

¡Oh Perpetua y Felicidad! Pedid que no desaprovechemos vuestros ejemplos y el pensamiento de vuestros heroicos sacrificios nos sostenga en los pequeños que el Señor exige de nosotros. Rogad también por nuestras nuevas Iglesias que surgen en Africa; se encomiendan a vosotras; bendecidlas y haced que florezcan la fe y las costumbres cristianas por vuestra intercesión.



Sea todo a la mayor gloria de Dios.

martes, 5 de marzo de 2019

El Tiempo de la Cuaresma






"Año Litúrgico"
Dom Gueranguer



CAPÍTULO I

HISTORIA DE LA CUARESMA


Se da el nombre de Cuaresma al período de oración y penitencia durante el cual la Iglesia prepara las almas a celebrar el misterio de la Redención.


La Oración

A los fleles, aun los mejores, propone nuestra Madre la Iglesia este tiempo litúrgico como retiro anual que les brindará ocasión oportuna de separar todos los descuidos de otras temporadas, y encender la llama de su celo. A los catecúmenos ofrece, como en los primeros siglos una enseñanza, una preparación a la iluminación bautismal. A los penitentes, los llama la atención sobre la gravedad del pecado, e inclina su corazón al arrepentimiento y a las buenas resoluciones, y les promete el perdón del Corazón de Dios.

Recomienda S. Benito a sus monjes, en el capítulo XLIX de su Regla, se entreguen este santo tiempo a la oración acompañada de lágrimas de arrepentimiento o de tierno fervor. Todos los fieles, de cualquier estado y condición, hallarán en las Misas de cada día de Cuaresma las fórmulas más admirables de oración con que se pueden dirigir a Dios. Con quince y más siglos de existencia, se adaptan a las aspiraciones, a las necesidades de todos.




La Penitencia


La penitencia se practica, mejor dicho, se practicaba con la observancia del ayuno. Las dispensas temporales otorgadas desde hace algunos años por el Sumo Pontífice no serán pretexto para silenciar práctica tan importante a que aluden constantemente las oraciones de las Misas cuaresmales y de la que todos deben, al menos, conservar el espíritu, si la dureza de los tiempos o la endeble salud no consienten se observe plenamente y con todo rigor.

La práctica del ayuno remonta a los primeros siglos del cristianismo y aún es anterior. Después de los Profetas Moisés y Elias cuyo ejemplo nos será propuesto el miércoles de la primera semana, el Señor le practicó permaneciendo sin alimento alguno durante cuarenta días y cuarenta noches, y si no quiso establecer mandato divino, que en ese caso no hubiera, sido susceptible de discusión, ha declarado por lo menos que el ayuno tan frecuentemente preceptuado por Dios en la antigua ley, sería practicado también por los hijos de la nueva.

Llegáronse un día a Jesús los discípulos de Juan y le dijeron: "¿Por qué, ayunando nosotros y los fariseos con frecuencia, no ayunan tus discípulos?" Jesucristo les contestó: "¿Por ventura los compañeros del Esposo pueden estar tristes- mientras el Esposo está con ellos? Mas vendrán días en que les será quitado el Esposo y entonces ayunarán" (San Mat., IX, 14-15).

Acordáronse los cristianos de esta sentencia y bien pronto pasaron en ayuno absoluto los tres días—que para ellos era uno solo—, el misterio de la Redención, es decir desde Jueves Santo hasta la mañana de Pascua.

Tenemos pruebas fehacientes ya de los siglos II y III que en muchas iglesias ayunaban Viernes y Sábado Santos, y San Ireneo en su carta al Papa San Víctor afirma que varias iglesias orientales hacían lo propio toda la Semana Santa. En el siglo IV se amplió este ayuno pascual y la preparación a la fiesta de Pascua durante un período de ascesis de cuarenta días—cuadragésima—Cuaresma.

La primera mención que hallamos en Oriente de "la cuarentena" se encuentra en el canon 5.° del Concilio de Nicea (325). El Obispo de Thmuis, Serapión, afirma en 331, que la "Cuaresma" es en su tiempo práctica universal en Oriente y Occidente. Los Padres, como, por ejemplo, San Agustín (Sermón CCX), dicen que es práctica antiquísima, y San León (Sermón VI) piensa, aunque erróneamente, que se remonta a los tiempos apostólicos. Estos mismos Padres y con ellos San Ambrosio y San Jerónimo, son los primeros que nos hablan del ayuno.

Los sermones de San Agustín atestiguan que la Cuaresma comenzaba el domingo VI antes de Pascua. Como no se ayunaba el domingo, no había más que treinta y cuatro días de ayuno, treinta y seis con Viernes y Sábado Santos; con todo no dejaba de ser la Cuaresma una "cuarentena" de preparación a la Pascua. El ayuno, en efecto, no era, y no lo es hoy tampoco, el único medio de prepararse a celebrar la Pascua. Insiste San Agustín en que al ayuno acompañen el fervor de la oración, la humildad, la renuncia absoluta a los malos deseos, muchas limosnas, perdón de las injurias y la práctica de todas las obras de piedad y caridad.

La misma extensión del período cuaresmal vemos en España en el siglo vn y en las Galias y Milán. La magna solemnidad del mundo es para San Ambrosio Viernes Santo, y la fiesta de Pascua encierra el triduo de la muerte, sepultura y Resurrección de Cristo (Carta XXIII). Si el ayuno se interrumpía los domingos, guardaban, sin embargo, merced a la liturgia, su tonalidad penitencial.

Para San León es también un período de cuarenta días que finaliza el Jueves Santo por la tarde; y si, acorde con San Agustín, insiste en ponderar las ventajas del ayuno corporal, recomienda con más insistencia los demás ejercicios de mortificación y penitencia, el arrepentimiento, sobre todo, del pecado, y la práctica más fervorosa de las buenas obras y virtudes.


Necesidad de la Penitencia

No obstante eso, ya que en nuestros tiempos la mortificación corporal va cayendo en desuso, no juzguemos inútil demostrar a los cristianos la importancia y utilidad del ayuno; las sagradas Escrituras del Antiguo y Nuevo Testamento abogan en favor de esta santa práctica. Podemos también afirmar que la tradición de todos los pueblos la corrobora, porque la idea de que el hombre puede apaciguar la divinidad sometiendo su cuerpo a la expiación, se adueñó del mundo, pues se halla en todas las religiones, aun las más alejadas de la pureza de las tradiciones patriarcales.


Precepto de la Abstinencia

San Basilio, San Juan Crisóstomo, San Jerónimo y San Gregorio Magno han declarado que el precepto a que fueron sometidos nuestros primeros padres, en el paraíso terrenal, era precepto de abstinencia y que por haber quebrantado esta virtud se precipitaron a sí mismos y a toda su descendencia en un abismo de calamidades. La vida de privaciones a que después se vió sometido el rey de la creación, venido a menos, en la tierra que no debía producir ya para él sino zarzas y espinas, mostró bien a las claras esa ley de expiación que el Creador ha impuesto justamente a los miembros rebeldes del hombre pecador. 

Hasta el diluvio conservaron nuestros abuelos su existencia con la exclusiva ayuda de los frutos de la tierra que arrancaban a fuerza de trabajo. Dignóse luego Dios permitirles se alimentasen de la carne de animales como para suplir a la mengua de fuerzas naturales. Entonces Noé, movido por el divino instinto, sacaba el jugo de la viña y se añadía un nuevo alivio a la fuerza del hombre.


Abstinencia de Carne y Vino

La naturaleza del ayuno se ha asentado sobre los diversos elementos que sirven al sostén de las fuerzas humanas, y por de pronto, debió de consistir en la abstinencia de la carne de animales, porque esa ayuda, ofrecida por la condescendencia divina, es menos rigurosamente necesaria para la vida. Durante muchos siglos, como lo vemos hoy día en las iglesias de Oriente, huevos y lacticinios fueron prohibidos porque provienen de sustancias animales; y también en el siglo XIX no eran permitidos en las iglesias latinas sino en virtud de dispensa anual más o menos general. Tal era aún el rigor de la abstinencia de carne, que no se suspendía el domingo en Cuaresma a pesar de la interrupción del ayuno, y los que habían alcanzado dispensa de los ayunos semanales quedaban sometidos a esta abstinencia, si no se sustraían a ella por otra dispensa especial.

lunes, 4 de marzo de 2019

San Lucio I, Papa y Mártir




SAN LUCIO I,
PAPA Y MÁRTIR

San Lucio formaba parte del clero romano en tiempo de los Papas Fabián y Cornelio. Al morir este último el 14 de septiembre del año 252, fué Lucio elegido para reemplazarle en la Silla de San Pedro el 25 de junio del año 253.

Lucio fué desterrado durante la persecución del emperador Galo, pero pudo volver pronto a Roma, con gran alegría de los cristianos. S. Cipriano le escribió muchas veces para felicitarle por su elección al Pontificado, y por la suerte que había tenido de sufrir por Cristo. Su Pontificado fué muy corto. Murió el 5 de marzo del año 254. Sus restos reposan en la Iglesia de Sta. Cecilia, al otro lado del Tíber. Su destierro valerosamente soportado por Cristo le mereció ser honrado como mártir.

La oración de su Misa es la siguiente:

Mira propicio, Padre Eterno a tu grey, y defiéndela con tu perpetua protección, por el bienaventurado Lució, tu mártir y Sumo Pontífice, al cual pusiste al frente de toda tu Iglesia como Pastor. Por N. S. Jesucristo. Amén.





Sea todo a la mayor gloria de Dios.

San Casimiro, Confesor





SAN CASIMIRO,
CONFESOR


PUREZA Y MENOSPRECIO DEL MUNDO 

Hoy se nos presenta un ejemplo de virtud heroica en el seno mismo de un corazón mundano. S. Casimiro fué príncipe de sangre real; le rodearon las seducciones de la juventud y del lujo; pero triunfó de las asechanzas del mundo con la misma facilidad con que triunfaría un ángel en la tierra. Aprovechemos con su ejemplo y si hemos sacrificado al ídolo del siglo, en una condición más baja que la Divina Providencia le colocó, destruyamos lo que hemos adorado, y pongámonos al servicio del Maestro que es quien solamente tiene derecho a nuestro homenaje.

Nos parece muchas veces encontrar la explicación de una gran fuerza de alma en las condiciones más bajas de la sociedad, en la ausencia de las tentaciones, en la necesidad de buscar en el cielo un apoyo contra una mala fortuna; como si en todos los estados no llevase el hombre en sí los instintos que, a no ser combatidos, le precipitarían en la depravación. En S. Casimiro, la virtud cristiana se mostraba con una energía tal que parecía que su manantial estaba en Dios y no en la tierra. Allí tenemos que recurrir en este tiempo de regeneración. Un día prefirió la muerte al pecado. En esta circunstancia, ¿qué otra cosa hizo, sino lo que se exige al cristiano en todas las horas de la vida? Pero es tal el atractivo de este mundo que continuamente vemos a los hombres en el pecado, que es la muerte del alma, y no precisamente para salvar esta vida perecedera, sino por la más mínima satisfacción, y a veces aun contra el interés de este mundo al cual sacrifican todo lo demás. Tal ceguera ha producido en nosotros la degradación original. Se nos ponen ante los ojos los ejemplos de los santos como antorcha que nos ilumina: sirvámonos de esta luz y contemos además, para elevarnos, con los méritos y la intercesión de estos amigos de Dios, que desde lo alto del cielo miran con gran compasión nuestros peligros.


VIDA 

S. Casimiro, hijo del rey de Polonia, nació en 1458. Se distinguió desde su juventud por su pie- ) dad y austeridad, por su celo por la propagación de la fe católica, por su caridad, para con los pobres y por la castidad que guardó toda su vida. Le fué predicho, el día de su muerte, y se durmió en la paz del Señor en Vilna, a la edad de 25 años. En su sepulcro se obraron gran número de milagros. León X inscribió al joven príncipe en el número de los santos.


ALABANZA Y SÚPLICA

Tú que despreciaste las dignidades y placeres de la tierra, los cuales no pudieron apartarte del fln de tu corazón, descansa ahora en el seno de las felicidades eternas. Tu vida ha sido corta, pero fecunda en méritos. Acordándote a cada instante de una patria mejor, la de aquí abajo, no atrajo tus miradas; estabas deseoso de volar hacia Dios, que parecía no haber hecho otra cosa que prestaros a la tierra. Tu inocente vida no dispensó del rigor de la penitencia; ¡tan vivo estaba en ti el temor de sucumbir a los atractivos de los sentidos! Haznos comprender el deber que tenemos de expiar los pecados que nos han separado de Dios. Has preferido morir antes que ofender a Dios; apártanos del pecado, el mayor mal del hombre, puesto que es también el mal de Dios. Concédenos los frutos de este santo tiempo que nos es dado para hacer penitencia. Bendice desde la gloria donde reinas a toda la cristiandad que te honra, pero acuérdate sobre todo de tu patria terrestre. Antes, tuvo el honor de ser un dique seguro para la Iglesia contra el cisma, la herejía y la infidelidad; alivia sus males, libértala del yugo que la oprime y avivando su antiguo celo por la fe, presérvala de las seducciones de que está amenazada.




Sea todo a la mayor gloria de Dios.

domingo, 3 de marzo de 2019

Santos Emeterio y Celedonio, Mártires





SANTOS EMETERIO Y CELEDONIO, 
MÁRTIRES


El rey de los poetas cristianos Aurelio Prudencio canta el valor y luchas sufridas por Cristo de estos dos soldados que juntos vivían en el campamento de León, y por la fe valientemente confesada por ellos, fueron llevados presos de León a Calahorra donde residían los Tribunos militares que debían juzgar a los dos atletas. Señalan a Daeiano, el cruel, como juez que los condenó a muerte después de atroces e innobles suplicios que las actas no relatan por bochornosos, no para los mártires que los aguantaron, sino para el Inhumano juez que prostituía la nobleza humana.

Se cree que murieron en la persecución de Dioeleciano hacia 304, pero sospechan muchos y no les faltan razones, que murieron antes porque se desprende de las Actas compuestas del siglo V o principios del vi que eran entonces pocos los cristianos y muchísimos los paganos y Prudencio encarece el ejemplo que dieron al mundo de su valiente fe opuesta a lo que tenían ante los ojos. Por lo visto fueron soldados de alta categoría liamados diaoonianos (nuestros actuales alféreces) y muy pagados de su dignidad.

Mas a la vista de las abominaciones que prevalecían en la Roma pagana no quisieron autorizarlas con su cíngulo militar, y se adhirieron a la noble religión de Cristo. Dieron, pues, egregio testimonio de su entereza y de su fe. Les enterraron cerca del lugar del suplicio y hablan las historias de traslación de sus restos al monasterio de San Salvador de Leire. Veneran sus cabezas en Santander donde dice la leyenda que arribaron milagrosamente por mar. Los himnos I y VIII del Peristefanon de Prudencio cantan magistralmente las proezas de nuestros mártires.




Sea todo a la mayor gloria de Dios.

viernes, 1 de marzo de 2019

San Rosendo, Obispo y Confesor





SAN ROSENDO, OBISPO Y CONFESOR

Rosendo fué uno de los varones que Dios suscitó en la época de la reconquista para alentar a los guerreros del norte de la península Ibérica a devolver toda España al imperio de la Cruz. Es San Rosendo "hijo del milagro" como San Juan Bautista y Samuel y otros muchos de que nos hablan los anales eclesiásticos en el correr de los siglos. Los condes Gutiérrez Méndez, tíos de Don Alfonso IV, e Ilduana tía de Ramiro II, después de algunos años de matrimonio no tenían hijos porque se les morían recién nacidos. Los piadosos esposos redoblaban sus instancias al Señor en espera de sucesión para que administrara sabiamente la copiosas haciendas y posesiones que tenía la virtuosa Ilduana sobre todo; hace extremos para forzar al cielo; ayuna, ruega, se mortifica, sube descalza por empinada y pedregosa cuesta al templo de San Salvador y un día después de haber regado el pavimento con sus lágrimas, se siente sobrecogida de un apacible sueño y oye una dulce voz que le dice "no te desconsueles mujer venturosa, tus ruegos han penetrado en el corazón de Dios; tendrás un hijo que será el gozo de tus días y el encanto de tu existencia; grande será para el mundo, pero más grande aún para el cielo". Ilduana despierta llena de inexplicable gozo y, llegando el tiempo, nace Rosendo como un prodigio de la gracia el 26 de noviembre de 907, reinando Alfonso el Magno.

Después de éste tuvo esta virtuosa matrona otros tres más; criaron los padres a Rosendo con todo el esmero en el santo temor de Dios y salió aventajado en virtudes y desprecio de las cosas terrenas; salido de la infancia le entregaron a la dirección de Sabarico II Obispo egregio de Mondoñedo como el alumno era de buen ingenio y encantadoras prendas morales, echaron pronto de ver en Rosendo un firme pilar que la Providencia preparaba para realzar y sostener la sociedad cristiana entonces maltratada por las huestes agarenas, a pesar de sus pocos años tenía ya Rosendo la gravedad y cordura de un anciano.

Al registrar los anales de Galicia nos asombramos al ver figurar el nombre de Rosendo cuando aun no contaba más que diez años al lado de los nombres más respetables de aquella época en documentos públicos de sumo interés, Siendo muy joven fué promovido a la sede de Mondoñedo, y por especial inspiración de Dios tomó sobre sí esta tan pesada carga según lo atestiguan los monumentos eclesiásticos del siglo X. De hecho todas las cualidades que pueden ambicionarse en un hombre destinado a regir y a gobernar la Iglesia de Dios se hallan identificadas en Rosendo. Es el ángel de paz que todo lo remedia y prevee. Pronto se le ve reparando los edificios arruinados por el alud devastador de los normandos; levanta de nueva planta el célebre monasterio de Cabeiro junto al Ferrol, donde se retira en ciertas épocas del año para entregarse a la oración y ejercicios espirituales. Emprende la obra colosal del Monasterio de Celanova en cuya fábrica empleó ocho años y sumas considerables; por todas partes va dejando impresas las huellas del genio de su celo y energía y  con el mismo ardor se consagra al cuidado de todas sus ovejas sin acepción de personas.

Por inspiración del cielo pidió y obtuvo la dimisión de su cargo pastoral. Cambia en su amado Celanova la mitra por la cogulla, trae a Celanova muchos y buenos monjes de varios cenobios, nombra por abad a San Franquila que lo era de Ribas del Sil y él se quedó de humilde subdito. Hacia el año 957, reinando ya en Asturias Sancho I el Craso era modelos de todos por la puntual observancia y fervor, cuando en 969 entraron por las costas de Galicia los normandos talando toda la tierra.

Muerto San Franquila fué elegido Abad de Celanova San Rosendo. Murió también por entonces el Obispo de Tria, se cree en batalla o en ataque de los bárbaros normandos y con igual abnegación con que dejó la silla de Mondoñedo por la soledad del claustro vuelve a empuñar el báculo de la catedral de Santiago que reclamaba con instancias sus cuidados. Enseñar, catequizar, reformar abusos, promover mejoras, fomentar la piedad y renovar la disciplina, estas son las tareas ininterrumpidas de su vida.

El cielo, no obstante, le tenía reservado, no una sino repetidas ocasiones con que Rosendo iba a demostrar las grandeza de su corazón para las grandes empresas, contemplando con dolor los desmanes que cometían los normandos se levanta Rosendo con su gente, e invocando confiado al Señor de los ejércitos, se lanza tras los piratas, a quienes vence y pone en vergonzosa fuga.

El conde Gonzalo Sánchez movido por Dios secunda la bravura de San Rosendo y juntos acaban por deshacerlos, queman toda la armada pasando a cuchillo a la mayor parte y entre ellos a su rey Gunderado.

En aquella desgraciada época entran también los sarracenos por la parte de Portugal casi al mismo tiempo que los normandos talando todo a sangre y fuego como otro Atila, y, al punto se lanza contra ellos nuestro adalid San Rosendo que no deja de sacosarlos tenazmente hasta hacerles guarecerse bien adentro de sus dominios. Confirma estas hazañas el Papa Celestino III en la Bula del culto de San Rosendo... Libertó las tierras portuguesas con el auxilio de la divina gracia de la irrupción sarracena...

Vuelve Rosendo a Compostela cargado con los laureles de doble victoria que le grangea los aplausos y adhesiones de todos sus compatriotas. El anhela solamente sepultarse en el retiro del claustro, dejando el gobierno de la Iglesia Compostelana que según confesión propia atestiguada en un documento leonés'habia regido por delegación, y en su querido Celanova entregó su espíritu el uno de marzo de 967.

Defiende esclarecido Prelado a tu doble descendencia patriótica y nacional de las asechanzas de los enemigos, con los mismos bríos que derrochaste en vida mortal, para asegurarles victoria y libertad de los tenaces adversarios conjurados para perderlos.





Sea todo a la mayor gloria de Dios.